Supe de un hombre denunciado por violar a su mascota, una perra de pelaje negro y mirada asustada. El animal murió por una hemorragia tras sufrir una agresión sexual sistemática. El responsable resultó ser un abuelo de setenta años que reconoció el abuso sin rastro de vergüenza. Antes de 2016, en Colombia no había una pena de cárcel para los maltratadores de animales. El hombre vivía en San Judas, un barrio del centro de Cali. Era un sujeto pequeño, de manos huesudas y nariz encorvada, con la apariencia de un perico viejo. Casi dos meses después de la muerte de la perra, decidí buscarlo. Tan pronto le mencioné el motivo de mi visita guardó silencio, retrocedió y cerró la puerta con un golpe seco. Quizás pensaba que el uso de una mascota como objeto sexual era apenas uno de tantos usos domésticos. Su sevicia no era irrelevante y mi intención era morderlo, obligarlo a responder. La criminología moderna advierte que el maltrato animal es un precursor estadístico de la violencia contra humanos. Los agresores sistemáticos de perros y gatos tienen hasta cinco veces más probabilidades de cometer delitos violentos contra personas. Felizmente, la Ley 1774 reconoció a los animales como seres sintientes. Pero el novedoso sistema de protección animal que se inauguró con ella padece una esquizofrenia jurídica. Mientras el Código Penal colombiano les otorga derechos, el Código Civil todavía los clasifica como «bienes muebles», objetos de la propiedad privada, es decir sometidos a la autoridad de sus dueños, sin importar que sean compañeros admirables o pelambreras deleznables. En un país de crímenes atroces contra seres humanos, las mascotas abusadas deben esperar su turno en el extremo de una cola larguísima, de horrores consuetudinarios. Los registros confirman que la justicia solo ha dictado unas trescientas cincuenta sentencias desde 2016, año de la promulgación de la primera ley animalista. Poquísimas en un país de malhechores. Hasta ahora, las normas son más bien gruñidos de advertencia. Yo me recuerdo latiendo afuera de la casa del anciano violador allá, en el centro de Cali. Tras su reacción huidiza volví a tocar su puerta, pero se refugió detrás de una cortina, en una ventana que daba a un jardín sin flores. Desde allí gritó una frase que escribí en la historia que publiqué después. Me dijo que Dios le había dado autoridad al hombre sobre los animales «para que hiciera con ellos lo que le diera la perra gana». Pudo decir puta gana, maldita gana, jodida gana. Perra gana fue una ironía, una última agresión, su palabra más humana.
La palabra más humanaLa justicia ha endurecido las sanciones contra el maltrato de perros y gatos, sin embargo la impunidad sigue siendo la norma. Los agresores sistemáticos tienen hasta cinco veces más probabilidades de cometer delitos violentos contra personas. Por José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
