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Crítica
Una tumba para Borges. Homenaje a un autor que no me gusta
Durante un viaje a Ginebra, un escritor decide visitar el lugar de sepultura del autor de Ficciones para leerle en voz alta las razones por las cuales su literatura le desagrada.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

Tumba Portada
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Llegué a Ginebra por trabajo y con el propósito oculto de visitar la tumba de Borges. Durante dos días, asistí a una maratón de charlas y talleres que se confunden en mi cerebro por la falta de sueño y el idioma extraño. A la mitad del segundo día, cinco horas antes de tomar el bus que me sacaría de la ciudad, vi mi oportunidad y escapé. Tomé mi maleta, salí sin hacer ruido y comencé a caminar hacia el Cementerio de los Reyes. Atravesé la zona diplomática, llena de edificios de cristal, y seguí a una bandada de cuervos que volaban hacia las aguas limpias y verdes del río Ródano. Desde la orilla se veía el Lago Léman y el antiguo centro de la ciudad. Seguí avanzando entre calles estrechas y enmarañadas. Cada tanto debía revisar el mapa para recuperar el rumbo. La hora del cierre del cementerio se acercaba, así que apuré el paso y continué la marcha persiguiendo los rieles de metal de los tranvías. 

Cuando me enteré del viaje a Ginebra, unos seis meses atrás, comencé a preparar mi visita. Compré un libro de segunda con todos los cuentos de Borges y empecé una maratón de vídeos de autores famosos explicando su obra. Mi objetivo era entender lo que me repele de su vida y su obra. Ponerle palabras a ese hastío por el que se me juzga cada tanto. Quería hacer una lista de razones que pudiera pegar en su tumba o leerlas frente a él, con la lápida como estrado.

Y es que Borges no me gusta por muchas razones. No me gusta, por ejemplo, la forma en que describe ni su uso del lenguaje, tan pomposo, antiguo y decididamente literario. En los relatos de Borges la noche es «unánime», el fango es «sagrado», los árboles «incesantes», las bibliotecas «febriles», la perspicacia «temeraria», los jardines «tristes», la caligrafía «pausada», las fuentes «cenegadas», los incendios «antiguos», la divinidad «desdeñosa», las sombras «móviles», las opiniones «heréticas» … En fin, como él mismo escribió sobre uno de los libros que inventó para sus cuentos, pareciera que en su obra «no hay epíteto laudatorio que no esté corregido (o seriamente amonestado) por un adverbio [o un adjetivo]».

No me gusta, tampoco, la sensación de tramas finitas y previsibles de sus cuentos. En Borges solo hay traidores, cobardes, laberintos, infinidad y demiurgos creados. Tramas que, sumadas a la estructura del cuento clásico (con un giro o final sorpresivo), les dan a sus relatos, al menos leídos de continuo, un efecto repetitivo y predecible. Lo mismo me pasa con el abuso del recurso enciclopédico de sus narradores. En su obra el tono académico es una constante monótona. Peor aún, son sus personajes que no parecen humanos y por los que no puedo sentir complicidad o cariño. Los cuentos de Borges son grandes conceptos filosóficos sin trama, donde el argumento se sustituye por erudición y lo humano sobra.

Mi problema con la literatura de Borges es que cuando se lee una de sus historias, ya se han leído todas. La naturaleza matemática de su escritura, tan admirada por escritores, académicos e ingenieros, convierte a su obra en ecuaciones resueltas que no quiero volver a leer. La carencia de lo humano en Borges me hace pensar que nunca nadie ha llorado con uno de sus cuentos y eso me parece inaceptable.

Hay, además, cosas más allá de sus libros y asociadas a él que no soporto. Como la hipocresía de su postura sobre la relación del arte y los problemas del mundo. Para Borges no había incongruencia alguna en hacer un llamado al arte libre, más allá de toda forma de activismo, mientras aprovechaba su prestigio literario para defender a tiranos y verdugos como Franco, Videla y Pinochet. Me parece insostenible que un tipo de su inteligencia y sagacidad mental dijera que no sabía qué sucedía bajo las dictaduras. Me molesta que desoyera a las Madres de Mayo, para luego sorprenderse con las atrocidades de los militares durante los juicios.

Me cansa esa necesidad de sus adeptos de explicarlo al mundo. Como si pensaran que la obra sola no basta o que ellos son los elegidos para pregonarla. Me asquea el manejo policivo de su legado, enjuiciando y censurando a todo aquel que lo homenajee o contradiga el relato oficial de su heredera, María Kodama.

Y, a pesar de todo lo que no me gusta, decidí gastar mi limitado tiempo libre en una ciudad nueva visitando su tumba. Porque también hay cosas de Borges que me gustan. Me gusta, para empezar, que tiene un estilo, que su apellido es ya un adjetivo: lo borgiano. El mayor logro de un artista es hacer de sus pulsiones y obsesiones un legado, una corriente. Me gusta que, con la repetición de sus tramas, recursos y temas, construyó una forma de narrar que le pertenece y que hace que toda imitación sea mala y su influencia innegable.

Me gusta que cimentara esa escuela literaria que mezcla la ficción y la realidad. Ese género hermoso que son las crónicas imaginarias, agregando fechas, personajes, eventos y libros de un plumazo a la historia real, o creando libros rigurosos sobre seres que no existieron. Me gustan los nombres de las personas que lo veneran: Bolaño, Caballero, Yourcenar, Han Kang, Piglia, Eco, Vargas Llosa, entre muchos otros. Respeto su honestidad, su capacidad de criticar el canon y a otros escritores consagrados de su tiempo. Disfruto del humor inteligente y de la erudición precisa que exhibe en las entrevistas. Envidio su capacidad de manejar muchos idiomas y me asombra su memoria.

Admiro, además, su valor. Esa determinación terca de hacer lo que considera correcto y el consiguiente coraje de aceptar un error, así sea demasiado tarde. Me maravilla que reconociera apenado que se puso de lado de los violentos e intentara corregirlo cuando se acercaba el final de la dictadura argentina o que ensalzara al Quijote sobre Quevedo, siendo ya un viejo ciego. Me gusta su sencillez y la fidelidad a sus amigos. Me conmueve que haya llamado a Bioy Cáseres poco antes de morir y llorara al saber que no volverían a estar juntos. Comparto, sobre todo, su amor por los libros, su fidelidad a la narrativa breve y su pasión por la literatura fantástica y policial. Me gustan algunos de sus poemas.

Perdido en mis pensamientos, paso de largo el Cementerio de los Reyes. El sitio es un camino en el medio de Ginebra. Ingreso y noto que el sol apenas alumbra las copas de los árboles. En el fondo del paisaje veo la nieve que cubre los Alpes. Recorro el lugar siguiendo la cuadrícula que forma el camino de piedra. La mayoría de las lápidas son esculturas blancas y no hay más que una cruz en madera. La tumba de Borges está en una esquina, cerca de los restos de Calvino. Pienso entonces en por qué decidió morir allí, tan lejos de Buenos Aires.

Pienso en el pequeño Jorge Luis, Georgi como lo llamaba su familia, llegando a Ginebra a los catorce años, luego de que su padre perdiera la vista. Allí pasó su adolescencia, aprendió francés, alemán y algo de latín, también expandió sus lecturas y conoció la amistad y el amor. A Ginebra decidió regresar luego de ser desahuciado por un cáncer. Huyó, dicen algunos, de la politiquería y la indiscreción de los argentinos. Otros, que decidió volver a la ciudad de su infancia, de las lecturas y el amor. Y no es de sorprenderse, la verdad. Ginebra es una ciudad borgiana. Con pasado judío y romano, conectada con los árabes gracias a la alquimia, con tres idiomas oficiales y con un gigantesco muro en homenaja a los calvinista. La ciudad donde ocurre Frankenstein y enterraron a la hija de Dostoievski. Una ciudad laberíntica escondida entre picos nevados y aguas tranquilas.

Me paro frente a la tumba. La lápida está bajo la sombra de un árbol llamado If, que florece en años impares. Los arbustos que plantaron sobre el ataúd cubren parte de la losa de piedra y, en frente, hay frascos con cera fría de colores. Arriba, entre las hojas, palomas gigantescas mueven las ramas de los árboles y aúllan como búhos.

Reviso la tumba despacio y tomo fotos. En la parte de adelante, está el nombre y debajo están grabados siete guerreros vikingos. Todos con sus hachas levantadas y sin escudos. Los acompaña una frase escrita en inglés antiguo: and ne forthedon na, traducida como “y que no temieran”. Es un llamado al coraje que hizo un líder guerrero a sus soldados en la batalla de Maldon. En la parte de atrás de la tumba hay una barca vikingo y una frase en islandés antiguo, tomada de un poema del siglo XIII, que se traduce como: “Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada”. Debajo del barco hay una dedicatoria en español “De Ulrica a Javier Otárola”, una referencia a uno de sus cuentos de amor de Borges y Kodama.

Aquí, probablemente, debería explicar el significado secreto de la lápida, pero eso no me interesa. Una incomodidad creciente se acentúa en mí. Me tomo un rato para pensarlo y creo descubrirlo. Aquella tumba contiene todo lo que más me molesta del mito de Borges. Como lo dijo en entrevistas, él quería ser cremado y olvidado, pero en cambio su heredera le hizo una tumba críptica, con todos los síntomas de una mala imitación borgiana. La piedra con el nombre de Borges es un monumento torpe, un enigma falso que María Kodama creó y que requiere un libro entero autorizado por ella para ser resuelto.

Me siento en una banca de madera y hierro cerca de la tumba a pasar el rato. Frente a la tumba de Calvino un hombre alto y moreno habla en algo que parece árabe o persa y varias familias con niños cruzan el cementerio de camino a casa.

Y ahí está esa tumba de un viejo ciego, que según cuenta Bioy Cáseres en su diario, era terriblemente controlado por su pareja y castigado con largos silencios que lo sumían en la oscuridad. Entonces desecho la idea de decir una sola palabra. No quiero ser de aquellos que fueron injustos con el Borges más débil. Siento ganas de dejarle, no una lista, sino una rosa. Reviso si hay algo que pueda robar de otra tumba, pero no hay nada. Solo está el frío de la noche y los transeúntes que pasan sin fijarse en las lápidas. Me acomodo en el asiento y espero la hora en que alguien me venga a sacar.

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