1. Los hechos
El 30 de abril de 1998, mientras buscaba una supuesta fábrica de uniformes camuflados, un grupo del CTI y de la Fiscalía Regional de Antioquia allanaron un parqueadero a menos de quinientos metros de la sede de la Fiscalía de La Alpujarra, en Medellín. La dirección la habían obtenido luego de que días antes la propia Fiscalía interceptara un camión lleno de uniformes que se dirigía hacia el municipio de Sopetrán, donde operaba un bloque paramilitar comandado por alias “Memín”. Convencidos de que estaban entrando a la fábrica en la que habían confeccionado los uniformes, los investigadores pronto se dieron cuenta de que en ese lugar —conocido como el Parqueadero Padilla— había algo mucho más grande.
Una vez adentro, se dirigieron al segundo piso, donde funcionaba una oficina. Allí encontraron a dos mujeres y a un hombre que se apresuraban a rasgar papeles, romper disquetes y destruir material. Su detención puso en evidencia un descubrimiento tan colosal como inesperado: la contabilidad completa de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), comandadas por los hermanos Carlos y Vicente Castaño. La Fiscalía no tardó en darse cuenta del valor de aquellos papeles; en ellos no solo había una lista de nombres de los integrantes del grupo paramilitar, sino un completo recuento de giros, cheques y movimientos de dineros que entraban y salían de la organización. Había evidencia de 495 cuentas bancarias que habían entregado dinero a las autodefensas y cerca de cuarenta mil transacciones con nombres de personas y empresas que contribuían a la causa paramilitar.
Con semejante punto de partida: ¿quién no querría leer un libro que ahondara en este episodio?
2. Los libros
Además de los informes de prensa y los artículos periodísticos, leí sobre el caso del parqueadero Padilla en Aquí no ha habido muertos (Planeta, 2018), un libro de la investigadora peruana María McFarland que se cuenta con el ritmo vertiginoso de un thriller y con la rigurosidad y la eficacia de una crónica de largo aliento. No es mi objetivo escribir aquí una reseña de ese magnífico reportaje, aunque me cuesta entender por qué no ha tenido la resonancia que merece; en cambio, me limitaré a señalar lo obvio: que un libro así sirve para dar contexto y ayudarnos a entender temas complejos a quienes no somos especialistas. Temas que, la mayoría de las veces, las noticias tratan con la velocidad que impone la coyuntura. Ese es —o debería ser— el objetivo de meterse a fondo con un tópico: ayudar a desenredar el ovillo, a desacelerar y a llevarnos a entender los múltiples porqués.
Con eso en mente, debo confesar que me emocioné al ver el anuncio de un libro más sobre el tema: El laberinto del Parqueadero Padilla, escrito por Diana Salinas, una de las periodistas investigativas más prestigiosas de Colombia, ganadora de numerosos premios y cofundadora del portal Cuestión Pública. En la contratapa del libro se leen comentarios entusiastas de Pilar Quintana, María Teresa Ronderos y Ana Bejarano: avales de sobra para suponer que tras esas más de seiscientas páginas se encuentra una investigación sólida y de años sobre un tema que, casi tres décadas más tarde, todavía tiene muchos vacíos.
No lo dudé. Y, sin embargo, más pronto que tarde me di cuenta de que el libro iba a resultar difícil. Comienzo con una salvedad: no cuestiono la investigación periodística, que es honda, juiciosa y valiente. Ese minucioso trabajo de reportería no está en duda. Mi problema —o el gran problema de este libro, mejor—, está en la escritura. Eso lo hace insalvable. En su estupendo ensayo sobre la lectura y la sociedad digital, titulado No soy un robot, el mexicano Juan Villoro distingue entre periodismo de necesidad y de tentación: el primero, explica, se lee rápido porque aborda la coyuntura, mientras que el segundo «pide más tiempo, pues depende del modo en que está escrito». Para Villoro, la clave de un tema cualquiera que aborde este periodismo de tentación está en la escritura. O mejor: en la buena escritura.
En el libro de Salinas, que en principio tendría las credenciales para encajar en el periodismo de tentación, la cosa empieza mal desde que la autora nos advierte que hará una analogía del caso del Parqueadero Padilla con una partitura. ¿Qué tienen que ver los paramilitares con una composición musical? Vaya uno a saber. Pero, aun así, la autora sostiene: «La partitura ofrece una ventaja adicional: al ser un tejido flexible, permite múltiples caminos de lectura. Puedes recorrerla instrumento por instrumento. […] Puedes jugar, ¿quién dijo que no?». (Por lo demás, uno como lector agradece que no lo traten como a un tarado).
Pero vaya y venga. Pasé por encima de esos detalles preliminares y arranqué. Entiendo que cada autor tiene una voz y que, muchas veces, decantarse por una decisión estilística implica correr un riesgo. Supongo que la analogía de la partitura fue el camino que decidió tomar Salinas, pero, por desgracia, resulta fallido: no solo enreda la narración de un hecho complejo, sino que resulta prescindible en ciertos pasajes. ¿Qué necesidad había de mezclar letras de canciones en inglés con la descripción de los hechos puros y duros? Baste este ejemplo: «¿Quién sabe dónde fue a parar el mal 27 años después? So slow the night. El día en que el laberinto fue descubierto en Medellín, una bruma nauseabunda se venía esparciendo por la ciudad. Bruma silenciosa, mezclada con gas, a punto de caramelo, que amenazaba con incendiarlo. Going down the road». Y así.
En aras de la honestidad intelectual debo decir que esta reseña no debe ser considerada como tal, porque llegando a la página cien tuve suficiente y no logré seguir leyendo: me resultó imposible. Dejé abandonado el libro con la sensación de que su excesiva aspiración por una creatividad narrativa me había impedido entender bien lo que estaba contando, y que la autora parecía más interesada en mostrarnos sus innovadoras técnicas de escritura que en contarnos la historia que llevaba años investigando. La analogía de la sinfonía llegó al paroxismo cuando me topé con este párrafo:
«Hacer la lista se convirtió en una sinfonía. Adel Enrique Luna Diaz, taca, taca. Banco de Occidente, chap, chap, riiin. Adriana María Ortega Lora, taca, taca, taca. Banco de Occidente, riiiin, chap. Álvaro Rodríguez Jiménez, chap, chap, chap, ciiiin, ciiiin».
No dudo de que este libro será un éxito editorial y que la autora se llevará el premio Simón Bolívar. Casi puedo verla recogiéndolo. Está bien. Pero es una lástima que haya desaprovechado la oportunidad de ilustrarnos mejor a los lectores en temas sobre los que el país sigue pidiendo explicaciones. Seguramente el libro tiene los datos (es culpa mía por no haberlo leído todo), y quizás me enteraré de ellos en los artículos que le escriban al respecto. Tendrá que ser así, qué vaina, porque, al menos en mi caso, la innecesaria pirotecnia me llevó a cambiar la emisora cuando sonó la sinfonía del Parqueadero Padilla.
*Periodista, editor y escritor. Autor de La sombra de mi padre (Planeta, 2020), Gente como nosotros (Seix Barral, 2023) y Manual sangriento de superación personal (Jaravela, 2025).