Mirador del Paraíso, la última estación del Transmicable, es una puerta de entrada a Ciudad Bolívar, una de las localidades más pobladas de Bogotá (con unos 680.000 habitantes, según datos oficiales) y de la que a veces solo se oye hablar en clave de olvido. Aquí se juntan muchos dolores: el dolor de los desplazados por el conflicto armado, el de los desaparecidos, los falsos positivos, la limpieza social y las condiciones de pobreza y pobreza extrema. Pero, aunque poco se menciona, también conviven muchos procesos comunitarios, populares y vecinales: luchas por la dignidad, la justicia social, los derechos humanos y la vida.
A pocas cuadras de la estación funciona una casa donde 75 niños, niñas y adolescentes de sectores aledaños llegan a leer, jugar, pintar, bailar y hacer nada. Algunos días los chiquillos les piden al profe Carlos y a la profe Leydi que los dejen tirarse en el suelo. Solo eso: tumbarse en colchonetas y desconectarse de la vida de allá afuera. Un parche relajado, sin tiempo, tareas escolares o compromisos. Sin tener que crecer tan rápido.
La casa es una biblioteca comunitaria que lleva por nombre Violetta y nació el 30 de marzo de 2013. Carlos Eduardo Solano Morales y su pareja, Leydi Salazar, la fundaron cuando se dieron cuenta de que los niños de su barrio apenas conocían el nombre del presidente de Colombia o las capitales de Estados Unidos y Brasil. Cuando eran novios, participaron como voluntarios de una fundación de ayuda humanitaria. Eso y el pequeño censo que hicieron entre chicos del barrio desembocó en este proyecto, que inicialmente se llamó Talento colombiano.
Las bibliotecas comunitarias son iniciativas de la sociedad civil que se han expandido por los barrios populares y las zonas periféricas de Bogotá, allí donde el Estado no ha llegado o donde lo ha hecho a medias. Algunas suman 30 años de existencia y son más antiguas que bibliotecas públicas de la ciudad.

Las bibliotecas comunitarias ofrecen creación literaria, artes plásticas, música, tecnología, formación en medio ambiente, entre otros.
Aquí no solamente se lee como un acto pasivo. Las bibliotecas comunitarias tienen sus propios códigos, sus formas, sus maneras de enseñar y de aprender. Se autogestionan, resisten. Los procesos pasan por la creación literaria, las artes plásticas, la música, o las nuevas tecnologías, cada una desde su ámbito de conocimiento, pero, en general, apuestan por la vuelta a lo básico: el garabateo, la escritura a mano, el juego, el sentido de pertenencia, el cuidado del medio ambiente, la construcción de paz, el conocimiento de los derechos y el ejercicio de la propia valía.
Un mapeo de la Dirección de Lectura y Bibliotecas de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de la alcaldía de Bogotá ha identificado 240 bibliotecas comunitarias en la ciudad. No dependen completamente de la administración pública pero sí admiten becas, estímulos, convenios y alianzas y algunas se han unido en redes que han fortalecido sus dinámicas y les han permitido sobrevivir ante la falta de financiación permanente.
La red de Bibliotecas Comunitarias, Ambientales, Populares, Itinerantes y Rurales de Ciudad Bolívar, Capir, es una de las más sólidas y reconocidas. Actualmente la integran trece bibliotecas repartidas por la localidad y forma parte de la mesa distrital de Bibliotecas Comunitarias, en la que se toman decisiones fundamentales para el sector.

La red de Bibliotecas Comunitarias, Ambientales, Populares, Itinerantes y Rurales de Ciudad Bolívar, Capir, está conformada por trece bibliotecas repartidas por la localidad. Es una de las más sólidas y reconocidas del país.
La red Capir comenzó a formarse en 2021. Una de las quejas recurrentes de las bibliotecas comunitarias de Ciudad Bolívar era que las sucesivas administraciones de la alcaldía de la localidad desconocían el trabajo que hacían en la zona y su papel en la cohesión social. Esta relación estuvo plagada de largos silencios y tensión. Pero en 2024, cuando ya Capir había empezado a andar, se produjo un acercamiento con la Dirección de Lectura y Bibliotecas de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte que ha culminado con un diálogo fluido en el que ambos lados asumen que se necesitan, pero sin que las bibliotecas comunitarias pierdan autonomía en sus principios y gestión, una condición inamovible desde el principio.
La Política Pública de Lectura, Escritura y Oralidad (LEO) de Bogotá (2022-2040) incluye un producto dedicado al fortalecimiento de las bibliotecas comunitarias. En ese contexto finalmente se las reconoció. «Entonces nos sentamos a conversar con ellas porque entendimos que son grandes aliadas en la misionalidad y nos enfocamos en visibilizarlas, hacer proyectos conjuntos, buscar alianzas estratégicas y fortalecer temas de formación», explica Ángela Portela, directora encargada de la Red Distrital de Bibliotecas Públicas de Bogotá, BibloRed, que este mes de julio cumple 25 años. Esta alcaldía, añade Portela, reconoce el lugar de las bibliotecas comunitarias como sabedoras y les ha ratificado su lugar en el Consejo Distrital de Fomento de la Lectura y la Escritura, una instancia de coordinación.
En el marco de la estrategia Barrios Vivos y después del acercamiento con las bibliotecas comunitarias, la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deportes puso en marcha una iniciativa para, precisamente, afianzar los vínculos entre las bibliotecas públicas y las bibliotecas comunitarias de la ciudad. Ello permite agendas compartidas y esfuerzos conjuntos de innovación social que surgen desde los territorios.
Durante la primera etapa se desarrollaron 7 proyectos con la participación de 27 bibliotecas comunitarias de 13 localidades. En 2025 se implementaron 5 laboratorios de transformación cultural con 36 bibliotecas comunitarias de 12 localidades y, para este año, la idea es ampliar la capacidad de incidencia comunitaria pasando de laboratorios temáticos a laboratorios locales. Actualmente participan 43 bibliotecas comunitarias de 6 localidades, de las cuales 12 pertenecen a Ciudad Bolívar.
«Con la institucionalidad siempre dependemos de la voluntad política de turno. Afortunadamente con esta administración tenemos una relación más fluida porque escuchan y apoyan, pero ha sido muy negociado, un proceso muy bello que es como un matrimonio arreglado», dice entre risas Carlos Eduardo Solano, uno de los fundadores de la red Capir.
ADIÓS AL TABLERO Y AL PUPITRE
Solano tiene una licenciatura en Educación Comunitaria con énfasis en Derechos Humanos. Nació en la localidad de Rafael Uribe, pero desde los dos años —ahora tiene 39—, su familia se trasladó aquí, a la parte alta del barrio Paraíso, en Ciudad Bolívar. «Antes del Transmicable no existíamos para la ciudad. O bueno, no mucho. Siempre fuimos una zona bastante olvidada. En los años 2000, hubo mucha violencia por el paramilitarismo», dice Solano. «Sobre nosotros pesa el estigma de que aquí no se puede venir porque te violan, te roban, te matan», continúa. “Mucha gente todavía nos tiene pavor, pero aquí hay personas buenas, trabajadoras, que madrugan a la central de abastos a descargar camiones; hay vigilantes, operarios, ayudantes de construcción, cuidadoras; gente que sale del sur de madrugada para que Bogotá crezca y se sostenga», dice.
Es martes por la tarde. La biblioteca comunitaria Violetta, que es también la casa donde vive Carlos con su esposa, sus dos hijas y la que viene en camino, está inmersa en el bullicio que provocan un puñado de niños, niñas y adolescentes que no paran de hablar y de reír. De fondo suena rock en español, algunos clásicos y otros más actuales. Los chicos y chicas entran y salen de la sala en busca de crayolas, pinceles y porcelana fría para esculpir figuras a las que luego le pondrán color.
Cuando Violetta nació arrancó con tres chicos a los que después se fueron sumando otros con el voz a voz. La idea inicial era ayudarlos con el refuerzo escolar en inglés, a cargo de Leydi, y con matemáticas y artes, que impartía Carlos. Era un ejercicio voluntario, misional, porque lo que aportaban los padres solo alcanzaba para comprar los materiales de los talleres de pintura. En ese entonces, Carlos y Leydi se sostenían económicamente con un local de venta de artesanías que tenían en el centro. Cuando el grupo empezó a crecer, daban las clases en la calle. Luego, arrendaron un salón inmenso a muy bajo costo al lado de una gasolinera. Allí llegaron a tener hasta 60 menores.
Esa aventura no duró mucho, porque al poco tiempo el arriendo se disparó y ya no tuvieron con qué pagar. En 2014 sobrevino una crisis familiar y abandonaron el proyecto ante la falta de recursos y la ausencia de apoyo institucional. Lo intentaron otra vez en 2015. Ese año recibieron ayuda de la Cruz Roja y se presentaron a un concurso de la alcaldía que ganaron.
«Fue una Navidad hermosa», recuerda Carlos. «El 21 de diciembre llegaron equipos, televisor, más de mil libros, estanterías, mesas». Fue en ese entonces cuando decidieron que la biblioteca ya no se llamaría Talento colombiano, sino Violetta, en honor a una sobrina de Carlos que murió a los pocos días de haber nacido.
La biblioteca comunitaria Violetta echó a rodar con énfasis en tareas y refuerzo escolar. Hasta que un día, después de explicar unos ejercicios de matemáticas, Michelle, una adolescente, levantó la mano.
—¿Tienes alguna duda?— le preguntó Carlos.
—No, profe, la verdad es que no voy a volver. Estoy mamada. Salgo de un colegio para meterme a otro y seguir haciendo tareas. ¿Qué me queda de vida?— le respondió.
Al día siguiente organizaron una junta para preguntarles a los chicos qué querían. Jugar, pintar, leer, divertirse y hacer pereza, contestaron. Ahí cambió todo. Adiós al salón encorsetado.
Sacaron el pupitre, regalaron el tablero y se acabaron las tareas. Muchos papás pusieron el grito en el cielo. Se enojaron y retiraron a sus hijos. Pero los que se quedaron, celebraron. «Entendimos que realmente uno no sabe un carajo», dice Carlos. «Hay que bajarse al nivel de los chicos para aprender con ellos. Ese cambio generó una camaradería muy bonita y empezamos a considerarnos una familia».

Una tarde de juegos y manualidades en la biblioteca comunitaria Violetta.
La lectura, la escritura y la oralidad son transversales en este proceso, pero la esencia de Violetta es el arte y el juego. A partir de ahí han creado su propio grupo de teatro con marionetas (que participa en varios festivales) y son conocidos por Aquí no hay carreta, un noticiero que ocasionalmente publican en Youtube. La premisa de Carlos y Leydi es sencilla: si en los colegios pudientes del norte de la ciudad los niños dedican las tardes a asistir a clases de deporte y arte, ¿por qué en el sur no?
UN PROYECTO DE VIDA
Para llegar a la biblioteca ambiental y comunitaria Simón Rodríguez, integrante y otra de las fundadoras de la red Capir, hay que bajarse en el Portal Sur de Transmilenio y desde ahí subirse al bus H640. Son unos 45 minutos loma arriba hasta el sector Altos de la Estancia, en una de las tres montañas que conforman Ciudad Bolívar además de la parte plana y la zona rural. Al fondo, otra vez Bogotá, tan lejana y tan ausente.
La biblioteca forma parte de la Fundación ASOSPRAM y es una especie de garaje con una puerta roja metálica inmensa. No hay letreros ni ninguna señal de lo que se cuece dentro. Una mañana de sábado en junio un grupo de niños que no superan los seis años corretea por el lugar. Los más pequeños se suben a las mesas, rayan hojas, piden juguetes y llaman la atención de los adultos. En la otra salita, las mamás esperan.
La Simón Rodrígez nació en 2014 con un grupo de unos 30 chicos y chicas. Fue una iniciativa impulsada por una asociación de recicladores junto a líderes ambientales y algunos profesores de las universidades Distrital y Pedagógica. La biblioteca fue una respuesta de la sociedad civil ante la falta de oferta institucional en la localidad, pues los hijos de los recicladores no estaban escolarizados ni tenían acceso a expresiones artísticas o culturales. El propósito era pensar estrategias desde la educación popular para acercar a la infancia a esa oferta que les negaba el Estado. Así empezaron con procesos de lectura, escritura y oralidad. Después incluyeron educación ambiental, alimentaria, poesía, refuerzo escolar, estampado y encuadernación de libros, entre otros.
La primera generación de fundadores de la biblioteca ya no está, pero los que quedan —en su mayoría profesores— incorporaron entre sus actividades las ‘Noches sin miedo’, una estrategia que nació con las organizaciones juveniles en los años noventa para apropiarse de los espacios que les arrebataba la violencia y resistir frente a los toques de queda, la persecución y la criminalización de la vida juvenil. Había que poner en el centro el arte y la cultura para habitar las noches sin temor a ser asesinados.
Sergio Alejandro Miranda no había nacido en los primeros años de la década de los noventa, pero sabe bien el miedo que se instala algunas noches en Ciudad Bolívar. Ya no es como en aquella época, ni como ocurría en los primeros 2.000, cuando se asentaron comandos paramilitares, aunque todavía persisten estructuras criminales en la zona que ejercen cierto control. «El año pasado hicimos otra Noche sin miedo, pero ahora son un poco más tranquilas, porque son con las niñeces y están más delimitadas. Solo cerramos una cuadra. Antes eran carnavales que recorrían el sector en caravanas. Las últimas han estado más centradas en cine foros y ollas comunitarias», dice.
Sergio tiene 27 años. Nació en Bogotá y se crió en la localidad de Engativá. A Ciudad Bolívar llegó para acompañar los procesos comunitarios cuando tenía 16. Lo hizo de la mano de un profesor de su colegio, quien ya estaba vinculado con la biblioteca. Empezó apoyando ejercicios de comunicación popular y comunitaria. También se vinculó con los eventos culturales, movilizaciones y festivales que se llevaron a cabo en la localidad con motivo de la firma del Acuerdo de Paz en 2016. Casi sin proponérselo, se fue quedando. «Me enamoré del proyecto», cuenta.
Desde hace siete años se mudó a Ciudad Bolívar y ahora se desempeña como coordinador de la biblioteca. El trabajo que él y los otros once profesores llevan a cabo es voluntario. Incluso sostienen la casa con dinero de sus propios bolsillos. «Se trata de un proyecto de vida, de convicciones políticas, filosóficas, de apostarle a la educación como transformación de la sociedad, pero desde la acción, no como la educación en abstracto, esa es una apuesta grande de nosotros como biblioteca», asegura.
Aquí están inscritas unas 120 familias. La biblioteca atiende a personas desde los cero a los sesenta años. Hay población desplazada, víctimas de violencia, personas con discapacidad, etc. Para todos, es un hogar y refugio. A las mujeres les dictan talleres de tejido, biocosmética, autonomía económica, soberanía alimentaria, entre otros. Para los pequeños hay también una huerta a unas pocas cuadras donde descubren animales y plantas mientras estrechan sus vínculos con la tierra.

La biblioteca ambiental y comunitaria Simón Rodrígez nació en 2014. Fue una iniciativa impulsada por una asociación de recicladores junto a líderes ambientales y algunos profesores de las universidades Distrital y Pedagógica.
El éxito en la biblioteca Simón Rodríguez no se mide en números ni en historias de superación personal. El verdadero triunfo, dice Sergio, es sostener la vida y cambiar la mente y las prácticas en un territorio tan golpeado por la violencia, donde tantos jóvenes han sido estigmatizados, criminalizados y perseguidos.
«Desde la educación popular nuestro propósito es que las poblaciones con las que trabajamos prioricen la emocionalidad, la sensibilidad, el cuidado, las niñeces; porque creemos que los derechos son para todas y todos, no solo para quienes puedan pagarlos», concluye.
