Siempre he creído que no se debe dormir acostado, o, al menos, esa es la peor manera que se ha podido inventar para dormir. Estar acostado es generalmente más incómodo que estar sentado o que ir caminando; un hombre es capaz de andar diez horas consecutivas, sin fatigarse demasiado, o de permanecer un día entero en su silla de trabajo, sin cambiar de actitud, pero no soportaría ese mismo tiempo recostado en el lecho sobre un solo lado; estar en una misma posición es el suplicio más doloroso de los enfermos que no se pueden mover: al cabo de pocas horas se sienten magullados como si los hubieran molido a palos. Es lógico: el hombre no está conformado para permanecer algo menos de media vida ajustado horizontalmente a un plano más o menos duro y liso; si el acostarse fuera una posición natural, el hombre tuviera recubierta toda la parte anterior del cuerpo de carne blanda y rolliza, como en las posaderas o en la planta de los pies, perfectamente adecuadas, ambas cosas, para apoyarse en ellas con frecuencia. Pero por delante, por detrás, por los lados, el cuerpo está a todo lo largo, lleno de angulosidades y protuberancias que estorban la comodidad al acostarse; por eso damos tantas vueltas y revueltas, nos estiramos y nos encogemos en busca de una posición agradable antes de conciliar el sueño; por eso amanecemos con el cuello torcido, con las mejillas y las orejas cruzadas de hendiduras, con los brazos entumecidos por falta de circulación.
¡Los brazos! ¿Qué opináis de estos terribles aparatos? Yo quisiera abrir una encuesta entre mis lectores, así: ¿Qué hace usted con sus brazos cuando duerme? Problema enorme que cada cual procura resolver en vano: unos los colocan en cruz bajo la cabeza, otros juntan las palmas de las manos, en actitud de rezar con devoción, y descargan sobre ellas la mejilla; hay quienes introducen manos y brazos entre las rodillas, y aprietan con fuerza como si se los fueran a robar, o los extienden a lo largo de la almohada como un crucificado, o los dejan sobre el pecho como los difuntos; muchos, ¡ay!, no sabemos nunca qué hacer con ellos, cómo acomodarlos, dónde dejarlos: a lo mejor, cuando ya creíamos estar satisfechos, sentimos algo que nos punza por el hígado, algo duro y extraño como un codo ajeno, como un codo enemigo: vamos a ver y es nuestro mismísimo codo.
Por todo eso se advierte que no es propio ni cómodo dormir acostado. Ahora bien: como todavía parece imposible llegar al ideal de poder dejar los brazos y las piernas junto con los pantalones en el taburete, lo mejor sería intentar una modificación de la forma corriente de los lechos, que permita adoptar en ellos situaciones más amables; yo he soñado con ese aparato del porvenir, que no sé aún cómo será precisamente, pero que me imagino un poco cóncavo, oblicuo y muelle, para poder dormir en él medio sentado, el busto echado levemente hacia atrás y las piernas sabiamente estiradas; para los que sufren del corazón, esa sería la actitud ideal.
No me explico cómo se ha descuidado tanto el arte de dormir bien, cómo no se ha buscado científicamente la manera de hacerlo con absoluta perfección, porque ¡cuán grave y serio es el dormir y cómo deberíamos prepararnos para ello, no considerándolo como un acto sencillo y natural, sino a la manera de un rito misterioso y solemne! ¡Yo, lo confieso, siento siempre al acostarme no sé qué miedo indefinible: sé que voy a entregarme inerme y desnudo a todos los probables enemigos: los terremotos y los ladrones, los incendios y las congestiones cerebrales!
¡Nada más que por esa presunción justificada de que algo podría sucedernos deberíamos dormir casi de pie, para estar más listos a todo y más tranquilos, para no vernos así acostados, tan humildes y vencidos, con los brazos sobre la cabeza, como el soldado cobarde que se rinde!