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Opinión
Abstención
El voto libre, opinaba Luis Tejada (1898-1926), es el signo que marca el más alto grado de perfección a que han llegado las sociedades. Una columna para estos tiempos electorales.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

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Parece que un grupo de ciudadanos, que ignoro precisamente a qué partido pertenece, quiere iniciar en Barranquilla un movimiento de abstención electoral.

En todo el país se hace sentir hoy también, con alarmante intensidad, esa corriente de abstencionismo: hombres prestigiosos pertenecientes a todas las congregaciones políticas y desde diversos centros de la nación se atreven a aconsejar a los ciudadanos que se eximan de participar en la elección de sus legisladores o de sus mandatarios. Y por eso, lentamente, va penetrando en las masas el concepto de que la indiferencia por los asuntos de la República es la mejor norma de conducta. Gentes de todas las categorías alardean de un terrible escepticismo político y proceden a la amputación vergonzosa de sus derechos.

Creo que es este un grave síntoma de descomposición social, de perversión de las virtudes cívicas, de relajamiento completo de ciertas nobles cualidades morales. El voto libre es el signo que marca el más alto grado de perfección a que han llegado las sociedades; el ciudadano que introduce espontáneamente una sencilla papeleta en la urna electoral evidencia ante el mundo su rango de hombre libre, y adquiere sobre todos los seres el nivel eminente que corresponde a su inteligencia consciente y superior.

Yo, para conmoveros, no invoco la Patria, esa cosa vaga y sentimental de que se hace uso tan eficaz en los discursos; invoco el egoísmo personal de cada uno para decir que, sin interés, sin crítica, sin acción, sin preocupación por la buena marcha de los negocios públicos, que son íntimamente nuestros, puesto que influyen y deciden en nuestra vida privada, ¿cómo podríamos llegar a alcanzar cierta relativa felicidad individual? Además, para el hombre culto, la lucha, la agitación, el chocar de ideales contra ideales, el placer del vencimiento o la angustia de la derrota cívica vienen a llenar una necesidad espiritual.

Antes de dejarnos invadir de un peligroso marasmo búdico, deberíamos aunar todos nuestros esfuerzos para restablecer una desarmonía lógica y profunda entre los partidos; crear otra vez, renovado y fuerte, el antiguo espíritu de partidarismo. Partidarismo: fervor por las ideas, amor y odio fecundos.

Nota del editor: esta columna del escritor antioqueño Luis Tejada aparece en Menudas cosas cotidianas (2026), una antología de sus textos preparada por Penguin Random House.

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