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Crítica
«Un poeta», o la luz al final del fracaso
Mientras atravesaba una crisis profesional, al cineasta Simón Mesa se le ocurrió escribir una película sobre un poeta frustrado. Ahora, después de ganar un premio en Cannes, la cinta llega al país. Hablamos con él.
Autor: | Ilustración: Leo Parra

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La casa está cerrada con llave. En el tejado circulan dos palomas y en la canaleta del desagüe crece la maleza. La fachada, color terracota, retiene los trazos de un grafiti que alguien ha intentado borrar. En la puerta —grande, cremosa, un laberinto de patrones geométricos— está pegada una nota escrita a mano, en letra roja, melcochuda, anunciando que un taller de expresión poética se hará en otra dirección. Es la mañana del jueves 31 de julio y corre un viento cálido por las calles del centro de Bogotá.

El cineasta Simón Mesa aparece al final de la cuadra. Viste jeans oscuros, botas café, una camisa roja con rayas blancas. En el rostro, además de un musculoso bigote, porta unas gafas de sol con marco redondo. Cuando se detiene frente a la Casa de Poesía Silva, examina el vano de la puerta y busca el timbre. Entonces menciona, con admiración, Almas en pena, chapolas negras, la biografía en la que Fernando Vallejo reconstruye la vida de José Asunción Silva, suicidado en esa casa a los treinta años.

Mesa da un paso atrás, mira la fachada. Siempre quise conocerla, dice, los brazos en jarra. Se lamenta que la fundación cultural no esté abierta al público ese día. Él no se considera un gran lector de poesía, pero en los últimos años ha pensado mucho en el autor del «Nocturno» y en la vida de los poetas colombianos, sobre todo los que se han hundido en la bohemia. A fin de cuentas, ese es el mundo que retrata en su nueva película de ficción, Un poeta, que tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes, donde ganó el Premio Especial del Jurado en el ciclo «Un Certain Regard», y que se ha convertido, incluso antes de su llegada al país, en el acontecimiento cinematográfico del año en Colombia.

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Óscar Restrepo, el protagonista de Un poeta, vive con su madre. Por las noches se emborracha en los bares del centro de Medellín y de día se rehúsa a trabajar. Tiene una hija adolescente, a la que ve poco, y suele frecuentar una casa de poesía venida a menos, donde asiste a eventos y lanzamientos. De joven lanzó un par de poemarios, pero hace mucho no publica nada. Ahora ronda los cincuenta años y la gente a su alrededor le recuerda, a menudo con sevicia, que su vida bordea el filo del fracaso.

El tiempo, además, no está de su lado. Su madre, ya mayor, ha empezado a desmayarse de sopetón, y su hija, a punto de graduarse del colegio, necesita ayuda financiera para entrar a una buena universidad. Solo entonces, bajo la presión de su familia, y de mala gana, Óscar acepta emplearse como profesor en un colegio público. Y es allí donde un día, sin querer, encuentra una tabla de salvación.

En una clase conoce a Yurlady, una estudiante que escribe poemas sobre su cotidianidad en un barrio popular de Medellín. Después de leerlos, él queda tan impresionado que se propone convertirla en una poeta importante. El proyecto de mentoría, además de ser un acto de generosidad, parece encerrar dos anhelos de Óscar: el de redimir sus fracasos profesionales y el de reimaginar su rol como padre.

A partir de ese momento, la trama de la película se espesa. Óscar intenta darle una mano a Yurlady y, en lugar de salir del hueco en el que se encuentra, solo lo hace más grande. Por culpa de una serie de malas decisiones, el mundo rápidamente se le viene encima. Su familia se indigna, los otros poetas le dan la espalda. Mesa, con la destreza de un ajedrecista, mueve las fichas de la trama para arrinconar a su protagonista. En un momento, Óscar corre por la calle sosteniendo un grito agudo, de pánico, mientras un hombre lo persigue para hacerle daño. Su caída es brusca y estrepitosa.

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Hace cuatro años, Simón Mesa atravesó una crisis profesional. Amparo (2021), su primer largometraje, acababa de salir en medio de la pandemia por el Covid-19 y la posibilidad de hacer otra película se le antojaba remota. El cine que había hecho hasta la fecha no le había generado mucho dinero y se sentía abrumado ante la sola idea de producir otra película. El camino más fácil que tenía por delante era dedicarse de tiempo completo a la docencia. «Yo estaba como el poeta», me dice en un café luminoso, atiborrado de materas y artefactos, en la misma cuadra de la Casa de Poesía Silva.

Mesa se imaginó de profesor a los cincuenta años. ¿Cómo sería? ¿Dónde enseñaría? Poco a poco, esa ansiedad se transmutó en creatividad. Del pantano de la inquietud, de la sensación de fracaso que arrastraba, empezó a surgir la figura de Óscar. En un principio pensó que el protagonista tenía que ser un cineasta, pero pronto concluyó que un poeta se acercaba más a la idiosincrasia de su ciudad. Entonces aparecieron otros referentes para construir el personaje: la oveja negra de su propia familia, un profesor cinéfilo a quien «se lo chupó» la vida bohemia de la Medellín de los años noventa.

Pero el ingrediente principal lo aportó Ubeimar Ríos, el actor natural que interpreta a Óscar en la película. «Ubeimar lo cambió todo», reconoce Mesa. Antes de su llegada, el protagonista que existía en el guión era más sobrio. Durante el casting desfilaron muchos candidatos para ocupar ese papel: actores profesionales, escritores reconocidos y gente del mundo de la cultura. Pero Mesa se decantó al final por Ríos, que en la vida real trabaja como profesor de una escuela en Carmen de Viboral, un municipio ubicado en el oriente antioqueño. «Él lo que trajo fue la empatía», dice Mesa.

El resultado final es quizás uno de los personajes más entrañables que ha ofrecido el cine colombiano. Porque Óscar no solo es un hombre que no se halla en el mundo moderno. También es un ser volátil, estrafalario, bondadoso, anacrónico, sensible, un niño-adulto que le pide plata a la mamá y llora mientras maneja por la ciudad. En su patetismo, en su extravagancia, en su furiosa resistencia a jugar bajo las reglas de la producción y del capital, Óscar es un soplo de aire fresco. Es un antídoto al relato aspiracional, al exceso de limpieza y al cepo de la autosuperación.

De su mano, además, Mesa se atrevió a entrar en un terreno que no conocía. El de la comedia. 

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Las tres primeras películas de Mesa tienen de protagonistas a mujeres. Son, si se quiere, perfiles de personajes femeninos. En Leidi (2014), que ganó la Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes, la cámara escolta a una madre adolescente mientras ella busca al padre de su bebé. En Madre (2016), otro corto, una menor de edad viaja al centro de Medellín para asistir al casting de una película porno. Y, en Amparo, ambientada a finales de los años noventa y también estrenada en Cannes, una madre mueve cielo y tierra para lograr que el ejército libere a su hijo, enlistado durante una batida.

Además de la fuerte presencia femenina, estas películas tienen otros elementos en común. Las tres beben de la tradición del cine social latinoamericano y se desenvuelven con parsimonia, franqueza y claridad moral. En cada una de ellas la trama está tensada por una búsqueda explícita, ya sea de un ser amado o de un mejor futuro, y ese mecanismo permite a Mesa retratar la compleja red en la que se mueven sus personajes. Son obras que, con sensibilidad y sutileza, transitan caminos conocidos.

Un poeta lo dinamita todo.

«A mí me empezaba a asustar la idea de tener una fórmula», me dice Mesa, frente a una taza de capuchino. «Durante la crisis de la que surge la película decido que quiero hacer algo que fuera radicalmente opuesto de lo que yo venía haciendo. Quería sacudirme de la silla de cineasta y buscar algo que no existiera o que yo no hubiera visto».

Y lo logra. Con una edición incisiva y unos zooms mareantes, con una trama anclada más en la zozobra de saberse perdido y menos en la certeza de buscar algo concreto, Un poeta es una película que se presenta con una libertad contagiosa. Buena parte de su encanto se encuentra en la ambivalencia de su tono. La cinta arranca firmemente anclada en la comedia, pero a medida que avanza se tiñe con los colores de la tragedia. Se vuelve, poco a poco, una comedia incómoda. O una tragicomedia. O, mejor, se vuelve una obra rotundamente personal, con voz propia.

Encontrar ese tono no fue sencillo. «Juan Sarmiento, que es el fotógrafo de la película, pero además mi socio y amigo, me decía: “Marica, esto es algo muy raro”», recuerda Mesa. En un inicio, el guion no tenía tantos elementos de comedia y su final era más oscuro. Pero con el paso del tiempo, Mesa llegó a la conclusión de que, si le apostaba al drama, la película tomaría el cariz de una denuncia social. Y él no quería eso. No quería denunciar a nadie. Quería liberarse. Sacudirse. «Yo quería dejar de lado los miedos», dice. «Los miedos del qué van a decir y de la implacabilidad del juicio moderno».

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Conseguir la plata para financiar Un poeta tomó tiempo. Muchos aliados potenciales no querían apostarle a una comedia colombiana sobre un poeta borracho de cincuenta años. Durante un pitch que Mesa hizo en Europa para recaudar fondos, un productor le preguntó: «Pero ¿dónde está Colombia?». Otros, no tan directos, pero más insidiosos, querían meterle mano a la trama. «En el cine pasa mucho que todo el mundo te quiere tocar la historia», asegura Mesa. «Te dicen: “Yo le doy la plata, pero…”».

La demora en asegurar los recursos se vio compensada por la velocidad con la que se hizo la película. El rodaje duró apenas un mes, entre enero y febrero de este año. La rapidez obedeció a que el equipo había ensayado mucho las escenas, pero también a una limitación técnica. Para que Un poeta tuviera cierto look clásico, Mesa decidió grabarla usando película de dieciséis milímetros. «Eso es un gallo», dice. «Y es muy costoso. Hay que traer la película de afuera, en latas, y después hay que revelarla». Con material fílmico limitado, el equipo solo pudo grabar cada plano dos o tres veces y, por eso, al empezar el montaje, solo tenían unas veinte horas grabadas, cuando una película digital suele tener unas cien.

Pero el montaje, al igual que el rodaje, fluyó. Mesa se encerró en un apartamento de Medellín con Ricardo Saravia, su editor de confianza, y entre los dos cosieron la película a punta de sesiones de ocho horas al día. Rápidamente encontraron el ritmo de la obra, mezclaron los audios, sumaron la música y, al mes y medio, a comienzos de abril, enviaron el resultado final al Festival de Cannes.

A la rivera francesa viajaron Mesa, Saravia, Ríos, los productores y los coproductores europeos. El equipo intentó que asistiera la venezolana Rebeca Andrade, la joven que interpreta a Yurlady, pero como es menor de edad, y debía viajar con su madre, el presupuesto no alcanzó. El estreno fue el 19 de mayo. «Yo estaba cagado de los nervios», recuerda Mesa. Pero su ansiedad pronto aflojó. En la mitad de la proyección, en una escena en la que Yurlady rueda inconsciente por la calle, el público empezó a aplaudir y reírse. «Nosotros nos mirábamos y era como, ¿qué putas?, ¿qué está pasando?».

Ahora Mesa aguarda, con incluso más nervios, la reacción de los espectadores colombianos. Dice que le da más miedo Colombia que Cannes, porque el público más difícil siempre es el propio.

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«El 24 de mayo de 1896, a las cuatro o cinco o seis de la mañana […], José Asunción Silva el poeta, nuestro poeta, el más grande, se quitó la vida de un tiro en el corazón. Se lo pegó con un revólver Smith & Wesson, dicen que viejo. Dicen, dicen, dicen, ¡tantas cosas dicen!». Estas frases se leen en la primera página de Almas en pena, chapolas negras, la biografía de Vallejo sobre el poeta bogotano.

En Un poeta, Mesa no opta por ese final para su protagonista. En lugar de condenarlo a la muerte, el cineasta le ofrece la oportunidad de volver a conectarse con la vida. En el tercer acto de la película, Óscar toca fondo y, solo entonces, en medio de la oscuridad, vaciado y rendido, brota de su interior un pequeño poema. Esos versos, livianos y honestos, le señalan un nuevo camino.

Pero Mesa lo dice mejor: «A mí lo que me interesaba era un poeta triste escribiendo un poema feliz».

Foto de Christopher Tibble

Christopher Tibble

Director general. Periodista y editor. Estudió Cine y Literatura en la Universidad de Monash, en Melbourne, Australia, y tiene una Maestría en Periodismo Cultural de la Universidad de Columbia. Fue editor de la revista Arcadia y del área de ficción de la editorial Planeta. Ha escrito para medios como El Malpensante, El Tiempo, La Silla Vacía, SoHo, Bocas, Stanger’s Guide, entre otros. En 2021 ganó el Premio Simón Bolívar por su investigación «El rey se pasea desnudo: corrupción en el Fondo de Cultura Económica Colombia». Cofundador de CasaMacondo. E-mail: chris.tibble@casamacondo.co
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