Tras el recuento, dos candidatos al concejo municipal obtuvieron la misma cantidad de votos. El empate amenazó con iniciar una revuelta entre los seguidores de ambas campañas. Era entendible. Los patrocinadores de un aspirante recién elegido esperan que les paguen con contratos; los de su ejército de hormigas con trabajos remunerados; los habitantes de los barrios más devotos con aceras, parques, postes de luz, alcantarillados al fin. Las autoridades del pueblo extendieron el toque de queda aquella noche y los candidatos acordaron reunirse a primera hora del día siguiente en la Registraduría. La ley establecía como único recurso de desempate un juego de azar: disponer dos papelitos con los nombres de los aspirantes en una bolsa y sacar un ganador, como si fuera la rifa de un pastel recién horneado. Las campañas aprobaron el procedimiento, pero no lograron ponerse de acuerdo sobre qué mano sacaría el papelito ganador. El jefe de la registraduría se excusó, dijo que prefería no sentenciar la buena suerte de unos y la mala suerte de otros. Propusieron que fuera el alcalde, pero era del mismo partido político de uno de los contendientes; entonces que el director del hospital, pero le había atendido ya dos partos a la esposa de uno de ellos; entonces que el comandante de la Policía, pero le había recibido al otro una ternera de regalo para la cena de Navidad. A la una de la tarde, los aspirantes al concejo municipal no habían logrado ponerse de acuerdo sobre quién sacaría el papelito ganador y la Registraduría se fue convirtiendo en una gallera por culpa de quienes apostaban a favor de uno o de otro. Pueblo aurífero. La noche los alcanzó en esa disputa sin resolver. Que el profesor de la escuela, que el boticario de la farmacia, que el administrador de los billares, que el dueño de la carnicería, que un niño ciego de la escuela. Todos resultaban impedidos por algún tipo de proximidad indeseable, de parentesco hasta entonces inadvertido. De pronto, en el tumulto de voces, alguien recordó que esa mañana había llegado al pueblo un nuevo sacerdote, el padre Arcángel. A él fueron a pedirle ayuda. Una hora más tarde, con el papelito entre los dedos, el sudor ardiendo en los ojos, el sacerdote enviado de Dios dudó, tragó saliva, giró un poco la cabeza, acercó el papel, lo alejó, y, al fin, proclamó al escogido por la divina providencia. Todo lo demás fue algarabía. No recuerdo cuántas llamadas hice al pueblo. Al alcalde, a los candidatos, al comandante de la Policía, a los apostadores. Habrán sido nueve, diez, quince llamadas. Tantas para imaginar lo que nunca vi. Esa historia fue una de las primeras que publiqué al comienzo de mi carrera, en El Colombiano. Sucedió en Zaragoza, a orillas del río Nechí.
El padre ArcángelEsta historia es sobre un empate electoral en un pueblo aurífero de Antioquia, sitiado por el toque de queda y la codicia de una jauría de apostadores. La suerte de las urnas terminó en manos de un recién llegado, libre de culpas y de deudas de favores.Por José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
