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Ficción | Historia de la semana

Fotografía volcánica

Un cuento de María José Ojeda.
Por | Ilustración: Leo Parra
Portada Fotografía volcánica
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A medida que subimos, la niebla borra más el camino. Llevamos dos horas caminando. Yo tengo sed y usted, un poco más adelante, lleva la botella con agua, la única que pudimos conseguir. Cuando arrancamos, las calles estaban en silencio. Lo único que resonaba era el eco de la alerta.

La mayoría evacuó al occidente. Nosotros, a contra instinto, caminamos hacia el oriente y ascendemos en busca del volcán que sabemos activo y que sabemos cerca, pero que aún no se ve. Lo anhelamos: usted, por la foto que nunca ha conseguido hacer, y yo, por el matrimonio que insisto en salvar.

Años atrás nuestra luna de miel no fue muy diferente: caminos empinados, cámaras fotográficas, frío, volcanes activos. Con el tiempo el volcán se durmió y usted se dio por vencido sin alcanzar la imagen que deseaba. Se volcó en la fotografía urbana, ganó concursos y fama, y nos dejó olvidados a mí y al volcán. Pero ahora despertó y nosotros caminamos de nuevo hacia él.

Avanzamos por el camino que alguna vez trazó un grupo de hombres y que ahora invaden los pinos de páramo. Cuando yo era pequeña, todo esto estuvo rodeado de frailejones, esas plantas peludas y brillantes que probaba y masticaba porque olían a almizcle y sabían a verde claro, así mi papá me dijera que eran «solo pa’ ver, no pa’ comer». Ahora son una especie muerta, extinta. La flora es poca y el páramo se desertiza, aunque el clima, gélido, aún no lo sabe.

A pesar de que usted carga con la cámara, el trípode y las máscaras de gas, y yo ando ligera, lo siento inalcanzable. Todo el camino así: usted cuatro pasos más adelante. Me distraigo con el paisaje e imagino la foto que tomaría si la de la cámara fuera yo: una persona desnuda, yo, con la piel seca, craquelada, los labios rotos, los ojos hundidos, rodeada de neblina blanca, blanquísima. Y nada más.

Clic.

Por entre la bruma aparece un carro. El estruendo me asusta; bien podría ser así como suena la lava precipitada cuando se encauza hacia uno. Pero no: es una camioneta cuatro por cuatro que se detiene cerca. La ventana del conductor baja y vemos al guardabosques. Lleva puesta una máscara de gas y una ruana. Con solo asomarse, la lana gris y apretada que lo recubre se llena de rocío paramuno. Me miro y estoy igual. Mi ropa comienza donde la capa de agua termina.

El hombre habla, pero por la máscara y el viento, que no parece encontrar fatiga, no hay quién le entienda. Pienso en lo difícil que me sería respirar con la máscara si así, con la cara desnuda, ya me ahoga la altura. Por fortuna aún no se sienten los gases. Avanzo aprovechando la parada para tomar por fin agua de la botella, pero usted ya se la ha bebido toda. Me miro el saco emparamado y chupo la manga. Sabe a agua seca, a líquido peludo.

Usted inclina la cabeza levemente y eleva sus cejas blancas hacia el hombre a modo de saludo, pero está listo para seguir caminando. El guardabosques reniega con la cabeza en un movimiento dificultoso dado el peso de la máscara. Luego retuerce el brazo izquierdo hacia la banca trasera y abre una de las puertas. Quiere que entremos. De la camioneta salta un perro, un chandoso, que nos huele y nos empuja con el hocico hacia adentro del vehículo. Usted cruza los brazos; se niega a la invitación con todo el cuerpo, la invitación del guardabosques y del can. No queremos subirnos a la camioneta, queremos volcán y, de ser necesario, el cráter será nuestra fosa. Renuevo para mis adentros mis votos: «Te tomo como mi esposo para tenerte y protegerte, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en salud y en enfermedad, hasta que la lava nos arrase y la muerte nos petrifique en basalto». Quizá así, petrificados uno junto al otro, nos unamos para toda la eternidad. 

Ante nuestro empecinamiento, el guardabosques llama al perro. Le hace caso. Mientras se sube, nos alerta con un ladrido. No comparte nuestro instinto. El hombre cierra la puerta que había abierto para nosotros y arranca sin más.

Clic.

Montamos la carpa antes de que caiga la noche y nos sentamos a esperar el volcán. Usted tenía la esperanza de alcanzar la altura suficiente como para estar encima de las nubes. Asomarse y que en la neblina sobresalieran el lente de su cámara aquí y el cráter allá. Pero no creo que exista tal cosa como estar encima de las nubes, no en el páramo.

Nuestra intención no es llegar al cráter, sino subir a la cuchilla del cerro grande, ese que acompaña en altura, y muy de cerca, al volcán. Desde ahí se ve su lado más fotogénico. Su mejor perfil. Es posible que ya hayamos llegado, pero la bruma nos impide saberlo con certeza. No se ve nada.

Sentada en el pasto se me mojan las nalgas. De niña mi mamá me decía que lo importante a la hora de subir a un páramo era no mojarse. Mantenerse caliente a toda costa. «El que se enfría en el páramo no se vuelve a calentar hasta que baja». Cuando venía con ella me aseguraba de tomar todas las precauciones: pantalones impermeables, cambio de ropa, mantas térmicas. Ahora, aunque empaqué algunas de esas cosas, me encuentro sin cuidado ni protección, directamente sobre el páramo. Me emparamo. Mi mamá se decepcionaría de verme así, tan vieja y tan descuidada, y todavía persiguiéndolo a usted.

La sed prevalece. Me miro las manos y noto que la piel se ha vuelto morada del frío y que a las arrugas usuales se les han sumado arrugas de humedad. Me las acerco a la cara, me meto los dedos en la boca y me los lamo, uno a uno. Cuando he extraído toda el agua siento frío bajo las uñas. No traje guantes, pero usted trajo medias de sobra, así que saco un par de su maleta y me las pongo en las manos. Usted no quiere cubrirse; prefiere tener el índice listo para apretar el botón de disparo apenas se corran las nubes.

La ropa interior se me pega a la piel. Si las manos están arrugadas, no me imagino las nalgas. Empieza a lloviznar. Usted desmonta el trípode y nos metemos a la carpa.

Clic.

Pienso que quizás habría sido sensato subirnos a la camioneta del guardabosques. La bruma nos ciega, la erupción amenaza y yo ya no soy tan valiente como antes. Los años y las derrotas me han vuelto débil. Las discusiones abruptas, los silencios prolongados, los duelos intempestivos. Me he convertido en un ser más precavido y menos audaz. Eso no se lo puedo confesar a usted. Entonces me repito: «hasta que la lava nos arrase y la muerte nos petrifique en basalto».

Me parece oír la sirena de alerta. Pero es imposible; desde acá solo se oye el viento. ¿O será más bien la lava en ebullición? Quizá ambas. Lo demás es el vacío y su silencio. No solo las personas han evacuado. Hasta los animales salvajes temen y se alejan. Cuando emprendimos camino, ya habían llegado a la ciudad los osos de anteojos y los venados. Ocuparon las calles, se alimentaron de basura, bebieron de charcos y siguieron adelante. Buscaron refugio lejos del volcán. El puma aún no llegaba, pero podíamos sentirlo cerca. Al desalojar, la gente dejó la casa a su merced.

El último en irse debió de ser el guardabosques. Intuyo que a varios kilómetros a la redonda solo quedamos nosotros, las águilas bebehumo y el volcán.

         Clic.

Duermo nerviosa. Descansar es un disparate: nosotros dormidos y el volcán despierto. Me levanto a cada rato queriendo luz del día, por el frío y también por el miedo. Está tan oscuro que ni siquiera puedo verlo a usted, aunque siento que me respira en la nuca.

Cuando duerme, usted ronca y tiembla. Yo intento palpar la tierra, diferenciar entre un sismo y uno de sus espasmos, pero ya hay una sincronía. Dicen que cuando un volcán entra en erupción de noche no siempre despierta a las personas que duermen, pero sí puede despertar a otros volcanes, hacerlos entrar en actividad, sacarlos de su quietud. ¿Lo despertará a usted? ¿A mí? ¿A nosotros? Por si acaso, yo vigilo y agudizo el oído.

No sé cómo sonará esta erupción, ojalá suene duro y suene lejos. Que nos dé tiempo de correr, de gritar, de llorar. De sentir el dolor. Últimamente he notado que por las noches exagero. En la ciudad me ocurre que despierto en medio de la noche y me convenzo de que esa será la última juntos. De que al día siguiente usted se levantará, se pondrá sus tenis y su sudadera, saldrá a trotar y no volverá jamás. Acá, a la merced del volcán, me convenzo de otras cosas: del calor de la lava, de la fragilidad de mi cuerpo.

«Hasta que la lava nos arrase y la muerte nos petrifique en basalto».

Pareciera que hasta tengo mojados los huesos. Mi piel lo absorbe todo: ropa interior, saco, medias, sleeping, carpa y sobrecarpa. Afuera llueve y es como si las gotas empaparan el mundo entero y lo empujaran hacia mí para emparamarme. El frío es insoportable y aunque el agua me rodea sigo con sed. Saco la lengua y comienzo a chupar las telas, las lonas y las ropas. Las exprimo con la lengua y sorbo lo que puedo, pero no consigo saciarme y quedo exhausta. Lo he bebido todo, menos a usted. 

A cada rato dormito y sueño que el lahar llega hasta el páramo, nos revuelca y nos sepulta. Usted con seguridad sueña otra cosa. Hace unos años lo habría despertado para que me contara qué era eso que estaba soñando, provocándole espasmos. Le habría puesto la cabeza sobre el pecho y me habría adormecido con el eco de sus palabras. Ya no. Si ahora me le acerco, es porque usted está caliente y yo tirito del frío. Si me arruncho, resignada, es por miedo a perder la nariz y a que se me caigan los dedos.

Yo espero que el lahar venga caliente.

Clic.

Despierto y usted ya no está. Sobre el saco enrollado que usó de almohada ha dejado unos puntos grises. Recuerdo cuando, diez años atrás, lo que usted dejaba sobre la funda eran pelos. En cuestión de meses se quedó prácticamente calvo. Culpó a la calidad del agua, a la comida procesada, a la tela de las sábanas. Nunca lo aceptó: todavía se deja los tres pelos que le crecen a cada lado y los disimula bajo una gorra. Ahora, esos tres pelos se han convertido en canas de un blanco opaco.

Lo que ha dejado esta vez sobre la almohada es algo nuevo. Una caspa gris con olor a humo. Una caspa ceniza.

Abro la puerta de la carpa. La cremallera me salpica gotas de agua que pretendo recoger con la boca, sin éxito. Afuera sigue tan brumoso que, aunque me creo rodeada de páramo, no estoy del todo segura. Pienso que el volcán podría estar suspirándonos en la nuca y ni nos erizaríamos.

Usted está de espaldas, agazapado sobre el trípode y haciendo lo que solo puedo asumir es contemplar la nada. Me arrimo para saludarlo y veo el vaho que le sale de su boca. Su aliento hiede.

Me alejo.

Clic.

Sentada sobre el musgo pienso que, si me mojo lo suficiente, la lava no podrá dañarme. Intento relajarme. Tensar cualquier músculo sería como exprimirme y cada gota cuenta. Me acuesto y me hago de trapo. O más bien de esponja. Debajo de mí el musgo queda seco. Luego quizás me condense y me haga nube, de esas que la erupción empuja lejos para desencontrarlas: que algún vulcanólogo me diga que así funcionan las nubes y las erupciones.

Me reincorporo, tengo la espalda empapada, y camino. Qué hago aquí con usted. Quizás el exceso de tiempo y de ciudad acabó con mi amor por los volcanes.

Se me quiere escurrir una lágrima, pero me contengo. Cada gota cuenta.

Clic.

Sus pies permanecen quietos, clavados en el suelo frente al trípode que, como usted, lleva horas en la misma posición. Aunque su mirada bien podría estar en una dirección opuesta a su objetivo, usted persiste.

La aparente ausencia del volcán me sigue debilitando las piernas.

Usted se quita el gorro y la caspa ceniza nieva sobre la tierra. Luego se voltea y me pide que le acerque un poco de agua. No hay. Que le lleve comida. Tampoco. Usted ya se lo comió todo. Me pide, entonces, que le haga un masaje en los hombros. Los tiene encalambrados de tanto tensionarse frente al aparato. Mientras me arrimo, una ráfaga de viento trae consigo un olor fétido. Me arrimo un poco más y me detengo: el olor proviene de usted. Le sale de los poros y se me mete por las fosas nasales. Si pudiera vomitar aire, lo haría. Cómo decirle que apesta.

Me quiero ir. Volver los pasos atrás y abandonarlo. Quizá ya no estoy para estos trotes. Para este matrimonio. Habría preferido evacuar, pero la neblina es inclemente y usted, sin su foto, ya no se devuelve. Respiro por la boca; siento la nariz inhabilitada.

Mi papá decía que las primogénitas tenemos el don de mover las nubes con nuestro aliento y cambiar el clima con el soplo. Ojalá fuera cierto. Alejaría las nubes para que pueda hacer la foto y que esto termine rápido. O, aun mejor, lo absorbería a usted, lo inhalaría por una de las fosas nasales hasta tenerlo entero en mi interior. Y luego lo exhalaría fuerte y lo soplaría lejos, hasta donde ya no pueda verlo ni olerlo.

Me devuelvo a la carpa, saco de la maleta una de las máscaras y me la pongo, bien ajustada. Así, protegida del aire tóxico, ya me es posible acercarme a usted. Me paro detrás, guardo en el bolsillo las medias que me recubren las manos y llevo las palmas hacia sus omóplatos. Los recorro con movimientos circulares; la fricción crea tanto calor que me quema, que me obliga a ponerme las medias de nuevo para protegerme la piel, ya irritada. Después de unos minutos, usted suspira profundo; asumo que ya quedó satisfecho.

Clic.

Me he dejado puesta la máscara. Aunque pesa y talla en la parte de atrás de la cabeza por el caucho apretado, no veo una alternativa, no si quiero respirar cerca de usted.

Con la humedad, la ropa y yo nos hemos vuelto una. La camiseta toma las formas de mi piel, se pliega en el abdomen y se pega al fondo del ombligo. Cuando la lava llegue, tendrá que quemarme capa por capa: calentar la ropa hasta rostizarla, deshidratarme la piel, evaporarme los órganos. Tendrá que secarme primero.

Clic.

Usted se aleja del trípode y se me acerca un poco. Por fin. Y un poco más, y más, y se me acerca tanto que me tumba sobre la tierra y nos reímos. Hace mucho no lo escuchaba reír. Se deja caer a mi lado. Su presencia, aunque fétida, me da calor. Tanto así que el saco, la camisa y el pantalón se me escurren. Usted lo nota y entonces se voltea para mirarme bien y me acaricia con su piel. En la cara ya no le queda rastro de la risa: se ha tornado serio y se muerde los labios.

Entonces se vuelca encima y me arranca la ropa como puede. Esto no ocurre hace años. La última vez que me vio desnuda, yo no tenía manchas en la espalda ni lunares rojos y algunos de los pelos del pubis seguían siendo cafés, como solían ser también los de la cabeza. La última vez que me vio desnuda no me dolía la cadera cuando me abría las piernas así. Mi dolor no le importa y desea más. Parecería que para usted no hay desnudez suficiente, como si quisiera quitarme la piel. La máscara, sin embargo, permanece puesta. El rostro es quizás lo único de mí que usted no quiere ver desnudo, y lo agradezco.

De a poquitos, su cuerpo estrellándose sobre el mío me roba agua. Me va secando. Con cada movimiento me exprimo y, cada vez que usted me agarra y aprieta, me desaguo. El contacto me hiere. Usted me suspira al oído y su aliento me quema. Si alguna vez esto fue placentero, no lo recuerdo. La poca agua que me queda hierve y a usted lo siento lejano: su cuerpo insistente y yo inmóvil, anhelando que acabe. Pero sigue e hiperventila y con cada choque la piel se le agrieta.

Usted y su miembro se cansan, antes de terminar.

Pienso que lo que me solía gustar de los volcanes era verlos destruir su alrededor sin desembarazarse de la catástrofe. Los volcanes, al derrumbarlo todo, se derrumban también. Se hacen pedacitos junto a su ecosistema y se le arrunchan al desastre. Usted, en cambio, se aleja de inmediato sin haber logrado siquiera la erupción. Se para, se sube la cremallera del pantalón y vuelve frente a su trípode.

Clic.

Oigo que me llama. Está de nuevo frente al aparato y expulsa un olor a carbón. Me aprieto mejor la máscara para acercarme. En el visor usted ve cómo la bruma se va volviendo traslucida y se aleja. Yo, sin cámara en mano, lo noto también: el paisaje por fin se muestra. Aunque no lo sabíamos, nos rodean macollas y chusques. Abajo hay valles secos y erosión en las montañas. Se despeja hasta el sonido, pues se oyen cerca los riachuelos.

Si el rollo de la cámara fuera a color, y no a blanco y negro, no haría diferencia. La ceniza lo cubre todo: la tierra, las plantas, la carpa. Nos cubre a nosotros también; pertenecemos a la gama de grises. Al frente, el volcán con su cortina de humo y sus ronquidos vibrantes. Pero no solo eso. A unos cuantos metros, noto algo más. Algo que resplandece.

Camino un poco cuesta abajo hasta verlo de cerca. Es una planta extraña: sus hojas, cubiertas en pelusa y densamente agrupadas desde la base, se extienden hacia arriba para abrirse grandes. Está seca, pero su tamaño es impresionante; ligeramente más alta que yo.

Al reconocer el frailejón, los vellos de los brazos se me erizan. Por un momento, me pasmo con los pies clavados acá: frente al último frailejón del mundo. En algún lado de mis recuerdos, la voz de mi papá llora a los frailejones muertos, a la especie extinta, llora por «el berraco extractivismo». En algún lado de mis recuerdos, la esperanza perdida de volver a ver a estos troncos barbudos con hojas velludas y savia blanca. Acá, el último frailejón y yo. 

A tan solo unos metros, usted, con su aliento podrido y su dedo índice amenazante, aún sin disparar, pero cada vez más cerca de su objetivo, me ignora. Todo este tiempo frente al visor ha apretado pulmones. Inhala lento, acumulando en la tráquea azufres y dióxidos, y retiene largo, parecería no exhalar nunca. Cualquier brusquedad en la entrada o salida de aire amenaza la foto. Y, aunque ahora ya se encuentra frente al volcán, aún no se mueve. Alarga la espera en apnea. Pero a mí ya no me importa: no me causa desconcierto ni impaciencia. Tiro la máscara al suelo y camino hacia el frailejón.

Es una corona de hojas verdes y plateadas, brillantes, con un tronco barbudo. Mide más que yo, más que usted, mucho más. Me acerco tanto como puedo; quiero olerle el almizcle y probarlo. Saco la lengua y lo lamo. Sabe a lo que siempre supo, a verde.

Quiero lamerlo de nuevo, pero el tronco se estremece y las hojas secas se separan. Es la planta abriéndose para dejarme entrar. A mi espalda, se cierra de nuevo el abrigo frondoso. En la oscuridad interior, me desnudo las manos arrugadas y recorro con ellas la barba leñosa. La piel se corta; las heridas pequeñitas palpitan. Entonces las raíces de la planta me encuentran, se me pegan a la piel como ventosas y chupan. Las partes resecas del frailejón quieren mi humedad, así que la planta me bebe, sedienta pero sin apuro, mientras yo me agarro con las piernas de su más profundo interior, apretando los muslos, entregándole los líquidos que fluyen dentro de mí.

A medida que hace lo suyo, busco con la boca hacia arriba alguna hoja verde o plateada y al encontrarla se clava en ella. Chupo la savia blancuzca y la trago mientras las otras hojas, agarradas ahora de mi pelo, me lamen de vuelta y me chupan y se me clavan en el cuero cabelludo con su pelusa espinosa. El frailejón no me drena, toma solo lo que me sobra y compensa dándome de su sábila. Pasamos nuestros líquidos de un cuerpo a otro hasta que yo segrego sábila y él transpira sudor. El intercambio me calienta.

Cuando nos detenemos, de las puntas de mi pelo enredado nace una flor. Un colibrí chivito se acerca y la prueba.

Clic.

Pasado un rato, el tronco del frailejón, satisfecho, me escupe de vuelta al musgo. En el proceso, oigo un clic. La foto ha sido tomada y usted, cansado de acariciar el botón y habiéndolo apretado por fin, exhala. Se permitió una brusquedad que antes de tomar la foto habría sido impensable: el suspiro es fuerte y ruidoso. Y largo. Es la exhalación más larga que jamás haya escuchado. Exhala tanto que, por la nariz y boca, de los oídos y ojos, de cada uno de los poros visiblemente abiertos de la cara y el cuello, comienza a expulsar un humo grisáceo. Y sigue exhalando hasta que el cráter del volcán mismo se queda sin humo porque se lo ha entregado todo a usted. Yo, junto al frailejón florecido, lo miro; los ojos me duelen y el aire me ciega hasta que oigo que usted, mareado de tanta fumarola, vomita.

Su vómito no es solo vómito, es lava, y no es solo lava, es avalancha que pronto me alcanza y me sumerge. Yo me agarro del tronco del frailejón y lucho contra la corriente de magma, pero el tronco cede y la erupción termina por arrastrarnos páramo abajo, hasta el valle. Húmedos aún del intercambio, el frailejón y yo nos exprimimos para sobrevivir a la quemadura. Deseamos volvernos tormenta y convocar un maremoto. Procuramos resistir. Pero la lava es fuerte y atraviesa mis capas. Ropa, piel, órganos. Seca toda mi laguna.

Clic.

Ya han de haber dado por terminada la alerta. La ciudad ha de estar poblándose de nuevo y al páramo ya deben volver los osos, venados y pumas. Los reportajes no habrán podido dar explicación alguna: el volcán que prometía una erupción certera se ha dormido abruptamente.

El guardabosques y su perro han de estar en camino. Conducirán cuesta arriba hasta verse interrumpidos, en el valle, por un gran lago sólido de roca volcánica. Se bajarán a explorar para encontrarse, unos pasos más adelante, con la estatua basáltica de una mujer abrazada a un frailejón. El guardabosques, sorprendido, intentará entender el fenómeno sin conseguirlo. El chandoso olisqueará un poco, pero entre el hierro y el magnesio no me reconocerá. Levantará una pata y nos orinará encima antes de volver al carro.

Para entonces, usted ya estará lejos. Habrá vuelto a la ciudad y se habrá sentado a esperar la siguiente alerta. O se habrá dirigido hacia el cráter, ya tibio, para tomar una última foto. Seguirá con su vida, desentendido como siempre de su propio desastre.

Yo estaré acá: basáltica, inmortal. Nunca extinta.

*«Fotografía volcánica» aparece en Lo quieto se hace turbio (TusQuets, 2026), el primer libro de cuentos de Ojeda.

**María José Ojeda nació en Bogotá en 1999. Ha publicado ensayos en medios como Revista Anfibia y CasaMacondo, así como en la antología El vértigo de las voces de Gris Tormenta. Es literata y maestra en Escritura Creativa. En el 2022 se formó en yoga, disciplina que aún estudia, practica y enseña. Dos años después cofundó Casa Bruma, un espacio cultural y estudio de yoga que funcionó durante un tiempo en la sala de su casa. Actualmente es editora en Laguna Libros.

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