Para aprender a leer y escribir, Luis José Vuelvas, de once años, debía caminar tres horas por una trocha de piedras y pantano desde su casa hasta la escuela que se llamaba igual que el pueblo donde vivía: Estados Unidos, un caserío del municipio de Becerril, a orillas de la serranía del Perijá, la bifurcación más septentrional de la Cordillera de los Andes, en el límite entre Colombia y Venezuela. El gentilicio de los nacidos en ese Estados Unidos caribeño es corto e inapelable: los llaman gringos. El niño llegaba tan sudoroso y cansado a la escuela que se quedaba afuera del salón de clases recobrando el aliento, después se quitaba el barro de la suela de los zapatos, se sacudía el sudor, se alisaba el cabello y entraba a aprender canciones sobre el alfabeto y los números, aunque esas lecciones parecieran inútiles en un mundo tan lejano, sembrado de bosques donde sobrevivían monos, ciervos, osos de anteojos y jaguares, quizás los últimos al nororiente del país. Era mediodía cuando hablé con él. El sudor se le acumulaba arriba de la boca. El niño estaba pensativo, decidiendo qué nombre ponerle al animal que acababan de darle para que ya no tuviera que andar, camino de la escuela. Era un burro gris, de rayas en la panza color chocolate, orejas peludas y pestañas largas. Hacía apenas un año, Carlos Alberto Támara, el alcalde de Becerril, había repartido trescientas bicicletas entre los estudiantes del centro del pueblo, llano a pesar de las montañas que lo circundan. Entonces los campesinos de los cerros le reclamaron un gesto similar y el único vehículo equivalente al artefacto de dos ruedas que se le ocurrió al alcalde fue uno de cuatro patas. En Estados Unidos el burro al fin ya no fue más la metáfora de la ignorancia. Luis José Vuelvas me dijo que el suyo se llamaría Supermán. Si fuera hembra, me confesó, lo hubiera bautizado Shakira. En un costado de la única calle del caserío la gente se aglomeraba para contemplar los animales recién llegados en un camión de la Alcaldía. En ese lugar, debajo de un almendro donde amarraron a los burros, las hordas guerrilleras y paramilitares acribillaron a familias enteras. Estados Unidos casi desaparece porque los gringos que no murieron comenzaron a marcharse. La última matazón fue culpa de alias «Treintainueve», un verdugo que ordenaba cortar cabezas, piernas y brazos al compás de vallenatos y rancheras. Pero la tierra del pueblo es buena, me dijo Julio Enrique Vuelvas, un campesino sin hijos y sin nietos que lleva cincuenta años en Estados Unidos y que nunca se marchó. La más feliz con la idea del nuevo transporte escolar fue Yesenia Hernández, la profesora de la escuela, porque los niños llegarían menos cansados y, a lo mejor, aprenderían más, yendo y viniendo por los cerros, cantándoles las canciones del abecedario y de los números a sus compañeros los burros.
Burros y canciones del abecedarioEl autor de este relato viajó a Estados Unidos, un caserío del municipio de Becerril, en la serranía del Perijá, el día en que la Alcaldía repartió asnos para que fueran el transporte escolar de un grupo de niños. Una historia mínima para leer en voz altaPor José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
