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La luminosa oscuridad de Jon Fosse

El proyecto literario del premio Nobel se puede leer como una travesía espiritual que inicia en la duda y termina en la fe. El periodista Christopher Tibble viajó a Noruega para peregrinar por las tierras del gran escritor.
Por | Ilustración: Carolina Upegui
Fosse Portada
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Jon Fosse casi muere a los siete años. Ocurrió afuera de la casa donde pasó su infancia, a orillas del mar, en el fiordo de Hardanger. Corrían los meses de invierno y a lo mejor un manto de nieve cubría las montañas que se alzan detrás del pueblo. Con seguridad estaba oscuro: en el oeste de Noruega, entre diciembre y febrero, el sol se acuesta temprano. La familia había cenado albóndigas de papa. Al terminar, la madre le pidió al hijo que bajara al sótano por un jugo de grosella. El hijo salió disparado. Después de ponerse los zapatos, rodeó la casa y bajó a la despensa. A su regreso, se deslizó en el hielo. Cayó sobre la losa de piedra junto a la puerta de la entrada. El charco de sangre, escribiría años más tarde en un texto autobiográfico, fluía a un metro de distancia.

«No me gusta hablar de esa experiencia —me dice Fosse—. Pero aun así lo hago. Es muy importante para mí. Y para mi escritura». Estamos sentados en la cafetería del Kunstnernes Hus (La casa de los artistas), un instituto de arte en el centro de Oslo. De los altos techos caen unas lámparas enormes y redondas, como lunas iluminadas. El piso es de mármol. Las mesas, largas y de madera, tienen sillas de estilos diferentes. Hay materas con tréboles morados y corazones de hombre. Hay girasoles y helechos. Al lado de nuestra mesa, apartada en una esquina, junto a un ventanal, un geranio posa sobre un parlante. La mata es fosforescente y desprende un olor a cardamomo. Mientras conversamos, por desconocimiento, asumo que ese olor viene de Fosse.

Ahora que lo tengo frente a mí, ligeramente encorvado sobre una taza de té verde, me cuesta trabajo imaginarlo de niño. En internet no existen fotos de esa época de su vida. Aún conserva, claro, los mismos ojos celestes que parpadean detrás de unas gafas de marco plateado, con la forma de óvalos recostados. Hoy tiene 66 años. El pelo se le ha vuelto blanco. Lo lleva largo, recogido en una coleta, levemente electrizado a la altura de las orejas. Y la barba, de tres días, algo desprolija. Su piel también es blanca, en realidad blanquísima: sugiere los hábitos de un hombre arqueado hacia adentro. Viste todo de negro: camisa, blazer, bufanda, pantalón, zapatos.

Hace unos minutos, cuando nos sentamos en la mesa, me contó que ya no suele salir a espacios públicos. «Ahora soy demasiado famoso para esto», me dijo con su voz amena, en la que percibí, suave y privada, una corriente de gozo inflando sus palabras. El buen humor seguramente lima la sensación de incomodidad: es evidente que Fosse, conocido por su introversión, no se siente a gusto rodeado de tanto bullicio. Porque la cafetería, a pesar de ser un jueves a las once de la mañana, una hora en la que suele estar desocupada, de golpe se ha llenado de gente.

Fosse escogió el lugar de la cita por conveniencia. En Slottsparken, el parque que se encuentra al otro lado de la calle, solo hay dos residencias. La primera es la del rey de Noruega. El palacio real congrega, como una bolsa de pan a un grupo de palomas, a miles de turistas que a diario toman fotos del austero edificio monárquico, construido a mediados del siglo XIX. La otra residencia pasa desapercibida. Es una casa color salmón de la misma época, tipo chalet suizo. Ubicada en el borde del parque, sobre un afloramiento rocoso, se conoce como Grotten (La gruta) y, vista desde abajo, parece la morada del guardián de un faro. Desde 1922, la corona le ha otorgado esa residencia a un importante artista noruego. Desde 2011, esa es la casa de Jon Fosse.

No tiene mayor gracia repasar aquí la lista de novelas, poemas, ensayos, libros infantiles, obras de teatro y premios que llevaron a que el monarca Harold V le entregara esa residencia hace quince años. Tampoco me parece llamativo hacer lo mismo con las obras y reconocimientos que ha cosechado desde entonces. Prefiero, por el momento, señalar un solo hecho: que el proyecto literario de Fosse —un maremágnum narrativo en el que se funden los susurros ansiosos de alcohólicos, suicidas, pescadores, enfermos mentales, asesinos y artistas— es un proyecto espiritual. Y que ambas semillas —la de la escritura y la del espíritu— germinaron esa noche de invierno, unos minutos después de que la familia terminara de cenar albóndigas de papa.

¿Qué fue lo que entendió ese niño, postrado bajo las estrellas, con la arteria braquial perforada, a minutos de desangrarse? Viajé a Noruega para intentar entenderlo, para acercarme al origen de un hombre y de una obra que me han hecho sentir algo que, a pesar de no ser religioso, me atrevo a llamar «el camino de lo místico». Sé que no soy el único que ha tenido con sus libros una conexión que trasciende la simple admiración literaria. En 2023, cuando la Academia Sueca anunció que había ganado el premio Nobel de Literatura, Fosse recibió muchas cartas de felicitación. Al leerlas, descubrió que varias transmitían un mismo mensaje: las habían escrito hombres y mujeres que querían comunicarle que su literatura les había salvado la vida.

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Dos días antes de reunirme con Fosse, viajé a Strandebarm, el pueblo de su infancia. El tramo inicial del recorrido transcurrió en la línea ferroviaria que une a Oslo con Bergen, la ciudad más grande del oeste de Noruega. La ruta es famosa por su belleza: el tren deja atrás los bosques de pinos silvestres que envuelven a la capital y atraviesa unos páramos ondulantes, con lagos plateados y praderas de pasto seco. En la ciudad de Voss, una de las paradas, me recogió Johan Storm Münch, el señor de 92 años que será mi guía mientras recorremos, como dos peregrinos, la tierra donde Jon Fosse pasó su juventud —y a la que volverá, una y otra vez, en su literatura—. Vestido en tonos tierra —chaqueta café, pantalones caqui—, y con cierto aire a Werner Herzog, mi cicerone me condujo a su carro, estacionado cerca de la estación del tren, parcialmente sobre una acera.

«Toda la región está orgullosa de él», me dijo Storm Münch en inglés, al volante de su Ford Kuga. La camioneta marchaba hacia el pueblo a toda máquina, avanzando cómodamente por encima del límite de velocidad. El fiordo de Hardanger apareció por la ventana bajo una lluvia plomiza. Varias casas punteaban la orilla. Algunas estaban rodeadas por bosques de manzanos y en otras había rebaños de ovejas. En el agua, mansa y profunda, se veían las jaulas circulares donde los pescadores crían salmones. Esa industria, en tándem con el petróleo y el gas que las empresas sorben mar adentro, ha convertido a la región de Vestlandet («La tierra del oeste») en la más rica de Noruega. Storm Münch me explicó que Fosse es el primer escritor de esta parte del país en recibir el Nobel. Los ganadores anteriores —Bjørnstjerne Bjørnson, en 1903; Knut Hamsun, en 1920 y Sigrid Undset, en 1928— nacieron en otros departamentos. La distinción no solo es geográfica, sino lingüística.

En Vestlandet, la gente casi no usa el bokmål (la lengua de los libros), el principal lenguaje escrito del país, una herencia de los tiempos en los que Noruega y Dinamarca eran un mismo reino. Esa es la ortografía de los centros urbanos, de Henrik Ibsen, de los primeros premios Nobel, del siempre popular Karl Ove Knausgård y del aún más popular Jo Nesbø, el autor de novela negra más leído de Noruega. En cambio, en la tierra de Fosse, escriben en nynorsk (neonoruego o nuevo noruego), un estándar de escritura que se creó en el siglo XIX a partir de dialectos campesinos y del nórdico antiguo. «Aunque es un idioma artificial —me dirá Cristina Gómez Baggethun, la traductora de Fosse al español, unos días más tarde—, el nynorsk está muy arraigado a la tierra, al campo, a la cultura rural, y por eso se utiliza mucho en poesía». 

Fosse ha escrito toda su obra en neonoruego y en repetidas ocasiones ha señalado el amor que siente por esa forma escrita del noruego. Esa cercanía lo ha convertido en un erudito, como se hace evidente en Trilogía, un tríptico de novelas cortas que publicó entre 2007 y 2014. Para dos de sus títulos, eligió palabras antiguas y caídas en desuso, como si quisiera resguardarlas del olvido. Una, andvake, significa permanecer despierto e inquieto. Otra, kveldsvævd, quiere decir sentir cansancio al principio de la tarde. También se puede usar para designar el proceso mediante el cual las flores cierran sus pétalos de noche.

Llegamos a Strandebarm después de cruzar un túnel. Aunque ya había escampado, el paisaje aún retenía el brillo fresco de la lluvia. El diseño del pueblo es lineal: las casas donde duermen sus 400 habitantes se suceden unas a otras a lo largo de la orilla. Entre los edificios sobresale la iglesia protestante, con una torre escarlata y un cementerio discreto. De las montañas bajan cascadas que alimentan el fiordo. Todo parece unido por un silencio azulado.

«Sí, sí, ese es el nombre», me respondió Storm Münch, con una mezcla de franqueza y leve impaciencia, cuando leí en voz alta las palabras impresas en la fachada: CASA JON FOSSE. «Pero esta no es la casa donde creció», aclaró, mientras abría con una llave la puerta, ubicada debajo de una cruz cristiana. El discreto edificio, una antigua casa de rezo, antes pertenecía a la abuela de Fosse. Hoy es de la Fundación Fosse, una entidad creada en 2013 por lectores entusiastas de su obra y residentes de Strandebarm. Era la primera parada del peregrinaje.

Storm Münch prendió las luces. En el vestíbulo, reubicó contra un muro unas cartulinas de ovejas. «Son de uno de sus libros para niños», me dijo, divertido. «Arriba tenemos más». En el segundo piso recorrimos un cuarto en el que se venden las ediciones en nynorsk de los libros de Fosse. También se pueden comprar tazas de té, postales y camisetas. Luego pasamos a un auditorio pintado de lila donde la fundación celebra anualmente un festival dedicado a su literatura. El espacio conserva muchos de los vestigios religiosos del edificio: dos tiras de luz iluminan un techo en bóveda y, más abajo, varias hileras de sillas conducen a un púlpito.

En el primer piso, entramos en un museo. En los muros colgaban afiches de varias obras de teatro presentadas en el extranjero y retratos ilustrados de Fosse. Cerca de la entrada, había un fragmento de un poema bordado en un pedazo de tela. Era una estrofa corta, humilde, implorante. Mi guía la declamó en voz alta:

la berre regnet regne                                          deja a la lluvia llover
la berre sola sjå                                                 deja al sol ver
la berre vinden blase                                           deja al viento soplar
la berre hjarta mitt slå                                        deja palpitar al corazón

Storm Münch cerró la puerta con llave. Afuera nos recibió una carretera vacía y un mar encrespado por el viento. La casa, me dijo, pronto dejará de ser la sede de la fundación. La intención de la sociedad es construir el Centro Jon Fosse para la Literatura Mundial en el lote de un antiguo colegio. El megaproyecto incluye un teatro con un aforo para 200 personas, una tienda, una biblioteca y seis apartamentos para investigadores. Habrá, también, «un espacio para la reflexión» y «una película introductoria», según se lee en un PowerPoint. El dinero no será un problema: la obra cuenta con el apoyo de uno de los hombres más ricos del oeste de Noruega.

Fosse, me explicó Storm Münch, no está involucrado con ese proyecto ni con la fundación. «Él es muy privado. Sí, muy, muy privado. Él viene al pueblo a menudo, a visitar a su madre, pero es tan tímido que no busca a sus amigos o a la gente de su infancia». Dos días después, en Oslo, Fosse me da su punto de vista. Me dice que la fundación lo tiene sin cuidado y que no le interesa participar en el festival. Me dice que está bien que ellos tengan sus iniciativas, pero sin él: «Yo simplemente dejo que ellos hagan lo que quieran hacer».

—¿Pero no es extraño estar vivo y tener un museo dedicado a usted?
—Claro que es extraño. Pero, ¿sabe?, a lo largo de los años me han pasado cosas tan extrañas que, de alguna forma, ya me he acostumbrado a ellas.

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De adolescente, Fosse ya tenía el pelo largo. Ondeaba a sus espaldas mientras recorría en bicicleta las calles de su pueblo. Era un joven silencioso e inconforme, que sentía un rechazo instintivo por el colegio y el luteranismo pragmático que se respiraba en Strandebarm. Aunque su niñez había transcurrido en una casa cristiana, donde se bendecía la mesa y se rezaba antes de dormir, no lograba conectar con la fe de su entorno, que percibía hipócrita y untada de falsedad. Por eso, a los dieciséis años, en un gesto de independencia radical, renunció a la iglesia de Noruega mandándole una carta al párroco local. En su libro Misterio y fe. Una conversación con el teólogo Eskil Skjeldal (2015), Fosse recuerda la animadversión que sentía: «Si en el cielo se estaba como se estaba entre esos cristianos, ¿no sería mejor estar en el infierno? Allí, al menos, habría gente que hablara con sinceridad y se comportara decentemente». En esa misma página del libro cita de memoria un poema de Georg Johannesen:

Madre, qué frío hace en la catedral
pero en el bar de la esquina arde una vela en cada mesa.

Fosse encontró el calor que buscaba entre sus amigos de adolescencia. Con algunos formó una banda de rock que primero llamaron Lucifer Green y, más adelante, Rocking Chair. Durante un par de años, escuálidos y melenudos, recorrieron el fiordo de Hardanger tocando en bailes para jóvenes. Hacían covers de Creedence Clearwater, Albert Hammond, Slade. Tenían un repertorio de unas cuarenta canciones. Se sabían de memoria «Bad Moon Rising» y también «Have You Ever Seen the Rain?». Visto con la perspectiva que da el tiempo, ellos estaban, para Fosse, más cerca del primer cristianismo que los cristianos de las casas de rezo. No eran dogmáticos ni pretendían encarnar la virtud. Tampoco ejercían poder alguno. Como Jesús, eran unos rebeldes.

Por esa misma época, Fosse descubrió en el ático de su casa la máquina de escribir Remington que su padre había comprado de joven. La escritura a mano, sobre todo con lápiz, la asociaba con el mundo del colegio, y por eso no le gustaba. La experiencia de presionar las teclas mecánicas era distinta. La encontró liberadora. Al usar la máquina, podía tener una relación distinta con las letras. Podía, en sus propias palabras, «crear un lugar para mí mismo al interior del lenguaje». Ese era un lugar donde no existían las jerarquías ni los conceptos de la escritura escolar. Era un lugar que no entendía del todo. Un lugar de no-entendimiento. Años más tarde, en un ensayo titulado La gnosis de la escritura (2000), Fosse escribe sobre ese descubrimiento: «El lugar de donde viene la escritura [literaria] es un lugar que sabe muchísimo más que yo, porque como persona yo sé muy poco».

Así que se puso a escribir. A los diecisiete años, mientras cursaba el bachillerato en Øystese, un pueblo grande cerca de Strandebarm, redactó una primera novela. Fosse nunca la publicó y no se la ha mostrado a nadie, me dice en Oslo. La considera una obra epigonal: en ella emula a uno de sus maestros, el escritor Tarjei Vesaas, famoso por abrirle un espacio al nynorsk en el mapa de la literatura mundial y por sus novelas centradas en el aislamiento de los campesinos de Vestlandet.

Fosse debutó oficialmente con un cuento cuatro años después. El año era 1981 y el lugar, la ciudad de Bergen, adonde se había mudado para estudiar literatura comparada en la universidad. Studvest, un periódico estudiantil, anunció un concurso de relatos. Fosse se encerró en su apartamento durante las vacaciones de semana santa y escribió un cuento que, según ha dicho, surgió por sí solo, como si alguien se lo hubiera dictado. La experiencia fue una revelación. Al leerlo, se sintió seguro del resultado y lo envió al concurso. El relato, titulado Han (Él), ganó por un margen amplio. Para anunciar el resultado, el periódico publicó una foto de Fosse en la primera página. Cuando vio un ejemplar, la sensación de vergüenza casi se lo come vivo. «No me atreví a salir del apartamento durante varios días», me dijo.

El relato Él está narrado desde el punto de vista de un señor de 65 años. La acción transcurre en la sala de su casa, minutos antes de la cena, frente a un televisor encendido. El hombre no tolera la presencia de su yerno, sentado en un sofá cercano. En un monólogo interno, desordenado y punzante, malgasta su energía mental despreciándolo. No le gusta que lea libros, ni que tenga el pelo largo, ni que sea el padre de su nieto. El relato es electrizante: el filo de los juicios, su chirrido psíquico, saca chispas, casi incinerando el texto.

Él inicia con una frase larga, quebrada como un relámpago:

Él tiene la cabeza recostada contra el respaldo del sofá que compré el año pasado, ahora cierra los ojos, tiene la cara blanca, el pelo largo, lacio, los ojos cerrados, mira que son guapas esas mujeres, yo nunca he tratado con cositas así, lila…, esta música, el ritmo entrecortado, dentro de poco cenaremos albóndigas de pescado, no es que ella sepa mucho, pero albóndigas de pescado sí sabe hacer, madre también sabía, a él no le gusta el pescado, mira fijamente el televisor, no le queda más remedio que estar aquí […].

En Él ya se entrevé —tierna, suelta, tosca— la voz del Fosse prosista. Están las frases largas, la narración en primera persona, los pensamientos que transpiran angustia o ansiedad. Como en algunas novelas futuras, también se anuncia la posibilidad del desdoblamiento narrativo: una voz central que se asoma a otra voz y que, asomada, la canaliza en el plano textual. Y claro: la repetición constante, a todas luces obsesiva, tan similar en su insistencia al agua que baja por una cascada (por cierto, en nynorsk, la palabra ′foss′ significa cascada). Con esta primera aproximación a los bucles y reiteraciones que marcarán su escritura, el joven novelista buscaba llevar a la página el ritmo repetitivo de la música que había tocado con sus amigos. «Yo quería reconstruir la experiencia de tocar guitarra —me dijo—. En la novela que escribí a los 17, escuché más la música de Tarjei Vesaas que la mía. Pero, cuando escribí Él, solo escuché mí música o, digamos, la música de mi literatura».

Con ese cuento se abrieron las compuertas. Las historias empezaron a manar de su interior, una tras otra. En seis años publicó tres novelas: Raudt, svart (Rojo, negro, 1983), Stengd gitar (Guitarra cerrada, 1985) y Blod. Steinen er (Sangre. La piedra es, 1987). Las tres obras —que no pude leer porque no han sido traducidas al español ni al inglés— son consideradas las más oscuras de Fosse. En la primera, un joven guitarrista renuncia a la iglesia, pierde el control de su vida y decide suicidarse en el fiordo. En la segunda, una mujer sufre un brote psicótico después de quedarse afuera de su apartamento, con su bebé atrapado adentro. En la tercera y más experimental, un comerciante vive un matrimonio roto y se enfrenta a un posible asesinato, de acuerdo con la poca información que se encuentra en internet sobre ese libro. Un crítico de la época describió el estilo de Fosse como scream-of-consciousness, (un grito de la conciencia).

En un ensayo del director de teatro Kai Johnsen, un colaborador frecuente de Fosse, encontré traducido al inglés un fragmento de Guitarra cerrada. En español, sería algo así:

encontrar la llave. cansancio. no puedo quedarme aquí parada. sentarme en el piso. descansar. el tipo con la bolsa cansada. mi padre. edificio en silencio, el niño no llora. cojo el pomo, jalo la puerta hacia mí. está cerrada, jalo y jalo, la puerta está cerrada.

Para mediados de los ochenta, Fosse estaba inmerso en la escena literaria de Bergen. Era miembro de una nueva generación que le apostaba a la experimentación y quería romper con el realismo social que había dominado la literatura de la década anterior. Tenía la vida de un joven escritor de vanguardia. Bebía a menudo y en un día podía fumarse hasta sesenta cigarrillos. También era papá: en 1979, a los veinte años, había tenido un hijo con Bjørg Sissel Solsvik, una enfermera con la que se casaría un año después del nacimiento del niño. Además de novelas, Fosse publicaba poesía y ensayos sobre literatura, que había continuado estudiando en una maestría en la Universidad de Bergen, y estaba suscrito al diario del partido comunista. 

Pero algo no encajaba. El joven novelista empezó a preguntarse de dónde venían sus libros. Si escribir era en realidad un acto de escucha, como ocurría en su caso, ¿a quién estaba escuchando cuando escribía? ¿Qué era eso, dentro de él, que no era él, y que le transmitía su literatura? Había abordado el asunto desde la teoría literaria, pero no estaba satisfecho. «Digamos que no pude encontrar una respuesta marxista a esa pregunta», me dijo. Buscó otras fuentes. El manantial de su creatividad, pensó, podía tener otro origen: Dios.

Sí, Dios. Una década después de renunciar a la Iglesia de Noruega, el joven escritor sintió sed de Dios. No el de la Iglesia de Noruega, con su pragmatismo y falta de misterio, sino el que había intuido en la escritura. Fosse quiso rodearse de creyentes. Sin mayores convicciones, más bien guiado por la intuición, buscó abrigo en el cuaquerismo, la fe de algunos de sus ancestros. Las reuniones transcurrían en el apartamento en Bergen de una señora danesa. Iban pocas personas, unas cinco o seis. Uno de ellos era un experto en Beckett, quizás el escritor que más ha influenciado a Fosse. En los encuentros no había curas ni sermones. Eran mucho más sencillos y, en otro sentido, mucho más profundos. Los congregados solo se sentaban en un círculo y, en silencio, se concentraban en lo que llamaban su luz interior.

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Nada me convence tanto de la cercanía de Dios como la
 ausencia
de mis amigos muertos. Dios es mis amigos muertos.
Dios es todo lo que desaparece.

Fragmento de un poema sin título, 1992, Jon Fosse

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Jon Fosse llegó a mi vida unos meses después de la muerte de un amigo. Karim Ganem Maloof se fue a los 31 años. Era un periodista alto y barbudo, de la isla de San Andrés, conocido en el medio por sus crónicas sobre comida. Cuando nos veíamos, nos gustaba jugar Catan y salir madrugados a buscar pájaros en los cerros orientales de Bogotá. Su muerte fue fulminante. Su corazón se detuvo después de prepararse un café y disponer los pigmentos de acuarela con los que a veces pintaba por la mañana. El día en que me enteré de su muerte yo tenía agendada una sesión de terapia. Llevaba cuatro años sin ver a mi terapeuta en persona. De la hora que pasé en el consultorio solo retengo una memoria. Mi terapeuta me preguntó si la muerte de Karim me acercaba o me alejaba de la vida. Sentí un temblor cálido en el pecho antes de responder. Me acercaba, le dije.

Esa sensación de cercanía pronto se transformó en curiosidad espiritual. El duelo es un alicate que lo abre a uno por dentro y permite que el mundo de afuera entre con mayor facilidad. Bajo la influencia de esa nueva apertura, empecé a buscar respuestas. Leí sobre meditación y religiones orientales. Me adentré, de la mano del gran Carlo Rovelli, en el extraño mundo de la física cuántica. Pero ningún texto me acercó tanto al misterio de estar vivo como una novelita llamada Blancura. La leí a finales de 2023, en una finca a las afueras de Barichara. Una mañana me recosté en una hamaca y, con mi sobrina de dos años zumbando a mi alrededor, no me paré hasta terminarla. Era el nuevo libro de Jon Fosse, el escritor noruego que acababa de ganar el Nobel de Literatura.

Blancura tiene menos de cien páginas. Como Wakefield, el relato de Hawthorne, cuenta la historia de un hombre que de golpe deja atrás el mundo que conoce. En la novela corta de Fosse, el hombre se sube en un carro y conduce hasta extraviarse en un bosque. El narrador no nos da detalles de su vida. En cambio, en una reiteración serena, nos relata su presente. Cuando el carro se atasca, el hombre decide continuar a pie. No sabe qué busca, pero sigue avanzando. Pronto se hace de noche. Aunque tiene miedo y no quiere morirse, no regresa al carro. Entonces, en la oscuridad del bosque, aparece una luz blanca.

Ahora la veo muy clara. Sí que es blanca. La blancura. En la impenetrable oscuridad se ve muy clara. Luminosamente blanca. Una luminosa blancura. Me quedo muy quieto. Procuro no moverme. Quedarme totalmente inmóvil. La silueta de una persona. Una persona dentro de una luminosa blancura.

Blancura me llenó de calma. Yo aún no lo sabía, pero la imagen de una luz que surge de la oscuridad, o de «una luminosa oscuridad», aparece una y otra vez en la obra de Fosse. Él la empleó por primera vez en una obra de teatro llamada Un día de verano (1998). En ella, una mujer observa el fiordo oscuro donde, años atrás, desapareció su esposo. El hombre salió en un barco y nunca regresó. Mientras ella lo recuerda, con la mirada puesta en el horizonte, ve como una luz nace dentro de la oscuridad. Cuando la escribió, Fosse creyó que había creado una paradoja original, pero más adelante descubrió que esa imagen es muy común en la tradición del misticismo cristiano. La encontró en los textos del fraile español Juan de la Cruz y en los del místico alemán Maestro Eckhart. Una interpretación de esa luminosa oscuridad es que, cuanto más grande es el sufrimiento (la oscuridad), más se siente la presencia de Dios (la luz). Esta paradoja me ayudó a entender, por ejemplo, la fuerza que tiene la figura del Cristo que sufre en la cruz, tan común en las iglesias católicas de América Latina.

Con el tiempo, Fosse reevaluaría sus primeras novelas, las más angustiosas de su carrera, a la luz de esta luminosa oscuridad. Curiosamente, esos son los libros que la gente mencionó en las cartas que le enviaron a Fosse en 2023 para manifestarle que su literatura les había salvado la vida. Cito de su entrevista con Eskil Skjeldal:

—Tus primeras dos novelas, Raudt, svart y Stengd gitar, son oscuras y desesperanzadas, la locura y el desamparo nunca andan lejos. ¿Qué relación tienes con esa intensa desesperación?

—En mi opinión, la literatura llena de desesperación señala casi hacia lo contrario, hacia la paz, la paz de Dios. Para mí, Esperando a Godot de Beckett y Ulises de James Joyce —los dos grandes monumentos modernistas de la literatura que tienes que haber leído, o al menos conocer, si quieres tener una educación literaria— son obras que, en su oscuridad, alcanzan una especie de luz silenciosa.

Yo, claro, no había pensado en nada de esto cuando me levanté de la hamaca después de terminar Blancura. Solo sabía que quería leer más libros de Fosse. Por fortuna, el Nobel lo había puesto en las mesas de novedades. Unos meses más tarde, a inicios de 2024, una distribuidora de editoriales españolas me preguntó si quería entrevistar a alguno de sus autores que estarían en la FILBo. Yo dije que a Fosse. Evidentemente, era un chiste. Él no iba a venir y, además, ¿cuáles eran las probabilidades de poder hablar con él? Pasó un año. Me olvidé. Hasta que, en enero de 2025, me llegó un mensaje: «Hay un chance de entrevistarlo». ¿Me interesaba?

Fosse respondió mi primer correo una hora después de que se lo enviara. Con sencillez, me dio las gracias por lo que le escribí y dijo que le parecía bien vernos en otoño. Me pidió que lo buscara más adelante para cuadrar la fecha y el lugar. Incluso, para facilitar la logística, me pasó su número de teléfono. En agosto, impulsado por un editor que me sugirió escribir un perfil, retomé la conversación. Quería saber si lo podía acompañar a más de un evento durante la semana que estaría en Noruega. Me respondió que no: «Perdón, pero solo voy a dar una entrevista (como habíamos acordado). Tengo miles de solicitudes y simplemente debo decir que no a casi todo». Me sugirió asistir al estreno de La obra, su nueva obra de teatro, y me envió un PDF con la versión en inglés. No quise soltar el hilo de la conversación y le pregunté por un ensayo suyo titulado Misticismo negativo (1993).

En ese texto, Fosse repasa la influencia que ha tenido la religión en su obra y da claves para entender su literatura. La novela, escribe, no debe estar abierta al mundo de afuera, sino que debe ser un mundo en sí mismo, de forma similar a como ciertas comunidades religiosas, como los luteranos pietistas, buscan crear un mundo solo para ellos. También explica que la ausencia de figuras literarias (metáforas, hipérboles, cacofonías, etcétera) y de narradores omniscientes en su obra brota de un escepticismo similar al que los cuáqueros sienten por las ceremonias elaboradas. Fosse declara en ese ensayo su amor estético por lo sencillo. En un bello pasaje, compara su escritura con las capillas «simples y no ornamentadas» que se encuentran en el oeste de Noruega.

En mi correo, le pregunté si me podía recomendar alguna capilla para visitar en esa parte del país. Sus ensayos, más que sus obras literarias, habían despertado mi deseo de viajar a esa región. Además de Misticismo negativo, tenía muy presente otro ensayo, Para que el sol salga (1998). En ese texto, Fosse recuerda un invierno en el que el filósofo Ludwig Wittgenstein pasó en Vestlandet, con el corazón roto y obsesionado con documentar la hora en que sale el sol. «Que Ludwig Wittgenstein, que podía asentarse donde quisiera, nos hubiera elegido a nosotros, que vivimos entre fiordos y montañas, con nuestra oscuridad, con nuestra lluvia, con nuestras creencias y nuestra melancolía escéptica, que Ludwig Wittgenstein nos eligiera a nosotros, a nuestro lugar en la tierra, a nuestro de muchas formas austero y despiadado lugar en el gran mundo, no deja de fascinarnos y de generarnos placer».

Fosse me respondió enviándome la foto de un austero templo cuáquero. Esa sencilla casa, de una sola habitación y con tejas rojas, inaugurada en 1867, había inspirado el pasaje de Misticismo negativo. En el mismo correo, me sugirió que visitara Strandebarm, el pueblo de su infancia. Me habló de una fundación que llevaba su nombre y me pasó el contacto de una artista que estaba en su junta directiva. Ella, a su vez, me refirió a un señor de 92 años que me podía hacer una visita guiada.

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La camioneta Ford Kuga avanzaba hacia una finca a la entrada de Strandebarm. A la derecha, el mar se extendía por un desfiladero de montañas hasta llegar al horizonte. Johan Storm Münch parqueó frente a una casa y apagó el motor. «Aquí sí es donde creció», me dijo. La casa, de madera blanca, tiene un aire hogareño, con ventanas de diferentes tamaños y un jardín enmalezado. El bisabuelo de Fosse, un pescador que se enriqueció transportando bacalao seco, la construyó en los años treinta del siglo pasado. Fue un proyecto que emprendió en su vejez, después de abandonar el mar por culpa de un naufragio. La vivienda llegó a tener más de cien manzanos, perales y ciruelos a su alrededor. Hoy, en su lugar, hay lomas verdes, con vistas al fiordo.

En 2025, Fosse y su hermana vendieron la finca, que también tiene una segunda casa, una granja y, en la orilla del agua, un cobertizo para barcos. La decisión la tomaron después de ingresar a su madre en un ancianato. El padre de ambos había muerto dos años atrás. En un principio, los hermanos quisieron que el comprador fuera algún pariente. Cuando esa idea no prosperó, se la ofrecieron a la Fundación Fosse. Así, por lo menos, la finca no terminaría en manos de un desconocido. La fundación aceptó la oferta y la compró. La junta directiva, me dijo Storm Münch, ahora quiere usar la casa para un programa de residencias de escritura.

Durante el trasteo, los hermanos salieron de muchas cosas. Fosse donó algunos papeles suyos a la Biblioteca Nacional y solo se quedó con un puñado de objetos, entre ellos, un tapete hilado con una técnica artesanal de la región y un óleo donde figura el tipo de barco en el que navegaba su bisabuelo. No sintió nostalgia al desocupar los cuartos. «Yo no tuve una relación cercana con esa casa —me dice en Oslo—. O, a lo mejor, la relación fue demasiado cercana». En el campo noruego, se espera que el primogénito herede la finca familiar y se haga cargo de ella. Hasta existe una palabra para describir ese principio legal: odelsrett. Fosse, que es el mayor, nunca aceptó ese mandato.

Nos bajamos del carro. Frente a la entrada se halla la losa de piedra donde se accidentó de niño. Está parcialmente enterrada bajo un brote de hierbas, al pie de los escalones que conducen a la puerta principal. Tomé algunas fotos y la miré en silencio: no supe qué hacer con su mudez. Storm Münch restregó sus zapatos contra el tapete de la entrada e insertó la llave en el cerrojo: «Usted es el primer periodista que va a ingresar —me dijo—. La familia se la entregó a la fundación hace un par de meses».

Nos recibió una casa pulcra, deshabitada. En los cuartos estaban los objetos que los hermanos no sacaron antes de la entrega. Algunos eran grandes: armarios, mesas, colchones, lámparas araña. Otros se sentían extrañamente íntimos: una mandolina sobre un sofá de tapicería floral, una caja con adornos navideños que, me imagino, la familia desempacaba cada diciembre. Tuve la impresión de estar recorriendo un espacio incierto, entre un museo y la escena de un crimen. Subí para buscar la habitación de Fosse. En su conversación con el teólogo Eskil Skjeldal, él recuerda que, de niño, su madre pegó sobre su cama el sticker de un ángel. Aunque él intentó arrancarlo durante años, nunca lo logró del todo. Un pedazo se aferró al muro.

De joven, Fosse no tuvo una buena relación con su madre. Eran como el agua y el aceite, según me cuenta en Oslo. Peleaban constantemente. La mujer que lo colmó de amor de niño fue su abuela. «Si no hubiera sido por ella, a lo mejor me hubiera vuelto un misógino», me dice. La relación entre madre e hijo ha mejorado desde entonces. Fosse no sabe bien qué pasó, pero hace unos quince años se acercaron. Sospecha que la responsable fue Anna, su tercera esposa, con quien se casó en 2011. Sea cual sea la razón, la nueva proximidad lo tiene contento: «No nos iremos de este lugar como enemigos, porque nos iremos como amigos», me asegura.

Antes de salir de la casa, encontré el retrato que Wigdis y Kristoffer, los padres de Fosse, se tomaron el día de su boda. La pareja posa frente a una cortina ondulada. Kristoffer sale en smoking, con corbatín blanco y gafas de marco grueso. Su mirada es penetrante, como la de su hijo. Wigdis sonríe, ataviada en su vestido de matrimonio, un buqué de flores cubriéndole el vientre.

Caminamos a la orilla del agua. Storm Münch abrió las puertas del cobertizo para barcos. La luz de la tarde se colaba por la apertura iluminando un arrume de objetos náuticos. Un olor a mar —a algas secas— se desprendía de los tablones, las redes, las cuerdas. Entre el reguero, se alcanzaba a percibir la curvatura de un barco grande, de madera, similar a una canoa. La fundación piensa transformar el cobertizo en una sala de exhibición en un futuro cercano.

Por ahora, mi guía exhumaba objetos. Me enseñó un barquito de juguete y un achicador. «Él los hizo de niño», me dijo, sin pestañear, como si quisiera demostrar más allá de cualquier duda el vínculo entre el escritor y el mundo marino. El vínculo es evidente en su literatura: en casi todas las novelas de Fosse aparece alguna embarcación. De hecho, salen tantas, y de tantos tipos, que son un reto para los traductores. En Vaim (2026), su más reciente novela, los tres protagonistas están ligados a tres modelos de barcos que no tienen nombres en español. «Estuve tentada a dejar los nombres noruegos, pero lo hablé con Fosse y decidimos no hacerlo, porque eso hubiera roto la fonética —me dijo Gómez Baggethun, su traductora—. Entonces, bueno, encontré la manera de que se entienda que un barco es más grande, otro más ancho, y así».

Después de la visita al cobertizo para barcos, el peregrinaje continuó en las montañas que se alzan detrás del pueblo. La camioneta Ford Kuga dejó atrás la finca y subió por una carretera destapada. Un soplo de niebla borró el paisaje y avanzamos bajo un chubasco. En dos ocasiones, tuve que salir del carro para abrir unas rejas que controlan el paso de ovejas.

Al cabo de una media hora parqueamos en una orilla de la carretera. Storm Münch se puso unas botas de caucho, revisó mi calzado y, después de aprobarlo, me condujo por un pasadizo estrecho. Del otro lado entrevimos, entre la bruma, unas cabañas arrumadas sobre un río. Estas casitas, conocidas como seter, hacen parte de una tradición noruega que se remonta a la época vikinga. Durante siglos, en los meses de verano, las familias del campo movían sus hatos de ganado monte adentro y contrataban a campesinas jóvenes, apodadas budeies, para que vivieran en esas cabañas y se encargaran del ordeño, de cuajar queso y de batir mantequilla.

En el sendero que conduce a la pequeña aldea de seter, Storm Münch patinó sobre una piedra. Su cuerpo voló por un instante y cayó sobre la pelvis. ¡Otro accidente!, pensé con angustia. Corrí hacia él, pero cuando llegué, ya estaba de pie, como un mástil. «Ese no fue el mejor lugar para caerse», me dijo, antes de soltar una carcajada. Pasamos diez minutos dentro de la cabaña que era de la familia de Fosse y que ahora pertenece a la fundación. Es un espacio acogedor y antiguo. Tiene una cocineta y una cama sencilla, dos sillones y un cuadro de pájaros rojos. Cuando Fosse nació, la tradición de las budeies ya había desaparecido, en buena medida por las mejoras agrícolas. Para él, la cabañita fue un lugar de recreo, adonde subía con amigos y algunas cervezas a pescar o a esquiar en el invierno.

La última parada del día fue en Haugatun, el centro juvenil de Strandebarm. Por fuera, el bello edificio — fachada roja, bastidores crema, tejado a dos aguas— tenía la apariencia de una iglesia. Por dentro, parecía un teatro. Entramos a una nave de madera, con columnas que imitan el color del mármol rojo y ventanas que miran al fiordo. Al frente, había una tarima amplia y, arriba, la cabeza de un ciervo y un mensaje escrito en nyorsk, en tipografía gótica: Fram då frendar i fredolege kappsteig! (¡Adelante, amigos, en pacífica competencia!).

Una restauradora con guantes y el pelo recogido en una cola de caballo nos dio la bienvenida. Nos dijo que ella y un colega estaban a cargo de cuidar el edificio. No es una tarea sencilla. Deben postularse a becas, recaudar fondos. Se veía exhausta y realizada. «Este es un templo —dijo—, creado hace cien años para que la juventud pudiera bailar y socializar en un espacio que no estuviera controlado por la iglesia». Fue aquí, justamente, donde Fosse y sus amigos, hace medio siglo, se subieron a la tarima a tocar rock and roll. Ahora el intérprete era otro. Mientras hablábamos, Storm Münch se subió al escenario, abrió los brazos y gritó: «Adivinen mi obra… ¡pues El viejo y el mar!».

La mañana entrante, antes de mi regreso a Oslo, mi guía me llevó a navegar en el fiordo. En el parqueadero de la marina, a las 7:30 a.m., nos pusimos los petos de pesca. En los muelles flotaban unas cincuenta embarcaciones de fibra de vidrio o aluminio. Nosotros nos dirigimos a un barco de pino. Durante siglos, era común que la gente de la región se dedicara a construir navíos. Para no ir muy lejos, el abuelo de Fosse tuvo un negocio armando los casquillos que se usaban en el ensamblaje de los cascos. Hoy casi nadie se dedica a ese oficio. Storm Münch tiene su barco desde hace cuarenta años. En los meses de verano, lo usa a diario para pescar su almuerzo.

Salimos impulsados por un pequeño motor. El barco rasgó la superficie lisa del agua, ondulándola. Poco a poco, a medida que avanzábamos, la finca donde creció Fosse se hizo más grande. Primero distinguí la casa del bisabuelo, enseguida el cobertizo. Storm Münch apagó el motor a unos metros de la orilla. Nos quedamos quietos, mecidos por una suave corriente. Ninguno de los dos hablaba. Sin quererlo, recreamos la escena central de The Big Fisheyes (Grandes ojos de pez, 1993), un pequeño ensayo de Fosse. En ese texto, narra una jornada de pesca en Strandebarm y reflexiona sobre las similitudes que existen entre pasar tiempo en el agua y escribir ficción. «A lo mejor no sea una idea ingeniosa, pero la forma en que el barco y yo entramos en ritmo con las olas cuando salgo en el fiordo es igual a como mi escritura y yo entramos en ritmo», escribe. El fiordo y el proceso creativo se parecen en más de un sentido, nos dice Fosse. Ambos son profundos, ambos guardan secretos. «Y luego está el silencio —escribe—, el enorme silencio, el silencio que es tan grande que incluso permite que mis amigos muertos vivan de nuevo para mí. Ese es el silencio que quiero escribir en mi literatura. Y luego está el viento».

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El primer éxito de Fosse llegó a librerías en 1989. Se trataba de su cuarta novela, Naustet, que aún no se consigue en español, pero sí en inglés, como Boathouse (El cobertizo). En ese entonces, el escritor de treinta años todavía vivía en Bergen y se ganaba la vida como profesor en una academia de escritura (uno de sus estudiantes era Karl Ove Knausgård). La espiritualidad seguía rondándole la cabeza, pero también la duda. Dos años atrás, se había graduado de su maestría en literatura comparada. En su tesis de grado, había argumentado que en las buenas novelas solo debe existir la voz del escritor. «Escribir buena narrativa es escribir relatos sin narrador —dirá luego—. El narrador es aquel que habla, no aquel que escucha. Y escribir es escuchar».

En Naustet, Fosse había puesto su oído al servicio de una trama que se alimenta del deseo, la envidia y los celos. El narrador del libro es un hombre huraño que vive con su madre en un pueblo costero del que nunca ha salido. Un día se encuentra con Knut, un amigo que se fue de joven a buscar su lugar en el mundo y que regresa a pasar las vacaciones junto a su esposa y dos hijas. Ver a Knut trastorna al narrador. El hombre siente un desasosiego terrible y, para apaciguarlo, empieza a escribir en el altillo de su casa. La novela es, si se quiere, el diario que brota de su mente trastornada. Mientras recuerda episodios de juventud, también relata un romance, o el anhelo de un romance, con la esposa de su amigo. Al final de la novela aparece un cadáver.

Después de Naustet, Fosse debutó como autor de literatura infantil. Kant (1990) cuenta la historia de Kristoffer, un niño de ocho años que, de noche, antes de dormir, siente ansiedad al pensar en el borde del universo. El joven protagonista reflexiona: «No es posible que el universo simplemente continúe para siempre, pero tampoco es posible que se detenga […]. Eso me asusta». El título del libro es un juego de palabras. Alude a la palabra kant, que en neonoruego significa «borde», pero también al filósofo prusiano, que el padre del Kristoffer lee en el cuarto de al lado y cita para recordarle a su hijo que los humanos no pueden entenderlo todo.

Fosse atravesaba un periodo fértil. Además de Kant, a inicios de los noventa publicó dos novelas, dos poemarios, un libro de relatos, otra obra de literatura infantil y varios ensayos. También conoció a su segunda esposa, la traductora y académica Grethe Fatima Syéd. Pero si las palabras fluían, las finanzas no tanto. Las regalías de los libros eran escasas. Fosse era, en sus propias palabras, «un autor pobre». La solución a sus problemas financieros llegó, curiosamente, por la vía misma de la escritura. En esos años, sin proponérselo, entró en contacto con el arte que aceleraría su fama global y le daría un respiro económico.

Fue el resultado de una correspondencia. En 1991, el director de teatro Kai Johnsen, deslumbrado por la lectura de Guitarra cerrada, le envió una extensa carta proponiéndole que colaboraran. En su respuesta, Fosse se mostró dubitativo. Por un lado, le expresó su rechazo al teatro convencional y, por otro, se preguntó si su estilo narrativo podía traducirse al escenario. «En lugar de historias dinámicas, mis novelas son más bien como un despliegue de estados —escribe en la carta—. Estoy tratando de escribir cuerdas […], no notas individuales».

Los dos artistas se acercaron. Se reunían a hablar y a tomar cerveza y se cruzaban cartas extensas. En el otoño del 92, ambos participaron en una iniciativa pública que buscaba impulsar una nueva ola de dramaturgia noruega. Unos meses después, Fosse ya avanzaba en la escritura de su primera obra. En una carta, le dio detalles a Johnsen: iba a ser una pieza clásica, con unidad de tiempo, espacio y acción, pero también con elementos de su literatura, como el ritmo repetitivo y cierta cualidad obsesiva. Unos días después, el director de teatro recibió el borrador de una obra inspirada parcialmente en Esperando a Godot de Beckett. En ella, una pareja se muda a una nueva casa en el fiordo y recibe la visita de su antiguo propietario. Se llamaba Alguien va a venir.

En su discurso de aceptación del Nobel, Fosse afirmó que escribir esa pieza fue «la sorpresa más grande de su vida como escritor». En sus novelas y poemas había querido darle voz a lo indecible y de repente, con el teatro, había descubierto otra forma de llevar a la práctica esa intención. Bastaba con poner, entre dos parlamentos, la palabra pausa. «En esas pausas podía haber mucho o poco —continúa en el discurso de 2023—. Algo que no se puede decir, algo que no se quiere decir, o algo que la mejor forma de decirlo es no diciendo nada».

El borrador de Alguien va a venir causó una ruptura entre Johnsen y Fosse. El director quería discutir algunos puntos. El autor sentía que la pieza estaba terminada. Por eso, sin hablarlo con su colaborador, Fosse tomó la decisión de venderle los derechos de la obra al Det Norske Teatret (El teatro noruego), una institución que estaba dispuesta a montar una producción sin modificar el texto original. La pelea entre los dos no duró mucho. Fosse le prometió escribir otra pieza para él y, al poco tiempo, le envió un sobre con el manuscrito de Nunca nos separarán. Después de unos ajustes menores, esa obra se adelantó en el calendario a Alguien va a venir y se convirtió, en 1994, con la dirección de Kai Johnsen, en el debut teatral de Jon Fosse.

El novelista ahora era un dramaturgo, pero no por ello había abandonado su viejo oficio. En 1995, publicó Melancolía I, una novela que ayudó a consolidar su lugar como un autor de vanguardia en Europa. En esa obra Fosse le da relieve a la mente de uno de sus ancestros cuáqueros, el pintor Lars Hertervig, quien sufría de esquizofrenia. No es un libro fácil de leer. En sus páginas, el estilo reiterativo de Fosse encarna la locura de Hertervig: el pintor se repite una y otra vez en un intento por asir una realidad que se le escapa. La novela nos remolca durante más de doscientas páginas por el pantano árido que es la mente de Hertervig y, al final, en sus últimas páginas, da un brinco en el tiempo y el espacio. De golpe, son los años noventa del siglo XX y un escritor llamado Vidme, un alter ego de Fosse, recorre las calles del norte de Bergen en medio del viento y de la lluvia. Atraviesa una crisis de fe. Perdido, atormentado, va camino a la casa de un pastor de la iglesia de Noruega.

Y eso que él, Vidme, llevaba años pensando que es blasfemo hablar de lo divino y de Dios. Uno no debe utilizar palabras como estas. O al menos, si uno utiliza expresiones como lo divino y Dios, no puede pretender querer decir algo con ellas […]. Vidme se imagina a todos los seres humanos desesperados que han buscado el sentido de sus vidas diciendo que es la voluntad de Dios que haya ocurrido esto o lo otro, porque la oscuridad ha sido profunda, el viento cruel, el amor ha estado, como siempre, entre el asesinato y el cuidado, la mar ha sido dura, los partos aún más duros y, por encima de todo, siempre ha habido un enorme cielo. El mar azul y el cielo azul. La oscuridad densa y el viento silbante. Y luego una iglesia, un oratorio, sobre unos peñascos. Un camposanto en medio de la oscuridad y de la lluvia. Y tiene que haber un sentido en todo esto.

Melancolía I fue la primera novela de Fosse en ser traducida a varios idiomas, entre ellos el español y el inglés, pero el papel que cumplió en la difusión internacional de su autor fue menor cuando se compara con lo que logró su dramaturgia. En la segunda mitad de los noventa, Fosse escribió una cantidad insólita de obras de teatro. Ajeno a la parálisis del writer’s block, del que nunca ha sufrido, las despachaba rápido, una tras otra, sin mucha edición. Solían ser piezas cortas, con montajes sencillos, pobladas por unos pocos personajes, siempre gente común y corriente. Algunas piezas estaban cargadas de energía erótica, otras eran más oscuras. En todas figuraba un lenguaje sencillo que, a punta de ser repetido, lograba transmitir significados más profundos. Varias eran adaptaciones sueltas de sus novelas, como Vakkert (Hermoso), inspirada en la trama de Naustet.

Los premios y los aplausos no tardaron en llegar, primero en Noruega y luego en el extranjero. En el plano internacional, la consagración ocurrió en el otoño de 1999, en Nanterre, un pueblo a la afueras de París. El legendario director de teatro Claude Régy, conocido por llevar a las tablas obras de Margarite Duras, Harold Pinter y Peter Handke, había decidido montar una producción de Alguien va a venir. Cuando un periodista le preguntó a Régy qué lo había atraído de la obra del noruego, el director respondió: «Siempre diré lo mismo: que tanta vida pueda surgir de un texto tan mínimo». La ovación fue estruendosa. La crítica de teatro de Libération, Mathilde la Bardonnie, apuntó: «El secreto subyacente de Jon Fosse se encuentra en su maestría de un lenguaje que, aunque aparenta ser conversacional, está deliberadamente racionalizado y rigurosamente construido en bucles intricados. Estos bucles, con sus ritmos y desplazamientos elaborados, hacen recordar las variaciones de Bach o esos maestros del jazz que repiten infinitamente una sola nota, con el objetivo final de deshacerla».

El circuito de festivales de teatro tenía una nueva estrella. El novelista experimental del fiordo de Hardanger se había transformado en un dramaturgo de renombre mundial. «El nuevo Ibsen», anunciaba la prensa. Solo en 2001, se montaron 150 producciones de sus obras alrededor del mundo. Vinieron noches de estrenos, viajes a otros países. Una agenda apretada, mareante.

Para finales de la década, Fosse estaba exhausto. Había escrito más de treinta obras de teatro. Había seguido publicando novelas, poemas, libros infantiles. A la fatiga laboral se sumaba una situación difícil en el plano familiar. En 2009, se había divorciado de su segunda esposa, Grethe Fatima Syéd, con quien tiene tres hijos. Fosse, rendido, perdió el rumbo. Se alcoholizó.

El trago no era nuevo en su vida. Desde finales de los ochenta, tenía la costumbre de tomarse algo a diario, por lo general después de las cinco, y casi siempre con moderación. En los eventos sociales, el whiskey le ayudaba a disolver la ansiedad y a compartir con los demás. Pero, a finales de 2011, el alcohol lo desbordó. Fosse dejó de comer comida sólida y solo consumía vino y vodka. Tomaba todo el día y, eventualmente, colapsó. Después de ser ingresado a un hospital, atravesó la noche oscura del delirium tremens y, al salir, vio una nueva luz.

En el verano de 2012, Fosse se convirtió al catolicismo. En Misterio y fe, su conversación con Eskil Skjeldal, recuerda ese momento: «Yo estoy convencido de que es más la desesperación, que la duda, la que conduce a mucha gente a la fe. […] En la oscuridad de la angustia es donde Dios está más cerca, al menos para mí».

Enseguida cita de memoria a Hölderlin:

Porque donde está el peligro
está también la salvación

La conversión tuvo lugar en la Iglesia de Santo Domingo de Oslo. En la ceremonia, Fosse hizo la confirmación y confesó su fe. El abad del monasterio le calcó el signo de la cruz en la frente mientras su padrino le ponía la mano en la espalda. Entre los pocos asistentes se encontraba Anna, su esposa desde 2011, también católica. Después de celebrar una misa, el grupo salió hacia Grotten, la casa color salmón en el borde de Slottsparken, donde festejaron con un cordero asado. Los invitados tomaron vino tinto. Fosse, un vaso de agua clara.

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Mi peregrinaje continuó en Oslo. En el auditorio 2 del Norske Teatret asistí a una función de La obra, la nueva pieza dramática de Fosse. La sala se llenó de gente que tomaba cerveza y cuchicheaba entre ella. La tarima, una cuadrícula de vidrio que se iluminaba desde abajo, prometía una producción minimalista: no había un solo objeto en el escenario. Por correo, Fosse me había dicho que habría una traducción en vivo al inglés, pero no fue el caso. Cuando inició la obra, los personajes hablaban en noruego. No entendí una palabra, así que me limité a observar sus gestos. Por fortuna, había leído el guión y me acordaba de los principales elementos de la trama. Sabía que la historia transcurre en un muelle, al que llegan tres parejas, y que la acción sucede mientras esperan un barco que se ha retrasado. Me sorprendió que el público se riera tanto. Al final, la sensación que flotaba en el aire era de conmoción. Algunos ojos se aguaron, pero nadie lloró. El público se dispersó sin hacer mucho ruido.

En Oslo también visité un pequeño cuarto en el segundo piso del Museo Nacional. De vez en cuando se asomaba alguna persona, pero no era un espacio concurrido, a diferencia de una sala cercana, dedicada a Edvard Munch, y donde se encuentra El grito. Allí la gente se amontonaba y tomaba selfies. Aquí había silencio y, en una pared, tres cuadros de Lars Hertervig. El de la derecha, Isla Borgøya (1867), se menciona en Melancolía I. Vidme, el alter ego de Fosse en esa novela, describe el encuentro con esa obra como «la mayor experiencia de su vida». Ante todo, se obsesiona con sus nubes, que, para él, «esconden secretos humanos». Isla Borgøya retrata un paisaje etéreo. En la parte de abajo aparecen algunas piedras y un mar brillante. En el centro, a lo lejos, se alza una peña oscura, rodeada de hilachos difusos de nubes y niebla. En la sombra de la peña flotan tres barcos de velas grandes. La gran piedra parece un portal o un monolito. Es una masa que absorbe el exceso de luz.

En la capital también hice entrevistas. En el oeste de la ciudad, en un barrio popular donde me crucé con mujeres en burkas, latinoamericanos y africanos, me tomé un café con Gómez-Baggethun. De padre español y madre noruega, ella tradujo a Fosse por primera vez en 2010, cuando un teatro madrileño quiso hacer un montaje de Yo soy el viento (2007), considerada por la crítica como el drama más maduro de Fosse. En los años siguientes, para De Conatus, una editorial independiente con sede en Madrid, vertió al español algunas de sus novelas. Lo hizo con la ayuda de su madre, una traductora nacida en un pueblo de las montañas donde escriben en nynorsk. Desde 2023, el año del Nobel, el trabajo de ambas se ha multiplicado. La editorial Penguin Random House compró los derechos de casi toda la obra del noruego y planea publicar un libro suyo al año. De nuestra charla en el café, retengo una frase: traducir a Fosse, me dijo Gómez-Baggethun, es como «tirarse en el mar».

En la Biblioteca Nacional, cerca de Slottsparken, hablé con Jens-Morten Hanssen, un investigador y académico que ha consagrado buena parte de su vida a estudiar la obra de Ibsen. En el último lustro, Hanssen se ha interesado en la trayectoria de Fosse, especialmente en documentar cómo las redes de festivales de teatro contemporáneo catapultaron su carrera y cumplieron un papel determinante en su obtención del Nobel. Como empleado del área de Libros Raros y Archivos Privados de la biblioteca, Hanssen formó parte del equipo que recibió las dos donaciones que se han hecho con material inédito de Fosse. La primera, realizada por un instituto de nynorsk en 2021, consistió en unas veinte cajas. La segunda, más pequeña, resultó de la limpieza que Fosse y su hermana hicieron de la casa en Strandebarm. Al final de nuestra conversación, Hanssen me regaló The Voices of Jon Fosse, una antología de textos académicos que la biblioteca editó para homenajear a su nuevo Nobel.

Y, claro, me reuní con Fosse, entre girasoles y helechos, en la cafetería del Kunstnernes Hus.

***

La conversación dura poco más de dos horas. En ningún momento me apura. Fosse me cuenta anécdotas de su vida en Strandebarm y me confiesa que la poca nostalgia que siente la reserva para la casa de su abuela materna, ubicada en una isla cerca del Mar del Norte. Me da detalles de su familia. Con una sonrisa me dice que su hija menor, fruto de su relación con Anna, tiene seis años. Viven en Grotten, pero también tienen una casa al norte de Bergen, en la localidad de Frekhaug, y una propiedad en Austria, cerca de la frontera con Eslovaquia. En un momento se describe a sí mismo como un desadaptado y en otro como un hippie católico. Cuando le pregunto si se reconoce como un místico, me dice que sí. Todas las verdades profundas, me asegura, son paradojales, como la cruz del cristianismo, que genera consuelo en su representación del sufrimiento. Con el tiempo aprendió que es mejor tomar un descanso entre proyectos de escritura. En esos momentos traduce literatura, sobre todo del alemán. «Estoy cerca de descubrir los mecanismos secretos de las prosa de Kafka», me dice, alegre.

La entrevista se apaga sola, despacio, a medida que me quedo sin preguntas. Solo pasa un suceso inusual. En la mitad de la charla, Fosse endurece sus facciones y alza la mano como un policía de tránsito. Mira a alguien a mis espaldas. Cuando me volteo, descubro un hombre dibujándolo. Fosse me pide que cambiemos de sillas para resguardarse de la mirada del señor. Seguimos como si nada. Cuando terminamos de hablar, dejo de grabar con mi celular y le entrego dos regalos: una mochila guajira y un ejemplar en inglés de La luz difícil, de Tomás González. Él saca de su blazer un ejemplar firmado de Poesía completa I, su primer libro editado por Sexto Piso, y me lo entrega. De salida, Fosse intercambia unas palabras amables con el dibujante. Nos despedimos en la acera.

El día entrante, a las seis de la mañana, viajo en tren a Bergen, donde Fosse vivió muchos años y donde transcurren varias de sus historias. Después de un trayecto de siete horas, me recibe una ciudad de callejones estrechos y edificios medievales. Se me antoja apretada, una aldea en el fin del mundo. Un aguacero abrillanta las piedras de las calles adoquinadas y en el mar se agitan las olas con algo similar a la furia. En medio de la lluvia, camino hacia una iglesia. En ella transcurre una escena de Septología, la gran novela católica de Fosse, que escribió después de su conversión, entre 2015 y 2020, mientras vivía en Hainburg an der Donau, un pueblo de Austria, cerca de la universidad donde su esposa cursaba un doctorado.

Si las cientos de obras que Fosse ha escrito a lo largo de su vida son cascadas —los ensayos, los cuentos, los poemas, las novelas, los dramas, los libros infantiles—, Septología es el fiordo profundo de su literatura. Es la obra maestra, el cúmulo final. La novela consiste en una sola oración que atraviesa tres volúmenes — El otro nombre, Yo es otro y Un nuevo nombre— y suma casi ochocientas páginas. Su narrador es Asle, un pintor mayor, viudo y católico, que vive a las afueras de Bergen, cerca del mar. Asle tiene una vida apacible. Pinta sus cuadros, discute con su vecino, encuentra consuelo en su fe. Mientras nos narra en primera persona su presente, también se desplaza al presente de otro Asle, una especie de doble suyo, que vive en la ciudad y se encuentra en el filo de la muerte: alcoholizado, agonizante, tiembla en el sofá de su casa y solo anhela desaparecer en el mar.

Leer Septología no es una experiencia de lectura común y corriente. Con sus bucles y variaciones, con su flujo de conciencia, con su apacible y espacioso discurrir, la novela produce un efecto hipnotizante. Nos sitúa, como pocas veces ha logrado hacerlo la literatura, dentro de las corrientes profundas de otra mente. Nos sumerge en un lugar donde la linealidad del tiempo pierde rigidez: los recuerdos afloran, arremolinando el presente, agitándolo. La existencia del otro Asle también disloca el tiempo, pero ante todo enriquece el relato, como un manantial secreto que alimenta la trama desde la oscuridad del lecho. Al entrar en las páginas de Septología, la impresión que se tiene, o por lo menos la que yo tuve, es la de fluir. Hacia adelante, sí, pero sobre todo hacia adentro.

La iglesia de San Pablo en Bergen se encuentra cerrada. Subo las escalinatas y busco algún aviso en la puerta, pero no encuentro ninguno. Golpeo, sin mucha convicción. En Septología, este templo es el escenario donde Asle se vuelve católico. El personaje recibe el signo de la cruz en la frente y siente una paz profunda. Luego, como Fosse en la vida real, comparte un asado de cordero con un grupo de amigos.

Es difícil resumir la hondura espiritual de Septología. Por medio de Asle, Fosse elabora y reelabora muchas de las intuiciones del misticismo cristiano, sobre todo las del Maestro Eckhart, a quien, nos dice, Dios no le ocultó nada. El mundo, piensa Asle, siguiendo al místico alemán, no fue creado en un punto en el pasado, sino que se crea en cada instante, incesantemente. El infierno no es el lugar donde se quema la gente, sino donde se quema la maldad. El catolicismo de Asle es paradójico: Dios se muestra escondiéndose. Habla por medio del silencio. Una paradoja que sale a lo largo de la novela es la de la luminosa oscuridad. En Septología, Fosse retoma su imagen preferida y la profundiza. Ya no solamente la usa para señalar la cercanía entre el sufrimiento y Dios. También aparece como una fuerza de creación. Dios, nos da a entender, es la luminosa oscuridad.

[…] porque es en la oscuridad donde vive Dios, sí, Dios es la oscuridad, y esa oscuridad, la oscuridad de Dios, sí, esa nada, sí, ella brilla, sí, es desde la oscuridad de Dios que viene la luz, la invisible luz […].

Observo en silencio la puerta de la iglesia. Siento un gran deseo de conocer la iglesia por dentro. De ver el desgaste de las bancas de madera y el color de los vitrales, de ver cómo la luz se esparce por la nave central. De presenciar, así haya ocurrido en una obra de ficción, el lugar de la conversión.

En Oslo, Fosse me había hablado del proceso de escritura de su gran novela. Abría el archivo de Word en su Mac a las cuatro de la mañana, de noche, cuando el pueblo de Hainburg an der Donau aún se encontraba dormido. Siempre le ha gustado pasar del sueño, y de los sueños, a la escritura, que considera una especie de «sueño en estado de vigilia». No editaba mucho. Para darse energía, tomaba té y se metía en las encías un poco de rapé, un estimulante de nicotina hecho de hojas de tabaco secas. Se paraba del escritorio a las nueve o diez de la mañana. Al terminar el libro, le pasó algo curioso: sin saber por qué, dejó de escribir en su computadora. Desde entonces, todas sus obras de ficción, incluidas Blancura y Vaim, las ha escrito usando una pluma estilográfica.

Fosse también me había dicho que hay una relación directa entre Septología y el accidente que tuvo de niño, en el que casi pierde la vida. «No me gusta hablar de esa experiencia —me dijo—. Pero aun así lo hago. Es muy importante para mí. Y para mi escritura». En aquella lejana noche de invierno, cuando sus padres descubrieron que se había caído y perdido mucha sangre, lo montaron en el carro de la familia. Los acompañaba un vecino evangélico, que sabía de primeros auxilios. El hombre se sentó en la silla de atrás y se ocupó del vendaje de la herida. Salieron de la finca hacia la casa del médico local, pues no había tiempo de llegar al hospital. Al alejarse de la casa, Fosse creyó que jamás la volvería a ver. A pesar de que solo tenía siete años, estaba seguro de que se iba a morir. En ese instante, tuvo una experiencia mística. De golpe, una nube dorada colmó el paisaje. La noche brillaba, trémula. Esa luz, le dijo al teólogo Eskil Skjeldal, era «como una especie de resplandor casi invisible, una especie de manta suave de puntos dorados opacos, una especie de llovizna». Además de tener esa vivencia espiritual, Fosse se desdobló. Mientras salían de la finca, se vio a sí mismo desde afuera. Esa experiencia, de percibirse como otro, de salir de su propio cuerpo, fue fundamental para que se hiciera escritor. Le dio el punto de vista desde el cual escribir su literatura: desde arriba. Por eso, me dijo, cada uno de los siete capítulos de Septología inicia con Asle mirándose desde afuera de sí.

A lo mejor la obra entera de Fosse es el eco de ese momento de su infancia. Un eco que se expandió, desmedido, cargado de turbulencia vital, y que sigue expandiéndose cada vez que el escritor regresa a ese «lugar al interior del lenguaje» y presta su oído, con humildad, a la voz que viene del Dios que intuyó esa noche de invierno.

Me quedo una hora en las escalinatas de la iglesia de San Pablo, pero nadie me abre. En ese momento aún no lo sé, pero en los próximos meses yo también me acercaré al catolicismo. Iré a misa y, como Fosse, me sentaré en la última fila. Haré un esfuerzo por sentir una conexión con el misterio de la fe y con la comunión de los santos. Pero algo en mí se resistirá. Los sermones entrarán en mis oídos con el peso de la letra muerta. Cada vez saldré de la iglesia con la alegría de ser recibido por el aire libre. Lo que sí se abrirá un espacio dentro de mí son los libros de Fosse, a los que seguiré volviendo, y los del maestro Eckhart, que empezaré a leer en Noruega. No ores por ti, escribe el místico alemán en un bello texto, sino porque se cumpla una voluntad superior. Eso me va a gustar. Eso me va a aligerar. Sobre todo en las noches difíciles. Entonces sentiré un calor que crece en mi interior. Como un golpe de luz sobre la nieve, como una vela que se prende bajo las olas del mar.

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Christopher Tibble

Director general. Periodista y editor. Estudió Cine y Literatura en la Universidad de Monash, en Melbourne, Australia, y tiene una Maestría en Periodismo Cultural de la Universidad de Columbia. Fue editor de la revista Arcadia y del área de ficción de la editorial Planeta. Ha escrito para medios como El Malpensante, El Tiempo, La Silla Vacía, SoHo, Bocas, Stanger’s Guide, entre otros. En 2021 ganó el Premio Simón Bolívar por su investigación «El rey se pasea desnudo: corrupción en el Fondo de Cultura Económica Colombia». Cofundador de CasaMacondo. E-mail: chris.tibble@casamacondo.co
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