El carro atropelló a la anciana en El Jardín, en una de las lomas de la comuna nororiental, un jueves por la mañana. Era un camión de carnes, recién vaciado de su carga de cerdos rebanados. Se llamaba Margarita. Iba con un vestido azul, el cabello bajo una diadema de flores. Uno que vio el accidente dijo que la mujer se le atravesó a la muerte por esquivar un calvario en el suelo, un pequeño nicho en piedra con una cruz de cemento que marcaba el lugar donde habían baleado a dos hombres. Yo había subido al barrio a hablar con alias «El niño», jefe de una banda al servicio de La Terraza, el sindicato criminal más temido en esos días en Medellín, y todavía. No vi el atropello, solo a la anciana acurrucada sobre sí misma, su sangre mezclada con la que destilaba el camión desde antes de golpearla. Un anciano la cubrió con una sábana que una mujer sacó de su casa entre oraciones entrecortadas por el llanto. No me quedé a ver más. Una llamada canceló la cita prevista, quién sabe si por el gentío y el nudo de carros, intentando subir y bajar por la calle tan estrecha. Unos días después volví. En el calvario, junto a la cruz, había ahora una virgen con el niño en brazos. La había puesto el anciano que cubrió el cuerpo con la sábana. Era su esposo, se llamaba José Bastidas. Él y Margarita habían venido de Cocorná, un pueblo en las montañas del oriente antioqueño, martirizado por guerrilleros y paramilitares. Una vecina me contó que a un hijo de ambos lo habían amarrado a un árbol de aguacate y que lo habían matado a golpes de culata. De nada sirvieron los ruegos. En adelante, siempre que estuve cerca de El Jardín, pasé a saludarlo. Solía estar afuera de su casa, sentado en el suelo, sonriéndole a los que pasaban. Una vez me contó que le había caído una estrella en la cabeza. Años después hice un cuento con esa confesión, un relato mínimo de cien palabras que, por cosas de la buenaventura, terminó impreso a colores en un vagón del metro de Medellín. Yo estuve allí, en su primer viaje, invitado por quienes lo eligieron para cruzar la ciudad una y mil veces. El cuento decía: «La cuerda se reventó y la cometa huyó en desbandada, caracoleando, apresurada por irse no se sabe adónde. Cruzó los cables del teleférico, ellos la vieron. Surcó la cancha de fútbol, la cúpula de la iglesia, el techo del colegio, el bosquecito de araucarias al lado del camino que sube al barrio, y en ese punto desapareció. Los vecinos oyeron que el armazón a colores y en forma de estrella había aterrizado manso en la cabeza de don José Bastidas, viudo desde comienzos de agosto, ahí sentado en la puerta de su casa, rogándole al cielo una señal para seguir viviendo».
Una estrellaUn camión mata a una mujer. El esposo se sienta en la puerta de su casa a esperar una señal del cielo y el autor de esta columna decide escribir un cuento que termina cruzando la ciudad en el Metro de Medellín.Por José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
