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Crónica
Colombia vs. Venezuela, un clásico de fútbol entre policías, vigilantes de frontera
Mientras los gobiernos de Bogotá y Caracas movilizaban tanques y retórica bélica en 2010, en el confín más árido de La Guajira la guerra era un espejismo. Allí, donde el viento hace añicos las banderas y el desierto se une con el mar, policías colombianos y guardias venezolanos pactaron su propia paz sobre una cancha de arena.
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Colombia Vs Venezuela
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El final del mundo, este al menos, limita con el mar azul del Golfo de Maracaibo, anaranjado cuando el sol se pone, plateado en las noches de luna llena. Atrás está el desierto de La Guajira, extenso como un país. Duro, seco, muerto casi todo. Nada prospera en esta inmensidad, solo los cactus que, más lejos de la costa, crecen juntos y forman bosques en los que pastan chivos y ovejas sin lana. También hay trupillos, un árbol espinoso de hojas altas y diminutas. Lo demás es polvo y viento. 

En pocos lugares del mundo soplan ráfagas tan poderosas y constantes. Parece como si algo en la máquina celeste se hubiera descompuesto y su avería se manifestara aquí, sobre esta tierra baldía que comparten, de un lado Colombia, del otro Venezuela. Pero algo desconcierta en el paisaje, en este escenario de película donde podría filmarse la última batalla entre los ejércitos del cielo y del infierno: atrás de dos cerros de tierra compactada hay una cancha de fútbol, o eso parece.

Está sobre el camino entre dos casas separadas mil y tantos pasos, las únicas a kilómetros a la redonda, una de techo verde, la otra de techo rojo. Son las guarniciones de la Policía Nacional de Colombia y de la Guardia Nacional Venezolana. Ahí en medio está esa cancha perdida en la inmensidad. Las porterías están hechas con tubos de plástico y las redes son chinchorros de pesca. Los bordes del área, las líneas laterales y el centro del campo están demarcados, son surcos.

Aunque del todo artesanal, aquello no parece un trabajo improvisado: el centro de la cancha, donde se pone el balón después de un gol, es justo, según las coordenadas invisibles, el que designa el final de un país y el comienzo del otro, de tal suerte que un arco está del lado colombiano y el otro del lado venezolano. En el suelo se ven pisadas de burros y de chivos que seguro pasaron en la madrugada. En las hendiduras de sus cascos, por efecto prodigioso del aire y la humedad del océano, se forman escarchas de sal que parecen nieve. ¿Quién juega fútbol aquí?

Doce hombres se ven caminar de un lado, nueve del otro. A pesar de que ya son las cuatro de la tarde y lo peor del calor ya pasó, las figuras reverberan a la distancia como un espejismo. Los dos grupos se dan la mano, se palmotean la espalda, se contestan insultos, se abrazan. Es la segunda vez que se ven esta semana. Están aquí para desquitarse del partido de hace tres días. No todos jugarán al mismo tiempo, al menos dos policías deberán quedarse por fuera, detrás de los arcos, para evitar que el balón se escape en los disparos más desviados, o cuando alguno rompa de nuevo los chinchorros que hacen de redes. 

Viajé hasta ese confín del mundo en mayo de 2010, en compañía del fotógrafo Joaquín Sarmiento. Los analistas mejor pagados de la televisión aseguraban que esos días eran prebélicos. Para justificar su pesimismo recordaban la autorización de uno de los presidentes para instalar bases militares norteamericanas en su territorio y las arengas del otro, iracundo, ordenando movilizar tropas a la línea fronteriza, sus tanques nuevos, sus aviones de película. 

Había que aceptarlo: en un campeonato mundial de la idiotez, los políticos disputarían el título de campeón. De ser cierto el vaticinio de una guerra entre dos países hermanados por la historia y la geografía, era probable que el inicio de las escaramuzas bélicas se produjera allí, en ese extremo del desierto. Los estrategas militares vaticinaban que las primeras salvas sonarían en la madrugada, con el cielo aún a oscuras, o cayendo la tarde, la luz apagándose, el viento de un lado a otro, gimiendo como un niño asustado, mezclando gritos, llanto, arena sobre la sangre de los muertos. 

En esos días, se suponía, por resolución oficial, colombianos y venezolanos nos odiábamos, nos desconfiábamos mutuamente. Pero no era así, no allí, en el extremo norte del desierto de La Guajira, en la orilla oriental del Golfo de Maracaibo. Aquel día era un domingo. Protegidos por los dos cerros que frenan las ráfagas de viento venidas del mar, las dos misiones fronterizas comenzaron su propia confrontación, un partido de fútbol sin moneda al aire, ni himnos ni árbitros, solo los pájaros oceánicos, pelícanos, flamencos y albatros cuyas sombras caían sobre el desierto como papel picado. 

Si el anuncio de una guerra se produjera mientras jugaban, estos hombres vestidos de pantaloneta y zapatillas de fútbol resolverían el partido con penaltis, uno por cada jugador, para que ninguno se quedara sin disparar. Ya habían bromeado con eso y habían decidido que estaba prohibido empatar. Los colombianos llevaban camisas verdes, los venezolanos rojas. A veces, un policía cambiaba de bando para suplir la ausencia de algún contrario que, a último momento, debía quedarse contestando la radio de comunicaciones, cuidando el armamento, o recuperándose de una torcedura de tobillo sufrida en el último partido. 

La nómina de Colombia en la frontera era con Moreno, Villa, Ríos, Ueta, López, Betancur, Herrera, Rodríguez, Durán y Serrano, la mayoría enviados a este confín como reprimenda por indisciplina o abusos de autoridad. Es el caso de Moreno, que antes de ser policía era boxeador y se liaba a puñetazos con cualquiera que le buscara pleito. A los 19 años, antes de una pelea con «El Mico Padilla» por el título municipal de Santa Marta, su mamá lo convenció de que era mejor idea entrar a la Escuela de Policía, donde seguro, además de seguir dando puños, ganaría un sueldo fijo, sin las intermitencias de una paga como boxeador aficionado. 

Moreno recordaba haber derribado ladrones en la calle con rectos de derecha y una vez a un violador con un gancho de izquierda. Unos meses atrás se le había parado a un capitán con la guardia arriba, listo para lanzarle un corto en la mandíbula. Por eso estaba allí. Cuando hablé con él, obligado por las circunstancias, Moreno jugaba de portero y todos evitaban discutir con él. 

Del lado venezolano, los jugadores callaban sus identidades y sus historias. Temían, eso decían, que su presidente, señor iracundo de los ejércitos bolivarianos, pudiera cobrarles caro fraternizar con el rival. A diferencia de los colombianos, ellos venían a la frontera premiados por sus logros militares y el servicio limítrofe solía anteceder algún ascenso o permiso especial. Ninguno quería echarlo a perder. Frente a la proximidad de la cámara fotográfica, los policías venezolanos detenían el juego y daban la espalda. 

Al día siguiente, como cada mes, un helicóptero vendría a recogerlos y dejará a un nuevo piquete de policías fronterizos. Antes de marcharse, así ocurría cada treinta días, los que se iban les contarán a los que llegaban la costumbre secreta de los partidos de fútbol, y les revelarán el último marcador para que, en caso de derrota, repararan el orgullo patrio, o en caso de triunfo, repitieran la proeza. Nadie se lo tomaba en serio, por supuesto.

Los policías colombianos, que pasaban hasta cinco meses en el desierto, sabían que los recién llegados, al principio, eran temerosos de aceptar un duelo, pero bastaban un par de días y la monotonía del viento para que respondieran las llamadas por la radio. Aunque mejor dotada, la guarnición venezolana no contaba con balones. En la colombiana sobraban. No era el único comercio que solían hacer. Dependiendo de las escaseces de unos y de otros, intercambiaban aceite, arroz, lentejas, galletas de chocolate, carne de chivo, agua. 

En las fechas especiales, Día de la Madre, Navidad, Fin de Año, los unos visitaban a los otros, bebían café negro y comían melocotones en almíbar, después jugaban fútbol y los vencedores posaban para la foto en sus celulares. El balón iba y venía, corría sobre el desierto como un conejo en fuga, levantando tras de sí una humareda de polvo. Cuando se escapaba lejos, los policías debían esperar a que alguno lo cazara y regresara con él. 

Serrano tenía treinta y dos años. De niño se sentaba a leer un Pequeño Larousse mientras sus vecinos de cuadra aprendían a hacer chilenas, pases de pecho, goles con la cabeza. Nunca le han disparado, dice, aunque sí recuerda haberles metido un par de tiros a unos asaltantes. En promedio, incluidas las interrupciones por las veces que el balón se escapaba, los partidos no solían prolongarse más de una hora. Al final, unos y otros se iban a la porción de costa que les correspondía según los tratados fronterizos y se metían al mar para refrescarse. Si no fuera por el fútbol, decían ellos, este confín del mundo sería el infierno, o casi.

El teniente Joaquín López, de veintinueve años, era el comandante de la guarnición colombiana. Jugaba de defensa porque su talento no le daba para ir más lejos. Allí, cerca del arco que defendía Moreno, esperaba los ataques venezolanos y metía la pierna, en ocasiones con acierto, y desbarata ataques de una peligrosidad inminente. El lío venía cuando le quedaba el balón y ya no sabía qué hacer con él, entonces pateaba duro, arriba, a cualquier parte. De niño su papá lo llevaba al Nemesio Camacho, el estadio de Bogotá, cuando el fútbol era una ilusión sin malicia. Pero un día todo cambió.

Un domingo mataron a un amigo de la infancia por culpa de una apuesta y ya nunca quiso salir a jugar, le dio miedo. Años después, López se ilusionó con esa sorpresiva Selección Colombia a la que vaticinaron ganadora de la Copa Mundial. Fue como una nueva oportunidad para él, el segundo tiempo de una ilusión. Pero a aquellos los eliminaron en primera ronda y mataron a balazos Andrés Escobar, el defensa que anotó ese autogol en el partido contra Estados Unidos y les hizo perder millones de dólares a los narcotraficantes que apostaron por el triunfo nacional. 

El teniente Joaquín López, entonces de trece años, volvió a sentir miedo y asco. Esa era la historia resumida de nuestro fútbol profesional a mediados de 1994, y lo sigue siendo, tantos años después: un sartal de suciedades, crímenes y derrotas consuetudinarias. Dorian Pérez, el policía cocinero de la base limítrofe, lo sentenciaba a su manera. Decía que el fútbol nuestro era una cebolla podrida. Él casi siempre se quedaba en la estación, enfundado en su delantal de cocina, cuidando los fusiles de sus compañeros y preparando la cena para cuando regresen. 

El patrullero Andrés Herrera, de veintitrés años, jugaba de delantero y era el que más veces metía el balón en el arco venezolano. Pero su gol más celebrado, el más hermoso de todos, no lo hizo en el desierto. Lo marcó de niño en su barrio El Paraíso, en Cartagena. Recibió el balón en el pecho, se giró sin dejarlo caer y lo pateó con la pierna cambiada, el cuerpo suspendido en el aire. El balón se fue al ángulo derecho. Después se hizo policía y lo obligaron a jurar que daría la vida por la patria, aunque rezaba porque no fuera verdad.

En la guarnición venezolana había un busto de Bolívar que le daba la espalda a Colombia. En la guarnición colombiana había una foto de Álvaro Uribe Vélez que miraba a cualquier parte. Soplaba tan fuerte y constante en ese lado de la península que si no las arreaban a diario, las banderas se hacían jirones. Los policías de la frontera se habían prometido apuntar al aire si algún presidente desquiciado declaraba la guerra. Esos del fusil eran los únicos disparos que deseaban errar. Lo contrario sería un gol en contra.

Nota editorial: una primera versión de esta crónica fue publicada en la revista Soho, en mayo de 2010.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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