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Investigación
El tráfico de mariposas en Latinoamérica

Un pedazo de cielo en la vitrina
Las mariposas y polillas son uno de los grupos de insectos más comercializados del mundo. Colombia alberga alrededor del 20% de todas las especies de mariposas descritas en el planeta y, desde hace décadas, se convirtió en un foco para coleccionistas y traficantes. Durante meses, Santiago Wills investigó el tráfico de estos animales.
Por | Ilustración: Leo Parra

Un pedazo de cielo Portada
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Para Liliana Wills, quien nunca alcanzó a contarme que a veces soñaba con mariposas.

Incluso dentro de los sobres translúcidos, parecían espejos de agua, brasas a medio encender, tallas de piedras semipreciosas, pétalos revestidos de azules metalizados y hojarascas con ojos de búhos en la parte inferior. Algunas medían hasta veinte centímetros y otras apenas tenían el tamaño de una moneda. Organizadas en una mesa, casi todas presumían colores y patrones extraordinarios: había alas atigradas, escamas cian, magenta y granate, antenas como peines, reflejos de lilas tornasolados, transparencias con encajes y esquemas de manchas que recordaban a Pollock, Rothko y a racimos de plumas de pavo real. 

En total, había más de 675 mariposas y polillas muertas cuidadosamente dobladas en 399 sobres triangulares de papel mantequilla. El 15 de diciembre de 2017, en Leticia, a un paso de la frontera con Perú y Brasil el policía Ezequiel Baquero Pinto entregó ese conjunto de lepidópteros —del griego λεπίς, lepís, «escama», y πτερόν, pteron, «ala»— a la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Sur de la Amazonía Colombiana (Corpoamazonía), la autoridad ambiental encargada de velar por la fauna en esa región del país. En la incautación se identificaron 118 especies diferentes, dos veces el número que existe en todo Gran Bretaña. A cada ejemplar, se le asignó un valor de venta de entre 120 y 240 dólares (entre 500 mil y un millón de pesos, aproximadamente), lo que quería decir que el cargamento estaba avaluado en, por lo menos, unos 14.000 dólares.

La Policía halló el caleidoscopio —uno de los nombres que se usa para describir un conjunto de mariposas— en el equipaje de Bartolomé Casar Alos, un ciudadano español de 62 años que llevaba dos meses viajando por Colombia. Era coleccionista de lepidópteros, les dijo a las autoridades cuando lo detuvieron en el hostal Maloka Napu, en Puerto Nariño, un pueblo turístico ubicado en la orilla del río Amazonas, a 75 kilómetros de Leticia y al frente de la frontera peruana. Todos los especímenes eran suyos, admitió. 

En Colombia, la captura, transporte, compra o comercialización de fauna silvestre, incluidas las mariposas y las polillas, es ilegal, a menos que se cuente con un permiso especial de las autoridades ambientales. Casar Alos no tenía ese permiso, por lo que estaba cometiendo un delito, le informaron los policías.

Según los datos oficiales, el tráfico de lepidópteros es una rareza en el país. Desde 2010, se han registrado apenas catorce incautaciones de mariposas en Colombia, según información obtenida del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible por medio de un derecho de petición presentado para este reportaje. Sin embargo, el comercio ilegal de lepidópteros prolifera en el país —y el resto de Sudamérica—, de acuerdo con una decena de investigadores, entomólogos, coleccionistas y comerciantes. Los escasos decomisos no obedecen a la ausencia del tráfico, sino a las dificultades de vigilarlo o a la poca importancia que las autoridades les prestan a estos animales.  

Sudamérica es la región del planeta con mayor cantidad de especies de mariposas. Perú, Brasil y Colombia se codean por el primer lugar del mundo en diversidad de estos insectos. Se estima que cada uno de estos países alberga casi 4.000 especies. Esto quiere decir que albergan alrededor del 20% de todas las especies que se han descrito en el planeta, casi diez veces el número que existe en Europa o casi la misma cantidad que habita todo el continente africano. En Colombia, al menos 220 son endémicas, lo que quiere decir que no se encuentran en ningún otro lugar. 

Por esa variedad, Colombia es un foco para los amantes de los lepidópteros. «Somos uno de los países más requeridos en el mercado negro», dice Indiana Cristóbal Ríos Malaver, un entomólogo que lidera Lepidoptera Colombiana, una organización dedicada al estudio de estos animales. No es extraño ver a europeos recolectando ejemplares en áreas remotas o lugares claves, añade. El comercio de mariposas mueve anualmente millones de dólares. No existen cifras exactas, pero un estudio de transacciones en eBay, en 2023, registró más de 50.000 ventas que involucraron a estos insectos. 

En total, 552 comerciantes en 44 países vendieron 3.767 especies diferentes de mariposas, más de dos veces el número que puede encontrarse en toda Norteamérica, Europa y Australia combinadas. Según el análisis, el 96% de las ventas implicaron el transporte de ejemplares desde un país del Sur Global, como Colombia o Perú, hacia países del norte, como Estados Unidos, Alemania o Francia. Dado que hay muchas plataformas similares a eBay, es probable que cada año se vendan varios centenares de miles de mariposas, lo que las convertiría en uno de los animales silvestres más comercializados del mundo.

Hay una larga historia detrás de este negocio. Los lepidópteros han fascinado a las personas desde hace milenios. En la actualidad, turistas que se asombran ante los colores improbables de los insectos, científicos extranjeros que se aprovechan de los vacíos legales de los países, y coleccionistas de Europa, Asia y Estados Unidos impulsan la captura y la venta de estos animales en gran parte del Sur Global. 

«Parecen nácares/ O pedazos de cielo,/ Cielos de tarde/ O brillos opalinos/ De alas suaves», escribió a principios del siglo veinte el poeta colombiano José Asunción Silva sobre unas mariposas que vio en una vitrina. Hoy miles de personas alrededor del mundo buscan contener esos horizontes entre las paredes de sus casas. 

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Según algunos estudiosos, la primera representación humana de un lepidóptero se encuentra tallada en las rocas de Val Camónica, un extenso valle en los Alpes de Italia. El petroglifo se remonta aproximadamente al año 3.600 a. C. y muestra una extraña figura alada con rasgos ligeramente antropomorfos, que algunos interpretan como una mariposa y otros como un ídolo mitad hombre, mitad insecto. Hay quizás ejemplos más viejos de polillas pintadas en las paredes de las cuevas de Chauvet, La Pasiega y Le Portel, pero las formas son aún más ambiguas que la del hombre mariposa del valle italiano. 

Las primeras imágenes claras tienen 4.500 años. En el antiguo Egipto, la Reina Hetepheres I, esposa del primer faraón de la dinastía que erigió la Gran Pirámide de Giza, usó dos anillos de plata adornados con mariposas formadas por incrustaciones en turquesa, lapislázuli y cornalina. 

En Tebas, sobre la tumba de Nebamun —un escriba y contable egipcio enterrado hacia el año 1.350 a. C.— un grupo de mariposas tigres (Danaus chrysippus), pariente de la monarca americana (Danaus plexippus), vuela en una pared por encima de vacas, aves, peces, un gato atigrado y el escriba, quien aparece cazando sobre un bote en una ciénaga. Nebamun está «divirtiéndose y observando algo bello», dice un jeroglífico que acompaña la imagen, que forma parte de la colección del Museo Británico. 

Otras decenas de joyas, esculturas y tumbas en Egipto incluyen estos insectos como elementos decorativos, a pesar de que no existía un dios lepidóptero en su extenso panteón animal y de que no tenían un significado claro en su cultura.   

Para los griegos, que contrario a los egipcios conocían algunos de los estadios o etapas por los que pasan estos insectos durante su metamorfosis, las mariposas se relacionaban con el paso de la vida a la muerte. La misma palabra, psyche, se usaba para designar el alma y algunas especies de mariposas (la homonimia también existía en el latín con la palabra animula). La asociación probablemente venía de la vida de los lepidópteros, que Aristóteles describió con cierto detalle, a partir del estudio del gran pavón (Saturnia pyri), la polilla más grande de Europa.  

El proceso de gestación resultaba milagroso para cualquier observador. Gusanos verde lima con cornamentas, espinas multicolores y traseros semejantes a castillos emergen de huevos minúsculos en forma de conos, óvalos o esferas (Aristóteles creía que surgían por generación espontánea). Luego comen con desaforo las hojas de plantas específicas, se encierran en una suerte de capullo peludo o coraza, en algunos casos con visos color oro (de ahí el nombre crisálida, del griego chrysos), y renacen como seres totalmente distintos: las gruesas orugas ahora son esbeltas, tienen cuatro alas vivaces cubiertas de escamas, seis patas, abdomen, tórax y una pequeña cabeza con una lengua o probóscide que se desenrolla para libar el néctar de las flores. Era una metamorfosis que, para algunos griegos, representaba la muerte, la resurrección y el ascenso a una nueva (y mejor) vida. 

La relación entre las polillas o las mariposas con la vida eterna también eclosionó de manera independiente en la antigua China. Una conocida historia del siglo cuarto la hace explícita: Liang Shanbo y Zhu Yingtai, dos desventurados jóvenes amantes eligen la muerte luego de que la familia de Zhu les impide estar juntos. Liang muere de tristeza y Zhu ruega que la tumba se abra y la devore. Así ocurre y los amantes surgen del entierro transformados en mariposas para volar juntos por siempre. 

Culturas en AméricaÁfrica y Oceanía vieron otras asociaciones y símbolos en la metamorfosis de los lepidópteros. Para diferentes pueblos indígenas, las mariposas y las polillas eran mensajeras de los dioses, ancestros reencarnados, guerreros, espíritus, deidades, brujas, símbolos de regeneración, amor, matrimonio, honestidad, sueño, calma, infortunio, felicidad, longevidad, destrucción, ligereza, desarrollo, conocimiento, iluminación, feminidad, ternura, dicha, fe y buena suerte. Un estudio de 1976 encontró al menos 70 diferentes simbologías relacionadas con los lepidópteros solo en la cultura Occidental.

Más allá de la semiótica, las formas de esas «flores que vuelan y casi cantan», en las palabras del poeta estadounidense Robert Frost, inevitablemente captaron el ojo de los estetas. Representaciones de mariposas adornan mosaicos romanos, libros de horas medievales, bodegones renacentistas, miniaturas del imperio mongol, cuadros japoneses y centenares de pinturas de artistas como El Bosco, Brueghel, Jacques-Louis David, Van Gogh y Frida Kahlo. 

Vuelan también en la poesía y la literatura en obras de Matsuo Basho, maestro japonés del haiku («Una oruga/tan tarde en otoño—/aún no vuela»); el Zhuangzi, una de las mayores obras de la literatura china («Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu»); y cuentos y novelas de Vladimir Nabokov, autor de Lolita y lepidopterólogo comprometido, quien descubrió varias especies a partir de la comparación y análisis de sus intricados órganos sexuales. «La literatura y las mariposas son las dos pasiones más dulces conocidas por el hombre», escribió. 

Inspiraron composiciones de Chopin, Edvard Grieg, Fauré, Schumann y Debussy (este último basado en un poema de Théophile Gautier), y temas contemporáneos de Maná, Fito Páez, La Oreja de Van Gogh, Mariah Carey, The Cure y Michael Jackson. Cuando al célebre artista contemporáneo Damien Hirst le preguntaron por el frecuente uso de los lepidópteros en su obra, lo explicó de la siguiente manera: «Todo el mundo le tiene miedo al vidrio, todo el mundo les tiene miedo a los tiburones, todo el mundo ama a las mariposas». 

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La admiración que despiertan los lepidópteros —con ciertas reservas, en el caso de la mayoría de polillas, claro está— no se limita a las representaciones artísticas. En Europa, por lo menos desde finales del siglo diecisiete, comenzó un afán por capturarlas, inyectarlas con alcohol o algún otro preservante, y organizarlas en gabinetes de curiosidades o vitrinas diseñadas para resaltar sus formas y colores.

Inicialmente, a la mayoría de los europeos solo les interesaban los lepidópteros locales. El «amor por las mariposas exóticas era muy insignificante, y la mayoría de los coleccionistas miraban con desprecio todo insecto que no hubiese nacido dentro de los límites del continente», escribió un comerciante de insectos alemán a finales del siglo diecinueve. Muchos de sus clientes buscaban tener la mayor colección posible o completar una exhibición con todas las especies europeas conocidas, como si se tratara de un álbum de láminas (en inglés aún persiste una palabra para este tipo de coleccionistas de mariposas: stamp-collectors, «coleccionistas de estampillas»). 

Algunos pocos coleccionaban especies exóticas, pero principalmente movidos por la curiosidad científica. El naturalista y explorador inglés Alfred Russel Wallace, quien postuló la teoría de la evolución de manera independiente a Darwin, formó una de las primeras grandes colecciones de mariposas y polillas del mundo. 

Wallace estudió con detenimiento los lepidópteros que capturaba en sus viajes por el sudeste asiático y la Amazonía, y a partir de diferencias físicas de ejemplares de la misma especie ideó los conceptos de polimorfismo, dimorfismo sexual y polimorfismo estacional. Pero a Wallace también lo movía el placer que despierta el coleccionismo. En 1859, en la isla Bacan, en Malasia, vio una mariposa poco común en un bosque y se apresuró a capturarla. «Al sacarla de mi red y abrir sus gloriosas alas mi corazón comenzó a latir violentamente, la sangre se me subió a la cabeza y me sentí más cerca de desmayarme de lo que me he sentido cuando he estado con miedo a la muerte», escribió el explorador inglés. «Solo un naturalista podría entender la intensa excitación que experimenté cuando por fin pude capturarla», añadió. 

Alrededor de 1870, de acuerdo con el libro Butterfly People: An American Encounter with the Beauty of the World, la clase media también empezó a perseguir esa emoción, y su interés no se limitaba a las especies locales. Científicos, exploradores y nobles, maravillados ante la diversidad de lepidópteros del planeta, poco a poco comenzaron a codiciar mariposas de azules imposibles del género Morpho, ejemplares color citrina, jaspe y malaquita con colas de golondrinas de la familia Papilionidae y polillas descomunales de la familia Saturniidae, nombradas en honor a Atlas, con envergaduras de casi 30 centímetros, casi una y media veces la de un gorrión común. «¿Por qué Dios implanta en nosotros esos deseos insaciables y luego nos niega los medios para satisfacerlos», le escribió, a finales del siglo diecinueve, un coleccionista a un comerciante de mariposas. «¿Existe acaso un peor castigo?»

En Inglaterra, Alemania y Francia nacieron empresas dedicadas casi de manera exclusiva a la venta de los lepidópteros, que centenares de intermediarios se encargaban de traer desde los lugares que el colonialismo europeo devoraba. Los catálogos incluían mariposas comunes, insectos nunca vistos y ejemplares cuyos precios individuales podían ser equivalentes al de una vaca. Se trataba de un lucrativo y voraz negocio que motivaba a aventureros europeos y norteamericanos a recorrer las islas de Indonesia, los bosques del Congo y las montañas de Colombia.

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Una mañana, a comienzos de los años sesenta, un campesino llamado José Jesús Urbina se acomodó en un puesto de la plaza de mercado de Otanche, Boyacá, un pueblo ubicado a poco más de 100 kilómetros a vuelo de insecto de la capital colombiana. Urbina, quien, como casi todos los demás hombres de la región, se dedicaba a buscar esmeraldas en los yacimientos cercanos, llevaba un tiempo enfermo y sin trabajar. Para mantener su creciente pelotón de hijos —terminaría con nueve—, vendía lo que podía en el mercado. Mientras estaba allí, un extranjero se le acercó. ¿Sabría, de casualidad, dónde encontrar mariposas?, le preguntó con un marcado acento que desconocía. 

Urbina lo miró extrañado. Por supuesto que había visto mariposas en los alrededores de Otanche —¿quién no?—, pero, ¿para qué podría querer a esos bichos? El extranjero, un profesor del Liceo Francés Louis Pasteur en Bogotá, le ofreció pagarle para que lo acompañara a recorrer la región en busca de lepidópteros. Sin nada que perder, Urbina aceptó. 

El francés, cuyo nombre hoy ninguno de los descendientes de José Jesús recuerda, le enseñó todo lo que tenía que saber para atrapar lepidópteros. Le entregó una chapola o jama, la fina red entomológica en forma de cono pegada al final de un palo de hasta un metro de largo, le dio lecciones básicas de cómo usarla, y le mostró cómo matar las mariposas pinchándoles con delicadeza el tórax o encerrándolas en un frasco con agentes químicos como etanoato de etilo o quitaesmalte. Antes de meterlas en los frascos, lo mejor era esperar a que defecaran para que las grasas y aceites del sistema digestivo no decoloraran el exoesqueleto. Urbina descubrió que las mariposas y las polillas eran extremadamente frágiles. Luego de sacarlas muertas del frasco, debía tener cuidado para que las alas, el tórax o las antenas no se quebraran. Cualquier imperfección podía afectar su precio. Al morir, el cuerpo de los insectos se secaba y se volvía aún más delicado, por lo que era necesario preservarlo en alcohol. 

Durante viajes largos, a veces metía las polillas o mariposas en etanol, aunque no durante demasiado tiempo, pues este líquido también podía decolorarlas. En otras ocasiones usaba una especie de cámara de rehidratación con el mismo químico para fortalecer el cuerpo. De vuelta en casa, fijaba la caza del día  sobre icopor con unos alfileres especiales hechos de acero inoxidable que traía el francés. Ese era otro proceso complicado que podía dañar el espécimen. Al principio, le dejaba esa tarea al profesor. Le entregaba las mariposas y polillas con las alas cerradas dentro de sobres triangulares de papel mantequilla. 

No todos los lepidópteros tenían el mismo valor. Había otros criterios además de la belleza. Los compradores apreciaban lo raro. Para el francés y los demás extranjeros que luego llegaron a Otanche a comprar insectos, había especies o ejemplares que parecían entusiasmarles mucho más que otros. Cerca del pueblo, por ejemplo, se encontraba la Morpho cypris, o mariposa de Muzo, nombrada así por un municipio cercano. 

Los machos de esta especie tienen alas de un sobrenatural azul tornasolado que refleja con rabia cualquier viso de luz en el bosque («A la de Muzo, aquella/ mariposa/ colombiana,/ hoguera azul, que al aire/agregó metal vivo», escribió Neruda). La hembra, en cambio, tiene alas de un color amarillo pálido o crema apagado enmarcado por márgenes marrón. Al francés y a Urbina, les interesaba más la hembra (hoy, una Morpho cypris macho puede conseguirse en Europa por entre 30 y 85 euros, mientras que una hembra puede venderse por más de 850). 

Con el tiempo, Urbina se volvió un conocedor. Podía distinguir una mariposa de una polilla e intuir cuáles especies eran raras y ameritaban un mayor cobro. Lo primero no era tan sencillo. Hay mariposas nocturnas y polillas diurnas, mariposas que parecen polillas, polillas que parecen mariposas, además de lepidópteros de uno y otro tipo que imitan moscas, abejas, arañas o avispas. Urbina aprendió que la forma básica de diferenciar las mariposas de las polillas es por sus antenas: las de las mariposas son delgadas y terminan en una suerte de bolita, mientras que las de las polillas a menudo parecen peinillas peludas o plumas en miniatura y no tienen la pequeña esfera al final. 

El cuerpo de las polillas, por otro lado, casi siempre es más grueso y peludo que el de las mariposas, aunque hay matices que impiden generalizar. Estudios genéticos recientes han permitido dividir el grupo de los lepidópteros, pero aún existen disputas sobre la clasificación. Todas las mariposas pertenecen a una súper familia llamada Papilionoidea, que evolucionó a la par de las flores. Son un grupo monofilético; es decir, que descienden de un mismo ancestro común —en este caso, una polilla herbívora provista de mandíbulas, que vivió hace poco más de 100 millones de años—. Las polillas se distribuyen en otras 42 súper familias y son un grupo polifilético; mejor dicho, que desciende de numerosos ancestros comunes. El más antiguo de estos últimos tiene casi 300 millones de años. Varios grupos taxonómicos, sin embargo, aún carecen de asignación. 

Urbina comercializaba todo lo que hallaba. Además de al profesor francés, le vendió ejemplares de decenas de especies raras o nunca descritas a lepidopterólogos, científicos y coleccionistas de Alemania, Japón y Rusia. Según recuerda su hijo Antonio, un amable señor de 74 años que hoy se dedica a vender cuadros con mariposas, los extranjeros llegaban a su casa a pesar del precario estado de las carreteras. Hasta hace apenas unas décadas, el viaje en automóvil de Bogotá a Otanche podía tomar casi un día.

Para los compradores de Urbina, el recorrido valía la pena. Varios de los ejemplares que el campesino recolectó se convirtieron en holotipos, el organismo físico que se usa para describir y registrar una nueva especie. Actualmente, hay especímenes de Urbina en los museos entomológicos más importantes de París, Berlín y Londres. Todos tienen una marquilla que registra la fecha, el nombre del responsable y el lugar de la colecta: J. Urbina, Otanche, Boyacá.

La relación entre Urbina y los extranjeros no era inusual. Desde la época victoriana, los aventureros que viajaban por el mundo en busca de mariposas y polillas solían contratar a personas locales o ayudantes indígenas para que los llevaran a los mejores lugares o para que les consiguieran los ejemplares más raros. Ellos hacían el trabajo sucio a cambio de un pago mínimo en comparación con las ganancias que obtenían sus patrones, quienes a menudo estaban financiados por casas de subastas o coleccionistas ricos (la mayor colección privada de vida silvestre la amasó Lionel Walter Rothschild, de la conocida familia banquera). Los ayudantes locales rara vez recibían algún tipo de reconocimiento ante la comunidad científica.

En Colombia, muchos lepidopterólogos, sobre todo franceses, alemanes, ingleses y norteamericanos,  se esforzaron por recolectar especies y clasificarlas, como reseña Julián Salazar, un entomólogo de la Universidad de Caldas. El más importante fue Nicolás Seiler, mejor conocido como el hermano Apolinar María, un religioso francés de la orden de La Salle que transformó las ciencias naturales del país luego de su llegada en 1904. El hermano Apolinar reunió en el Museo de la Universidad de La Salle, en Bogotá, más de 17.000 lepidópteros que ardieron en un incendio junto con otros 53.000 especímenes de aves, conchas, plantas e insectos después del asesinato del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 (al parecer, las turbas pensaban que allí se guardaban armas, según cuenta la periodista Lina Vargas en el libro El corazón de la bestia). 

Urbina no dejó ninguna colección detrás. En realidad, más que la ciencia, le interesaba el dinero. Necesitaba sacar adelante a nueve hijos. Para lograrlo, vendía ejemplares a investigadores, pero también a tiendas en Bogotá y a turistas. Gracias a su trabajo, Otanche se volvió una inusitada parada obligatoria para los entomólogos que visitaban el país. James Mallet, un profesor de la Universidad de Harvard, recuerda en un artículo científico su visita a Otanche en 1997. Luego de hablar con el jefe paramilitar local, quien al parecer tenía cuadros de mariposas y apreciaba a los insectos, Mallet conoció a Urbina. Era «un coleccionista comercial de la vieja escuela», escribió. Sin quererlo, su experiencia abrió el camino al actual tráfico de mariposas y polillas en el país. 

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El comercio de mariposas y polillas es diferente al de casi todos los demás animales. Para empezar, los ejemplares se venden muertos, completos y en perfecto estado, dado que no se usan como alimento, mascotas o ingredientes de supuestas «medicinas». Los compradores, en casi todos los casos, buscan las especies por dos razones: porque son bellas o porque todavía no las tienen en su colección. 

El comercio ilegal de estos animales tiene otra particularidad: hasta donde sabemos, de acuerdo con Zhengyang Wang, doctor en biología evolutiva de la Universidad de Harvard y autor del estudio sobre tráfico ilegal en eBay mencionado al principio de esta historia, ninguna mariposa se ha extinguido por culpa del comercio o la captura humana

Jean François Le Crom, uno de los principales expertos en mariposas de Colombia, explica lo mismo una mañana de mayo en su casa. Le Crom, un ingeniero mecánico francés de 76 años que llegó a Bogotá hace casi medio siglo, tiene la colección privada de mariposas más grande del país. Gracias al estudio taxonómico de casi 30.000 ejemplares, ha descrito centenares de nuevas especies y calcula que aún tiene entre 300 y 500 por registrar. Su casa, cerca de la Universidad Nacional, es un lugar de peregrinaje para la mayoría de lepidopterólogos colombianos. Por allí pasó, entre otras, Blanca Huertas, actual encargada de la colección más grande del mundo, en el Museo de Historia Natural de Londres. 

Hasta hace un par de siglos, los lepidópteros fueron uno de los grupos de animales evolutivamente más exitosos del planeta. Esto se reflejaba en las profusas migraciones de mariposas y polillas —hay migraciones de estos insectos en todos los continentes; algunas mariposas incluso vuelan más de 4.200 km a través del océano Atlántico— y en los caleidoscopios que iluminaban el cielo sobre mares y planicies. 

«[Volaban] en bandadas o masas de incontables millares, extendiéndose tan lejos como el ojo alcanzaba a ver», escribió Darwin sobre un grupo que rodeó el bergantín Beagle cerca de Tierra del Fuego. «Incluso con la ayuda de un telescopio no era posible observar un espacio libre de mariposas. Los marineros gritaron que ‘estaban nevando mariposas’, y de hecho así parecía». 

Semejantes aglomeraciones resultaban aun más impresionantes si se tiene en cuenta la fugaz esperanza de vida de los lepidópteros en su última etapa de desarrollo. La vida de estos insectos pasa por cuatro etapas: huevo, larva, pupa e imago. Los últimos tres nombres fueron elegidos por Carlos Linneo y se derivan de palabras latinas: larva, o máscara, por la oruga o gusano que oculta la identidad de la mariposa o polilla; pupa, pequeña niña o muñeca, por la crisálida o capullo que la arropa mientras crece y se transforma; e imago, imagen, apariencia o idea, por el insecto «real», la mariposa o polilla tal y como la conocemos. En esta última etapa, en el rango inferior, las polillas de la lluvia (Trictena atripalpis) de Australia sobreviven apenas un día, lo justo para aparearse y poner sus huevos; en el superior, la mariposa antíope (Nymphalis antiopa), que vuela durante poco más de un año. 

Hoy ver una bandada como la descrita por Darwin sería un hecho noticioso, si es que todavía ocurre. En los últimos dos siglos, los números de mariposas y polillas han disminuido de forma dramática. No hay muchos estudios específicos sobre el tema, pero se han registrado disminuciones en las poblaciones de especies de polillas en Suecia, Países Bajos, India, Siberia y el sur de Estados Unidos. En Gran Bretaña, las poblaciones se han reducido un 33% desde 1968 y en Escocia, un 50% en los últimos 25 años. 

Las poblaciones de mariposas se han visto igualmente afectadas. En Estados Unidos, en 20 años, las mariposas han disminuido un 22% y una de cada cinco especies ha desaparecido; en Gran Bretaña, la abundancia o distribución del 80% de especies de estos lepidópteros va en caída; y, en Europa, especies como la hormiguera de lunares (Phengaris arion) se ha reducido casi un 82% en los últimos 30 años. Por temas históricos y de financiación, no existen estudios semejantes en países como Perú o Colombia. 

No obstante, lo más probable es que los patrones se mantengan, así como ocurre con los insectos en general. Se estima que casi el 40% de todas las especies de esta clase se encuentran en declive. Las poblaciones de insectos terrestres han disminuido a una tasa de casi 9% por década, de acuerdo con un metaanálisis publicado en la revista Science. El equivalente, si los humanos vivieran la misma crisis, sería una reducción de 800 millones de personas en la población actual.

Apenas comenzamos a comprender las consecuencias de esa hecatombe. En el caso particular de las mariposas y polillas, su ausencia afecta la polinización de miles de plantas —las polillas son polinizadores más eficientes que las abejas, de acuerdo con un estudio— y el balance de ecosistemas completos. 

La mayoría de las larvas de los lepidópteros evolucionaron para alimentarse de especies de plantas específicas. Durante esa etapa, devoran cantidades alarmantes de comida, pues deben acumular energía para el proceso de metamorfosis. Esto contribuye a controlar esas especies de plantas particulares a las que están asociadas, de la misma manera en que lo hacen herbívoros más grandes como los venados. 

Los lepidópteros también cumplen un rol esencial como alimento de otros seres vivos. Lagartijas, serpientes, arañas, sapos, mamíferos pequeños, murciélagos y aves dependen de mariposas y polillas para sobrevivir. Es muy probable que la desaparición de sus presas afecte a las especies que dependen de ellas, y que, a su vez, el efecto en esos depredadores repercuta en aquellos que se alimentan de estos, y así sucesivamente hasta llegar a la cima de la cadena trófica. En ese sentido, cada lepidóptero extraído de su ecosistema puede alterar las vidas de otros seres, incluidas las nuestras.

Según varios estudios, las principales causas del declive de los lepidópteros son la deforestación, los cambios en el uso del suelo, los pesticidas y fertilizantes, la ubicuidad de la luz eléctrica y la crisis climática. Dado que muchas especies de mariposas y polillas ponen sus huevos en solo una especie de planta, cualquier disminución por tala o transformación para agricultura puede afectar severamente a las poblaciones cercanas.  

La fragilidad de estos insectos también hace que sean vulnerables a los químicos de los pesticidas, los fertilizantes, la contaminación y las variaciones de temperatura causadas por la crisis climática. Las luces, por su parte, afectan el complejo sentido de navegación de algunas polillas, que son en su mayoría sensibles a la luz ultravioleta (una de las principales maneras de atraer polillas es reflejando luz azul o ultravioleta contra una sábana; para las mariposas, conviene tener un cebo con comida podrida mezclado con orina). Puesto de manera breve, varios de los elementos que sostienen nuestra civilización afectan de manera profunda a los lepidópteros. 

La deforestación, además, está transformando los tonos de estos insectos. De acuerdo con investigaciones recientes, las mariposas poco a poco están perdiendo sus colores debido a la intervención humana. Un estudio halló que las mariposas en los bosques primarios y secundarios son mucho más coloridas que las que vuelan en bosques perturbados o fragmentados. El mismo análisis encontró que hay una relación entre las tasas de deforestación y la coloración en estos lepidópteros. Según los autores, la actividad humana está ejerciendo una presión evolutiva que favorece a las especies menos coloridas, que, ante la ausencia de cobertura boscosa, son menos vulnerables y llamativas que sus contrapartes. En pocas palabras, no solo estamos acabando con los insectos: estamos borrando el color del mundo.

Otro problema, de acuerdo con Le Crom y algunos investigadores colombianos, es la ignorancia. Sabemos muy poco acerca de los lepidópteros tropicales. Mientras que en Europa y Estados Unidos se conoce la historia de vida de cada mariposa, en países como Colombia apenas tenemos información de menos del 20%. Ese conocimiento es clave, dada la asociación evolutiva que la mayoría de las especies tienen con las plantas. La mejor manera de proteger a las mariposas es conservando los bosques, dice Le Crom. De nada sirve regular la captura de los insectos si se siguen talando los bosques y si no se estudian sus historias de vida. Tres entomólogos colombianos comparten esta valoración. 

Esos vacíos de conocimiento también ponen en entredicho las consecuencias reales del tráfico. Un estudio de 2022 encontró que mariposas y otros insectos, algunos de ellos en peligro crítico, podían comprarse con facilidad en internet a través de eBay y otras plataformas. El problema persiste: hoy centenares de páginas venden o subastan mariposas y polillas sin aparente control. Se pueden comprar Morpho cypris colombianas por poco más de cien dólares, una Morpho godarti de Perú por más de 3.000 dólares y aberraciones —el nombre que se les da a los especímenes con características inusuales— de todas partes del mundo por mucho más (en un foro especializado, se habla de la venta de una Papilio elephenor, una mariposa de la India que se creía extinta, por casi 40.000 dólares). 

El entomólogo Indiana Cristóbal Ríos Malaver lanzó este año una baraja de naipes ilustrada con lepidópteros colombianos. En las cartas aparecen algunas de las especies más buscadas por los coleccionistas: «2♣: Morpho cielo llanero. Otra subespecie endémica de los llanos. Esta mariposa sí está amenazada o vulnerable a la extinción. Solo vive en los bosques de los Llanos. Solo en esos reductos. Este bichito puesto en Europa vale miles de dólares. Hace muchos años me escribieron a ofrecerme plata por este animal»; «A♦: Prepona praeneste virago. Reina escarlata de montaña. En Colombia es supremamente rara. Vive en bosques de montaña hacia los farallones de Cali, bosque subandino. Este animal enloquece a cualquier coleccionista. Esa rareza en su biología hace que sea muy codiciada”; «A♥: Callicore ines. Tricolor colombiana. Todos sabemos que hay gente de Europa que va a recolectarla en Mocoa. Y no se hace nada».   

Le Crom defiende a los coleccionistas. Cree que el volumen de ejemplares capturados es muy bajo para afectar la población de una especie, aunque no existen estudios concretos sobre esto. Por cada mariposa que ves volando, hay 99 en una etapa de desarrollo previo, me dijo. El público general no entiende eso, añadió, y tampoco los abogados del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, que ponen un millón de trabas para poder colectar un lepidóptero. Tratan el tema de la misma manera que si fuera un mamífero, un reptil o algún otro vertebrado, dice. 

En Colombia, desde 1993, la captura de animales silvestres, incluidas las mariposas y polillas, está regulada y requiere de permisos de aprovechamiento de las autoridades (ese año, las actividades de Urbina pasaron de ser legales a ilegales con la firma de la Ley 99). La venta de mariposas y polillas hoy se restringe a casi una docena de zoocriaderos, incluido uno en Otanche, que las venden  ejemplares en el mercado local y los exporta a otros países.

Para fines científicos, otra norma de 2013 establece una serie de requisitos para poder recolectar un ejemplar de alguna especie. Estos incluyen los sospechosos de siempre en el cualquier interacción con el Gobierno —formatos, formularios, certificados, más formatos, formularios y certificados— y algunas preguntas que en el caso de los lepidópteros no tienen mucho sentido, como dónde, cuándo y qué especies va a recolectar: la mayoría de las expediciones son para descubrir qué insectos habitan cierto lugar, no para confirmar los ya conocidos. Pero incluso si se llena todo, los permisos pueden tardar meses o años, lo que se vuelve un dolor de cabeza para los entomólogos que no quieren violar la ley. 

Cuatro entomólogos colombianos mencionaron ese punto durante entrevistas. Las trabas burocráticas que existen a la hora de colectar lepidópteros no solo dificultan su estudio, sino que les dan una ventaja en la carrera científica a quienes no siguen las leyes, me dijeron. De acuerdo con Le Crom, es un caso curioso en el que la legislación que busca proteger y regular la captura de estos insectos al parecer termina entorpeciendo su conservación e impulsando el tráfico ilegal.    

***

La primera vez que alguien le mencionó al «ruso», Indiana Cristóbal Ríos Malaver se encontraba en una cabaña de una familia campesina en la Sierra Nevada de Santa Marta, a varias horas de la población más cercana. Una noche, organizaba sus luces y su tela especial para atraer polillas cuando la dueña de la casa se le acercó con una sonrisa. «¿Usted es amigo del ruso?», le preguntó. El entomólogo no supo qué responder. Cada año viene un ruso y pone las mismas luces y nos encarga que le guarde los insectos, le dijo la mujer. Paga 20.000 pesos por cada mariposa y cada polilla.   

Otros dos entomólogos, quienes pidieron que no se revelaran sus nombres para evitar retaliaciones de los involucrados, han tenido experiencias similares. También en la Sierra Nevada, en otra casa donde se reciben turistas, una investigadora fotografió una caja de madera que pertenece a Lorenzo Comoglio, un entomólogo de origen italiano que trabajó para la Universidad de los Andes, quien le pagaba al hijo de los dueños del hospedaje por colectar mariposas y polillas de manera ilegal. Comoglio luego vendía los lepidópteros por internet. (Nunca respondió las consultas enviadas). 

El ruso, un hombre llamado Víctor Sinyaev, quien se describe a sí mismo en Facebook como uno de los grandes coleccionistas de insectos de la historia, ha entrado a Colombia varias veces y se ha llevado quién sabe cuántas miles de mariposas y polillas. Lo mismo Antón Kozlov, otro ruso que sube a sus redes fotos de ejemplares colombianos, que, legalmente, no tenía permiso de capturar. Ronald Brechlin, un entomólogo alemán, ha descrito especies de polillas colombianas nuevas sin que nadie sepa muy bien cómo las obtuvo (Comoglio publicó junto al alemán una lista de polillas de la familia Saturniidae en Colombia). 

Brechlin es notorio en el gremio por hacer análisis genéticos para hallar nuevas especies. Tiene una revista llamada Entomo-Satsphingia, que carece de revisión de pares, donde publica sus resultados (ninguno de los involucrados respondió a los correos o mensajes enviados por redes sociales). 

Para los investigadores colombianos, esta fuga de especies no solo es ilegal, sino que además les roba la posibilidad de descubrir y trabajar con su propia fauna. El sentimiento no es nuevo. En el siglo diecinueve, Edward Doubleday, un naturalista británico que emigró a los Estados Unidos, escribió lo siguiente sobre el tema: «No quisiera quitarle a un estadounidense la tarea de hacer que los demás conozcan las producciones de su propio país. No soy para nada lo que la gente llama un patriota, pero sé lo poco que me gustaría que un alemán o un francés diera a conocer una amplia porción de nuestros insectos». 

El problema afecta a un grupo bastante pequeño —las decenas de lepidopterólogos que existen en el país— por lo que nadie le presta mayor atención, excepto los propios interesados. En Colombia, los entomólogos son quienes se preocupan por las actividades de personajes que llegan al país con la intención de colectar ilegalmente mariposas o polillas. Ni los jueces ni las autoridades les prestan mayor atención a estos insectos. Una fuente del grupo de la Policía Nacional encargado de monitorear el tráfico de especies dijo que no han indagado acerca del tema ni liderado operaciones encubiertas relacionadas con mariposas o polillas en años recientes.

La incautación a Casar Alos, por ejemplo, no fue fruto de la labor investigativa de las autoridades. En diciembre de 2017, Paola Marcela Triviño, una entomóloga de la Universidad Nacional de Colombia, contactó a Corpoamazonía para advertirles sobre Casar Alos. Junto a otros biólogos, llevaba semanas monitoreando las redes sociales del español, quien subía cada cierto tiempo fotos de sus recorridos y sus capturas (hoy lo sigue haciendo, aunque de manera menos asidua). 

De acuerdo con su Facebook, Casar Alos se disponía a dejar el país entre el 15 y el 17 de diciembre, escribió Triviño el 12 de ese mes. «Entonces estamos dispuestos a hacer lo que corresponda con tal que se le decomise el material que ha recolectado durante dos meses que lleva en nuestro país», añadió.

La Policía lo detuvo, pero, como suele ocurrir con los crímenes ambientales, la sanción fue leve. Corpoamazonía le quitó los insectos y calculó el impacto ambiental generado para imponerle una multa. La entidad concluyó que el impacto había tenido un costo de 6.834.500 pesos, unos 1.600 dólares, una fracción del valor de mercado de los ejemplares. Casar Alos pagó y abandonó el país. Luego, en mayo de 2025, regresó y subió a su Facebook fotos de un par de anuncios que le llamaron la atención en un aeropuerto. «Colombia, país de mariposas», dice la publicidad, que incluye imágenes de algunos de los lepidópteros más icónicos del país. Algunas de las especies que aparecen allí son las mismas que le decomisaron hace casi siete años en Puerto Nariño. 

*Este reportaje se republica como parte de la alianza con la Red Transfronteriza de OjoPúblico.

Foto de Santiago Wills

Santiago Wills

Escritor, periodista y editor. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia, una maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia y una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York, con una beca Fulbright. Sus historias se han publicado en The Atlantic, Guernica, Gatopardo, El Malpensante y otras revistas y periódicos. Ha sido tres veces ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, dos veces parte de la selección del Premio Gabo y finalista del True Story Award. Jaguar (2022), su primera novela, fue semifinalista del Premio Herralde. En 2021 ganó la Beca Michael Jacobs de Periodismo de Viaje. Actualmente trabaja en un libro de crónicas sobre el jaguar y América. Cofundador de CasaMacondo. E-mail: santiago.wills@casamacondo.co
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