Me encuentro con Tomás González en los primeros días de septiembre de 2025, poco después de que lo anunciaran ganador del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas que entrega el Gobierno chileno para reconocer trayectorias literarias. Debería estar preparándose para viajar a recibirlo, pero no va a ir. No puede, porque hace unos meses una caída le causó un hematoma subdural y no le recomiendan volar. Aunque tampoco quiere. Montarse en un avión y cruzar un continente para encontrarse con desconocidos y tener que forzar la amabilidad… Ya tuvo que hacerlo en una videoconferencia, ministra de Cultura de Chile incluida, y fue suficiente.
La noticia del premio casi anula la posibilidad de este texto. Semanas antes del anuncio, y sin tener idea del fallo, el editor de CasaMacondo y yo nos propusimos intentar algo sin apuros, tipo perfil o reportaje largo, sobre Tomás González, un escritor que inquieta debido a la particularidad de su prosa —la pregunta por su estilo, de dónde viene y cómo se logra esa tesitura, es constante—, pero también porque se le considera esquivo y escaso, y a su vida una interrogante en la medida en que la exhibe muy poco.
Durante los últimos cuatro o cinco años yo había construido una pequeñísima confianza con él, basada en ayudarle en un par de ocasiones a donar libros suyos a una biblioteca pública, y una vez más que lo retraté por encargo para la cubierta de uno de sus libros. De esos encuentros me había quedado su dirección de correo electrónico y su número celular, pero sobre todo la libertad de, digámoslo así, escribirle si quería. «Quiubo, Tomás». Sin embargo, como este era un trabajo que no entrañaba afán, yo dilataba parsimoniosamente proponerle una invasión bárbara a su reservado mundo personal. González, se sabe, es abierto a que lo entrevisten, solo que lo prefiere por correo y pocas veces en persona. La noticia del premio, que lanzaron de un día para otro, hacía parecer que me guiaba el apetito periodístico y no el interés en él nada más que por ser él, con premio o sin premio.
Como la mejor excusa es la verdad, le envié un mensaje que decía felicitaciones, aunque no era para el asunto del premio. Y al paso le explicaba que desde hacía semanas fraguaba un texto reporteado a la antigua, para publicarlo cuando estuviera listo, fuera en ese mes o a la vuelta de un año, y, dadas las nuevas circunstancias, según una lógica contraintuitiva: llegar tarde a la noticia. Yo ni siquiera usaría grabadora.
González vio el mensaje, lo leyó y lo dejó así. Cuarenta y dos horas más tarde contestó: «Todo lo que sea sin afanes me suena».
Días después convenimos que estaría bien charlar en su casa. Por alguna razón, dónde vive Tomás González es algo sobre lo que periodistas, lectores y otros escritores especulan. Que vive en Chía. No, en Cachipay. No, en Honda. No, en El Peñol. Que lo vieron en Bogotá. Cada quien asegura saberlo. Digamos, entonces, y para seguirle el juego al juego, que vive en el campo. Lo entrevisto desde las montañas de Colombia, como firmaban las FARC.
En medio de un bosque húmedo y de niebla, en tierra más bien fría, donde hay helechos y pájaros, en todo caso. Entre la naturaleza, eso que Carl Jung llamaba «los pensamientos de Dios». Sin embargo, no tan apartado del mundo como uno supone, o le gusta suponer, para que coincida con la imagen del ermitaño enigmático que desde hace algunos años, y sin que él se lo hubiera propuesto, ha venido dibujándose en torno suyo.
Lo cierto es que a pocos minutos caminando va a una tienda donde le venden aguardiente, y a otros tantos en carro llega al casco urbano de un pueblo grande a donde va con cierta frecuencia, aunque desde hace años no maneja carro.
Su casa es pequeña, más bien moderna, sin tapia ni emblemas antiguos, que es lo que, de nuevo, uno imagina para él. Cada quien proyecta su propio Tomás González. Cuando hace algunos años iba a conocerlo, se lo conté antes a un amigo que lo admira como se admira al autor de unas novelas que él ama. Me pidió que le pusiera mucha atención a la casa de González; le inquietaba mucho no solo dónde vivía, sino cómo vivía y cómo era ese lugar en el que escribía, intuyendo una relación causal entre el entorno, las costumbres y el resultado.
Y fue decepcionante, porque la imagen que pude compartirle de aquella vez que me entrometí en su casa fue la de haberme topado con medio aguacate dejado al garete sobre el mesón de una cocina modesta de baldosines blancos, en una casa también modesta en una loma de Envigado, que décadas atrás había sido una finca familiar donde se sembraba café. La expansión urbana la había dejado atrapada entre edificios modernos y él vivía allí como un Robinson en su isla.
Medio aguacate sobre el poyo de la cocina, como diría González en envigadeño puro de cepa, era la imagen del entorno del escritor. Eso, y un armario reventado de libros suyos que necesitaba vaciar. Quiero decir, de libros escritos por él, de su obra; ejemplares de cortesía que las editoriales les mandan a los autores en cada tiraje y que, cuando los números de González empezaron a ser grandes, lo desbordaron. Como necesitaba espacio, quería regalarlos a una biblioteca. En suma: mi espionaje a su mundo arrojó medio aguacate amanecido y un closet con más libros que amigos para regalarles. Miento: había algo más. Un computador Mac de pantalla enorme, cuando el mito del hombre envuelto en brumas apuntaría a que debería escribir, qué sé yo, a mano, con pluma y quizás fabricando su tinta. Esa vez apareció de camiseta, jeans con muchas lavadas y sandalias de hippie contemporáneo, de esas de gringo viajero.
En los entornos de González siempre hay algo desprolijo. Dos vasos de la noche anterior, cualquier arrume de papeles, alguna vez vi un cenicero con cenizas desbordadas. Puede ser cuestión de estética; dice que no le gusta lo extremadamente bien hecho, como las prosas a las que se les ve la técnica, el uso de «la plomada y el nivel», como dice que decía León de Greiff. Aunque también podría tratarse de que simplemente le cuesta lo doméstico. Esta vez, sin embargo, hay que darle el beneficio de haber atravesado un trasteo reciente. Huyó a mediados de agosto del año pasado de El Peñol, donde vivía al pie del embalse, derrotado por el turismo ruidoso que invade la zona. De toda su experiencia allí quedó Vista del abismo, su publicación más reciente, un volumen de cuentos marcados por el agua. González tenía un botecito en el que se embarcaba solo y pasaba dos o tres días fondeado en la represa.
Porque algo sí es cierto en la imagen del escritor ermitaño: es silencioso y le gusta el silencio. Aunque para efectos de narrarlo diferente este dato es mejor: se mudó, también, para estar cerca de donde vive Kica, la mujer con la que comparte desde hace años y se refiere a él como «Tómas», así, con acento en la o. Viven separados pero pasan buen tiempo juntos. «En seminternado», es el chiste compartido. Ella es conversadora, pone tema, su moverse por todas partes se siente aquí y después allá como una abeja industriosa. La psique humana funciona en contrastes de polaridad, y al parecer ese opuesto equilibra el campo anímico del hombre silencioso y quieto.
En la casa pequeña, más bien moderna y metida en un bosque donde González vive ahora, lo acompaña una perrita de pelo ámbar y corto que se llama Mara, forma abreviada de Maravilla, y lo debía acompañar también una gatica que no se dejó agarrar y se quedó en la otra casa, caprichosa y aferrada al mundo conocido, como son los gatos.
Nos sentamos pues a conversar. Es muy temprano en la mañana y hay cerveza. Yo pregunto y González responde. Se abre con generosidad, aunque con él la conversación no es fácil. De entrada las entrevistas lo aburren de manera soberana. Aunque estamos en son de charla, no sale muy fluida y a veces bordea lo infructuoso. Con él no aparece el habla torrencial y llenadora de otros escritores que se montan en las entrevistas, las guían e hipnotizan. Tampoco cuenta historias de esas de cenas junto a intelectuales en ciudades europeas, no tiene restaurante favorito en Madrid, no recomienda el mejor sitio para un macchiato en Milán, no menciona un librero de confianza en Buenos Aires que le consigue primeras ediciones de Borges. No es amigo de toreros, ni de directores de cine ni mucho menos de presidentes. No toma vodka con jugo de pera. No habla del mejor té almendrado a la orilla del Bósforo. No ha sido corresponsal de guerra. No acaba de llegar de viaje ni está a punto de irse de viaje. Tampoco despliega erudición ni sepulta al interlocutor en citas literarias. Todos los periodistas de las secciones culturales quieren entrevistar a Tomás González en persona hasta que logran entrevistar a Tomás González en persona y resienten el peso de su charla espartana. ¿A dónde está el escritor premiado y quién es este señor que no lo empapa a uno en babas esnob? Lo que más pesa son los silencios. Ante ellos hay que aguantar el vacío sin llenarlo, estar a gusto en tensión e incorporar eso a la charla. Y no lo digo yo; lo dice él: «Lo entrecortado y parco de mi comunicación hablada es parte de lo que soy». Esa es la razón por la que prefiere responder entrevistas por escrito: «Cuando los temas son complejos, y casi todos los son, prefiero escribir», dice. También porque recibir y atender gente le quita tiempo y él necesita el suyo para la jardinería, o para reparar algo en casa porque es hombre del siglo xx y sabe usar herramientas. O para sentarse a mirar a través de las cosas, esa actividad que permite que las ideas maduren adentro hasta que la mano las pueda sacar escribiendo. Y además porque le teme al ridículo y le da miedo, o más bien, le molesta que los periodistas entiendan mal lo que dice, lo escriban peor, y lo hagan sonar como un imbécil. Razón no le falta, pero el escritor zen tiene su ego.
No obstante lo mudo, cuenta. Habla. Comparte. Recuerda a su papá, un hombre silencioso y medio indescifrable; un tipo que sonreía con los ojos y nomás. Cree que vino a conocerlo de verdad cuando leyó una carta descomunalmente bella para su mamá, carta que es uno de los puntos de partida para La historia de Horacio (2000), una novela en la que González recrea al padre y a los tíos paternos, sin que los personajes sean necesariamente ellos en rigor. No es que esté metiendo de contrabando su vida dentro de un libro, sino más bien usando su singular sistema familiar envigadeño como insumo literario. Envigado: esa aldea a partir de la cual González ha narrado la experiencia universal tal como lo hicieron los rusos con la pequeña comarca. Dice sobre eso: «Fue allá [en Envigado] donde se definió mi manera de mirar. Con esos ojos he mirado el mundo que he recorrido». Y de regreso al padre: sospecha que tenía lo necesario para ser escritor, pero no pudo porque tuvo que levantar a ocho hijos. Fue agente comercial, tuvo una agencia de lotería. Gran lector.
Todos en su familia eran lectores. Sin embargo, nada de aspavientos; solo gente normal que usaba los libros y la música y otras formas de arte para hacer la vida más agradable. Vivían en Medellín, en el barrio Laureles, un suburbio de clase media ascendente en la década de los cincuenta. La mamá, que era más de campo que de ciudad, no se amañó allá y se mudaron para Envigado, en ese tiempo mucho más rural, para una casa-finca de tapia vecina de Otraparte, el cubil del filósofo Fernando González, que para él no era más que un tío: un señor que empezaba a quedarse sordo y al que los sobrinos le pedían corozos y le robaban cigarrillos. Le impresionaba más el primo Simón, el futuro brujo; la barracuda de los ojos azules que gobernó el archipiélago de San Andrés, quien por la época manejaba un carro de playboy y tenía el pelo medio largo.
Y sigue: que en la familia eran ocho, entre hermanos y hermanas, y uno alcanzó a tener sotana, que del colegio de los jesuitas en Medellín pasó al de La Salle en Envigado, que ya graduado se matriculó en Ingeniería Química porque era lo que el papá quería, pero como los papás nunca saben nada de los hijos duró apenas un semestre en el que fue infeliz. Se fue para Bogotá a estudiar Filosofía en la Universidad Nacional en donde conoció a su esposa por algo más de cuarenta años. Se va adelante y vuelve atrás: que en el colegio jugaba fútbol. Era arquero, lo cual no es del todo extraño porque en un equipo de fútbol el portero es distinto a los demás: un solitario. «El intelectual de la cancha», suelta él en uno de esos repentismos de humor de tímido que le ponen chispa, sal, pimienta, y a veces veneno a la conversación. Así deja saber que, pese a lo mudo, al frente hay alguien que no la está pasando mal del todo sentado ahí, explicando quién es.
Me doy por satisfecho. Aunque no estoy buscando algo específico ni voy detrás de un dato inédito, sin duda he conseguido información de primera. ¿Quién más sabe que Tomás González por poco es ingeniero? Solo yo. Y a ese ritmo podré arrojarle un gran chorro de luz al enigma que lo rodea, porque lo tengo palabreado para otras jornadas. Sin embargo, en el transcurso de los días me iré dando cuenta de que todo lo que me ha contado ya lo ha dicho. Uno cree que está recibiendo información original, pero investiga y descubre que eso ya lo dijo en alguna parte.
La historia y muchos detalles de la vida de Tomás González, tan reservado que se dice que es, están por todas partes; basta buscar las decenas de entrevistas que ha dado para revistas, periódicos y hasta televisión a lo largo de los años y en las que lo ha contado todo. O al menos lo que quiere que se sepa, que tampoco es poco. Pese a la idea del escritor esquivo, ha sido y es generoso compartiendo sobre sí mismo. Entre las entrevistas quizás la más completa es «La memoria inventada» para El Malpensante 122, hecha por John Galán con fotos personales y de juventud del archivo de González, además de retratos originales en la finca de Cachipay que le tomó Jairo Ruiz Sanabria. También está El manglar de la memoria, un libro que compila una cronología detallada hasta 2020 y dieciséis ensayos académicos sobre su obra. Y, sobre todo, y esto suena raro para un supuesto hombre tan reservado, en textos de su propia mano. Asombro (2021) es un libro en el que González se cuenta y se explica con detalle. Allí narra anécdotas de todas las épocas en textos con cierta música de ensayo sobre «la vida, la literatura y el oficio de escribir», como dice en la portada. No es truco del editor para capturar lectores. Quien quiera conocerlo ahí está él, contado por él. Pero es su libro menos leído.
Resulta contradictorio porque cuando se trata de Tomás González tanto los periodistas como los lectores muestran una curiosidad insaciable. Siempre lo quieren entrevistar, bien sea si tiene novedad literaria o no, y quieren saberlo todo, y cuando lo saben todo quieren saber más. Guardan la sospecha de que en él hay un enigma, algo no dicho, una cosa oculta que nunca revela. Y que en ese misterio jamás sabido se encuentra la clave de quién es y cómo es y por qué escribe lo que escribe. Solo se necesita que alguien, por fin, logre sacárselo. Lo cierto es que no hay nada. Tomás González es un misterio sin misterio. Lo que tiene para decir sobre sí mismo ya lo dijo, lo ha dicho y lo sigue diciendo. Y no es por repetirse, ni por tacañería del alma: es porque es lo que hay, como en una tienda de esquina. De ese tamaño es su vida. Y así la ha narrado.
Por eso escribir sobre Tomás González es agotador. Nunca basta, nunca es suficiente y la mejor entrevista se queda corta. Los lectores se sienten insatisfechos: quieren saber quién es y cómo es y qué hace cuándo nadie lo ve. Y eso solo lo puede saber él y nadie más que él, hasta que decida sacarlo del fondo abisal de su memoria, de su corazón, o de la cavidad del chakra tres. Lo cual hace en sus libros, porque González está regado por su obra como la luz del sol por el paisaje: se puede ver y sentir aunque no es posible atraparla. No es posible atraparlo.
Así que digo: Tomás González es un hombre común que no esconde un misterio. Mientras trabajo en este texto comparto esa idea con amigos y me dicen que no puede ser así, que más bien no logro llegar a lo importante porque no tengo su confianza. Es decir, no me creen. Continúan atados a la idea de que en González sí hay algo oculto y para llegar a eso se necesita… ¿Un don especial? Y claro que sí, para entrar plenamente y narrarlo sería necesaria una confianza suprema, granjeada en décadas de cercanía íntima, y sabrá Dios si él la ha tenido, la tiene o la quiere tener con alguien. Con un visitante circunstancial, desde luego que no, en todo caso. Pero entonces la reportería para escribir sobre Tomás González habría tenido que empezar el mismísimo día en que salió de la entraña de su mamá y continuaría hasta hoy; toda la vida en un esfuerzo sostenido en tiempo real para lograr que finalmente cuente… ¿Que cuente qué? ¿Qué es lo que queremos saber sobre él? ¿Qué nos inquieta tanto? ¿Cómo es? ¿Dónde vive? ¿Qué come? ¿Fuma marihuana? ¿Es nudista? ¿Vegetariano? ¿Pecador? ¿Es verdad que medita? ¿Cuando medita levita? ¿Cómo escribe? ¿Con qué mano escribe? A ver, con qué mano escribe Tomás González… La verdad es que no se nota si es diestro o zurdo. Tal vez sea diestro, porque nada en él llama particularmente la atención cuando come o cuando toma cerveza, y los zurdos se mueven diferente.
González es un hombre medianamente alto, ni corpulento ni delgado, aunque en su juventud fue un flaco desgarbado. Lo sé por las fotos de El Malpensante. Lo dicho: todo ya fue dicho. Usa reloj de pulso, mecánico, discreto, de correa de cuero negro y mica dorada. Se pone jeans y para estar en casa se calza con crocs. O con zapatos parecidos a los crocs. En los ojos, gafas de aro pequeño. En la cabeza, pelo abundante, no blanco sino plateado. Barba ídem. Sospecho que usa el mismo buzo de cinco años atrás cuando lo retraté en la casa de El Peñol. No vale la pena describirlo a fondo porque su imagen es bien conocida en decenas de solapas de libros, pero como la frenología es una pseudociencia infalible esto se puede decir sobre él: ni tiene ni desea poder; si así fuera su rostro se hubiera inflamado y abotagado. El poder envilece y, por eso, afea. Basta ver a los presidentes, que todos lo son. En cambio González tiene una cara bella, a veces de gesto triste, como de perro labrador casero e inofensivo, y otras veces severo, con expresión de ave rapaz. Para cuando se pone contento no se me ocurre un animal que lo represente, pero aseguro esto: no amarra la carcajada si se justifica y se pone colorado cuando se descubre a sí mismo haciendo un apunte chistoso, que no son pocos. Es ingenioso para el humor.
También melancólico, de los que naufragan a la seis de la tarde sin motivo, porque sí, porque vivir entristece. Se ha derrumbado en ocasiones; ha mirado el abismo y el abismo lo ha mirado de vuelta. Sé que conoce su oscuridad, pero desconozco si le teme. Puede ser impulsivo y terco, ahí hay rastros de su sombra. También es nervioso. Y los nervios lo vuelven débil de cierta manera. Hacen que pierda la iniciativa, para usar un término del ajedrez, que le gusta, que lo inquieta, que lo jugó, aunque dejó de hacerlo porque concluyó que es un juego violento, pese a que los jugadores apenas mueven las pestañas. Le hubiera gustado ser más avezado, dice. Más animal y menos vegetal, pienso. Todo tímido tiene el deseo de ser alguien más, de tener otra vida para poner la energía que no es capaz de usar en esta, hasta que se le presenta de veras la oportunidad y decide que no, que está bien ser como es y finalmente hace las paces consigo mismo.
Es culto. Musical, o musiquero, más bien: desde tangos y boleros hasta rock. Y mucha salsa. En todas sus casas ha tenido un buen sistema de sonido allí donde escribe. Le gustan los discos de vinilo, pero también Spotify y no objeta el sonido comprimido del mp3, aunque sí que la reproducción sea interminable. Descubrió los podcast. No le molesta la practicidad del ChatGPT para que le resuelva bobadas. Se aficiona por temporada a cosas, luego las abandona, y se interesa en otras.
No se graduó pero es filósofo. Pensamiento de izquierda de quien fue joven y estudió en universidad pública en los setenta. Tiene cientos de miles de kilómetros de lectura encima y en su momento leyó el boom de primera mano, recién cosechado, sin antecedentes ni atenuantes. Poca literatura recién salida lo llama y, en cambio, relee lo que ya leyó. No lo ocupa estar al tanto de otros escritores colombianos y las estrellas editoriales lo tienen sin cuidado.
Se siente cómodo mientras no lo invadan. Suelta apreciaciones de sentido común no exentas de esa poesía que aparece en lo anodino: «En donde hay desorden siempre hay un sanitario tirado», dice mirando un reblujero a lo lejos, en una suerte de solar que se alcanza a ver entre las ramas de los árboles del bosque bajo que rodea su casa. Es verdad, siempre lo hay. Pienso en todas las carreteras saliendo de todos los pueblos de Colombia, en donde hay un inodoro roto arrojado a un rastrojo. Y de ahí salto a «Automóvil», un poema suyo de 1974, bello como un trueno:
Pasaban plataneras,
Pasaban chozas, cerdos,
voces de niños negros desflecadas,
pasaban postes, se abrían pastizales, se cerraban,
[…]
Pasaban rápido cantinas, una hamaca, una red
de pescar, […]
Pienso también en un fragmento de «Historia del Rey del Honka-Monka»: «Llegaron los buldóceres y empezaron a barrer maleza revuelta con pedazos de ladrillo». Esas dos citas son de la misma naturaleza que la apreciación del sanitario tirado: belleza en todo lo que lo rodea, aunque a veces pueda ser una realidad objetivamente fea o cruel. «La espinosa belleza del mundo» como la frase que le sirve de título a un libro suyo de 2019 que compila casi todos sus cuentos.
Pero volvamos a su cara, que no se la ha desfigurado la vanidad, porque no es vanidoso, o al menos no en esa forma de los que olvidan ser modestos. Debo decir, sin embargo, que ignoro si cuando González está solo se mira largamente al espejo o si pesca su reflejo en vitrinas. Sé, sí, que el dolor le ha abierto surcos en la piel. La tristeza se ensaña con el tejido blando, cambia la expresión y él ha tenido dos grandes: la muerte de Juan, el hermano, y la de Dora, la esposa. Para exorcizar la primera escribió Primero estaba el mar (1983), la novela iniciática, la que circuló de forma modesta, artesanal, casi clandestina, como un mesías improbable en un pesebre, y ahora tiene traducciones y portadas en varias ediciones. Quién sabe qué escribirá para su segunda tristeza —existe, sin embargo, un poema en prosa titulado «Dora y las lluvias»—. Y hay una tercera muerte, la de otro hermano, Daniel, también asesinado —y también hay un poema: «La muerte de Daniel»—.
Como sea: esas cosas no se preguntan; la muerte requiere silencio, la tristeza requiere silencio, y toca esperar a que se saque sus dolores de adentro. Quizás lo hizo en La luz difícil (2011). Esa es la especulación, amparada por él, pues en alguna entrevista dijo que en esa novela hay algo de autobiografía. Sin embargo, por palabras vivas que salieron de su boca mientras bebía cerveza en la casa entre el bosque, la génesis de esa obra —que por varios años intuyó pero no terminaba de descifrar— le llegó trabajando como traductor: se topó con la historia de un deportista de alto rendimiento cuadripléjico que buscó la eutanasia y ahí dio con la clave de lo que quería narrar.
¡Ah, la faceta de traductor! Volvemos al mito. Qué tal esta imagen: Tomás González viviendo en su apartamento en el bajo Manhattan, vecino de un cementerio, mientras traduce literatura universal. Pero la cosa tiene menos romance: «Textos corrientes, textos técnicos o informativos», a veces para hbo, como dijo en la entrevista larga de El Malpensante. Vuelvo a decirlo: ya todo lo ha contado.
Otro mito: lo de El goce pagano. No que no fuera cantinero allí, lo fue, pero no una vida entera como se ha hecho parecer. En Asombro lo narra: apenas unos cuantos meses, aunque intensos, eso sí, con trasnocho, humo y trago en los que además de consignar cada madrugada el producido, como dicen los tenderos, hacía lo que mejor sabe hacer: quedarse callado. Todo hombre detrás de la barra de un bar está allí para eso; escuchar lo que los borrachos tienen para decir sobre sí mismos, que es de lo único que hablan, y en las pausas llenarles de nuevo la copa. En El goce también aprendió el ingenio repentino. Lo cuenta con hartos ejemplos, otra vez, en Asombro. No los transcribiré; el que tenga ojos que vea.
Así que González no fue ni cantinero nictálope ni traductor de literatura fina. Ha sido más bien hombre de casa, padre de familia, inmigrante latino en los ochenta con varios trabajos junto con una mujer y un niño. Aunque, dice, sí tradujo a Shakespeare una vez. Pero es algo que cuenta suelto, al vuelo, como si no hubiera pasado o, si pasó, no importara.
Hay cosas que dice como si no tuvieran importancia y por eso deja la impresión de que lo tienen sin cuidado cuándo sucedieron. Hay, por ejemplo, un dato importante: como González aprendió a escribir escribiendo, es decir, errando, tiene una novela fallida; una historia que infló con prosa poética hasta que se dio cuenta de que no funcionaba y después de mucha brega la engavetó. Varios años después la retomó como cuento, que era la extensión que le correspondía a la narración cuyo título es «Viaje infinito de Carola Dickson». Ese manuscrito fallido, si existe, vendría a ser para los estudiosos literarios la perla negra en el cofre de las diez blancas que suman sus novelas a la fecha. Pero él no sabe dónde está, si todavía existe, y al referirse a ello no se acuerda si fue antes de Primero estaba el mar, o después, cuando ya vivía en Estados Unidos, y si fue allá, si la escribió en los años en Miami durante el medio tiempo que usaba para bregarle a la literatura mientras en el otro ensamblaba ruedas de bicicleta; o tal vez en Nueva Orleans, en una corta temporada que pasó allí, o cuando ya vivía en Nueva York, o antes, cuando pretendió cultivar champiñones en Pensilvania… Para ser tan ermitaño y sedentario más parece un gitano con carreta que cambia de lugar y que perdió el mapa de sus recorridos. No le importa, en todo caso. Dice que «las fechas crean la ilusión de que uno entiende el mundo y sus acontecimientos» y poco a poco, y de manera cierta, se convierte en alguien que no distingue, o no quiere distinguir, entre lo que pasó ayer de lo de trasantier.
Bien por él que aunque usa reloj de pulso, el pulso del tiempo le está dejando de importar, tanto como su fama. Le pregunto por El manglar de la memoria, ese libro que es enteramente sobre su obra: «Lo que se dice leerlo, no lo he leído». Pienso en esa gente que busca su propio nombre en Google.
El problema de la fama en González. Ahí hay un nudo. ¿Qué hace un hombre como él con fama y todo lo que ella arrastra? Lo primero que habría que decir es que le llegó tarde, a los cincuenta y pico. Tal vez a los sesenta. El momento exacto es impreciso, pero antes de 2011, cuando brilló tan fuerte La luz difícil, él había publicado cinco novelas, dos volúmenes de cuentos y dos ediciones del poemario Manglares, la primera en 1997 con la editorial de la Universidad upb y la segunda en 2006 con Norma. Antes, en el 87, había ganado el Premio Plaza & Janés con Para antes del olvido, y sin embargo de él se conocía poco. De ahí que la frase «el secreto mejor guardado de la literatura colombiana» que aparece en la entrevista «El escritor del silencio», publicada por Andrés Felipe Solano en la revista Arcadia en 2006, otra de las buenas que le han hecho, en su momento lo resumiera tan bien: González era un hombre detrás de una potencia que el público no había empezado a mirar. Los lectores son como los votantes en las democracias, no aprecian al más capaz sino al más hablador, y el esquivo Tomás siempre estaba callado. En la última página de El rey de Honka-Monka en la edición que publicó la upb en 1995 aparece su retrato: joven, el pelo completamente negro, sin barba, el mentón poco pronunciado, la cara de quien no lo va a lograr. En 2004 escribió: «La fama, que ya no logré, ya no la quiero». Ese poema se llama «Contemplación de la amargura en Chía». Un puñado de años más tarde su fama reventaría como un brote tardío en tierra abonada.
Para explicarse ese problema se refiere a ello como «reconocimiento». Al elegir ese término sin duda hay un símbolo, pero en los símbolos se guarda una fuerte carga psicológica. El caso es que toma el reconocimiento como la consecuencia de que está escribiendo bien y no es que le oponga resistencia, pero lo quiere y al mismo tiempo no lo quiere. Aceptó el premio chileno pero no fue a recibirlo; le incomoda estar en el foco de la atención y no le gusta ponerse en escena. Así que ganar es un problema, y no ganar también. Odia firmar libros, pero si alguien se lo pide, los firma. Odia que le tomen fotos, pero si alguien se lo pide, posa, se pone rojo, mira hacia el piso. Las timideces de un tímido.
Fama o reconocimiento, el sustantivo que sea, no sería un tema si no fuera González la clase de persona que se siente sola en un cuarto lleno de gente. Lo que pasa es que es escritor que vende, y a todo mayorista literario le llega el momento de forzarse a la visibilidad. Porque una cosa es la literatura y otra el mercadeo literario.
Cuando los tirajes de González agarraron vapor, él de veras trató de comportarse como escritor. Fue a ferias, a coloquios, intentó institucionalizarse y participar de la parafernalia. En alguno de sus picos publicitarios tuvo que viajar al exterior veinte veces en un año. Varios refieren haberlo visto fuera de lugar y medio extraviado en un festival en Cartagena, explicando con todo el cuerpo que preferiría no estar allá. La Cartagena festivalera es para escritores que se visten de lino y sombrero Panamá, como unos Julio Iglesias, y esa no es su madera. El doble filo de la literatura es que para venderla hay que entretener, y en las mesas de ferias y festivales a artistas literarios los ponen de artistas performáticos. Todo eso González lo resiente. «Recreacionistas», es su expresión. De modo que después de un tiempo dejó de ir a casi todo y mejor se queda en casa con sus matas. Aunque algunas veces acepta invitaciones y por ahí se le ve aquí o allá en un cartel. Qué lógica lo guía para ir o no ir es suya. En esencia prefiere escribir que ser escritor.
Las personas auténticas suelen ser solitarias y se pasan la vida siendo malentendidas. Me pregunto si en realidad la curiosidad que González suscita en realidad es incomprensión. Tomás González no resulta fácil de clasificar y por eso es tan difícil asignarle un lugar entre los escritores contemporáneos. Lo mismo pasa con su obra. No es urbana ni moderna, tampoco costumbrista o campesina, y sin embargo sus libros suelen tratarse de mundos en los que se intersecan la naturaleza y la ciudad. Es en ese espacio liminar que contiene conceptos opuestos donde sucede su poética. O esa es mi impresión.
Así que indago y no dice nada realmente concluyente. Menciona, sí, un par de veces «Verdor», un cuento en el que hay selvas pintadas sobre pavimento. Pero me deja ahí, a mi suerte, para que yo concluya. Como enfatizo que me parece algo importante quedamos de intentarlo por escrito. Le envío un correo y al cabo de dos días responde: «Lo de la poética me pareció tan complicado como complicado es mirarse la nuca o morderse el codo. Voy a echarle cabeza». Me río con el mensaje… y al final la respuesta nunca llega. Entonces le arrimo tangencialmente el tema por WhatsApp, y tampoco. Una derrota, si a alguna parte tenía que llegar yo en este texto era ahí; lo otro no era más que espiar por el ojo de la puerta. Sin embargo, rescato algo del fracaso: el hombre más esquivo de Colombia tiene notificación de leído, última hora de conexión y estatus visible en su teléfono. Pienso en quienes no permiten que se sepa que están en línea.
Insisto una vez más con lo de la poética en otro encuentro en persona y tampoco pasa mucho. Finalmente desisto antes de que me dé una respuesta hecha o de mala gana. Observar su propia obra lo ofusca. A lo mejor la respuesta sería yo qué voy a saber, eso está adentro mío, como adentro están mi alma y el estómago.
Hablar de arte literario, así en esos términos, no le mueve un músculo en la cara; eso no lo convoca. O por lo menos no esta vez. Cuando lo dejo tranquilo por sí mismo lleva la conversación a un campo simbólico: la artesanía. Escribir es trabajo de artesano y para él una novela es una silla bien hecha, bien tallada, bien armada. Y tras la comparación simple se pone denso, teórico: en cada parte de la narración debe estar contenido el todo, dice, en términos de filósofo. También que el final no tiene por qué ser más poderoso que el inicio o el medio. Y que cualquier frase en cualquier parte de una historia debe tener la misma intensidad. Digo que lo dice en términos de filósofo porque en alguna voltereta de la charla mencionó la dialéctica de Hegel, pero más tarde me doy cuenta de que en realidad ahí se estaba expresando el meditador zen. González lo fue —el escritor que medita forma parte de su mito— pero ya no lo es. Un buen meditador no se apega ni siquiera a su práctica.
«Sentado en flor de loto sobre mi propia impaciencia que me apretaba el alma como un cerrojo de bronce». Jamás mejor expresado el dolor que causa meditar. Esa línea está en el poema «LXII» de Manglares, el libro que ha publicado varias veces y cada vez le agrega y le resta, y así lo expande o lo contrae como un manglar de verdad. En la música es usual que un artista versione varias veces una canción, que en la pintura un pintor rehaga decenas de veces el mismo cuadro, pero en la literatura no; no se vuelve sobre el mismo libro de la misma forma. Ahí González despliega una obra de toda la vida. Su método es observar y escuchar. Después de todo, sí es un cantinero.
El entuerto de lo de su poética al final se resuelve de manera simple: austeridad, introspección. También distancia del mundo, a pesar de estar embebido en él. En ese sentido González es un excéntrico, no entendido como raro, sino literalmente alguien que se aparta del centro. No inferior, no superior; solo alejado. Y aún con todo ello, que sin lugar a dudas lo hace un ser enigmático, al mismo tiempo es un tipo llano: un envigadeño que vive en finca aferrado a la cotidianidad y a sus costumbres. De nuevo la intersección de opuestos desde donde surgen sus libros.
Dije al principio que al tratarlo hay tensión de silencio porque no es un buen conversador. Pero con el paso de los días que escribo y leo sobre González, mi punto de vista empieza a transformarse: eso es algo más relacionado con el interlocutor que con él. González es un hombre naturalmente introspectivo, más metido dentro de sí que en la vida de otros, y se la pasa navegando en su agua interior. Cuando uno lo hace hablar, le interrumpe esa navegación.
Entonces me entra el arrepentimiento de haberme puesto en todo esto: ponerlo a conversar para, en últimas, yo darme el lujo de firmar un texto. Me cae encima un remordimiento similar al que sentí hace años cuando maté un pájaro. Qué hice.
Pero qué va. A un hombre que tiene una mujer, un perro y le está dejando de importar el tiempo ya nada lo puede tocar. Tomás González es un misterio sin misterio y, sin embargo, el misterio está.
Nota de fuentes: Marta Inés Gómez, Juan David Correa, Iván Darío Correa, Lucas González, Camilo Jiménez. Las apreciaciones más acertadas sobre el personaje que pueda tener este texto son producto de las conversaciones y los intercambios de opiniones con ellos. Agradecimiento a Antonio García por las correcciones al texto.