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Crítica
Rafael Núñez y el fantasma de la paz duradera 
En su nuevo libro, el historiador Alfonso Múnera quiere que entendamos el proyecto de nación de Colombia a través de la vida y las contradicciones del expresidente cartagenero. Una reseña.
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Rafael Nuñez y el fantasma de la paz duradera
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Una pentalogía de la paz

Acaba de salir el libro de ensayos El sueño europeo en América Latina: Rafael Núñez y los caudillos ilustrados (Crítica, 2026) del historiador cartagenero Alfonso Múnera. El libro se centra en una de las figuras más controversiales de la historia política colombiana: Rafael Núñez. Conocido como el «Pensador del Cabrero”, por el barrio cartagenero en donde quedaba su casa quinta, Núñez fue presidente cuatro veces y lideró el movimiento político más trascendental del periodo republicano, la Regeneración (1886-1899).

El Núñez de Múnera es evolutivo, autocrítico y contradictorio. Es diferente al que nos ha legado la tradición historiográfica. En el siglo XIX y buena parte del XX, parecería que escribir sobre la figura candente de Núñez quemara la mano; era reaccionar ante un dolor, fuera regional, de partido o personal. Es bien sabido que Núñez sufrió una transformación política y espiritual que lo llevó lentamente del radicalismo liberal a un conservadurismo católico, ambos siempre muy personales. Sus copartidarios radicales no se lo perdonaron. Aquileo Parra y Santiago Pérez no lo rebajaron de traidor. Vargas Vila y Juan de Dios Uribe fueron más lejos. Llevaron el insulto a Núñez a la región en donde se mezcla el limo y la poesía. Los conservadores y los liberales independientes —desde José María Samper hasta Indalecio Liévano — lo elevaron hasta hacerlo reflejo de la República y hacedor de su institucionalidad moderna. Otros incluso al profeta que inspiró el Frente Nacional.

El Núñez que emerge de este libro es más sosegado. Múnera ve los grises en El Regenerador, es crítico y pondera su figura sin sectarismos. Con un ojo atento a la evolución de sus ideas a través de su escritura, el historiador nos revela a Núñez como uno de los primeros intelectuales modernos que tuvimos en el siglo XIX. No sólo por su diálogo con los saberes y las formas de escritura europeas de su tiempo, sino por sus obsesiones: la paz y la crisis espiritual de Occidente. Dos temas que, Múnera nos muestra con claridad, son de la mayor actualidad en Colombia y en el mundo.

Con este libro, Múnera completa algo así como una pentalogía de libros sobre la paz. Múnera ha repensado —desde el Caribe como centro cosmopolita— “nuestro siglo heroico”, como llama al siglo XIX colombiano. Fueron, nos dice, “tiempos convulsos de intensos desórdenes, de guerreros y políticos románticos enamorados de grandes ideales”. Es precisamente el siglo en el cual se construye un abecedario emocional para el país. Con su pentalogía hace una arqueología republicana de los símbolos sobre los cuales se ha construido una república que no ha podido conquistar una paz duradera.

Desde su primera contribución, El fracaso de la nación (1998), pasando por Fronteras imaginadas (2005), Olvidos y ficciones (2021) y su más reciente Cartagena, una ciudad abierta al mundo (2024), Múnera ha localizado el conflicto y la violencia en Colombia en un “ensimismamiento”, como llama el provincialismo de gramáticos presidentes al estilo de Miguel Antonio Caro o José Manuel Marroquín. Colombia ha vivido muchas veces, no solo en negación, sino en violenta contravía, de las historias políticas de su poblamiento y de su topografía. De esos hombres ensimismados recibimos, para Múnera, la “irreparable insensatez” de pensar a Colombia como un país andino, heredero de España, desconectado del mundo. Su pentalogía de la paz abre la historia de Colombia a un diálogo global.

Por ejemplo, El fracaso de la nación contó el rol central de los sectores negros y mulatos del Caribe en consolidar la Independencia y su posterior exclusión. Fronteras imaginadas hizo lo propio al mostrar cómo el mapa simbólico de la nación —tierras frías como civilizadas, tierras calientes como bárbaras— fue uno que se apalancó en teorías climistas y de racismo biológico para excluir gran parte del territorio nacional. Por último, con Olvidos y ficciones, al igual que con Cartagena, una ciudad abierta al mundo mostró cómo figuras del calado del almirante afro y héroe independentista José Prudencio Padilla o la propia ciudad de Cartagena fueron figuras y espacios invisibilizados, por propios y ajenos, durante más de doscientos años de historia republicana.  

Un periodista moderno

Ahora, con esta quinta entrega, Múnera nos invita a seguir conociendo nuestra historia —sus trampas, sus olvidos, sus esplendores— para hacer las paces con ella. Esta vez Núñez es su protagonista. El retrato poliédrico que nos regala de él lo revela como un intelectual moderno —tal vez el primero a carta cabal— producto del contacto de Colombia con el mundo. Sobre todo, en este caso, de Europa.

Núñez nace en el puerto caribeño de Cartagena. Es parte de la segunda generación de republicanos, nacidos en la posindependencia y crecidos a la sombra de los espadas de los generales bolivarianos. Panamá, en donde Núñez fue nombrado juez muy joven y en donde contrajo matrimonio por primera vez, “cambiaría su vida”. Fue parte central de la Guerra de las Soberanía (1860-1862), secretario de Mosquera, firmante del decreto de expropiación de bienes eclesiásticos y proponente de cambiar la capital de Bogotá a Ciudad de Panamá (algo que hubiera cambiado para bien nuestra historia). Tras su exilio voluntario en 1863, vivió como diplomático en el Estados Unidos de la Guerra Civil, en la Francia de la Comuna de 1871 y en la Inglaterra de la industrialización. Su peregrinación duró casi doce años (solo otro escritor de sus quilates, Rafael Pombo, vivió por fuera más tiempo). Son años decisivos en los que Núñez, como nos cuenta Múnera, vio cómo “el gobierno de los obreros [de la Comuna de París] rompió el velo del liberalismo democrático”.

En ese juego de espejos entre Europa y América, algo va de la imagen de Núñez a la prosa de Múnera. Como la de este, la de Múnera es igualmente ágil y hospitalaria. Con transparencia, como el Núñez que nos revela sus fuentes periodísticas, el historiador nos lleva a su estudio para mostrarnos que su fuente principal son los siete tomos de los artículos de prensa publicados por Núñez y compilados por él en la colección La reforma política en Colombia (1878-1894). En esos tomos Múnera lee, a la par que los sobresaltos y guerras intestinas, los cambios que operaron en las ideas del político. La década de 1870 —sobre todo en los últimos años de su estancia europea— es testigo del progresivo alejamiento de Núñez del liberalismo de Partido. Su experiencia europea le hizo darse cuenta que “se sintió desilusionado por el rumbo de la democracia colombiana”.

La periodización y los matices son fundamentales para Múnera. 1871 es el año decisivo de la crisis de conciencia política de Núñez. Aún en Europa, ese año marca un viraje más crítico en su lectura del proyecto radical en el que se había embarcado Colombia desde 1863 (o si nos vamos más atrás, desde 1849 con el general López). De acuerdo con Múnera, esa crisis es parte de una lectura transatlántica que hace Núñez de fenómenos paralaleos, pero distintos, en ambos continentes. Núñez se consterna ante la Comuna de París y, con ella, del “ascenso del proletariado”. Para entonces Colombia no tenía proletariado —esto lo sabía muy bien Núñez— pero vivía también una constante crisis de inestabilidad. La angustia que le producía el ascenso de “ese proletariado nihilista” en Europa era la misma emoción que le producían las guerras civiles cíclicas en su propio país.  Allí veía también una crisis de Occidente bajo la forma “del desorden y la inestabilidad que pareciera condenarlas [a las repúblicas hispanoamericanas] al fracaso una y otra vez”.

En ese sueño de Europa en América —o en esa pesadilla de una Europa nihilista entre nosotros— está uno de los nodos del libro de Múnera: el juego de reflejos, de espejos cóncavos, entre las lecturas europeas de Núñez y la realidad colombiana. A diferencia de otros contemporáneos suyos, Núñez no cayó en una mera “idealización de Europa”, sino que supo, al vivirla, las lecciones para Colombia que emergían de ese contexto, si se los traducía a nuestros procesos sociales.

En el transcurso de su periplo por el “Norte Global”, Núñez se hizo dueño de varias lenguas y de una cultura literaria y filosófica envidiable. La lectura y la escritura fueron sus armas más constantes. En esa constancia Múnera va a leer los cambios políticos que sufrió Núñez: desde el radicalismo del librepensador al caudillo ilustrado que creía en el poder unificador de la religión católica. Núñez es está en una línea de políticos e intelectuales “cosmopolitas arraigados”, como los llama el pensador anglo-ghanés Kwame Anthony Appiah, que Múnera ha reconstruido y, en varios casos, rescatado del olvido, a lo largo de toda su obra. Allí aparecen, entre otros, José Ignacio de Pombo, Pedro Romero e incluso Padilla o Manuel Zapata Olivella, con todas sus disimilitudes y semejanzas.

El Núñez que vemos pasar por las páginas de Múnera es un intelectual de su tiempo. Lee prensa de a ambos lados del Atlántico para escribir sobre temas tan disímiles como la Comuna de París, la inmigración china o las guerras civiles en Argentina. Como en otros de sus libros, la Cartagena de Múnera es un imán cosmopolita adonde llegan los periódicos ingleses, franceses, españoles, estadounidenses y latinoamericanos con mayor prontitud que a las ciudades incomunicadas del interior andino. Como resultado de esta exposición —y absorción— de las formas de la escritura en la prensa, Núñez se nos revela como un escritor único de su tiempo, un editorialista moderno, rápido como el telégrafo, con una memoria portentosa y una capacidad de absorción “industrial”. Es, en definitiva, un escritor que se “distanciaba de la pesadez de la escritura clásica de la lengua española”, por lo cual sus “párrafos eran en general cortos y ágiles”, producto de la “influencia del periodismo anglosajón”.

Cada da uno de los cinco ensayos de su libro nos muestra una capa de las complejidades de Núñez. Aparece un Núñez en clave continental analizando de la mano de otros intelectuales civiles, como García Moreno y Benito Juárez, que recurrieron al autoritarismo en tiempos de crisis. Otro Núñez que piensa y sopesa la importancia de la religión y la lucha de clases a la luz de los conflictos sociales europeos. También el Núñez diplomático que se relación con los embajadores estadounidenses al comienzo de sus primeras aventuras imperiales y piensa —y parece ya intuirla— la pérdida del Canal de Panamá. Nos deja, por último, con un desazonador contrafactual: si Núñez no hubiera muerto en 1894 ¿se habría salvado la República de sus días más oscuros? ¿Se habría evitado la Guerra de los Mil Días? ¿Se habría evitado el desmembramiento de Panamá? Por los informes de diplomáticos norteamericanos que generosamente Múnera añade al final del libro, es posible pensar que sí, que la historia hubiera sido diferente.

El fantasma de Núñez recorre Colombia

Aunque Múnera toca periodos anteriores del pensamiento de Núñez, el centro de sus reflexiones es la década más convulsa de su vida política, la de 1880. El Núñez que más le interesa a Múnera—y es en esa producción escrita en la que se concentra— es aquel que pasa de librepensador a mediados de los setenta a presidente autoritario a comienzos de los 1890. El “año de quiebre”, dice Múnera, es 1885, y el evento catalizador de su ruptura con el Partido Liberal es la guerra civil de ese año. A partir de entonces, Múnera nos muestra cómo Núñez pierde definitivamente el apoyo del liberalismo popular en Panamá y el Caribe. Esta es la parte más apasionante del libro de Múnera porque nos muestra a Núñez en su contexto: sometido a terribles presiones y ataques hasta caer en la desilusión total del liberalismo. La guerra lo llevó a “eliminar los contenidos de la democracia liberal y a imponer un autoritarismo extremo, muy cercano a una dictadura constitucional”.

A partir de entonces viraría hacia un autoritarismo que no negó ni encubrió, siempre viéndolo como parte de la evolución política del país. En un siglo que afiló por igual periódicos y machetes, la escritura fue pólvora que levantó por el aire reputaciones, acudiendo al insulto personal y al odio suscitado por las guerras anteriores. Llama la atención, por eso, que Núñez haya usado la pluma en la guerra —a pesar de los ataques arteros recibidos, que documenta Múnera— de una manera sosegada, pero firme. Pidió honestidad a hombres virtuosos cuando supo que no los tenía a su lado —ni en el bando contrario—. Una honestidad que él tampoco exhibió, como nos lo muestra el historiador, pues benefició a copartidarios, como fue el caso de los contratos de venta de hielo en Panamá.

El Núñez de Múnera no es el de las hagiografías regionalistas, ni es tampoco la bete noire del radicalismo. Es un hombre contradictorio pero consecuente, brillante y de ciertas oscuridades, y alguien que vivió siempre, incluso en la intimidad, lo que predicó. Desde haber firmado —porque los radicales de su partido no se atrevían a hacerlo— los decretos más anticlericales de su momento y haberse divorciado cuando era imposible, hasta reiniciar relaciones con el Vaticano con el Concordato de 1887. Pero es sobre todo una presencia actual en momentos de un renovado imperialismo norteamericano —una verdadera vuelta al XIX— y de nuevos impasses en el eterno laberinto de la paz en Colombia. Porque mientras el país busque la paz sin conseguirla, desvelándose por llegar a ella, el fantasma de Núñez rondará siempre por las esquinas de nuestro presente.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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