En mi casa hay una ventana amplia frente a la que me siento todas las mañanas.
Se forma en ella una visión particular: el paisaje se divide formando tres franjas simétricas, que han configurado una especie de orden en mi cabeza. Abajo, el tejado; en el medio, el follaje de varios árboles que conforman una gama de verdes y que sirve de lugar para un sinnúmero de pájaros: palomas, tórtolas, colibríes, benteveos, canarios, tángaras. Arriba, el cielo termina de llenar el espacio con sus azules y blancos lechosos, las figuras de las nubes en movimiento, los grises y el resplandor de las mañanas de sol.
De tanto mirarla, parece que me hablara, como una suerte de oráculo, de marco emocional. La ventana contiene tres franjas que podrían ser monótonas, invariables. Pero al mismo tiempo son la medida de las cosas, la imagen del mundo.
Lo que veo me hace pensar en un Rothko, esos cuadros enloquecedores, inexplicables, que condensan una emocionalidad colosal en bloques suspendidos de colores intensísimos. La clase de lienzos que no se olvidan porque la impresión queda fija y sigue una relacionándolos con algunos paisajes, reconociéndolos en otras miradas, como me pasó después de leer a Lucía Berlin, que escribió cosas como esta: «Creando un caleidoscopio de nubes de colores iridiscentes: verde ácido, fucsia, azul de Prusia».
Hace años, pensando en lo mismo, anoté esto: «En sus rosados celestiales, en sus grises y su gama de oscuros». Sé, por Bienvenida a casa, el libro que recoge el último conjunto de los textos inéditos de Berlin, que en Nueva York ella pudo visitar «muchas exposiciones magníficas», entre ellas la del pintor ruso. «Dos críos, que aún no andaban. Ventisca, todas las calles cerradas por la nieve, milagro. Rothko».
María Gainza, en el Nervio óptico, escribió: «Dicen que hay que pararse frente a una tela de Rothko como frente a un amanecer», y me digo que acaso es esa sensación liminal, la del mundo creándose apenas, la que me convoca con una devoción irracional a este paisaje de tres franjas: el tejado de barro cocido, la tierra, la arcilla; el follaje del medio, la frescura de las hojas, el verdor, el estallido de la vida; y arriba, el cielo.
Esto declaró Rothko sobre sus pinturas. «Pinto cuadros muy grandes. Me doy cuenta de que históricamente, la función de pintar grandes cuadros es algo ostentoso y pomposo. La razón por la que los pinto, no obstante, es precisamente que quiero ser íntimo y humano. Pintar un cuadro pequeño implica colocarse fuera de la experiencia, considerar una experiencia como una vista estereoscópica o un vidrio reductor, sin embargo, si pintas un cuadro más grande, estás dentro de él».
«El estilo es un medio para insistir sobre algo. Puede que mirar un Rothko tenga algo de experiencia espiritual, pero de una clase que no admite palabras», dice Gainza. Estos cuadros, excesivos en sus dimensiones y desbordados en sus límites, explican la gran obsesión del pintor expresionista de crear un organismo y dar vida a un universo que nos envuelve. Todas las mañanas me siento ante esta visión y algo en mí se acomoda. He notado que la franja verde ha ido creciendo, robándole espacio al azul y saturando poco a poco las dimensiones del ventanal. Las nubes son un espectáculo en sí mismo, se estiran, se alejan, se esfuman —como los Rothkos—, y se derraman por el azul celeste como trazos blancos y grises, que con el atardecer se pintan de rosados, naranjas y lilas, toman la forma de los aviones, crean esta ilusión de inmensidad.
En este espacio hago mi práctica de yoga y también trabajo, casi siempre acompañada de M, que se echa a mis pies y a veces se sienta mirando hacia afuera. Me doy cuenta de que, cuando me voy, algo de esa sensación de la ventana sigue presente y a menudo me sobreviene su recuerdo. «El amor no es consuelo, es luz», dijo Simone Weil. Me pregunto si esto no es, a su manera, una forma de meditación, de entrar en contacto con lo de más allá, con los muertos queridos que se acercan en forma de pájaros bellos, de encuentros fugaces que sin embargo dejan una impresión fuerte en el ánimo. Una vez, una zarigüeya subió hasta el cristal como intentando mirar hacia al interior, escudriñando el misterio del otro lado, asegurándose de estar frente a un espacio seguro.
Esta mañana, por ejemplo, el cielo está celeste, con un rastro de nube que apenas se asoma en el fondo. Los tonos de verde resplandecen y el viento crea sombras hermosas en el follaje. Estoy sobrecogida por esta visión, este síndrome de Stendhal a la inversa. Como si le faltara algo a este estallido de belleza, un par de guacamayas cruzan el azul, majestuosas.
Quizás sea el presente, que se nos brinda una vez y otra más. La consciencia de este momento y el tiempo que, entre sus misterios, tiene la cualidad de flotar. En esta ventana que funge de altar, es como si muriera y volviera a nacer cada mañana. Porque cada que me siento aquí ya no soy la misma. Cambio, así como también este cuadro evanescente se me presenta en plena creación. Ser alguien nuevo entonces, adentro y afuera.
En Bluets, un librito precioso que es una mezcla de autobiografía, filosofía y prosa poética, la escritora Maggie Nelson, declara su fascinación por el color azul. Recoge datos, experiencias y tesoros que ha ido juntando acerca de un color que diferentes culturas han usado para representar la belleza y el dolor. Dice que las personas llamamos color a ese desorden reluciente. «Incluso podría decirse que el ojo es experto en ver formas con color en aquello que es, en esencia, un resplandor». Habla de las ideas que tuvieron los antiguos, mucho antes de que la óptica de Newton lo explicara mejor. Epicuro creía que los objetos proyectaban un tipo de rayo que llegaba al ojo, como si fueran los que nos miraran a nosotros. Platón propuso que un fuego visual ardía entre nuestros ojos y aquello que miraban. También dijo que el color era un narcótico tan peligroso como la poesía, una forma de Pharmakon. «En los diálogos, Platón usa la palabra para referirse a todo lo que tiene que ver con una enfermedad: su causa, su cura, una receta, un hechizo, una sustancia, un conjuro, un color artificial, una pintura».
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Pienso en la ventana, en cuándo exactamente esta idea de las franjas empezó a ser más clara para mí. Hace catorce años vivo en esta casa, y en esta habitación, sin establecer unas fronteras muy marcadas, me refugio para trabajar y abstraerme un poco de los vaivenes domésticos. Está separada del resto por unas escaleras y no hay puerta, así que mi hija y mi perro pueden llegar por igual en cualquier momento del día. Sé que, hace años, la franja verde no existía, entonces podía ver los techos de las demás casas, incluso las montañas a lo lejos.
Me parece también que estos estados meditativos se hicieron más recurrentes cuando llegó el cáncer de mi marido. La vida entonces fue cocinar, cuidar, escribir, limpiar. Con los años este lugar fue un espacio de soledad, silencio, estiramientos, lágrimas, sosiego. Algunas mañanas nos tiramos mi hija, el perro y yo, y miramos el cielo, escuchamos música, charlamos de la vida. La tibieza del sol y el movimiento de las ramas nos acogen.
Aquí me hago preguntas, tomo nota de mis emociones, me disperso y me concentro, como la luz que atraviesa la ventana. Por ejemplo: ¿qué hago con este dolor que no es mío? Porque esta pena, que no es mía, ¿la siento clavada en el pecho?
En esta casa hemos transitado los años. Mi hija vivió su niñez, aquí sentó sus peluches para jugar a la maestra, rayó las paredes, pegó sus dibujos en ellas. También, esta fue mi casa cuando era niña. Llegué a los dos años, la misma edad en que vinimos después con mi hija, sin saber que la vida me daría el chance de construir aquí un hogar para ella. Ese que sentí siempre esquivo, el que anhelé de forma incesante durante mi interminable juventud.
Hay una foto mía en la que abrazo a Chili, nuestra perrita de entonces, me aferro a ella con fuerza, y sonrío; parece que la protejo, aunque en el fondo sé que es al revés, que con ese gesto intento ahuyentar los espantos que me aterran. Está enterrada en el patio, y a veces, por distintos espacios, se me cuelan recuerdos de esa niñez remota. Me pregunto por los caprichos de la memoria, en las formas en que perseguimos órdenes perdidos.
Sé que lo más importante que nos pasó es ver a nuestra hija crecer. Notar cómo fue dejando sus muñecos de lado y ver aparecer, todos juntos, los alborotos de la adolescencia, de despedirse de la niña que no pronunciaba bien la erre, que decía peio o caio, y que después se asombraba de sentir su cuerpo cambiar, estirarse hasta casi alcanzarme en estatura, ponerse después mi ropa, imaginar a ser otras, maquillarse, aprender a aceptarse con sus imperfecciones, reconocer lo que la hace única.
Esto de la ventana, el hechizo de los colores y la luz, de alguna forma se ha convertido en un contenedor del tiempo que pasa. Maggie Nelson dice esto: «(…)mi mente es en esencia un siervo, soy mortal».
***
Esta tarde, un aleteo sacude las hojas, la vida sucede al interior de los arbustos. Las nubes, plomizas, caen pesadas sobre el verde. El viento que anuncia la tormenta mueve las ramas, las flores naranjas están cerradas.
Un momento después, la lluvia se dibuja sobre las tejas, oscureciéndolas.
Buscamos de forma incesante el alimento, y la luz es la materia que lo hace posible. «La primera palabra que dije fue luz», escribió Lucía Berlin.