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Testimonio
Di papaya y abusaron de mí
Por | Ilustración: Leo Parra

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Mariel Ríos recuerda cuando, en su adolescencia, fue drogada y llevada a un motel. Este texto desgarrador cuenta lo que muchas personas callan.

«¡Es mi culpa! ¡ES MI CULPA!», me repetí durante días. La frase recorría mi mente, exhalaba veneno en cada letra y las ponía en mayúscula entre signos de exclamación. A los 17 años aprendí que los pensamientos también duelen, y duelen mucho. 

Una noche de un año que no vale la pena mencionar —porque lo escrito aquí es atemporal y todos los días aparecen nuevas víctimas—, me despedí de mi novio y abordé un taxi. Acomodada en la silla trasera, di la dirección de mi casa. Por la hora, casi la medianoche, el trayecto no debía durar más de quince minutos. 

El hombre, creo que blanco, de pelo oscuro y sin barba ni bigote (quizá no sea así y mi cerebro se encargó de llenar la información ausente luego de tantos años de mantener el recuerdo sepultado), inició la conversación. Tal vez habló del clima, el ambiente nocturno de los bares, cualquier pretexto trivial. Yo había bebido cerveza. Estaba entonada. No estaba borracha. No sentía sueño. 

En algún momento, el sujeto giró la cabeza. Pensé que lo hacía para ver mi expresión frente a una pregunta. No recuerdo si extendió la mano para esparcir algún extraño polvo o si me dio algo de beber. 

***

Casete borrado…

El olvido nos convierte en mentirosos «¿Cómo no recuerda si le dieron algo?» «¿Estaba tan ebria que se le extravió ese gran detalle de la mente?» «Muy idiota si le dio por recibir algo de tomar». Mi propia voz me juzga, malinterpreta. Un alter ego que me mira incrédulo. No puedo responder.  

***

Cuarto en penumbras, techo blanco alumbrado por un televisor que emite alaridos apasionados. Mi torso, desnudo. Abajo, un pie descalzo y el otro jaloneado por alguien que intenta quitarme la bota.

Me veo gritando, llorando (¿Por qué en los recuerdos traumáticos me veo ajena, como si fuera una espectadora? ¿Será que la mente disocia para hacer menos dolorosas las situaciones?). 

El hombre me lanzó a la cama y quiso cubrirme la boca con las manos, pero yo era una alarma inatajable… 

Acabo de recordar que el hombre era bajo de estatura, tal vez escuálido, porque logré doblar una pierna y empujarlo con mi rodilla. 

Cada episodio sale por los resquicios de la sepultura en la que decidí enterrarlo hace décadas. Ahora exhumo este cadáver que sale con un hedor que me agua los ojos… Tengo que parar de escribir… Quiero un trago de ron para calmarme, pero sé que no será uno, que será apenas el primero. Un trago es la punta de una larga pita que culmina en el olvido. Ahora necesito lucidez, aunque me duela).

Sí, era de piel blanca. Aparece en mi cerebro su desnudez. Lo veo recoger unos pantalones, buscar unos zapatos, salir corriendo… 

¿Salió empeloto? ¿alcanzó a vestirse? no lo sé. Mi mente era una cámara de video averiada que dejaba de grabar por instantes.

***

Me veo golpeando el pecho de un hombre mientras lo maldigo. Me agarra las manos, me zarandea, pide calma. Despierto del delirio: estoy en el parqueadero del motel y me doy cuenta de que el hombre al que golpeo no es el mismo que pugnaba por desnudarme, sino el encargado de recibir a los amantes que llegan a ese refugio de amores escondidos. 

Le cuento lo sucedido. El hombre intenta excusarse: él no puede vigilar a cada pareja. Tampoco solicita cédulas. Entre más clandestino, más clientes, y lo que sucede en las habitaciones es responsabilidad de cada quien. 

Lloro, un llanto insoportable que podría aplacar la calentura de un visitante o, peor aún, alertarlo de una mala situación. El recepcionista, quizá con ese pensamiento, me ofrece la silla de su cubículo y permanece afuera. Cuando me ve más calmada se ofrece a llamar a un amigo suyo, taxista, para llevarme a la casa. Acepto. No quería hacerle la parada a un desconocido o esperar el amanecer para coger un bus repleto de miradas.

***

Di papaya. El avispado percibió la vulnerabilidad de mi yo pendejo para montármela. Fue mi culpa. 

También fue mi error cuando, a la edad de doce años, un viejo me tocó la cola y me dijo «Bom bom». Y la noche en que, durante un viaje de reportería, un esmeraldero, en Muzo, Boyacá, me siguió hasta el baño e intentó entrar conmigo. El hombre se excusó con el argumento de que allí las mujeres son incapaces de rechazarlo y, además, yo había sido coqueta. Le hallé la razón. Habíamos compartido muchas risitas como para que él me considerara seria.  

***

No tengo por qué quejarme, tampoco me violaron. Tuve suerte. Algunas son halladas muertas en basureros, a otras las contagian de enfermedades o con sentencias en el espejo que les dan la bienvenida al «club del sida»; tampoco falta la que termina sin riñones en una tina. Me consolaba con esos pensamientos, pero sentía una especie de melaza cubriendo mi cuerpo y un veneno en la mente que me inyectaba una gran tristeza. ¡Calma! Qué consentida y dramática soy, me decía. 

Nunca consideré hacer una denuncia. Si no me la hundían y no tenía sangre o moretones gigantes, me podían acusar de querer dañar el nombre de un inocente caballero. Estaba expuesta a ser tachada de calientahuevos, solapada, libertina. Las autoridades, probablemente, me mirarían con sospecha y me escucharían sin creerme. «¿Y las pruebas?». Mi palabra. «Eso no es suficiente». Y luego a la casa, con la misma derrota de antes, pero ahora pública… Las cosas no han cambiado demasiado. 

Meses después, ni idea cuántos, la melaza me subió a la garganta. Quería vomitar, y vomité en los oídos de la amiga más cercana. No vale la pena escribir su nombre, no significaría nada para nadie, salvo para los enemigos de ella. Porque las experiencias dolorosas son armas para que nos hieran. 

Mi amiga no hizo los gestos dramáticos que esperaba. No expulsó ni una lágrima. Apenas me dio un abrazo. Cuando percibió que me había desahogado, me confesó que un compañero nuestro aprovechó su borrachera para tratarla como una «muñeca sexual». Quise devolver mi llanto, tragarme mis palabras. Sentí vergüenza ante su historia. Ella confirmó lo que había pensado días atrás: «Dimos papaya, y a papaya partida, papaya comida».

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