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Opinión

Amores leídos

Las dedicatorias que se encuentran en los libros de segunda son mensajes náufragos: rastLas dedicatorias que se encuentran en los libros de segunda son mensajes náufragos: rastros de afectos que sobreviven en ojos y dedos ajenos. No dicen tanto del amor como de lo que queda cuando se extingue.

José Alejandro Castaño

Un álbum de la Libro Copa, el torneo de microfútbol
mixto impulsado por Biblored.
Ilustración: Leo Parra

Decía, en letras cursivas: «El corazón me late entre las piernas y el otro día en tu lengua». Firmaba aquel mensaje «Lucía, agosto 1997». Había visto ese libro en la biblioteca de la Universidad de Antioquia, Las edades de Lulú, de Almudena Grandes. Este, dedicado, era un ejemplar de bolsillo y valía casi nada, lo mismo que el pasaje del bus. Nunca fue un sacrificio irme a pie hasta la casa, que en esos años estaba a unas quince cuadras, loma arriba, en Manrique Central.

Siempre preferí los libros leídos, primero por baratos y después por su cualidad de textos vividos, en especial los que llevan dedicatorias de amor, subrayadas con esmero, a veces con dibujitos, una flor, una tortuga, un pajarito, un corazón flechado. «A Gabriela, tan hermosa y joven, para que supere a su madre», decía en un ejemplar de Tus zonas erróneas, de Wayne Dyer, un best-seller de autoayuda que leí en la adolescencia. ¿Esa frase era de una madre contrita, un padre resentido, un amante rechazado? Las posibilidades interpretativas de las dedicatorias son su mayor encanto.

Rara vez compro libros nuevos y he llegado a comprar ejemplares que jamás leeré, solo por la frase garabateada en sus hojas de inicio. «A mi esposo Rubén con sus ansias y las mías», decía en un ejemplar de Travesuras de la niña mala, de Vargas Llosa. Los estantes de ejemplares ya leídos son ofrendas de vidas perdidas o abandonadas. Un libro dedicado que termina a la venta exhibe un afecto desleído, la rotundidad de una renuncia. «Esta historia, para que jamás me olvides», decía en un ejemplar de Momo, de Michael Ende.

Los libros ofrecen una cierta idea de trascendencia, pero incluso los más extensos están condenados a un final inevitable. Las dedicatorias se exponen al deterioro físico del objeto que las contiene, se amarillean, se deshojan, las carcome el tiempo y, en ocasiones, los pececillos de plata, las termitas, las polillas. Encontrarse alguna muy vieja es siempre un privilegio. «El tiempo no te apartará de mí. Marzo 1953», leí en un ejemplar de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, en una edición publicada en España. ¿Esa dedicatoria habrá cruzado el mar?

El mérito de los mensajes de amor al comienzo de los libros no radica en su certeza, por supuesto. Todo querer es pasajero y la eternidad que suscriben los enamorados que regalan libros, algunos con el garabato de sus firmas, siempre muda y muere. He llegado a pagar por libros que nadie leyó, dedicados con devoción. «A mi esposa Rosalba Franco, infinita ternura y gratitud», firmaba el presumible autor de un tratado sobre derecho comercial y bursátil con las páginas impolutas, vírgenes de dedos ensalivados. El librero accedió a dármelo por la compra de El arte del buen vivir, de Arthur Schopenhauer, con una dedicatoria hermosa y sucinta: «A ti, que no necesitas de mí».

Ciertas frases, sin importar su caligrafía, parecen maldiciones a punto de cumplirse. Suenan como una amenaza: «Que este libro te acompañe cuando yo no pueda», o «Para que vuelvas a mí cada vez que abras estas páginas». Un librero amigo del centro de Medellín aborrece esas dedicatorias. Dice que deslucen los libros y les restan valor. Él prefiere borrarlas, o cortar las páginas con bisturí, así puede ofrecer su mercancía con la ilusoria cualidad de lo apenas tocado. 

La finitud del amor adquiere un valor de revelación en libros dedicados dos veces, con desvergüenza. Por ahí, en alguna de las cajas con los libros que guardo desde la última mudanza, hay un ejemplar de Cien años de soledad que dice: «A mi amada Laura, el más importante de nuestros libros». Debajo se lee otro mensaje repetido con saña: «A mi amada Claudia, el más importante de nuestros libros, con la ilusión de que no lo pierda ni lo venda». A veces, además de declaraciones, las dedicatorias incluyen datos sorprendentes. 

En un libro de la poesía completa de César Vallejo leí: «Todo el amor jamás es todo el amor». En esos días vivía en Lima y la declaración la firmaba un hombre con sus dos nombres y apellidos. Debajo había una dirección, en el distrito de Barranco, al sur, cerca del mar, un barrio de caserones viejos. Allá fui, con la intención de tocar su puerta. Quería devolverle el libro y desatar una conversación. Pero nadie me dio razón de él. En la casa funcionaba un hostal para turistas mochileros, de todos los viajeros los más peregrinos. 

Al final no compré aquel ejemplar de Las edades de Lulú porque tenía rastros de salpicaduras. Yo, que husmeo los libros de segunda, lo regresé a su lugar en el suelo, convencido de que algunos ejemplares atesoran más vida de la que uno está dispuesto a tocar y a oler.
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