Llegué a Blanes en tren como lo hizo Roberto Bolaño por casualidad hace más de cuarenta años. La estación era un edificio rojo y hueco, rodeado de huertos invadidos por materiales de construcción y parqueaderos vacíos. No había rastro de las fábricas modernísimas ni del Cuartel de la Guardia Civil sobre los que escribió Bolaño en una de sus crónicas en el diario El País. Tampoco del corazón de la ciudad, que está a dos kilómetros de distancia, junto al mar. Eran las diez de la mañana de un viernes frío de octubre. La acera frente a la parada del tren estaba invadida por jubilados rubios, con bermudas y chancletas, que esperaban el bus que los llevaría hasta el centro de Blanes. Diagonal al paradero, incrustada en una pared de la estación, había una pequeña placa con la foto del chileno, un código QR que no funcionaba y el número uno. Ahí empezaba la Ruta Roberto Bolaño.
―Perdón ―le dije a un alemán grandote que estaba recostado sobre la inscripción.
El tipo me miró, revisó de reojo la pared y dio un paso al costado. Yo me acerqué, revisé la placa, que estaba cubierta con costras de polvo, y tomé una foto. Luego me alejé y vi al tipo revisar el letrero, levantar los hombros y volverse a acomodar como si nada.
Roberto Bolaño, el escritor más importante en la literatura en español en lo que va del siglo, pasó los últimos dieciocho años de su vida en Blanes, una urbe pequeña en la Costa Brava. Ahí tuvo a sus dos hijos, escribió sus grandes novelas y, al morir, sus cenizas fueron esparcidas en el Mediterráneo.
Diez años después de su fallecimiento, en el 2013, para homenajearlo y recordar su paso por la ciudad, el ayuntamiento creó la Ruta Bolaño. La idea parece sacada de uno de sus libros: un largo camino, sin rumbo aparente, en busca de un escritor. Como sucede en Estrella distante, Los detectives Salvajes o 2666.
Pero la realidad está lejos de la ficción. Y, parada a parada, mientras cruzaba Blanes, de aquí y allá, una y otra vez, lo constataba. La ruta fue diseñada a partir de las columnas en el Diari de Girona y del pregón que Bolaño escribió sobre la ciudad. De ahí que el recorrido se centre, más que en la obra y vida del autor, en los detalles anodinos de su día a día: la papelería y la droguería del barrio de Bolaño. La banca frente al colegio de su hijo Lautaro, el malecón por el que pudo haber paseado (o no), el sitio de frikis que visitaba, el videoclub donde rentaba películas, su pastelería favorita y su librería de confianza; donde ahora dejan sus libros amontonados en un rincón en piso. Sitios que, en su mayoría, cuarenta años después, habían desaparecido, o estaban cerrados debido a los horarios de otoño en Blanes.
No quedaban rastros en la ciudad del inmenso escritor que fue Bolaño. Uno de esos autores malditos con una leyenda que sirve para complementar su obra. Muerto a los 50 años tras no recibir un trasplante de hígado, en sus últimos días sufrió una enfermedad intensa que no le impidió terminar su última y más larga novela. El escritor que tuvo una juventud rabiosa en México, durante la que gestó, junto con el poeta Mario Santiago, el infrarrealismo, un movimiento literario que emprendió una cruzada contra el oficialismo y la burocracia cultural regentada por el premio nobel y patriarca Octavio Paz. El tipo que luego regresó a Chile, justo para atestiguar el golpe de estado y para pasar una semana en prisión sin saber si sería torturado o asesinado. Y que luego viajaría a Cataluña a vagabundear entre trabajos de lavaplatos o vigilante y, finalmente, en sus últimos diez años de vida, a escribir las novelas que pasaron la página del Boom latinoamericano, incorporando las vanguardias literarias de la segunda mitad del Siglo XX a la lengua y restaurando el interés del mundo por la literatura en español.
En la segunda parada de la ruta, por ejemplo, donde quedaba la bisutería de la madre de Bolaño, y donde él vivió escondido en la parte de atrás, ahora queda una verdulería llena de fruta madura y moscos, cuyos dueños miran con recelo a los visitantes. El punto tres, uno de los muchos bares que Bolaño frecuentó, es ahora un local abandonado. Oculto tras una reja oxidada y con el piso lleno hojas secas. Lo mismo pasa en la calle Aurora, frente al edificio en el que estuvo una de las casas del escritor en Blanes y donde han construido una biblioteca con una «sala interactiva» en su nombre.
―¿Dónde está la Sala Bolaño? ―le pregunté a la encargada apenas entré.
―¿La qué?
―La sala Bolaño. Estoy haciendo la ruta.
―Está cerrada ―respondió. Hizo una pausa y empezó a buscar las llaves.
La seguí y entramos a un salón que está detrás de la escalera principal. En el interior solo había un atril y muchas sillas. Caminé hasta la esquina donde han puesto una estantería con los libros de Bolaño y revisé los títulos para ver si son primeras ediciones. No lo son, pero descubro que todos tienen un sticker en la primera página. El texto está en catalán, pero creo entender que son parte de una donación de Carolina López, la viuda del autor.
―¿Los donó la esposa? ―le pregunté a la encargada que está de nuevo en su puesto.
―¿Qué?
―¿Los libros de la sala los donó la esposa de Bolaño? Tienen un sticker.
La mujer no respondió, sino que tomó el teléfono fijo en su escritorio y habló:
―¿Sabéis si los libros de la Sala Bolaño los donó la esposa? No, no, me preguntan. Aquí están haciendo el recorrido. Sí, le pregunto. Hola, ¿sabéis si los libros de la Sala Bolaño los donó la esposa? Vale, pues le pregunto…
Cuando la encargada terminó de hablar, unos cinco minutos después, me dijo:
―Algunos los donó, sí.
Luego regresó a la pantalla de su computador y no me vuelve a dirigir la palabra.
Le dí una vuelta a la biblioteca y al salir, me dirigí al estudio «espartano» que Bolaño tenía en la calle del Lloro al otro lado de la ciudad.
En el camino, tengo tiempo de rememorar a mi Bolaño personal. La primera vez que escuché de él fue en la universidad. Yo trabajaba con uno de mis tíos pintando casas mientras leía Llamadas telefónicas, su primer libro de cuentos. Recuerdo el cansancio en los hombros y mis manos salpicadas de pintura sosteniendo el libro. Recuerdo, aún mejor, haber leído Sensini, un relato sobre un escritor perdido en Girona, que subsiste gracias a los premios literarios y que entabla una relación epistolar con un afamado escritor argentino apellidado Sensini. En aquel entonces, yo no sabía nada de Antonio Di Benedetto; el autor real que inspiró el personaje de Sensini, tampoco de la biografía de Bolaño ni de su vagabundeo cerca del Mediterráneo ni había leído a Kafka para entender las sutiles referencias del cuento. Sin embargo, el relato se me incrustó en el pecho y, durante un par de años, imité a su protagonista con disciplina y me convertí en un asiduo y nunca victorioso participante de concursos literarios.
Aquella experiencia, la de escribir muchos cuentos y no ganar nada, me ayudó a entender tres cosas: yo no era tan buen escritor, no me importaban mis continuas derrotas y tenía la disciplina necesaria para persistir y seguir escribiendo.
Con el tiempo, leí gran parte de los libros de Bolaño, pero su regreso a mi vida se dio muchos años después, mientras vivía en Barcelona. Yo había renunciado a mi trabajo, terminado con mi novia, vendido todas mis cosas y gastado hasta el último peso que había ahorrado por más de quince años, desde que pintaba casas, para cruzar el océano y estudiar literatura. Vivía en un pueblo cerca de la ciudad y trabajaba de forma irregular en una fábrica de pan congelado, viajando por toda Cataluña en un furgón congelador desde las tres de la madrugada hasta las tres de la tarde. En las noches, asistía a las clases y oía a otros hablar de escritores y libros. Hablar sobre todo de Borges y de un tal Roberto Bolaño.
Cada profesor, escritor y ciudadano de pie en Barcelona tenía algo que contar de Bolaño. Algunos, cosas banales para ensalzar su figura: que fingía acento argentino y no sabía escribir en mexicano; que en una cena se sentaron junto a él y les sonrió; que, cuando lo conoció, todavía no era calvo y elogió su peinado; que una noche durmió en su estudio y que tenía la manía de llamar a todos por el primer apellido. Otros, chismes gordos, como el litigio que emprendió su viuda contra la amante y última pareja para borrarla de la historia oficial, o las intrigas editoriales para publicar y redituar de forma póstuma cada palabra escrita, cada papel tocado por Bolaño. Y algunos, muy pocos, contaban con hartazgo que sus historias o ellos mismos habían terminado siendo fagocitados por Bolaño en sus cuentos y novelas. En cualquier caso, en Barcelona todos tenían algo que contar, como si Bolaño fuera lo único interesante que pasara en la literatura española o lo único que podían recordar.
Y fue, precisamente, uno de esos seres que siempre hablaba de Bolaño, un chileno exiliado, el que me dijo, en una de esas cenas que constituían el único momento en que yo podía comer proteínas, que yo era pobre como una rata. Por supuesto, reconocí la referencia de inmediato. Así empezaba Sensini. Releí el cuento y luego, envalentonado, me embarqué en las más de mil páginas de escritores perdidos y feminicidios brutales que componen 2666. A mitad del libro, agotado, decidí tomar un respiro y, aprovechando un ejercicio del máster, tomé un tren rumbo a Blanes para perseguir las memorias de un escritor muerto.
Cuando llegué al estudio de Bolaño, me encontré con una puerta al final de un callejón corto con olor a orines, detrás de un teatro. Di una vuelta revisando hasta los ladrillos y luego me puse a tomar apuntes y a contrastar con las fotos y escritos sobre el lugar. De pronto escuché una flauta traversa seguida del estruendo de los instrumentos. Era la misma música opacada, las mismas bandas sonoras, los mismos ruidos y gritos que oía Bolaño al escribir y de la que habló en Los detectives salvajes. Tal vez lo único suyo que queda en Blanes. Me siento cerca de la esquina a escuchar.
Una idea había estado dando vueltas en mi cabeza. No dejaba de ser insólito que en Blanes no quedara casi nada de Bolaño, mientras que en Barcelona era el eje central de la literatura. Como si fuera su destino ser disputado y rechazado en partes iguales. Como si él mismo no pudiera pertenecer a ningún espacio físico y necesitara tres nacionalidades, tres cánones (Chile, México y España) para encontrar su lugar en la literatura en lengua española.
Cuando se acercaba la noche, y con ella la hora de mi tren de regreso, caminé hasta el edificio donde quedó el último hogar del escritor. El número del apartamento aparece en la guía oficial que está en internet. Timbré dos veces, esperando que me contestara un fantasma, pero nadie respondió. Bajé entonces a la playa de Blanes que estaba vacía. El viento soplaba y el pueblo se veía blanco en el atardecer. Sobre el mar azul las gaviotas daban vueltas luchando entre sí, justo sobre la tumba de Bolaño.