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Opinión
El convaleciente
¿Existe una felicidad más dulce y delicada que la de estar convaleciente? ¿De sentir la exquisita fragilidad de ser débil y la voluptuosidad penetrante del agotamiento? Una columna de Luis Tejada.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

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Un día, después de haber estado cierto tiempo sumido en dulce inmovilidad, el enfermo despertó. En derredor, los objetos fueron saliendo lentamente del caos, como al conjuro de un dedo divino: primero, se dibujaron en el fondo de la estancia las siluetas de los cuadros familiares; después, el viejo reloj, mudo y solemne sobre el muro; luego, los muebles, distribuidos en desorden, y, por último, caras hieráticas de personas desvanecidas en la penumbra. El enfermo miró en seguida al cielo raso, mudable y trágica tela de cinematógrafo, donde cada una de las manchas amarillas de las goteras posee la virtud misteriosa de transformarse, fundiéndose y animándose hasta adquirir la vida loca y terrible de una diminuta humanidad. ¡Oh, prolongación maravillosa de nuestra fantasía hacia el cielo raso, desenvolvimiento de nuestra imaginación febril, que se desarrolla sobre la blanca pared, como un friso dórico, poblado de batallas y de héroes, de centauros desmelenados y vagos perfiles de mujeres! Todo lo que hemos leído y lo que hemos soñado, lo que hemos vivido y lo que vamos a vivir quizás, encarna en los arabescos fugitivos del cielo raso, que se descomponen y se rehacen al impulso de no sé qué extraña vitalidad. Aquellas rígidas figuras paralelas, con lanza y aljaba, ¿no se asemejan a los barbudos arqueros de Darío, tal como los muestran los fragmentos de cerámica decorada encontrados en las excavaciones de Susa? En cambio, esa mancha que finge una cara sonriente y bonachona recuerda a la vieja que vende escobas en la plaza del pueblo y aquella otra, ligera y peripatética, nos hace imaginar, quizás imbuidos por un libro de Dumas, al almirante Coligny, que corre armado de yelmo y de coraza, sobre los muros de San Quintín.

* * *

El enfermo, cansado, cerró de nuevo los ojos, y el pequeño mundo fantástico volvió a la nada, como al conjuro de un dedo divino.

¿Hay una felicidad más dulce y delicada que la de estar convaleciente? Cuando el enfermo se levanta por primera vez y logra avanzar hasta el balcón, siente la exquisita voluptuosidad de ser débil, la voluptuosidad penetrante del agotamiento y de la decadencia que deben de experimentar los tísicos en los últimos períodos de su enfermedad y las mujeres demasiado frágiles y exangües.

El convaleciente, pálido y apoyado en su bastón, salió al fin un día por el pueblo hasta el sencillo parque de la plaza. Nunca —si acaso antes había vivido verdaderamente otra existencia— estuvo tan alegre y risueño, como ahora en medio de su flaqueza titubeante. La calle le pareció anchurosa e iluminada, y los árboles del jardín, llenos de menudas hojas musicales, tenían un color nuevo, más intenso y más vital. Con la infantil ingenuidad de los niños, el convaleciente creyó que el mundo lo habían acabado de hacer especialmente para él, o que, al menos, lo habían lavado y barnizado con primor para presentárselo en su forma más hermosa y reluciente. ¿No era para él que habían pintado con lindos tonos verdes y rojos las ventanas y las puertas de las casas? ¿No era para él que habían clavado, con cierta simetría encantadora, esos árboles enhiestos en la plaza y en el parque? ¿No era para él, para él, exclusivamente, que habían fabricado la gran torre de la iglesia, con sus campanas locas? El convaleciente se sintió como un resucitado, deliciosamente extranjero en el mundo, se sintió como el viajero que llega a la ciudad desconocida, llena de encantos probables y de nuevas emociones.

Pensó que no había vivido jamás en ninguna otra parte y que su existencia, corta y profunda, había transcurrido siempre en este pueblecillo tranquilo: olvidó su pasado, o al menos le pareció demasiado lejano y borroso; olvidó sus trabajos anteriores, su arte, sus aficiones, sus viejos amigos, su ciudad remota. ¿No puede ser posible que, en cierto modo, cada uno de nosotros resucite periódicamente, y que los diversos pasados pertenezcan a otros hombres distintos, sean otras existencias perfectamente desvinculadas de la existencia actual? ¡Dulces aguas del río mitológico del olvido que borran de la mente el recuerdo de lo que se ha olvidado, para que se pueda gozar con plenitud lo que se está viviendo!

Pero un día, el convaleciente —que empezaba quizá a parecerle ya el mundo otra vez un poco viejo— recibió aquella misiva misteriosa, mientras estaba acodado a su balcón. Venía de lejos y decía, entre otras cosas, palabras apremiantes: «¡Hay que trabajar!». Frase mágica y terrible, que fue para él como un puente súbito entre el pasado y el porvenir.

¡Ah, sí!, dijo, y se sentó a la mesa, enfiló las cuartillas, dio tres anchos bostezos y… Se puso a trabajar.

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