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Testimonio
Mudar la lengua: relatos de migración
En CasaMacondo publicamos cinco fragmentos de Mudar la lengua, un libro de ensayos íntimos de la mexicana Mariana Brito Olvera, que se une a la conversación sobre el arraigo y la posibilidad de entendimiento entre contrarios, en momentos en que la intolerancia racial y los discursos de odio se han recrudecido en el mundo.
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Mudar la lengua
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Mi voz

«Hay una voz desterrada que persiste en mis sueños».
Vicente Huidobro

Algunas veces me pregunto cómo hablaba antes, es decir, antes de la llegada de la otra variante. Me gustaría escucharme, pero creo que no hay ningún vestigio. Antes de mudarme de país no tuve nunca celulares con funciones de mensajes de voz. Creo que conservo algunos videos grabados en mi computadora donde estoy leyendo textos de otros autores, pero en ninguno aparezco hablando de forma natural. Las notas de voz tienen esa ventaja: son fotos de nuestro lenguaje espontáneo, de nuestra habla más casera, más íntima. Carezco de esas fotografías auditivas de cuando mi lenguaje no estaba habitado más que por el español de la Ciudad de México.

Esto me ocurre cuando escucho a alguien con acento mexicano (sin importar de la región que sea). Me dan ganas de volver a eso, a la época en la que yo hablaba de un modo similar y no de esta manera mezclada e irregular. Me extraño, en el sentido de extrañar a alguien, no de extrañarse de algo. Siento nostalgia de mi voz, de esa voz. 

Paradójicamente, en ese entonces ni siquiera reparaba en ello. Tal como diría la escritora argentina Clara Obligado, «el castellano era uno solo, manso y propio, como un gato». No llegaba aún el descubrimiento de las múltiples facetas, o, más bien, las múltiples voces de nuestra lengua.

Mi vos

Empezó mezclándose con el tú. ¿Vos quieres? ¿Tú querés? Después se fue puliendo. ¿Vos querés? Finalmente, alternando. ¿Bien y tú?, Todo bien, ¿y vos?

¿De qué depende un uso u otro? En gran medida, de mis interlocutores y del contexto. «Solo podemos hablar porque nuestro idioma no está solo», afirma Fabio Morábito en El idioma materno. Gran parte de lo que decimos, lo decimos porque compartimos un código con las y los otros. 

En medio de una conversación con un grupo de amigos argentinos, podría decir de pronto: «¡me estás choreando!», aludiendo a que la persona está exagerando o mintiendo en lo que está diciendo. Sin embargo, sé que eso se prestaría al equívoco: «chorear» en español argentino equivale a «robar», por lo que mi frase se interpretaría como un «¡me estás robando!». Todos me mirarían raro y entonces yo tendría que explicar que en México es x cosa y, por lo tanto, lo que significa es: «¡me estás mintiendo!» o «¡mentira!». Una expresión de breves segundos se convertiría en toda una cátedra de mi variante del español que terminaría poniendo énfasis en mi extranjería. No solo resulta cansado, sino que, conforme van pasando los años, me doy cuenta de que a mí misma me suena lejana la frase en mexicano, por lo que usarla sería más un capricho, aferrarme a toda costa a algo que en ese momento no me surge de manera espontánea.

Hablar de vos, de che, decir qué sé yo, es habitar y dejarme habitar por ese lenguaje que hoy considero parte de mí. Creo que nuestro oído se abre a las voces de quienes amamos y a las de los sitios donde nos sentimos pertenecer. En México nació mi madre, mis hermanos, mi familia, mis amistades de hace muchos años. Es el lugar donde me nacieron las palabras. Argentina, por su parte, es el país al que vine buscando reconstruirme, un refugio que devino en hogar. 

Hoy en día no diría que alterno prístinamente las dos variantes: mi español mexicano es argentino y mi español argentino es mexicano. Además, a lo largo del tiempo se ha nutrido del léxico de otros migrantes que viven en Buenos Aires. Sus palabras también hacen eco en mi forma de hablar. 

Nuestro vos

Al comenzar el proyecto de los cursos, una nueva interrogante surgió: ¿qué español enseñaríamos?

Quizá hubiera sido más fácil si todos hubiéramos sido argentinos, pero, si bien había alguno con esa nacionalidad, la mayoría éramos, como los senegaleses, migrantes. 

Cada docente tenía su propia tonada y sus propias palabras. Sin embargo, decidimos que enseñaríamos la variante rioplatense, pues aprender el español de Buenos Aires les sería más útil en su día a día. Durante la clase, nuestras distintas entonaciones seguirían presentes, pero dejaríamos de lado nuestro y nuestro yo, para dar paso al vos y al sho

Nunca vimos esa decisión como una renuncia a nuestro español materno, sino como una ampliación de sus posibilidades, como una forma, también, de habitar este territorio extranjero que a la vez es propio. Una manera de arraigar ese estar acá colectivo.

Sho

¿Cambiará la forma en que percibimos nuestro yo según cómo lo pronunciamos? Me lo pregunto mientras enseñamos los pronombres personales con la variante rioplatense: sho soy, vos sos… 

A pesar de que a mis oídos el sonido sh para la letra “y” o “ll” es muy notoria (sha, posho, shorar), nuestros interlocutores no parecen percibirla, y cuando les pedimos repetir la frase, pronuncian: «So soy». «S» en lugar de «sh». Por más que tratamos de marcar la diferencia, es claro que no estamos escuchando lo mismo. 

En medio del salón de múltiples voces, mi mente se aleja y me veo, años atrás, poniendo suma atención en una conversación en la que me hablaban rápido, con expresiones que nunca había escuchado, con gran predominancia de la «sh» y con una «s» que casi dejaba de pronunciarse en algunas palabras. No todo el tiempo llegaba a entender, pero asentía por vergüenza de admitir que no había comprendido. ¿Acaso no estaban hablándome en español?

Pienso en la distancia que hay entre el idioma de origen de mis compañeros senegaleses —el wolof, carente del fonema «sh»— y el español de Buenos Aires. Me pregunto si sentirán que, aunque su cuerpo ha aterrizado, su lengua aún se encuentra en viaje. Como si el wolof no encontrara su propio lugar en estas tierras. No todavía.

Nuestra voz

«Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo
para mostrar al mundo cómo era su casa».
Bertolt Brecht

En esta casa se habla español mexicano, colombiano, argentino, peruano, venezolano, paraguayo, chileno, boliviano y más. En esta casa se habla guaraní, wolof e inglés jamaiquino. En esta casa se come mole, arepa, chipa guazú y thieboudienne. En esta casa se dice chido, piola, chévere y bacán.

En esta casa nos sabemos diferentes, pero con un mismo corazón.

En esta casa se toma mate mientras escuchamos nuestras historias al caer de la tarde.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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