¿Qué pasa con nuestros cuerpos exhaustos por querer disimular el paso del tiempo? ¿Por qué nos empeñamos en una tarea que sabemos que está perdida?
La beldad miente: no renunció, la decapitaron. Y lo hicieron, no porque dijera lo que pensaba, sino por pensar lo que dijo. Los dientes tan blancos y alineados de Laura Gallego Solís encubren una mueca de fanatismo y emanan una hediondez de mortandad.
En el corazón aurífero del nordeste de Antioquia, un grupo de policías cava una mina bajo la estación, valiéndose de un permiso para construir una trinchera de resguardo. Esta es otra historia mínima de un cronista de viajes a pie, al parecer tan audaz como afortunado.
Los hallazgos —incluso los más felices— pueden suponer derrotas rotundas. Esta historia mínima es sobre un hombre que se creyó resucitado de una vida de pobreza. ¿Es posible aprender a tener suerte?
Un cronista decide ir a una cárcel donde se apretuja una muchedumbre de asesinos, extorsionistas, ladrones y narcotraficantes, y termina por asistir a un desfile de fábula.
Este relato se pregunta por qué los colombianos celebramos el odio con tanta alegría. ¿Qué nos impulsa a comernos lo que más despreciamos?
Si pudiéramos donar un animal como expiación de nuestras mayores culpas, ¿qué tamaño tendría?
La exaltación de su muerte tiene mucho de artificio, de propósito calculado. La intención de su partido político es plantar el próximo presidente de Colombia en el fertilizante de sus despojos.
Gritar arengas contra la pena de doce años que la justicia le impuso al expresidente por fraude procesal y soborno de testigos es, además de una declaración de ignorancia, un gesto de crueldad con las familias de los 6.402 asesinados y disfrazados de guerrilleros.
El veredicto por sus crímenes debe ser que tras su muerte no se levanten estatuas ni se bauticen escuelas, parques o avenidas con su nombre.