Cada mayo, desde hace seis años, la escritora bogotana María Ospina Pizano (1977) participa en un ritual privado. Con un par de binóculos en las manos, se adentra en los bosques de Connecticut, el estado donde vive y trabaja como docente de cultura latinoamericana en la Universidad de Wesleyan, en Estados Unidos. Mientras camina entre los árboles, rastrea con la mirada las ramas más altas y aguza el oído en busca de cualquier trino. De vez en cuando, arquea el cuello hacia atrás y mira al cielo, pendiente del encuentro. Entonces, cuando ocurre, grita de emoción: ha visto a una de las cien especies de aves migratorias que en esa época llegan desde las montañas de Colombia y las selvas del Amazonas, después de recorrer una distancia de más de cinco mil kilómetros. Para ella, es como asistir al desenlace de una épica.

Entre 2017 y 2018, Ospina transformó la odisea de uno de esos pájaros —una tángara escarlata— en un cuento para niños. En ese entonces, ya había publicado su ópera prima, la colección de relatos Azares del cuerpo (Laguna Libros, 2017), y pensaba hacer lo mismo con su obra infantil. La posibilidad, sin embargo, no se presentó, y el relato se quedó anidando en su computador. Allí, con el tiempo, se transformó en abono para otro libro, uno para adultos. La idea de ese proyecto germinó en 2020, cuando su madre se mudó a una casa en un bosque altoandino en la frontera entre Cundinamarca y Boyacá, llevando consigo las ovejas y las abejas que su familia tenía en otra finca. Durante el trasteo, Ospina comprendió que debía escribir una obra sobre el movimiento —sobre la mudanza— de los animales. También la inspiró la lectura, por esas fechas, de un poema del monarca acolhua Nezahualcóyotl:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
solo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Solo un poco aquí.

El libro de Ospina llegó a las librerías del país en mayo de 2023. Es un volumen delgado, de doscientas veinte páginas, publicado en el sello de Literatura Random House y con un título inspirado en el poema del monarca americano: Solo un poco aquí. En la portada sale una pintura de Calila y Dimna, los dos chacales que dieron nombre a un compendio de relatos hindúes traducidos al castellano en el siglo XIII. En la contraportada, la editorial nos presenta a las protagonistas: las dos perras, Kati y Mona, que van a deambular por las calles de Bogotá; la cucarrona que quedará atrapada dentro de una bolsa de mercado; la puercoespín que tomará leche humana en un puesto de salud, y, claro, la tángara escarlata que emprenderá un viaje homérico de los bosques de Estados Unidos a los páramos de Colombia.

La escritora María Ospina Pizano. Crédito: archivo personal
La escritora María Ospina Pizano. Crédito: archivo personal

La contraportada también nos dice que Solo un poco aquí es una novela, pero Ospina no se siente del todo cómoda con ese término. Y así me lo deja saber cuando nos vemos en un café en Bogotá para hablar del libro. «Para mí es una novela fallida —me dice—. Solo le decimos novela porque tenemos que venderla. Pero está bien. A mí me gusta así». Cuando le pregunto por qué dice eso, me ofrece dos argumentos. Me asegura, primero, que las cuatro historias —la de las perras, la de la tángara, la de la cucarrona y la de la puercoespín— solo comparten conexiones sutiles, y que por eso el libro puede leerse como una colección de cuentos. Y segundo, que las novelas por lo general ofrecen una exploración de la interioridad de sus personajes, y que eso no ocurre en su obra. En Solo un poco aquí los animales son un misterio.

Por un tiempo nadie la ve. Tampoco la detectan las máquinas del mundo. Sobrevuela carreteras plagadas de autos de insomnes que interrumpen florestas y lagos. Casas de jardines peluqueados que parece que nadie habita y otras que se tomó la chatarra. Canchas iluminadas, estacionamientos sin carros, pueblos breves.

Este último punto es importante. ¿Se puede llamar novela a una obra en la que los protagonistas no tienen un mundo interior? A diferencia de la fábula, en donde los animales hablan; o de novelas como La llamada de lo salvaje, en donde Buck, el héroe canino, ha sido de alguna forma humanizado, en Solo un poco aquí existe una distancia muy amplia, por no decir inabarcable, entre nosotros y los animales. La narradora se limita a acompañarlos y, en vez de hablar por ellos, solo especula sobre lo que podría estar ocurriendo en su interior. En esa especulación también está presente la proyección: la narradora se pregunta, una y otra vez, si el animal siente o piensa lo que ella siente o piensa. Por esa razón, los adverbios de duda («acaso», «quizás», «a lo mejor») aparecen a menudo en el libro.

Quién sabe si a Kati le sorprenda que en vez de rostros haya unos cascos enormes reflejando la muchedumbre alborotada y los nubarrones. Quizás perciba la arrogancia que emana por los resquicios de sus uniformes. A lo mejor recuerda que fueron hombres así quienes los echaron de la calle de toda la vida.

La decisión de no crear una psicología humana para los animales fue una decisión política. Una manera de reconocer su soberanía: «Cuando un animal tiene una ontología del tiempo y del espacio tan distintas de las mías, cuando huele el mundo de otra forma, cuando escucha otras cosas, cuando ve otros colores, ¿cómo puedo asumir eso? En el libro quise guardar una distancia ética. Ponerse en los zapatos del otro no es el único modelo de empatía».

Solo un poco aquí es, en ese sentido y en muchos otros, una obra profundamente política. ¿Cómo afecta a un pájaro que talen el árbol donde duerme? ¿Y a una cucarrona, que la desplacen del jardín donde nace a una ciudad lejana? La mano del hombre aparece a lo largo del libro, rebarajando el paisaje, reacomodando la vida de todos los seres vivos. Con los animales de Solo un poco aquí vemos ríos envenenados por el glifosato y bosques arrasados por el extractivismo, vemos campos de detención en las fronteras y pozos de lodo tóxico. La no humanidad de los animales hace que los lugares devastados por el hombre parezcan incluso más inquietantes.

Los humanos, sin embargo, no solo figuran en el libro como agentes de la destrucción. Ospina, con destreza, hila los viajes de los animales con la vida de algunas personas que se cruzan en el camino. La narradora, así, cinéticamente, se mueve entre unos y otros, entre la tángara que vuela y el cazador estadounidense que la mira en el bosque, entre la cucarrona que se encuentra en el alféizar de una ventana y la mujer que se debate entre sacarla o no del apartamento. Esa mujer, como otros personajes humanos, se pregunta por la mirada animal, por lo que esconde y por lo que refleja. Esa curiosidad es, acaso, el corazón del libro.

En nuestro café, Ospina lo pone de otra forma: «La académica Donna Haraway se pregunta: ¿cómo vamos a encontrarnos con la mirada del otro? ¿Cómo vamos a permitir que esa mirada nos transforme? El científico convencional mira al animal para describirlo. Pero hay algunos científicos, como Jane Goodall, la de los chimpancés, que mira al animal y deja que el animal la transforme. Ese es otro tipo de ciencia muy distinta».

No es difícil, al oír hablar a Ospina, captar ecos de su formación como académica. En esa vida, ella cuenta con un doctorado en Literatura Hispánica de la Universidad de Harvard y ha escrito sobre memoria, violencia, territorio y de la gramática en la obra de Fernando Vallejo; en 2019 publicó el libro El rompecabezas de la memoria: literatura, cine y testimonio de comienzos de siglo en Colombia, en el que se pregunta por cómo la ficción contemporánea cuenta lo histórico. En Solo un poco aquí, su lado académico salta a la vista en los epígrafes, que son muchos. En la página 129, por ejemplo, conviven cinco citas: una de Gabriela Mistral, una de Jacques Derrida, una de Ida Vitale y dos de fuentes anónimas del siglo XVII.

Cuando le pregunto por ellos, Ospina se pone un poco nerviosa y se cuestiona a sí misma, en voz baja, si no se le fue la mano, si no incluyó demasiados. Pero en segundos se recompone y me explica que muchos de los epígrafes vienen de «gramáticas y confesionarios de la época de la conquista en Colombia». A través de ellos, quería que el lector se asomara a concepciones no occidentales del mundo animal, incluidas las que aún existen en la cultura popular. «Algunas de estas nociones persisten en el campo. En unas zonas del país, por ejemplo, la gente dice que si a ti te pica un puercoespín, y se te quedan clavadas las púas en la piel, vas a sentir todo lo que él siente. Si eso no es una resonancia del pasado, de otro modo de pensar el animal, entonces, ¿qué es?».

Pero hablar solamente de la dimensión política o académica de Solo un poco aquí sería injusto con el libro. Porque sería pasar por alto su poesía: la cuidadosa construcción de las oraciones, la elección del verbo preciso, la constancia del movimiento, los juegos con los puntos de vista, la forma en que el texto se sitúa a la altura de los animales: 

Estira las patas, las alista para cargar el nuevo cuerpo sólido y cóncavo, y sale a sortear las raíces, a restregarse contra los polvos, a batallar estoica piedras y terrones, a encarar el aire húmedo de la noche. No come hojas desde sus tiempos de larva y con seguridad la asalta el hambre. Quizás, tras semanas de sueño bajo la tierra, su mandíbula esté un poco entumecida y necesite destrabarla para empezar a devorar de nuevo y mejor el follaje.

En nuestra charla, le pregunté a Ospina por los retos de escribir ficción trabajando en la academia: «¿Cómo hace un académico para escribir literatura? ¿Cómo apaga la voz crítica?». Su respuesta fue rápida y por eso me sorprendió. Me dijo que, para ella, hacer literatura se asemeja más a salir a caminar que a escribir un artículo para una publicación especializada. A diferencia de muchos escritores contemporáneos, ella no cuenta con una maestría en escritura creativa. «Para mí es como una experiencia vital, la verdad, una experiencia del cuerpo». Su libro, me dijo, salió de «caminar y caminar». Y de recordar las caminatas que, de niña, hacía con su abuela en el valle de Simijaca, donde su familia tenía una finca.

A lo largo de nuestra charla, Ospina la menciona varias veces. A su abuela materna. Carmen Salazar. La mujer que conocía los caminos de herradura de la región y la que le enseñó a estar en la naturaleza. La venta de la finca de Simijaca, hace unos años, contribuyó a la receta del libro. Llevó a que Ospina se hiciera preguntas sobre el papel que juega el arraigo (y el desarraigo) en la vida de un humano y en la de otros animales. «Este libro también es una reflexión sobre mi propia errancia y mi condición de migrante. La pérdida de esa finca, en particular, me hizo pensar en la noción de la casa. Una tángara, por ejemplo, se detiene dieciocho veces y hace dieciocho hogares. Su casa está en todas partes».

Solo un poco aquí es, a su manera, un homenaje a la abuela materna y a la finca de Simijaca. «A mí me han preguntado, ¿qué investigación hiciste? Y sí, claro, hice mucha investigación, pero en realidad lo que sostiene el libro son esas experiencias vitales». Otra de esas experiencias vitales fue conocer el bosque altoandino adonde se mudó su madre en la frontera entre Cundinamarca y Boyacá. «Para mí ha sido deslumbrante ver cómo eran los bosques de niebla en Colombia antes de que fueran arrasados para los cultivos de papa —me dice—. Es como otro universo. Un universo lleno de agua, donde la nube lo define todo». 

En ese bosque nació la historia de la cucarrona. «Me acuerdo que un diciembre, de repente, estaban en todas partes. Me comía una lechuga y veía una. Leía un libro y me caía una encima», dice Ospina, quien recuerda cómo, en los años ochenta, no era inusual presenciar el nacimiento masivo de cucarrones en Bogotá. Gracias a ese bosque altoandino también se enteró de la existencia del puercoespín enano peludo marrón, que hoy está en peligro de extinción y en el que se inspiró para crear su personaje. 

Después de nuestro café, Ospina se fue con su hijo a la casa de su madre en el bosque. Desde allí me envió varias fotos de los pájaros que encontró en sus caminatas: de una tángara berilina, de un colibrí que no pudo identificar. También me mandó la foto de la cabeza cercenada de un calamoncillo americano, un ave acuática que suele vivir en los pantanos del sur de Estados Unidos. «Yo vivo encontrándome cabezas de aves y pedazos de alas en mis caminatas —me escribe—. Pero nunca había visto algo así. El misterio es quién se la comió».

A los pocos días, Ospina partió a Madrid, España, para dirigir por un año el programa de estudios en el extranjero de su universidad. En julio de 2024, me dice, regresará a Connecticut. En ese momento, seguramente, retomará su patrón migratorio. Volará, de nuevo, entre el norte y el sur, entre los bosques de Estados Unidos y los de Colombia, como lo hace la tángara escarlata que atraviesa, tan misteriosamente, por las páginas de su literatura.

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