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Crítica
El optimismo radical de Marty Supreme
En su nueva película, Josh Safdie regresa al terreno familiar de retratar hombres complejos en apuros, como lo ha hecho en otras de sus obras. Pero, en lugar de condenarlo, en esta ocasión lo redime.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

Portada Marty Supreme
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A sus 23 años, Marty Mauser sueña despierto. Trabaja en una tienda de zapatos en el sur de Manhattan, donde sobresale entre los vendedores. Su tío, el dueño del negocio, quiere convertirlo en el próximo gerente. Él sabe, como pronto lo sabrá el público, que Marty es capaz de vender cualquier cosa. Es un joven carismático, engreído, imprudente, avispado. En los primeros minutos de Marty Supreme, la nueva película de Josh Safdie, se acuesta con su mejor amiga, que está casada, convence a unos socios de invertir en un proyecto personal y se paga a sí mismo, con la ayuda de una pistola, una deuda considerable. El caos no lo incomoda. Todo lo contrario. Para él, detenerse es colapsar.  

Marty hace todo, o casi todo, en nombre de su sueño. Está convencido de que es el mejor jugador de ping-pong en el mundo. En 1952, el año en que transcurre la película, el tenis de mesa aún no goza de mucho prestigio como deporte en Estados Unidos. Al igual que el ajedrez de café, es un juego que convoca a bohemios y excéntricos, que se desenvuelve en salones mal iluminados, bajo una nube de humo de cigarrillo, ante la mirada atenta de los apostadores. Por eso, Marty entrevé la oportunidad de hacerse famoso y rico. Quiere convertirse en la cara del ping-pong en su país. Y, con ese fin, viaja a Londres usando el dinero de la deuda saldada para competir en un torneo internacional.

Lo suyo no es un delirio. O no solo es un delirio. En Inglaterra, se acerca a su sueño. Marty, interpretado por Timothée Chalamet, despacha con facilidad a sus primeros contrincantes y salpica de imprudencias a un grupo de periodistas. En una jugada audaz, se instala en el elegante Hotel Ritz y le pasa la cuenta al organizador de la competición. Allí, a punta de labia, entabla una relación con Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una estrella de cine en el ocaso de su carrera, y con Milton Rockwell (Kevin O’Leary), su millonario esposo, con quien jugará, en los próximos meses, un agresivo juego del gato y el ratón. Pero antes de eso debe competir en el torneo. Después de vencer en la semifinal a su socio y amigo, el húngaro Bela Kletzki (Géza Röhrig, de El hijo de Saul), Marty conoce a su némesis, el japonés Koto Endo (Koto Kawaguchi), un hombre que prefiere el silencio al histrionismo. En ese momento, bajo los reflectores del estadio, el sueño de Marty empieza tomar la forma de una pesadilla.

Marty Supreme es la primera película que Josh Safdie dirige a solas desde su ópera prima, The Pleasure of Being Robbed, de 2008. En los años del medio, hizo carrera codirigiendo cintas con Benny, su hermano menor, al que le lleva dieciocho meses. La primera colaboración de los dos, Daddy Longlegs (2009), tuvo su estreno en la Quincena de Realizadores de Cannes. Es una obra que hicieron con las uñas, sin permisos ni actores profesionales, cercana en su estética al realismo marginal de cineastas independientes como Harmony Korine o Sean Baker. En ella, los hermanos hurgaron en los recuerdos que tenían de su padre, un proyeccionista divorciado, para pintar el retrato de un hombre difícil e inestable, pero también imaginativo, al que la vida le cuesta trabajo. La mayoría de la película la filmaron en las calles de Nueva York. Josh tenía 24 años; Benny, 22.

Durante la siguiente década, los Safdie experimentaron en busca de su sello personal. Siguiendo la estela de Hoop Dreams (1994), considerado por muchos el mejor documental deportivo de los años noventa, filmaron Lenny Cooke (2013), una obra que narra el desplome de una joven promesa del básquet. Luego, con el lenguaje del cinéma vérité, ficcionalizaron las memorias de una joven heroinómana que conocieron en el Diamond District de Manhattan. En Heaven Knows What (2014) ya se hace evidente el gusto por la intensidad, tanto en la trama como en la edición, que caracterizará sus proyectos futuros.

La cinta que los dio a conocer en círculos más amplios, y en la que se percibe con mayor claridad el hallazgo de un estilo propio, se titula Good Time (2017). Protagonizada por Robert Pattinson, cuenta la historia de un ladrón que, tras un fallido atraco bancario, intenta sacar a su hermano de la cárcel. Es una obra violenta e implacable y se desenvuelve a un ritmo asfixiante. Esa misma energía aparece en su siguiente película, Uncut Gems (2019), con Adam Sandler como un joyero de Nueva York que se hunde en un espiral de deudas. Ambas películas son ejercicios magistrales de tensión narrativa.

Pocos sospecharon que Uncut Gems sería la última colaboración de los Safdie. En 2025, seis años después de su estreno, ambos sacaron películas por separado. Benny escribió, dirigió y editó The Smashing Machine, sobre un luchador de artes marciales mixtas. Unos meses más tarde, a finales de diciembre, apareció en cines Marty Supreme. Al ver las dos obras, se hace evidente que Benny era la voz de la prudencia en sus colaboraciones, mientras que Josh traía la energía mánica. The Smashing Machine tiene a su favor la actuación de Dwayne «The Rock» Johnson, pero la historia titubea, sin convicción. Ante todo, le hace falta el brío que rezuma, por todos sus poros, Marty Supreme.

En un sentido, ambas películas continúan la tradición de los hermanos Safdie de perfilar hombres complejos. Pero es Marty Supreme la que realmente dialoga con sus predecesores. Como los protagonistas de Good Time y Uncut Gems, Marty Mauser es un individuo que, en busca de atajos, se tropieza, y que, para tapar un hueco, cava otro más hondo. Terco e impaciente, también es, sin quererlo, su peor enemigo. En la pita de sus enredos, enreda a otros y se enreda a sí mismo. Y esto se hace evidente en la trama que se desarrolla después del torneo internacional de Londres.

De vuelta en Nueva York, Marty aún sueña despierto. Quiere volver a cruzarse con Endo en una mesa de ping-pong. Pero todo, claro, se complica. En el caos que sigue aparecen gánsteres, tinas voladoras, campesinos racistas, maletas llenas de dinero, estafas, estrellones, mordeduras. Vemos al rapero Tylor, the Creator, que interpreta el papel del mejor amigo de Marty. Vemos al legendario cineasta del lado sórdido de Nueva York, Abel Ferrara, en un papel memorable (Ferrara también tiene un cameo en Daddy Longlegs). Marty, acostumbrado a ser el embaucador, es embaucado. Pero no se inmuta, o lo disimula muy bien. Nos insiste que tiene un propósito, y que tener un propósito es una maldición.

En múltiples entrevistas, Josh Safdie ha dicho que quería examinar el sueño americano en la película. «Yo creo que la victoria en la Segunda Guerra Mundial encendió la idea del sueño americano, la idea de que un individuo puede cambiar el mundo —le dijo a The Guardian—. Y luego, en los años ochenta, mientras salíamos de la derrota de Vietnam, y de una depresión económica y cultural, [el presidente] Reagan intentó revivirlo, pero lo hizo en comillas […]. Y ahora, por los efectos de esa época, el sueño americano, que es la búsqueda de la prosperidad, es hasta más difícil de lograr».

Las ideas políticas de Safdie informaron aspectos de su película. Para poner a dialogar esas décadas, por ejemplo, armó una banda sonora con música de los ochenta para una película situada en los cincuenta. «Everybody Wants to Rule the World», de Tears for Fears, y «Forever Young», de Alphaville, figuran particularmente. Safdie también buscó conversar con algunas ideas del filósofo Mark Fisher. En diferentes momentos, el pensador británico argumentó que el triunfo del capitalismo a finales de los ochenta erosionó nuestra capacidad de imaginar futuros alternativos. En la música, el cine y otros medios populares, esa incapacidad se tradujo en un estado de parálisis. Desde entonces, decía Fisher, la cultura cayó en un ciclo de reciclaje, nostalgia y pastiche. Lo nuevo dejó de existir. El futuro fue cancelado.

Marty Mauser, por supuesto, no cree en estas ideas. En lugar de encarnarlas, las refuta. Su optimismo es radical. Con él, Safdie construyó un antídoto a la sensación de estancamiento. Y esa es la belleza del personaje, lo que lo hace entrañable. A pesar de la acumulación de tropiezos y giros de fortuna, Marty no renuncia a su sueño. Descubre, eso sí, que la complejidad de la realidad se ha filtrado en la simplicidad del ping-pong. Su sueño ha sido contaminado por las fuerzas del mercado y las exigencias del espectáculo. En su encuentro final, Marty se enfrenta a una situación donde ganar no solo es ganar y perder tampoco solo es perder. La torsión está al máximo, para que claudique. Pero él se rehúsa.

Marty Supreme no es una tragedia. No cae en el cinismo o en la desesperanza. Al contrario de Good Time y Uncut Gems, es una obra en la que apostarle a lo improbable no necesariamente conduce a la perdición. En la nueva película de Josh Safdie la vida se renueva y los sueños, también.

Foto de Christopher Tibble

Christopher Tibble

Director general. Periodista y editor. Estudió Cine y Literatura en la Universidad de Monash, en Melbourne, Australia, y tiene una Maestría en Periodismo Cultural de la Universidad de Columbia. Fue editor de la revista Arcadia y del área de ficción de la editorial Planeta. Ha escrito para medios como El Malpensante, El Tiempo, La Silla Vacía, SoHo, Bocas, Stanger’s Guide, entre otros. En 2021 ganó el Premio Simón Bolívar por su investigación «El rey se pasea desnudo: corrupción en el Fondo de Cultura Económica Colombia». Cofundador de CasaMacondo. E-mail: chris.tibble@casamacondo.co
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