Uno de los recuerdos que le mueven el piso a Kelly Prieto tiene que ver con unos zapatos. A los entrenos que ella dirigía en la Fundación Tiempo de Juego, una vez llegó un niño de 13 años que en la primera práctica de larga distancia logró llegar entre los primeros. La escena pudo pasar desapercibida de no ser porque el pequeño hizo la prueba con unos tenis planos y de tela, que nadie recomendaría jamás para ese deporte. No fue suerte, el niño mejoró sus tiempos en las siguientes pruebas. La velocidad y resistencia venía en sus genes. El chico se llama Cristian Moreno Villamil y su hazaña se esparció por todos los rincones de Soacha y tuvo eco en Bogotá. Ante el hecho, Andrés Wiesner —creador de la fundación— convocó a una donatón y por esa vía se recogieron varios pares de segunda mano que todavía podían resistir a los embates de aquel amor.
Los nuevos zapatos revistieron a Cristian de mayor seguridad. Perfeccionó su técnica, los entrenos le confirieron disciplina, se alejó de las calles, se acercó a las pistas y empezó a ganar competencias de prestigio, al punto de coronarse campeón nacional en 2015. Aquel logro le permitió acceder a un crédito condonable del Icetex por cuarenta millones de pesos para su educación superior.
Los amigos del barrio le decían que correr solo servía cuando se hacían daños, pero Cristian descubrió que también servía para hacer el bien, para hacerse bien. Con este incentivo, decidió estudiar Nutrición en la Universidad Javeriana, de donde se graduó con honores. A ese mérito se ha sumado un palmarés nacional e internacional —oro panamericano Sub-18 en 3.000 metros planos, medalla de oro nacional en 5.000 y 10.000 metros, oro en la 10K de la Media Maratón de Bogotá— que, solo un deportista de élite como él, conquistó gracias al pundonor que le puso a su profesión desde el día en que comenzó a correr con unos zapatos de tela.
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Kelly Prieto sostiene la mirada de quien la entrevista para no llorar. Llorar de alegría, llorar por quitarle a la delincuencia a cientos de niños, llorar por mostrarle otro camino a esos jovencitos, llorar porque ellos encontraron en el deporte y en la educación los dos trampolines para escapar.
La atleta responde las preguntas en una sala diminuta en el segundo piso de la sede central de Tiempo de Juego en el barrio Las Quintas de Quintanares, en Soacha, un lugar que conserva la dignidad de lo conseguido. Se trata de una casa de tres pisos que no suma más de ochenta metros cuadrados. En el primer nivel, funcionan dos salones de música y una bodega. En el segundo nivel, hay una sala de reuniones y enseguida una cocineta, un baño, una oficina administrativa y un salón psicosocial. Y en el último hay otras dos oficinas administrativas. La casa es alquilada, pero la conservan y la cuidan como si fuera propia. Desde allí coordinan buena parte de las actividades que después se extienden por canchas, parques y colegios de la comuna cuatro que comprende Cazucá, Altos de Cazucá, Ciudadela Sucre y Corintos, los sectores más deprimidos de la zona.
Kelly Prieto creció en la comuna uno de Soacha. Su madre se dedicaba al cuidado de los siete hijos y su padre trabajaba como conductor de tractomula. Él podía pasar quince días o un mes fuera de la casa, según el viaje y el lugar en el que tuviera que quedarse. La familia conoció el mar gracias a esos recorridos. Vivían en una casa esquinera de un solo piso. Una noche en medio de una balacera, varios jóvenes se subieron a la plancha de cemento y se acostaron allí para escapar del tiroteo. El episodio quedó rondando sus noches, pero de día Kelly se vio obligada a no tener miedo si quería llevar una «vida normal» en aquel barrio donde los niños y los adolescentes crecieron entre conflictos cotidianos y pocas alternativas para salir adelante.
Kelly hizo la primaria y el bachillerato en la Institución Educativa Compartir. Caminaba —o a veces corría— cerca de treinta minutos para llegar a las clases. Debía hacer el mismo trayecto de regreso porque no había dinero para el transporte. Su entrada al atletismo ocurrió por pura resistencia.
A mediados del 98, el Instituto Municipal de Deportes de Soacha organizó un festival deportivo y convocó a los estudiantes que quisieran sentir el viento sobre sus rostros. Las carreras se hacían en las calles principales del municipio, así que además de físico también debían tener reflejos, de lo contrario terminarían destripados por un carro. De esa primera carrera Kelly recuerda que parecía no tener fin. No lo sabía, pero se trataba de una prueba de larga distancia —1.500 metros— de modo que los demás niños se fueron quedando de a poco y algunos se rindieron antes de la mitad. Tras pasar la meta, Kelly Prieto supo —o más bien su profesor— que lo suyo era el fondo y no la velocidad. A punta de entrenamientos una vez al día, siete veces a la semana, se hizo profesional en pruebas de 2.000, 3.000 y 5.000 metros. Años después, regresó a su colegio, pero con la camiseta de Tiempo de Juego. Quería devolver algo de lo que había recibido, porque la gratitud es la mejor manera de vivir, dice.

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En 2006 el periodista Andrés Wiesner llegó a Cazucá por encargo. Era tal la violencia que azotaba el barrio que Felipe López, por esos días dueño de la revista Semana, le pidió a Wiesner acompañar a Marta Ruíz, la editora de seguridad, con el objeto de escribir una crónica sobre lo que estaba pasando. Uno de los hallazgos fue estremecedor: doscientos cincuenta jóvenes habían sido asesinados en lo corrido de un año. Para un bogotano que estudió en el Gimnasio Moderno y en la Universidad de la Sabana, que fue elegido como el edil más joven de Chapinero, y que solo había visto el mundo desde el privilegio, aquella realidad lo impactó tanto que decidió cambiar su proyecto de vida.
A su regreso, una semana después de la reportería, Wiesner se encontró de frente con otras verdades: Cazucá era un cerro seco de dos kilómetros cuadrados en donde en los años setenta el Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda promovieron las primeras invasiones de personas que venían desplazadas de todo el país. Dos décadas después llegaron los paramilitares, quienes empezaron a disputarse lo que parecía tierra de nadie y esa incursión armada produjo más violencia, más venta ilegal de tierras, pandillismo, limpieza social, miseria y hasta la muerte de menores por causa del hambre. Pero hubo un detalle, un hecho, que también lo inquietó y en el que vio una oportunidad de poner una volquetada y no solo un grano de arena: los niños y adolescentes tenían muchísimo tiempo libre debido al poco acceso a la educación, o a la falta de jornadas escolares completas. Ese ocio los hacía vulnerables al reclutamiento o los hacía presa fácil del bandidaje.
Lo de Wiesner era hacer y no detenerse a rumiar. Como no tenía el capital económico para montar un colegio o algo parecido, echó mano de lo que conocía, de algo que había sido su salvavidas en los momentos más tristes de su vida: el fútbol. Y lo hizo de manera inteligente. A través de la Fundación Pies Descalzos, logró contactarse con la Institución Educativa Gabriel García Márquez para que le ayudaran con el préstamo de una cancha cercana. El paso siguiente fue ponerse a caminar las calles empinadas de Cazucá. En cada esquina donde veía adolescentes les extendió la primera invitación para ir a jugar un partidito el sábado a las diez de la mañana. De los cientos de chicos que invitó, cayeron quince niños y cinco niñas, quienes empezaron un partido que aún no ha finalizado.

Han pasado veinte años desde que ese balón comenzó a rodar. Wiesner inició solo, yendo cada sábado a hacer las veces de profesor de un deporte que apenas practicaba por pasión. Un par de meses después, eran más de cien los jovencitos que iban a aquella cancha de piedra y grava a correr y también a acompañarse para que el olvido no fuera su ley. Esa acogida lo obligó a darle formalidad al asunto. De ese modo, nació la Fundación Tiempo de Juego.
Un solo jugador no hace equipo, así que el periodista empezó a invitar a todos los amigos que se le cruzaban en el camino. Lo hizo con su exjefe en el canal RCN, Guillermo Prieto, Pirry, con sus amigos del colegio y la universidad —quienes eran dueños de empresas o las presidían— y hasta con las novias que nunca dejaron de quererlo. Uno de los invitados que se enamoró del proyecto fue Esteban Reyes, un abogado experto en derechos de infancia, quien asumió la dirección ejecutiva por doce años y ayudó a consolidar la metodología de desarrollo a través del fútbol y otros deportes.
Las historias de transformación se cuentan por miles y los datos cuantitativos también. El año pasado, la fundación mostró sus resultados: 41.000 niños, niñas y adolescentes han pasado por sus escuelas y programas de fútbol, atletismo, baloncesto, música y tecnología. A lo largo de su historia, 116.000 personas han sido impactadas y otras 120 han integrado el equipo de trabajo. Cazucá ha sido el laboratorio, pero el modelo no solo se quedó allí; también han logrado implementarlo en ocho municipios de Colombia y tuvieron una experiencia internacional. La expansión incluyó el programa Cambio de Juego, que trabajaba en tres centros del Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes y en dos espacios del Sistema de Protección.
Pero no todos los partidos se han ganado. Algunos se han empatado y otros se han perdido. La salida de USAID de Colombia, que había sido un cooperante histórico de varios programas, fue una de las mayores pérdidas y un desafío para la sostenibilidad de la fundación. Aun así, dice Wiesner, siguen guerreándola y buscan mantener esta estructura que le ha dado sentido a miles de vidas que creían que sus destinos habían nacido en fuera de lugar.

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El día antes de la entrevista, Kelly Prieto recibió una noticia desde Cali. Oriana Ladino, atleta de Cazucá, formada en Tiempo de Juego e inscrita en el club de la fundación, se había coronado campeona nacional de pista en los 800 metros planos. La victoria tenía un sabor especial. Oriana era alumna de Erika Martínez, otra atleta hecha en la fundación y una reconocida medallista nacional que en 2024 puso en lo más alto la bandera de Colombia al recibir la medalla de oro en el Campeonato Mundial de Atletismo para Sordos celebrado en Taipei, Taiwán.
Erika nació en Soacha. Se crió junto a cuatro hermanos, su padre abandonó el hogar y fue su madre quien veló por ellas. Al nacer, su oreja derecha no se desarrolló bien, de manera que su audición también se vio afectada. Hace diez años un profesor la vio corriendo y le habló de Tiempo de Juego. Allá llegó con el miedo de los olvidados.
Erika, con la voz entrecortada —como si un viento se le hubiera metido en la garganta— dice que fue en la fundación que empezó a perder la timidez. Quién sabe cómo era hace una década porque frente al micrófono aún sigue teniendo cierta prevención. Es probable que su discapacidad la haya llenado de un miedo del que poco se habla: el espanto de ser rechazada.
Pero aquella discapacidad no fue óbice para desarrollar sus virtudes intelectuales y su talento innato para correr. Competitiva hasta en las aulas, siempre ocupó los primeros lugares en la primaria, el bachillerato y los primeros puestos en cada una de las pruebas de atletismo a las que se inscribió. Erika empezó corriendo con hombres y mujeres a la par, sin mencionar jamás que ellos tenían ventaja porque ella no escuchaba por un oído y, por ello, mantener el equilibrio le sumaba una carga más a su desempeño. Sin embargo, ganaba siempre y, cuando no lo hacía, sus tiempos seguían siendo los de una profesional.
Fueron los entrenadores de la fundación quienes le recomendaron participar en competencias paralímpicas o similares, y allí también se comenzó a subir a los podios. El atletismo le ayudó a abrir otra puerta: hace tres años se graduó como Licenciada en Educación Infantil. Recientemente, acabó de hacer una maestría en deporte y ahora está vinculada con Tiempo de Juego como entrenadora.
Andrés Wiesner y Kelly Prieto coinciden en una felicidad: varios de los niños que llegaron hace veinte, quince o diez años, hoy son profesionales que trabajan en la fundación o que han hecho carrera y nombre en multinacionales de gran prestigio. Y coinciden en una tristeza: muchas veces niños o niñas han llegado a Tiempo de Juego y a mitad del proceso, por circunstancias que tienen que ver con sus entornos familiares o sociales, no han regresado. Después llegan las malas noticias: a algunos los han matado, otros han caído en la cárcel y varios han sido desaparecidos de la faz de la tierra.
Cualquiera de esos casos les duele, les quita el aire, porque estuvieron a muy poco de ayudarlos a evitar la violencia, la desigualdad y la pobreza. Es por eso que siguen insistiendo. Es por eso que viven de persistir. Es por eso que Erika sigue trabajando hasta en parques sin pistas y es por eso que Wiesner prefiere inaugurar una cancha donde antes se mataban a balazos en Cazucá, que sentarse a ver pasar la vida en un restaurante del norte de Bogotá. Lo de ellos es Tiempo de Juego, no de fuego.
