El gorrión parecía vivo, con el pico entreabierto, los dedos enervados. Se lo quitaron a un gato de la boca, limpio de sangre, sin rastro de heridas. El pecho amarillo, la cabeza negra, con listones rojos; las alas y la cola verdosas, del color del musgo húmedo. Fue una oportunidad al vuelo para que Amelí asiera un pajarito por primera vez, y uno tan bonito. En sus ojos muertos flotó su rostro vivo. En los días de la realidad simulada, tratamos de que toque con los dedos cuanto pueda, lo placentero, lo roñoso, lo repulsivo… En mi escritorio hay una colección de coleópteros recogidos en las incursiones por el bosque que colinda con la casa, polillas, larvas, orugas y una exuvia, la cutícula de una chicharra, aferrada a la hoja donde ocurrió su muda. Recién acaba de aprender a caminar y ya sabe que gusanos y arañas no se tocan con los dedos. Mirar es acariciar, le digo. Ella va aprendiendo. No todo hay que ponerlo en la boca, la nariz igual desvela: el miedo de los ciempiés, la ira de las hormigas, el dulzor de los jazmines, la acidez de las guayabas. Huele, le digo. Ella arrima la nariz a las hojas y a los tallos, y a sus platos de comida. La constatación sensitiva es un modo de rebeldía en un mundo rendido a la asepsia de lo virtual y algorítmico, al oráculo de la inteligencia artificial. Se trata de exponerse al aprendizaje de las cosas, ahora que no hace falta aprenderlas, y ni siquiera recordarlas, porque también la memoria se ofrece como un recurso externo a nosotros, y de un modo instantáneo e ilimitado. Pero no creo que esto de corretear insectos y hurgar el mundo con los dedos sea una pedagogía. Es más bien un sabotaje. Aspiramos a complejizar su mirada, permitirle el desconcierto, también el riesgo, todo lo cual ocurría sin mediaciones en los tiempos en que el aprendizaje solía ser lento. Parece que acabamos de olvidarlo: las preguntas surgen de la confusión. Por eso el asombro es un obsequio. Lo mismo la vacilación, la perplejidad, incluso el miedo. Esas espinas punzan la curiosidad, propician la búsqueda. El oficio de contar es parecido. Lo vivo a diario. Se puede conjeturar el mundo de manera virtual, pero conocerlo obliga a exponerse, a ir afuera. La intemperie aviva la imaginación, ya se sabe, y sin ella nunca hay relato y rara vez hallazgo. La pregunta es, ¿qué tanto exponerse a la incerteza del que indaga sin saber del todo lo que busca? Amelí lo irá aprendiendo. Ayer descubrimos una colonia de avispas azules en el tendedero de la ropa. El plan es ir a verlas y hacerlo mudos, porque la bulla las enciende como fósforos, y los ardidos seríamos nosotros.
Exponerse a la intemperieUn padre, buscador de historias, le propone a su hija escudriñar la vida afuera, con sus riesgos y desconciertos. Él cree que el discernimiento del mundo ocurre, sobre todo, a la intemperie.Por José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
