En un cruce de caminos entre Uribe y La Julia, dos municipios del departamento del Meta —para ser más precisos en el kilómetro 14—, Darly, una mujer particular, reía con dos niñas de largas trenzas pulidas. Tenía el pelo rizado recogido en una pequeña moña. Bajo su rostro risueño, portaba orgullosa una camiseta con un gran estampado de pájaro turpial. Las niñas vestían unas prendas perfectas para hacer avistamiento de aves: camisas de manga larga, pantalones livianos y el cabello recogido para no estorbar su vista. Las tres tuvieron que viajar más de una hora por una vía destapada para llegar al lugar del encuentro, un restaurante improvisado al pie de la carretera. Hasta allí también nos desplazamos un grupo de estudiantes de la Javeriana, guiados por Helena Soler, la directora de Cristales Travel & Adventure, una tarde de octubre de 2025.
—Siempre me llaman y yo les digo: hagámoslo —dijo Darly sonriendo—. Estos chicos tienen un gran futuro. Yo quiero que estudien lo que deseen estudiar, pero sobre todo puedan aportar al municipio.
Las niñas a su lado eran Taliana y Mariana, nos dijo. Podíamos preguntarles por algunas aves y sus nombres científicos.
—-Taliana, ¿cómo se llamaban las que vimos hace quince días? —preguntó Darly.
—Fue la Nyctibius grandis —respondió Taliana.
Mariana asintió en silencio.
Ojos tángara cejiazul
Taliana se sentó a mi lado con familiaridad. Tenía grandes ojos azules y una voz fuerte que no temblaba ante ninguna pregunta ni explicación. Usaba términos técnicos para explicar las características de cada especie. —Las más comunes son la Tangara azuleja, Thraupis episcopus; el Sicalis flaveola, que es como el canario de tejado, o jilguero azafranado… —recitaba como si hablara de vecinas del barrio—. También está el chulo, Coragyps atratus; la garza blanca, Ardea herodias…
Las dos niñas competían entre ellas, nos retaban a reconocer especies y nos ganaban cada vez. El 10 de mayo habían participado en el Global Big Day, el día internacional de avistamiento de aves, y contribuyeron a que Colombia ocupase el primer lugar al registrar 1.560 especies (solo en el departamento del Meta, se registraron 673 especies de aves ese día).
—Un grupo se ubica en el colegio, otro en el río y otro en el garcero —explicó Taliana—, el garcero es nuestro lugar mágico para avistar. Esto debido a su ubicación estratégica y despejada donde sobrevuelan varias aves.
Educar en guerra
Días después, ya en Bogotá, me reuní con Darly para escuchar su historia. Había viajado desde La Julia, Meta, para socializar un proyecto de educación ambiental en torno a un internado dentro del Parque Nacional Natural Tinigua, buscando aprobación y recursos para la realización del proyecto. A diferencia de nuestro primer encuentro, llevaba el pelo suelto, con crespos que rodeaban su rostro, ropa formal y hacía chistes del frío bogotano, incluso al estar dentro de una sala de reuniones en la universidad.
—Uribe tiene tres instituciones educativas —me explicó—. Yo administro la de La Julia, que tiene 25 sedes. La zona siempre ha sido territorio de conflicto. Incluso después de la desmovilización seguimos conviviendo con grupos al margen de la ley.
Darly nació en Pereira. A los 13 años, junto con su familia, se mudó a La Julia en busca de mejores oportunidades. Allí conoció al Mono Jojoy y a Romaña, dos jefes de la antigua guerrilla de las Farc. Su familia nunca fue cercana a los grupos armados y sus padres le dieron la oportunidad de estudiar. La mayor problemática para la educación en La Julia es el reclutamiento forzado de menores. Esta práctica aún ocurre en el municipio, incluso después de la firma del acuerdo de paz en 2016, según la gobernación del Meta. El 2 de marzo de 2026, los últimos jefes de las extintas Farc reconocieron ante la Justicia Especial para la Paz (JEP) su responsabilidad frente al reclutamiento de 18.677 niños y niñas entre 1971 y 2016.
Según la Comision de la Verdad, el reclutamiento forzado, además de ser un delito en el Código Penal colombiano, es considerado una grave violación a los derechos humanos de las niñas, niños y adolescentes. Cuando el reclutado tiene menos de quince años, su reclutamiento es considerado como un crimen de guerra.
Entre 2021 y noviembre de 2025, se reportaron catorce casos de vinculación de menores a grupos armados ilegales en el Meta, aunque la Unidad para las Víctimas, considera que la cifra real es más alta. De acuerdo con la Alerta Temprana 001 de la Defensoría del Pueblo, en 2025 el municipio de Mesetas —a dos horas de La Julia —presentó riesgo extremo e inminente de reclutamiento forzado y muerte de menores en el marco del conflicto armado.
—Si me toca publicar que me reclutaron un niño, yo lo hago —dice Darly—. Si toca rescatar a uno, lo hacemos. Les digo: «Esto no debe pasar, no estoy de acuerdo». Y como soy del territorio, como todo el mundo me conoce, eso me protege.
Aunque Darly habla con mucha seguridad, resalta lo difícil que es enfrentar estas problemáticas, en buena medida porque «la policía silvestre», el nombre popular para la guerrilla en la zona, también ejerce como autoridad paralela. Actualmente, en Mesetas se encuentra la presencia del grupo armado Estado Mayor Central (EMC), facción principal de las disidencias de las Farc, además del grupo armado Estado Mayor de Bloques y Frente (EMBF), que surgió tras divisiones internas con (EMC) en 2024, por el proceso de paz con el gobierno colombiano.
Veintitrés años enseñando a abrir caminos
El carácter de Darly se fue templando con los años. Cuando llegaron al Meta, su padre trabajó cultivando coca y después encontró un puesto en una panadería del pueblo. Su madre siempre ha sido ama de casa. En enero de 1999, cuando el gobierno de Pastrana le despejó cinco municipios del Meta y Caquetá a las Farc para negociar la paz, La Julia quedó dentro de esa zona de distensión. La madre mandó a Darly a terminar el bachillerato en Villavicencio.
Un día, al salir de clase, un hombre le ofreció ser profesora en una escuelita rural.
—En qué estaba trabajando —le preguntó.
—En nada —contestó.
—Pues venga, sea profesora.
Así empezó todo. Mientras terminaba su bachillerato, Darly daba clases en las tardes en la escuelita. Ha trabajado en Villavo, Mapiripán, Puerto Concordia y Puerto Gaitán. Tuvo un puesto administrativo en el centro educativo El Diviso y luego la trasladaron a La Julia. El 3 de abril de 2026 cumplió 18 años trabajando en ese municipio.
En ese tiempo, Darly ha realizado numerosos esfuerzos para que los jóvenes de La Julia tengan mejores oportunidades. Una de sus metas es ayudarlos a que terminen el bachillerato. Con ese fin, los invita a aprovechar la educación virtual. Terminó una maestría en educación ambiental en la Universidad Internacional de la Rioja de España.
Darly enseña con su ejemplo. Para obtener su licenciatura en educación con la Corporación Universitaria del Caribe, viajaba en moto seis horas cada ocho días por una vía destapada, desde La Julia hasta Granada, atravesando Uribe y Mesetas.
—A mí me gusta que mis niños tengan oportunidades. Que no se limiten pensando que no pueden estudiar porque no tienen plata. Mostrarles que sí se puede. Que pueden ser lo que quieran ser.
Darly heredó del profe Manuel Hoyos —anterior rector de la institución de La Julia — una visión distinta de cómo educar a los niños. Hoyos consideraba que salir de las cuatro paredes aportaba competencias más útiles para la vida. Darly adoptó esa visión. Por eso la institución tiene vivero, sendero ecológico, semilleros de aves, huerta, plantas medicinales y apicultura.
Esa visión de sacarlos de las aulas también ha llevado a que los niños participen en congresos universitarios, donde suelen sobresalir e incluso presentar ponencias. Según Darly, sus estudiantes destacan en esos escenarios por dos razones. Primero, porque hacen investigaciones desde que son muy jóvenes. Segundo, porque conocen a fondo las distintas características científicas de las aves y eso les permite contar sus procesos con naturalidad, espontaneidad, sensibilidad y humor. —Esto realmente demuestra que se puede salir adelante usando lo que se ve en el territorio —afirma.
Cuidar como resistencia
En la montaña, en uno de los mejores riscos para avistar aves, Darly rotó un par de binoculares entre el grupo de estudiantes que la acompañaban. Ese día identificaron sesenta especies. La jornada buscaba enseñarles a los jóvenes a utilizar la mirada para encontrar belleza en lugares donde antes hubo violencia. Mirar el cielo, identificar un canto, sembrar una planta, entrar a un río y explorar fuera del aula. Estos no solo son actos cotidianos. También son actos políticos.
*Estudiante de Periodismo. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.