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Sebastián Di Doménico, un fotógrafo de naturaleza colombiano, lleva más de siete años documentando las vidas de los osos andinos a las afueras de Bogotá. Una crónica sobre la fragilidad de esta especie.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

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—¡Ese, ese de ahí es el Estrello! 

Desde el asiento del copiloto, Sebastián Di Doménico —fotógrafo de naturaleza, embajador de Sony para Latinoamérica y aficionado a escuchar música de videojuegos en los viajes— señaló una valla al lado de la carretera. Acomodó sus gafas de transición y una bandana con la imagen de un jaguar sobre su cabello antes de aplastar su rostro contra el vidrio. La imagen carbón de un oso andino pasó rápidamente a la derecha de la camioneta. 

—Antes le decían Estrella porque pensaban que era una hembra— dijo Di Doménico conforme avanzábamos hacia el pantano. 

El Estrello tenía entre 20 y 30 años, hocico crema y las marcas blanquecinas en forma de espejuelos que le dan el otro nombre común a su especie: oso de anteojos. Esas mismas manchas son en parte responsables de su nombre científico, Tremarctos ornatus, del griego trema (hoyo) y arctos (oso), y el latín ornatus (decorado). En la frente, sobre pupilas cobrizas, una mancha nubosa con silueta de diamante permitía reconocerlo de inmediato. Tenía parches de canas en el rostro en las últimas imágenes que le tomaron.

—Desde el año pasado no volvió a aparecer —añadió Di Doménico, bajando la voz—. Probablemente, está muerto.

Era una madrugada de noviembre de 2025 y ascendíamos por una vía sinuosa hacia el Parque Natural Regional Vista Hermosa Monquentiva, un área protegida a un par de horas de Bogotá. El Estrello y otros osos solían caminar por esa zona, antiguamente conocida como el Pantano de Martos, llamada así por un ciudadano holandés, quien, según la leyenda local, drenó a mediados del siglo veinte una laguna en busca de oro indígena. El terreno se convirtió en un hogar de paso de la única especie de oso que aún sobrevive en Sudamérica. Di Doménico acaba de publicar un libro dedicado a este animal con Villegas Editores. Allí había tomado muchas de las fotos. 

Conozco a Di Doménico desde hace poco más de dos años, cuando me acompañó en una asignación para escribir una crónica sobre el viento. Durante alguno de los trayectos por la costa colombiana, me mostró algunas de sus fotos de osos andinos. Desde entonces, le insistí que me dejara acompañarlo en uno de sus viajes. Ese día de noviembre finalmente lo logramos. 

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El Estrello. Foto cortesía de Sebastián Di Doménico.

Tenía la esperanza de poder conocer algunos de los osos que había visto en sus fotos, aunque me había avisado que no me hiciera ilusiones.   

En la carretera, pasamos junto al Bar Restaurante Miosito y otros negocios alusivos al animal. Di Doménico, a quien sus amigos conocen como Dido o Itadori, por un personaje del manga Jujutsu Kaisen, anunciaba algunos de los puntos donde se había cruzado con osos en la vía. 

—Por acá aparece Pocillo— dijo sonriendo. Le dicen así porque le falta una oreja. Es conocido porque ataca sin aparente causa a las personas, algo extraño en la especie. En una ocasión, a un guía amigo suyo se le acercó corriendo, lo abrazó y lo arrojó al piso. No le hizo daño, pero el susto fue mayúsculo. 

Los machos en la zona pueden medir casi un metro y medio y pesar casi 160 kg, aunque en otros lugares —la especie se encuentra en páramos, valles y bosques húmedos y nubosos en franjas de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina— hay registros de osos de casi 250 kg, unas tres veces el peso de un gran danés. No se sabe el tamaño exacto de Pocillo, pero nadie recomienda lidiar con él.

Di Doménico extendió los brazos hacia adelante dentro del auto, imitó el ataque del oso y se rio. Está acostumbrado a los encuentros con osos andinos. Contabilizó 87 encuentros en 2024 y 82 en 2025. Antes no llevaba esos registros, pero calcula que en total ha tenido cerca de 400 avistamientos en los más de siete años que lleva persiguiendo a esta especie. Se trata de una rareza, pues son animales esquivos que desconfían con razón de las personas. 

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Niebla comiendo en el páramo. Foto cortesía de Sebastián Di Doménico.

Como los osos pardos (Ursus arctos arctos) en Europa y Asia, la historia de los osos andinos se entrelaza con la de las personas. Su relación no es tan antigua como aquella en el Viejo Continente —hay restos de un neandertal enterrado al lado de un oso hace cerca de 80 mil años en la cueva de Le Regourdou, en el este de Francia—, pero es igualmente rica. La cultura Mayo-Chinchipe-Marañón en Ecuador y Perú modeló pequeñas efigies realistas del animal, a quien, al parecer, ya se reconocían por su rol como jardinero y escultor del bosque. 

Los osos andinos son omnívoros, aunque se alimentan principalmente de plantas en casi todo su rango. En los páramos cerca de Bogotá, por ejemplo, comen sobre todo especies del género Puya, enormes bromelias con hojas de hasta un metro de largo que recuerdan al agave, así como frailejones (Espeletia), icónicas plantas de ese ecosistema con tronco grueso y hojas suculentas en forma de capote por el que reciben su nombre. Devoran el centro de las puyas deshojándolas, como si fueran alcachofas, o abren el interior de los frailejones, como si fuesen palmitos. De esa manera, regulan la cantidad de esas plantas en el páramo. 

En bosques de otros países pueden esperar días frente a árboles cargados hasta que sus frutos estén lo suficientemente maduros para cosecharlos y engullirlos. Luego dispersan las semillas mientras recorren territorios que abarcan decenas o cientos de kilómetros cuadrados (Pocillo, por ejemplo, ha sido visto en Siecha, una población a 150 km de Guatavita, el municipio donde se encuentra el Pantano de Martos). Son vehículos de migración para las plantas, intermediarios entre el piedemonte amazónico y los páramos andinos. 

A veces también comen basura o carroña y cazan lagartijas o pequeños mamíferos como ratones y cuyes. No son cazadores elegantes. Uno de sus métodos preferidos es pararse en dos patas frente a su presa y dejarse caer encima para aplastarla, como si fueran luchadores mexicanos, dice Di Doménico. En casos excepcionales, se los ha visto depredando vacas u ovejas, debido a la ausencia de plantas o frutos o a la invasión indiscriminada de su territorio. No son sus presas naturales, pero tienen la fuerza y un par de garras del tamaño de navajas para matarlas. 

Varios pueblos sudamericanas ansiaron sus rasgos. La cultura moche esculpía figuras de hombres oso, seres con fuerza descomunal y poderes divinos. En Perú, persisten historias sobre ukukus: hijos de osos y mujeres humanas raptadas por los animales; una fusión de mitos locales con leyendas importadas durante la Conquista. Como cuenta el historiador francés Michel Pastoureau en The Bear: History of a Fallen King, los osos fueron unas de las principales divinidades de los pueblos de Europa hasta que la Iglesia católica impulsó su caza indiscriminada en un esfuerzo por eliminar cualquier rezago del paganismo.

En Sudamérica, los europeos también impulsaron de una u otra forma la cacería del oso andino. Para el siglo diecinueve, era un ritual de iniciación en la aristocracia criolla, como muestra una escena de María, la novela colombiana de Jorge Isaacs. En este país, en Ecuador y Perú, jóvenes que buscaban imitar las tradiciones europeas irremediablemente dirigían sus armas contra el único oso disponible a su alrededor. 

Hoy se estima que la especie ha perdido al menos la mitad de su rango histórico. Se encuentra clasificada como vulnerable en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y sus números descendieron de poco más de 18.000, en 1998, a entre 2.500 y 10.000 en la actualidad. 

—Evitan a los humanos— dijo Di Doménico, aunque cada vez es más difícil por la destrucción de su hábitat y la terca expansión de la frontera agrícola. 

En todos los países hay conflictos entre los osos y la gente, que los acusa de matar su ganado, en poquísimos casos con razón. La caza sigue por ese problema y los osos no son tontos: saben que es mejor huir cuando aparece una persona.

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Niebla y su hijo observan al fotógrafo. Foto cortesía de Sebastián Di Doménico.

Cuesta observarlos, a pesar de que son animales principalmente diurnos. O por lo menos es complicado encontrarlos sin algo de suerte, tesón o paciencia, como aprendió Di Doménico. 

Vio su primer oso cuando tenía 23 años. Ocurrió en un árbol de un bosque nublado de Ecuador en 2016. No le prestó demasiada atención. En esa época, estaba dedicado a los reptiles y anfibios, los animales que lo habían enamorado cuando estudió Biología en la Universidad de los Andes. Leía en clase sobre aves, mamíferos y peces, pero, salvo algunas salidas de campo, aquellos seres eran de cierta manera incorpóreos. Podía observarlos en documentales de naturaleza, sí, pero podrían haber sido criaturas fantásticas como las que veía en sus animes favoritos, al menos en ese tiempo. Los reptiles y anfibios, en cambio, sí existían: profesores invitados llevaban ranas, sapos y serpientes que saltaban, croaban y serpenteaban entre los dedos de los estudiantes en las aulas de los Andes. Los mejores días, Di Doménico sentía las patas como chupas adhiriéndose a su palma, las escamas deslizándose sobre su piel. 

Se enfocó durante gran parte de su carrera en la herpetología, la ciencia que estudia los anfibios y reptiles. Sin embargo, luego del grado, no quería dedicarse a la academia o a investigar sin más a esos animales en campo. Preocupados, sus padres lo sentaron a preguntarle por su futuro. Di Doménico se quedó mudo y se puso a pensar algo que debía haber pensado hacía tiempo. 

Desde niño, le gustaba tomar fotos. Cuando tenía 12 años, viajó a la Patagonia con sus padres y gastó toda la memoria de la cámara digital familiar intentando captar (sin éxito) un cóndor. Luego, durante la carrera, empezó a llevar una cámara en las salidas de campo. Al regresar, les mostraba las fotos a sus amigos, quienes se emocionaban con las imágenes de aves, víboras o ranas venenosas de amarillos, verdes y azules estrafalarios. Ahí había algo, se había dicho varias veces, una herramienta de conservación diferente a aquellas que le habían enseñado en la carrera. Tras un largo silencio, mayormente para sus padres, les dijo que quería dedicarse a la fotografía de naturaleza. Y botar la carrera al inodoro: eso lo pensó, pero no lo dijo.

Viajó a reservas cercanas y tomó fotos de los animales que conocía. Publicó algunas y ganó cierto reconocimiento que, con el tiempo, le permitió empezar a liderar tours de fotografía de naturaleza. (Como pasa con muchas carreras «creativas», la mayoría de fotógrafos de naturaleza no vive de la venta de sus fotos, sino de viajes guiados y talleres). Vivió un tiempo en Ecuador, guiando expediciones en la Amazonía en busca de serpientes y ranas para Tropical Herping, una compañía de ese país. Fue por esa época cuando vio al oso andino. Estaba en un árbol lejano —contrario a lo que puede pensarse, son bastante hábiles trepando— y no tenía un teleobjetivo para poder tomarle una buena foto. Su jefe le tuvo que prestar su cámara para que capturara a la especie que comenzaría a seguir sin tregua un par de años después.  

Di Doménico es probablemente la persona que más ha fotografiado al oso andino en Colombia. Tiene imágenes de oseznos saltando y retozando sobre la espalda de su madre; un macho —rostro recubierto de sangre oscura— devorando el cadáver descompuesto de una vaca; y un enorme oso sentado rascándose una pierna como si estuviese tocando una guitarra. Sin embargo, le costó sentir esa ternura natural que suele embargarnos al ver a los animales de esa familia y que nace, en parte, de su popularidad como peluches infantiles. 

La historia de esos juguetes está bien documentada. Los abrazamos en la cuna debido a Theodore “Teddy” Roosevelt, el vigésimo sexto presidente de Estados Unidos y un prolífico cazador que mató miles de animales en sendas expediciones en África, Asia y Sudamérica. Durante una de sus cacerías, Roosevelt le perdonó la vida a un osezno negro. A partir de ese momento, y con la ayuda de medios de comunicación y visionarios del mundo de los juguetes, los ositos de peluche —Teddy bears, en inglés— pasaron a ser un regalo de novios en problemas, tíos descuidados y padres amorosos.

Hasta donde recuerda, Di Doménico no tuvo osos de peluche (tuvo culebras, mantarrayas y otros animales de felpa más bien extraños). Tampoco se desvivía por los osos andinos, como sí lo hace por los jaguares, por ejemplo. La decisión inicial de pasar días completos congelándose bajo la lluvia a la espera de algún oso en los páramos de Colombia fue más bien práctica: necesitaba un portafolio de un animal que ningún otro fotógrafo de naturaleza superase. 

Había ganado premios y quedado de finalista en algunos concursos de fotografía importantes, como Agenda del Mar, pero había sido con imágenes variadas: un colibrí pico de hoz puntiblanco de plumas verdes tornasoladas, una anaconda aferrándose con un abrazo a un tronco en la Amazonía, una rana de piel mango biche y ojos extraterrestres sosteniendo sus huevos en una tallo de la selva ecuatoriana. En ese sentido, sabía que tenía talento para los herpetos y las aves (en 2021, quedó de finalista del Wildlife Photographer of the Year, los Óscar de la fotografía de naturaleza, con una foto de un tucán atrapando un murciélago en su pico negro, amarillo limón y cielo), pero también era consciente de que otros fotógrafos tenían más talento. Por ello, buscó portafolios de especies carismáticas que habitaran en ecosistemas cercanos a Bogotá. Sorprendentemente (o quizás no tanto, dada la relativa dificultad para avistarlos), solo había un par de trabajos relacionados con osos andinos y la mayoría eran de Ecuador o Perú. En 2018, al año siguiente de haber visto su primer oso, tomó su equipo y recorrió el hábitat de la especie a las afueras de la capital colombiana. Halló uno de los mejores escenarios en el Pantano de Martus.

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Niebla en dos patas. Foto cortesía de Sebastián Di Doménico.

—No le prometo nada, pero llegamos a buena hora— dijo Di Doménico mientras me mostraba el lugar de parqueo. 

Ubiqué la camioneta en un espacio al lado de la carretera. Faltaban unos diez minutos para las ocho de la mañana y el sol iluminaba con cierta timidez los restos de la antigua laguna. Di Doménico se bajó, le puso un lente 600 mm a su cámara Sony y me dijo que me quedara junto al carro, en tanto revisaba las faldas de los montes a nuestro alrededor. 

Se alejó lento entre musgos, pastos ocres y arbustos pálidos. Decenas de Digitalis purpurea, una planta nativa de Europa, África y Asia introducida a Colombia quién sabe por quién, espolvoreaban de violeta el campo. Tardó en perderse: parecía una sombra verdosa de más de metro ochenta caminando entre rastrojos color trigo. Pasó junto a puyas y arbustos hasta llegar al inicio de la vieja laguna. Allí empezó a revisar las montañas. 

Lo observé un rato hasta que me aburrí. Luego bajé, saqué mi cámara y me dispuse a fotografiarlo mientras caminaba de regreso. La cámara no prendió. Había llevado una pila descargada a un viaje que esperaba desde hacía más de dos años. Me insulté a mí mismo en voz alta. Empecé a contarle a gritos a Di Doménico mi novatada cuando una masa negra cruzó la carretera a unos treinta metros de distancia. Giré a mi derecha al tiempo que mascullaba con voz sibilante un bajo: “¡Ossssssoooooo!”.

Una osa se detuvo un segundo en medio de la vía y me miró con aparente hastío. Di Doménico corría hacia donde estaba alzando el enorme teleobjetivo. Seguramente ofuscada —lo más probable es que hubiéramos interrumpido su desayuno, me dijo después Di Doménico—, la osa se adentró en una especie de cañada recubierta por árboles y rastrojos. La seguimos, pero no era posible verla. Escuchamos el crujir de las hojas de la puya en su boca a un puñado de metros. Después, silencio. 

—Creo que se durmió —susurró Di Doménico antes de alejarnos—. Esperemos junto al carro a ver si vuelve a salir. 

Lejos de la osa, le describí emocionado lo que había alcanzado a retener: un bulto negro obsidiana, no tan grande como el de los machos en sus videos, con un rostro casi libre de marcas. Tenía, quizá, un par de pelos blanquecinos cerca de la frente, pero casi todo era un negro profundo. Una sombra en medio de la carretera. 

Cuando Di Doménico empezó a subir fotos de osos andinos de la zona a Instagram, mucha gente le escribió corrigiéndolo. Se trataban de osos negros (Ursus americanus), le decían. Era increíble que un fotógrafo de naturaleza no supiera diferenciar una especie de la otra. En Colombia, los osos andinos a veces tienen los rostros negros, les explicaba Di Doménico. Es decir, no tienen los célebres anteojos de sus contrapartes en otros países (el Oso Paddington, un querido personaje de la literatura infantil británica y el oso andino más famoso es, por lo demás, marrón). Esa ausencia de marcas, por lo demás, dificulta su identificación. 

Quizás fue Niebla, me dijo Di Doménico una vez nos sentamos frente a las llantas del auto. Niebla tiene entre ocho y diez años y Di Doménico lleva documentando su vida alrededor de unos cinco. Como el Estrello, es un animal tranquilo, que tolera la presencia humana, aunque no al mismo nivel. Una mañana, Di Doménico halló al Estrello a pocos pasos del lugar donde estábamos sentados. Tenía un hide, una estructura camuflada para mezclarse con el terreno, y le tomó fotos durante horas. En cierto momento, escuchó a un grupo de personas acercándose. Grupos de moteros y excursionistas a menudo visitan la zona, por lo que no era algo raro, pero tenía miedo de que ahuyentaran al oso. Lentamente, volteó a mirarlo. El Estrello hizo lo mismo. Di Doménico se escondió bajo el hide y el oso se agachó lo mejor que pudo en un arbusto cercano. Permanecieron ahí, en silencio. Cuando el grupo se alejó ambos levantaron la cabeza y volvieron a mirarse. 

Con Niebla no tiene la misma relación, me dijo, pero es una osa que, siempre y cuando no cometas un error —ruidos o movimientos bruscos, acercarse demasiado, llegarle muy de frente—, puede estar allí horas sin prestarte atención. Y cada vez es más tranquila, añadió.

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El Estrello en sus últimos años. Foto cortesía de Sebastián Di Doménico.

Di Doménico tardó dos años en dejarse cautivar por la especie. Una mañana en 2020 encontró a una osa llamada Lunita y a su cachorro acostados junto a un árbol. El osezno hacía equilibrio sobre la espalda de su madre. Otro día se trepó sobre su madre y luego desde allí se agarró de una rama para subirse a un árbol. Lo bautizaron, cómo no, Monkey. A Lunita, Di Doménico la conocía desde que tenía el mismo tamaño de su cría. Tiene una foto de ella a más de un metro sobre el suelo trepando el delgado tronco de un Espeletia killipii, un frailejón endémico. 

—Cómo no tragarse después de ver eso —dijo ahuyentando tábanos y moscas en la sombra de la camioneta.

Esperamos casi una hora en vano. Ni la osa que había atravesado la carretera ni ningún otro oso apareció en los alrededores, así que nos paramos y dimos una vuelta. El terreno era desigual y repleto de hoyos de lodo cubiertos por colchones de musgo. Mariposas negras y amarillas revoloteaban entre los arbustos. Restos de puyas masticadas por osos marcaban el camino. Había unas hojas oscuras de una de las últimas comidas del Estrello y unas macilentas y verdes de una cena reciente de Niebla.  

Di Doménico escaneó el terreno. Puntos más oscuros de lo usual podían ser osos, me dijo. Cuando veía uno, usaba unos binóculos y tomaba una foto y luego hacía zoom para comprobar si era un animal o una piedra. Esa mañana solo había piedras. Ya está haciendo demasiado sol para que estén activos, dijo. De regreso al auto, se detuvo y se rascó levemente la barba castaña rojiza. Tal vez la osa no era Niebla, sino una hembra nueva que viene avistando desde hace un par de meses. Alzó las cejas y siguió caminando, lamentándose por no haber conseguido fotografiarla. 

Permanecimos un par de horas más en los alrededores del pantano, pero no vimos más osos. En el camino de vuelta a Bogotá, Di Doménico estaba preocupado porque pronto se cerraría el plazo para enviar fotos al Wildlife Photographer of the Year. Tenía varias que pensaba enviar. Paul Nicklen, un reputado fotógrafo de naturaleza canadiense ganador del Wildlife en 2012, acuñó una suerte de filosofía de trabajo conocida como la regla 20-60-20. La idea es la siguiente: el 20% del tiempo de un avistamiento debe dedicarse a fotos seguras que retraten al animal; el 60% debe usarse para buscar tomas creativas y diferentes ángulos para obtener imágenes diferentes; y el 20% restante debe reservarse para intentar capturar fotografías únicas o imposibles, las que ganan premios. No es sencillo seguir la regla cuando los animales son reacios a dejarse ver, pero Di Doménico ya ha pasado tanto tiempo con el oso andino que tiene fotos de todo tipo. Ha publicado algunas de ellas en National Geographic, The Guardian y otros medios. En 2025, la BBC le escribió para comprarle algunas, algo con lo que soñaba desde que decidió dedicarse a la fotografía. Y cada año, como tantos otros, aspira al Wildlife, ojalá con la foto de un oso.

Tiene varios proyectos para el futuro. Está apoyando un documental sobre osos en Chingaza. Empezó a liderar tours para fotografiar jaguares en el Pantanal, en Brasil, y el próximo año guiará también otros viajes por el mismo animal en Bolivia. Quiere empezar a dedicarle la mitad del año a los jaguares y la otra mitad a los osos. 

También tiene pendiente un portafolio completo del Estrello, me dijo poco antes de que lo dejara en su casa. Le dolió su muerte. En diciembre de 2024, cuando lo vio por última vez, tenía los dientes rotos y cojeaba por un ataque de otro oso. Un mes después, un campesino de la zona le contó que había un fuerte olor carroña proveniente de una montaña cercana donde el Estrello solía moverse. Di Doménico fue apenas pudo. Pasó horas intentando dar con el cadáver sin éxito. 

Antes de que desapareciera, había hablado con un guardaparques del área sobre el oso. 

—Sebas, ¿qué vamos a hacer cuando se nos muera este bicho?—, le preguntó el guardaparques, quien se había convertido en un buen amigo. Di Doménico no supo qué responder. Había fotografiado al Estrello peleando, comiendo, durmiendo, corriendo, viviendo. 

El guardaparques le ofreció una respuesta que lo tranquilizó: 

—Bueno, todavía nos queda Niebla.   

Esta historia se publicó originalmente en la revista mexicana Perpetuo.

Foto de Santiago Wills

Santiago Wills

Escritor, periodista y editor. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia, una maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia y una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York, con una beca Fulbright. Sus historias se han publicado en The Atlantic, Guernica, Gatopardo, El Malpensante y otras revistas y periódicos. Ha sido tres veces ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, dos veces parte de la selección del Premio Gabo y finalista del True Story Award. Jaguar (2022), su primera novela, fue semifinalista del Premio Herralde. En 2021 ganó la Beca Michael Jacobs de Periodismo de Viaje. Actualmente trabaja en un libro de crónicas sobre el jaguar y América. Cofundador de CasaMacondo. E-mail: santiago.wills@casamacondo.co
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