El 12 de diciembre de 2015, en París, representantes de 195 países firmaron un acuerdo legal vinculante en el que se comprometían a reducir las emisiones de gases de invernadero, de tal manera que alcanzaran su pico en 2025 y se redujeran un 43% para 2030, y a limitar el aumento de la temperatura global a menos de 1,5 °C por encima del promedio entre los años 1850 y 1900. El tratado fue un hito de la cooperación bilateral: el mundo entero convino en la importancia de trabajar conjuntamente para resguardar a las personas más pobres y a miles de millones de seres no humanos en todos los rincones del planeta.
Las negociaciones iniciales habían pactado situar el aumento de la temperatura en máximo 2 °C, pero varias naciones insulares —aquellas en mayor riesgo por la crisis climática—, presionaron para situar el límite medio grado centígrado más abajo. Y sorprendentemente, a la luz de la actualidad, los países más ricos del mundo aceptaron. Estados Unidos, el mayor emisor de la historia; China, el mayor emisor actual, y todos los demás que tenían algo para perder en el corto plazo en términos económicos hicieron lo correcto para la humanidad y el planeta como un todo.
El Acuerdo de París, como se llamó al tratado, entró en vigor en noviembre de 2016, por lo que el cuento de hadas duró oficialmente menos de una década. Las emisiones de gases de invernadero, las causantes del calentamiento global —quienes crean algo diferente ojalá lean y piensen y dejen de creerse tontamente más inteligentes que los demás— siguen aumentando. Estados Unidos, responsable de entre el 12% y el 13% de las emisiones anuales, se retiró oficialmente del acuerdo en enero de 2026; y las Naciones Unidas, en un informe reciente, concluyeron que, salvo un milagro, superaremos el límite de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales en los próximos años.
La cifra no era un capricho de los científicos. En 1990, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) había determinado que un incremento de 2 °C causaría una disrupción desastrosa para la vida a nivel global. De acuerdo con modelos diseñados por expertos, ese aumento llevaría, entre otros, a sequías extremas, inundaciones repentinas, huracanes más fuertes, fenómenos del Niño más poderosos, una pérdida de biodiversidad comparable a la extinción causada por el meteorito que acabó con los dinosaurios y desplazamientos forzados por eventos climáticos capaces de trastocar la sociedad. Varios países insulares, por lo demás, corrían un alto riesgo de desaparecer bajo el mar —de ahí su fervoroso cabildeo por bajar la cifra a 1,5—. A modo de compromiso y como precaución, el límite se fijó medio grado por debajo, algo así como si, mientras caminamos por un precipicio, se nos recomendara mantenernos no a diez, sino a cinco centímetros del abismo. Vale la pena repetirlo: el mundo se puso de acuerdo para proteger a las personas más vulnerables, a los demás animales, a las plantas, a los hongos y a los demás seres que hacen posible la vida en nuestro planeta tal y como la conocemos.
Y menos de una década después, aquí estamos. Cuesta no ceder a la rabia y la tristeza y el dolor al escribir esta columna. He borrado ya muchos adjetivos y comentarios sarcásticos en los párrafos anteriores porque sospecho que no servirían de mucho. En realidad, no sé qué pueda servir. Es una situación que comparto con periodistas, biólogos, científicos y algunos ambientalistas: no sé qué hacer.
Desde hace un tiempo, miro el mundo y no lo entiendo. No entiendo por qué el tema ambiental no dominó la campaña presidencial desde un inicio; no entiendo por qué, a pesar de las sequías extremas, las inundaciones repentinas, los huracanes y la aterradora pérdida de biodiversidad, solo algunos países actúan; no entiendo cómo existen presidentes tan tontos e ignorantes como para negar la crisis climática, para no comprender sus implicaciones económicas o para no importarles el futuro de las generaciones que vienen; no entiendo por qué las personas prefieren la vida digital sobre aquello que sucede fuera; no entiendo por qué no hay protestas masivas cada vez que otra especie desaparece por nuestra culpa; no entiendo por qué no hay una revolución que reinicie todo ni por qué a la mayoría sigue sin importarle lo que está ocurriendo.
Soy consciente de la responsabilidad del periodismo por la situación actual. Lo he repetido a menudo en charlas y eventos públicos: durante décadas, no logramos transmitir la urgencia de la crisis climática. La comunidad científica es consciente de los efectos que tendría la acumulación de gases de invernadero en la atmósfera desde hace más de un siglo. No obstante, el periodismo no pudo explicarlo ni —aún más importante— hacer que la gente sintiera la necesidad vital de actuar.
No somos los únicos ni los principales culpables, por supuesto. Ese honor lo ostentan los dueños de las principales petroleras, mineras y corporaciones del mundo y los políticos, financieros y abogados que los apoyaron y los siguen apoyando. Durante décadas, han mentido y manipulado y pagado para minimizar las consecuencias de sus actos. Y ha funcionado, también en parte por nuestra culpa.
Así que, de nuevo, aquí estamos, prestos a superar el límite de los 1,5 °C. Más allá de las implicaciones éticas, por las que espero las generaciones futuras nos juzguen con sevicia, hay consecuencias prácticas. El biólogo francés Olivier Hamant lo resumió con dos analogías. La primera: estamos entrando en la era de la desviación estándar. Solíamos vivir en la era del promedio y las soluciones climáticas estaban pensadas en esa medida. Dado que, en promedio, las temperaturas oscilaban entre A y B, diseñábamos las ciudades para que fuesen habitables con esas temperaturas. El río subía en promedio entre C y D centímetros en tal temporada, así que debían construirse muros adecuados para esas crecientes.
Todo eso cambió. Bienvenidos a la era de la desviación estándar, dice Hamant. La regla ya no es el promedio, sino la dispersión, la variabilidad y los extremos. Lo normal no es que la temperatura oscile entre A y B o que el río crezca lo usual; debemos prepararnos para olas de calor o temporadas de frío extremo, o para inundaciones repentinas y caudales desbordados.
En este punto llega la segunda analogía: debemos prepararnos para tocar jazz. Bienvenidos a la era de la improvisación. Las respuestas a los fenómenos climáticos deben dejar de basarse en la norma y empezar a acomodarse a lo inesperado. Hay que aprender a improvisar, dice Hamant. Puede sonar emocionante, pero en realidad es aterrador. Es jazz, pero a cargo de músicos inexpertos y envidiosos.
Y aquí estamos: llega un Súper Niño o Niño Godzilla —incluso ahí disfrazamos con emoción la tragedia—; la Amazonía parece agonizar, la circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés), el sistema de corrientes oceánicas que permite a Europa gozar de un clima relativamente amable en invierno, coquetea con el colapso; el 1% más rico del planeta agotó su presupuesto anual de emisiones de carbono en apenas diez días; y un estudio de Naciones Unidas concluyó que hoy casi todos los niños del planeta están expuestos a peligros climáticos como sequías, inundaciones —de ríos u océanos—, tormentas tropicales, olas de calor, incendios, calor extremo o tempestades de arena y polvo.
Aunque hoy pocos escuchan el estridente concierto, cada vez será más difícil ignorarlo.
