El 10 de agosto de 1984, a las 7:30 de la mañana, Carlos Toledo Plata, quien además de ser el quinto hombre en la dirección del M-19 era médico, salió de su casa en un barrio de la clase media de Bucaramanga para dirigirse a la Clínica Chicamocha, donde le habían prometido contratarlo al día siguiente de la firma de la tregua, cuando su situación fuera legal. Mientras tanto, estaba trabajando allí sin recibir sueldo. Tenía un duro día por delante, pues para la noche había programado un acto político en un teatro local, en el cual el dirigente Andrés Almarales y él mismo serían los principales oradores. Se trataba de la instalación de la Coordinadora Distrital del Diálogo Nacional, el núcleo de un movimiento legal que Toledo pensaba montar aprovechando el respiro democrático propiciado por el presidente Betancur. Sucedía que las negociaciones de paz con el M-19, a pesar de los obstáculos, estaban saliendo adelante, y ya se había fijado el 14 de ese mes como fecha definitiva para la firma. El acto de Toledo en Bucaramanga sería preparatorio para el día 14.
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La ciudad de Bucaramanga está al oriente. Al otro lado del mapa, en el occidente, está Yumbo, una ciudadela industrial a quince minutos de Cali por autopista. De sus 50.000 habitantes, el 80% trabaja en las grandes fábricas que se concentran allí: Cementos del Valle, Eternit, Celanese, Goodyear, Phillips, Petroquímica, Curtiembres Titán, Propal y tantas otras, que hacen de Yumbo el tercer conglomerado de este tipo en el país, después de Puente Aranda en Bogotá y de Envigado en Medellín. Las barriadas obreras que rodean las fábricas son grises y es gris el aire que se respira en ellas; el polvo de cemento y el hollín de las chimeneas se han posesionado de todo, desde las tazas de café hasta las ceibas de los parques, convirtiendo a Yumbo en el lugar más contaminado de Colombia. A este récord le suma otros tres, el de mortalidad infantil, el de corrupción política y administrativa y el de desempleo.
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Cientos de veces los colombianos habían visto a Toledo Plata retratado en los periódicos, porque era el dirigente popular de más prestigio del M-19. Por eso lo reconocía cualquiera que lo viera por la calle, inconfundible con sus mechones de pelo plateado que, aunque delataban los cincuenta y dos años vividos, caían sobre su cara morena acentuando su buena pinta. Sin embargo, él andaba expuesto, respirando en libertad el aire libre y hablando a sus anchas con quien quisiera acercársele, sin incomodarse con medidas de seguridad. Desde hacía cuatro meses había resuelto, por su propia cuenta y riesgo, volver a vivir en la legalidad, deponiendo las armas antes de que el resto de su organización lo hiciera, para poder dedicarse a su gran pasión, la de ser dirigente de masas. Los asesinos del MAS habían tratado de intimidarlo haciéndole llegar la noticia anticipada de su muerte en notas fúnebres de letra anónima. Sus compañeros de la dirección del M-19 lo habían prevenido mil veces sobre el riesgo suicida que implicaba su decisión, que consideraban prematura, y todos los días su familia y sus amigos le rogaban prudencia: «Carlos Toledo, tú andas poniéndole el pecho a las balas», le decían.
Pero más que a las advertencias de quienes lo querían y a las amenazas de quienes lo odiaban, el hombre obedecía a su inclinación natural de caudillo de plaza pública, y mayor que su instinto de conservación era su urgencia de paz. Por eso, además del proyecto político, había echado a andar otros de carácter social, entre ellos un plan de vivienda para amnistiados y un centro asistencial para niños, el San Juan Bautista.
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Los gases densos y malolientes de Yumbo no son el problema más grave que tienen sus gentes, porque peor aún es la sed que asfixia a esa ciudad sin agua. Tiene el mismo acueducto que fue hecho hace treinta años para una población treinta veces menor; y por eso a algunos barrios el agua llega una vez al mes y a otros barrios no llega nunca. Igualmente deficiente es el alcantarillado, la luz y el pavimento de sus calles rotas. Sobrepoblada, Yumbo es un hervidero de gente donde los coteros nunca paran de cargar y descargar camiones; los mineros del carbón juegan chicos de billar en las cantinas; los mil adolescentes que estudian bachillerato salen del Colegio Mayor a formar galladas en las esquinas; las señoritas van y regresan de Cali, donde trabajan como vendedoras o secretarias; los jornaleros llegan de las fincas a jugarse el sueldo en las riñas de gallos; los desempleados tratan de vender el radio o la licuadora que robaron la noche anterior; los turistas chapotean en las piscinas populares; los obreros que vuelven a su casa de la fábrica se desabrochan la camisa, se ponen las chanclas y se sientan a tomar cerveza fría; los lúmpenes meten basuco en los basureros que bordean la carrilera y los jóvenes bailan salsa hasta que se apagan las radiolas y los bombillos de los bailaderos, al amanecer.
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A diferencia de otros miembros de la dirección del M-19, Toledo Plata no era ni había sido nunca marxista. De joven se fue al sur, a estudiar medicina en la Argentina, donde, encandilado por el entusiasmo de las multitudes, se dejó arrastrar por ellas y llegó al peronismo, el primer movimiento populista masivo que conoció. Al regresar a Colombia encontró algo similar en la Anapo del general Gustavo Rojas Pinilla, partido por el cual fue representante a la Cámara durante cuatro años. En 1970 se sumó al gentío enfurecido que salió a la calle a gritar fraude tras unas elecciones presidenciales en las cuales, según el conteo oficial de votos, no ganó el general. En consecuencia, Toledo concibió la idea de crear, en las bases anapistas, grupos armados de choque que defendieran futuras elecciones. En ese propósito estaba empeñado cuando recibió en su consultorio de médico la visita de un costeño alto y flaco, que no llegó por enfermedad sino para hablar de política; y que entre argumentos y carcajadas lo convenció de darle al plan original una dimensión que Toledo no había soñado. El costeño resultó ser Jaime Bateman, y con él y con otros Toledo terminó fundando, en 1973, una agrupación guerrillera a la cual le pusieron por nombre la fecha de la victoria electoral burlada: Movimiento 19 de Abril. Durante cinco años Toledo se dedicó a la actividad política amplia como dirigente de Anapo Socialista, y solo de noche, y a escondidas, conspiraba con el M-19. Pero, según él mismo contaría después, no pudo sustraerse por más tiempo al sino que lo marcó en el momento en que el costeño entró a su consultorio, y la noche del año nuevo de 1978, siendo un hombre maduro, un profesional de éxito y buenos ingresos, exparlamentario respetado y padre de cinco hijos, tomó la decisión más difícil de su vida, y después de bailar y brindar en la fiesta de unos amigos ricos, se despidió con una emoción atragantada que nadie captó, y se fue para la guerrilla.
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A los que nacen en Yumbo no les dan trabajo en ningún lugar, porque la gente piensa que ser de Yumbo es ser guerrillero. Proporcionalmente, es la población de donde más gente ha salido para el monte, y no es casual que cuando la periodista Margarita Vidal entrevistó por televisión a los vecinos del lugar preguntándoles cuál era su candidato favorito, todos, casi sin excepción, contestaron que si el M-19 fuera a elecciones, votarían por él. «Yumbo, cuna del M-19», decía la gente, y el periodista D’Artagnan en El Tiempo anotaba que Yumbo ya no era solo «la capital industrial del Valle» sino además su «capital subversiva». Así como el palanquero más famoso es el boxeador Kid Pambelé, el tumaqueño de más prestigio es el futbolista Willington Ortiz, en Yumbo el personaje más conocido no es un artista ni un ciclista ni una reina de belleza, sino un guerrillero del M-19: Rosemberg Pabón, primero profesor de sociales del Colegio Mayor de Yumbo y después «Comandante Uno» de la toma de la embajada dominicana. No es raro, pues, que la toma de Yumbo hubiera sido siempre uno de los sueños de Jaime Bateman Cayón.
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Cuando Carlos Toledo Plata empezó su vida de guerrillero en las selvas de Santander, su nombre se volvió leyenda. Sus cuarenta y seis años aguantaron con nobleza ese reto para adolescentes que es no parar nunca de subir y bajar montañas con un morral, un fusil y un costal de remesa a cuestas, y la gentileza con que en la guerra trató a amigos y a enemigos le ganó un nombre nuevo, el de Comandante Amable. Pero fue tal la aversión que el Comandante Amable sintió por los hechos de sangre que no pudo ser buen guerrero. Más que las emboscadas y que los tiros, le gustaba salir a los caminos a hablar con los campesinos y asomarse por los pueblos para arengar en la plaza, y para hacerlo se escapaba con frecuencia del campamento guerrillero, poniendo en peligro su vida y la de sus compañeros. Un año después salió de Santander y se lanzó a la aventura de dirigir el desembarco de cien hombres armados por la costa pacífica, en el departamento de Nariño, y allí su inclinación más humanista que guerrera le jugó una mala pasada. El ejército se percató de la presencia de su columna y la rodeó, y después de varios días de defenderse y de ver morir a los suyos, Toledo optó por salvar la vida de los que quedaban y, pasando la frontera, se refugió con ellos en el Ecuador, confiando en que alguna negociación los sacara adelante. Pero el gobierno ecuatoriano debió pensar que le resultaba mal negocio indisponerse con el gobierno colombiano por cuenta de unos guerrilleros en desbandada y procedió a ponerlos presos y a repatriarlos, de tal manera que en 1981 Carlos Toledo Plata fue a dar a la cárcel de La Picota en Bogotá, soportando una carga más pesada que el morral y el fusil: la responsabilidad por el peor desastre militar en la historia del M-19. A pesar de eso seguía siendo la figura más reconocida de su organización, y durante los tres años que estuvo preso cientos de personas de todo el país le rindieron el pequeño homenaje de pasar por su celda en los días de visita. La Bandola de Toledo, llamaban al grupo de noventa prisioneros del M-19 los presos comunes, que han aprendido a organizarse en bandas para defenderse y sobrevivir dentro de ese moridero hostil que es la cárcel de La Picota, donde al que se descuida lo apuñalan por la espalda por rabia, por dinero o por matar el tedio. Gente de afuera que quería la cabeza de Toledo contrató a los vendedores de cabezas —presos que trabajan en el negocio de asesinar a otros presos—, pero la Bandola supo defenderlo y los asesinos aprendieron a guardar distancia frente a él.
Carlos Toledo quedó en libertad por la amnistía de la administración Betancur, y así llegó a ese 10 de agosto de 1984. Cuando faltaban cuatro días para la firma del acuerdo de tregua, Toledo Plata salió a las 7:30 de la mañana hacia la clínica en la que trabajaba, sin saber que ese sería el día en que se cumplirían los temores de sus amigos y las amenazas de sus enemigos. Dos hombres llegaron en una motocicleta, se colocaron a medio metro de su automóvil y sin ninguna prisa, sin ninguna dificultad, «mirándolo con odio intenso» —según relatarían más tarde los testigos— le rociaron el cuerpo con once balas, y el Comandante Amable, quien siempre odió ver derramada la sangre ajena, murió ahogado en la propia.
Treinta y seis horas después del asesinato de Carlos Toledo Plata y como respuesta a este, el M-19 se tomaba a Yumbo en acción conjunta con el frente Ricardo Franco. En el operativo, que se llamó «De Yumbo a todos los colombianos: comandante Carlos Toledo», participaron 150 hombres que se encontraban en la Cordillera Central, y que atravesaron el valle en camiones para llegar a Yumbo el día 11 a las seis de la tarde, hora en la cual irrumpieron a bala y se tomaron la alcaldía, una escuela, un puesto de policía y la iglesia central. Fallaron en el intento de rendir a los treinta hombres que había dentro del Cuartel General de Policía, pero los mantuvieron neutralizados, impidiéndoles moverse, mientras arengaban en la plaza a las cinco mil personas que salieron a la calle a presenciar la acción de la guerrilla a participar en ella de una manera u otra, y a gritarle vivas a su exmaestro, Rosemberg Pabón. Los grupos de contención que habían ubicado en todas las vías de acceso para bloquearlas cumplieron su cometido y los guerrilleros pudieron permanecer en Yumbo durante dos horas y retirarse antes de que entraran el ejército y los refuerzos enviados desde Cali. Antes de abandonar el lugar, los guerrilleros soltaron a los presos de la cárcel y se mezclaron con la población, que les ofreció café y gaseosas.
El escándalo cundió por el país, no solo por las implicaciones de la operación militar, sino por la participación ciudadana. Tras la salida de la guerrilla, la gente del pueblo había seguido enfrentada a piedra y a bala con la policía, y los agentes que habían resistido en el cuartel la arremetida de los alzados en armas se quejaron a la prensa de que los vecinos no sólo no los habían ayudado, sino que, según el relato que hicieron para El Tiempo del 13 de agosto, «en los intervalos del tiroteo, escuchábamos que les gritaban a los subversivos: “Adelante muchachos, ya los tenemos vencidos, no dejen a ninguno vivo. Vengaremos la muerte de Carlos Toledo Plata”». El alcalde de Yumbo declaró a su vez que en la toma de la alcaldía habían participado activamente el mensajero de esta, llamado Diego Cardona, otro empleado del municipio de apellido Lenis y un estudiante del Colegio Mayor, y que los tres habían sido dados de baja posteriormente por el ejército. Las autoridades oficiales informaron de la muerte de treinta y seis guerrilleros; sin embargo, según un informe de la Oficina Nacional de Instrucción Criminal, que nunca fue publicado por presiones del alto gobierno, los cadáveres encontrados fueron veintidós, de los cuales cinco eran guerrilleros, dos eran policías y los quince restantes eran civiles. Según la denuncia que posteriormente hizo la dirección del M-19, ninguno de los civiles cayó durante la toma, sino después, cuando entró el ejército.
Cuando mataron a Toledo, otro de los dirigentes del M-19, Andrés Almarales, iba en un avión hacia Bucaramanga a encontrarse con él para presidir conjuntamente el acto público por la paz. Al llegar al aeropuerto se enteró de su muerte y esa noche asistió solo al acto, lo transformó en homenaje póstumo y desde allí denunció que detrás del crimen de Toledo se movía una voluntad expresa y premeditada de boicotear el acuerdo inminente. Nadie en el país lo desmintió. Mientras tanto, una ininterrumpida cola de varias cuadras desfilaba por la casa de la alcaldía, donde se velaba el cadáver, y pasaron junto a él mujeres viejas, niños, jóvenes universitarios; unos por agradecimiento con el médico que tantas veces los atendiera gratuitamente, otros por solidaridad con el amigo, muchos en señal de indignación por el crimen del dirigente guerrillero. Quienes se inclinaban para verlo a través del vidrio del cajón, con la aprehensión que produce mirar de cerca la violencia y la muerte, se encontraban cara a cara con un muerto sorprendentemente hermoso: el pelo reluciente echado hacia atrás, las pestañas largas y negras sombreando los ojos cerrados, ninguna palidez que destiñera su piel ni una arruga que envejeciera o tensionara su perfil. El domingo siguiente miles de personas asistieron a su entierro, y en la misa que se celebró en la catedral se mezclaron los gritos roncos de los hombres de cara cubierta y brazalete del M-19 que exigían castigo para los asesinos de Toledo, con las voces de pajaritos de un coro de niñas que imploraban descanso eterno para su alma. Frente al altar estaba el ataúd cubierto por la bandera azul, blanca y roja del movimiento, y parados a su lado, junto a los familiares, había cuatro exministros, varios parlamentarios, el gobernador de Santander, el alcalde de Bucaramanga y el resto de las autoridades locales. En el mitin multitudinario que se formó a la salida de la catedral, se oyó tronar a Almarales: «A Toledo lo mataron porque iba vestido de paz».
El asesinato de Toledo había indignado a la guerrilla y la toma de Yumbo al gobierno, así que las negociaciones de tregua sufrieron un colapso y el acuerdo de firmar el día 14 en la localidad caucana de Toribío se deshizo. El Consejo Nacional de Seguridad, presidido por los ministros de Gobierno y Defensa, dispuso un considerable refuerzo del pie de fuerza en el Valle y advirtió que habría mano dura para los grupos armados que desconocieran la ley, pero dejó la ventana abierta para retomar las negociaciones al afirmar que había que «continuar sin vacilación alguna la política de paz». A su vez, Álvaro Fayad hizo algo similar al emitir un comunicado que decía: «Nadie nos alejará del camino de la paz, pero ese camino no es la ruta de los blandengues o de los cobardes». Así que a la semana siguiente se reinició el diálogo y se acordó firmar el 24 de agosto en Corinto, Cauca, si se cumplía de parte y parte con un compromiso de honor: la guerrilla no dispararía un tiro más hasta esa fecha y el ejército suspendería inmediatamente la persecución a la columna que había realizado la toma de Yumbo.
La investigación oficial sobre el asesinato de Carlos Toledo nunca arrojó ningún resultado, y no se supo quiénes lo perpetraron. La dirección del M-19 acusó directamente a los altos mandos militares.
Nota del editor: este texto de Laura Restrepo aparece en su libro Historia de un entusiasmo (1986),reeditado este año por Penguin Random House para conmemorar su aniversario cuarenta.