Este reportaje se realizó con la beca Forus de Narrativas Positivas
Una tarde de 1984, Tomás Alzogaray Vanella vio que su padre Dardo y su madre Liliana excavaban en el patio de su casa en Córdoba, Argentina. Tomás tenía ocho años y los había vivido casi por completo en México. Se preguntaba qué era eso que con tanto ímpetu buscaban sus padres bajo la tierra de su nuevo hogar.
Con un tradicional asado, la familia Alzogaray Vanella celebraba el retorno a su casa tras ocho años en el exilio. Entre las charlas y el vino, con dos amigas, recordaron que bajo la tierra había «material subversivo» —tal como los militares habían denominado a objetos que fuesen contra la ideología de la Junta Militar—, y decidieron recuperarlo. Excavaron el patio hasta dar con un bloque de cal endurecida. Tomás recuerda que encontraron un revólver calibre .22, que solía guardar en la cartera —–tal como los maquis, los grupos de resistencia en Francia y España durante en la Segunda Guerra Mundial, pensó Dardo—. Estaba engrasado, envuelto en nylon y algo picado de óxido, pues debió utilizarse grasa vacuna deshidratada y no de petróleo a base agua. Dardo siguió excavando hasta dar con otro objeto destruido: un libro del Centro Editor. Aparecieron revistas podridas y más libros. Sentía que estaban exhumando muertos, pensaba Dardo, y no quería sufrir por verlos destrozados. Así como los desenterraron, fueron devueltos al subsuelo.
La escena perdura hasta hoy en la memoria de Tomás.

La biblioteca de la familia Alzogaray Vanella. Foto tomada del libro La biblioteca roja.
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El 26 de marzo de 1976, cuando Tomás tenía 49 días de nacido (su cumpleaños es el 6 de febrero), el gobierno de Isabel Perón en Argentina sufrió el golpe de Estado que instauró la última dictadura cívico-militar del país. La Junta a cargo del gobierno desapareció y asesinó a más de 30.000 personas hasta el regreso de la Democracia, en diciembre de 1983. Liliana Vanella y Dardo Alzogaray integraban la Línea de Acción Popular (LAP), uno de los tantos movimientos políticos-sociales de izquierda que eran perseguidos por el Estado militar argentino.
Anticipando el giro que daría el país, Dardo y Liliana decidieron esconder los libros que podrían ser considerados como «subversivos» o «comunistas» por sus perseguidores pocos meses antes del golpe. A la par, cientos de argentinos en su misma situación quemaban los «libros prohibidos». De haberlos conservado y sido descubiertos, podrían haberlos acusado de conspirar contra el gobierno. En el mejor de los casos, se habrían convertido en prisioneros políticos en alguna cárcel argentina. En el peor de los casos, se habrían sumado a las miles de personas que fueron víctimas de tortura, asesinato y desaparición forzada durante la Dictadura: en la Escuela Mecánica de la Armada, en los cuarteles militares y centros clandestinos de las provincias argentinas, ciudadanos de todo el país sufrieron torturas, mutilaciones, violencia sexual con animales, o fueron lanzados al vacío sobre el Atlántico en los «Vuelos de la Muerte» que el Estado organizaba para borrar todo rastro de su existencia.
Cuatro décadas más tarde, en el libro La Biblioteca Roja, Dardo lo explica así: «Los libros estaban expresando lo que el dueño pensaba. Por ejemplo, si tenías un libro de marxismo, pensaban que eras marxista, si tenías un libro de Lenin estabas más cocinado todavía». Muchas personas quemaban sus bibliotecas o las lanzaban al canal por miedo. Pero Dardo y Liliana no se atrevían a hacerlo. Luego de discutirlo, decidieron esconder su biblioteca.
Mientras construían su casa en Villa Belgrano en el verano austral de 1976, sin saber aún que en agosto —primero Dardo— y diciembre —Liliana y Tomás— se exiliarían en México, ni que pronto ocurriría el Golpe de Estado, Dardo quiso deshacerse de algunos libros: los repartió a compañeros interesados y le ofreció a su padre entregarle algunos, pero él respondió que prefería mantenerlos lejos. Para Dardo, esconder los libros significaba salvarse.
Dardo y Liliana averiguaron las mejores formas para que los libros resistieran bajo tierra durante un periodo indeterminado, ya que su exilio podría durar meses, años o décadas. Pero también tenían que ser cuidadosos de levantar sospechas. No podían acudir a alguna ferretería para preguntar cuáles eran los mejores materiales para sus intenciones.
Crearon un pozo con la cal que sobró de la construcción de la casa de un metro y medio cuadrado por medio metro de profundidad. Colocaron un fondo de arena, unas tablas, un piso de ladrillos con la intención de generar un sistema de filtración para cuando lloviera y forraron los libros con nylon. Había libros de Nicolás Guillén, de Gramsci, de Trotsky, El hombre nuevo del Ché Guevara, El hombre y el arma del general vietnamita Vo Nguyen Giap, ediciones de 1915 del padre de Dardo sobre las primeras organizaciones anarquistas en Argentina, la colección del Centro Editor de América Latina.
Además de los libros, enterraron discos y el revólver engrasado.
Cuando terminaron de tapar el pozo, un camión militar Unimog se detuvo frente a su hogar mientras colocaban las vigas en el techo de la casa. Los soldados se bajaron y les llamaron. A Dardo le entró paranoia. Pensó que si veían la tierra blanda donde se encontraba el pozo, los militares iban a querer saber qué habían enterrado. Pero los soldados solo preguntaron si por esa calle iban a tal barrio, donde irían a casa de un compañero de militancia para realizar un allanamiento. Fingieron demencia y no dieron ninguna información.
«A los libros los enterramos porque eran los libros que queríamos salvar —contó Liliana en el libro La biblioteca enterrada—. Cuando nos fuimos a México, siempre pensamos que al regresar lo primero que íbamos a hacer era desenterrar los libros».

El jardín de la familia. Foto tomada del libro La biblioteca roja.
A finales de 1976, la familia Alzogaray Vanella, conformada por Dardo, Liliana y Tomás, se exilió en México, tal como hicieron miles de compatriotas y vecinos sudamericanos de países como Chile y Uruguay. Antes de partir, sembraron un nogal sobre el pozo de los libros, justo al lado de tres pinos plantados por el abuelo de Tomás.
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Tomás Alzogaray Vanella pasó los primeros ocho años de su vida en México. Tenía seis meses cuando sus padres llegaron al exilio en Torreón, Coahuila, una ciudad desértica en el norte del país. Luego, Dardo y Liliana se mudaron a Ciudad de México, donde consiguieron trabajo en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM. En 1979 nació Melina, la hermana de Tomás.
Convivían con otros intelectuales en Ciudad de México —Dardo mantenía una melena castaña, larga y barba de oso— y con argentinos en el exilio, con quienes sus padres conversaban sobre la militancia, la dictadura y el ser refugiado. Tomás escuchó que hablaban del tema, entre los niños de la generación exiliada y los mexicanos que los apoyaban.
En 1983, cayó la Junta Militar en Argentina y en 1984 la familia Alzogaray Vanella regresó a su país, como parte de un programa de repatriación de Naciones Unidas. Se reencontraron con su familia en Argentina y con los amigos de sus padres, quienes los recibieron con alegría y contención. También se encontraron con una casa con patio y jardín, a diferencia de los departamentos en Ciudad de México.
«Volví a Argentina y me di cuenta de que era más mexicano que argentino. Y en México era más argentino que mexicano». Tomás no sabía jugar fútbol, pero en Argentina tampoco se hablaba mucho de la Dictadura, porque era una forma de ejercer la violencia y los repatriados vivían una sensación extraña, por la falta de politización en ciertos sectores de la población y el silencio posterior a la caída de la Junta Militar.
A los pocos meses del regreso ocurrió el desentierro de la biblioteca. Los libros podridos, húmedos, el revólver carcomido por el agua de la grasa de petróleo de casi una década. La imagen quedó plasmada en la memoria de Tomás: «Con el paso de los años lo que allí fue pasando fue una transformación de los objetos, pero el gesto fue recuperar, preservar en la tierra. Esas cosas siguieron operando en mi cabeza», me dijo vía Zoom en 2025.
Tomás vivió las siguientes dos décadas con sus padres. Terminó la escuela y luego ingresó a la universidad en Córdoba, donde se formó como artista visual. En 2006, regresó al país del exilio de sus padres para reencontrarse con su «mexicanidad».
«Cuando pruebas el Pulparindo, después no se te va», me dijo Tomás desde su casa en Córdoba.
En ese viaje Tomás siente que «cae un poco el peso de esa infancia, esos dolores, esas cicatrices, toda esa potencia, fuerza, tristeza, miedo, dolor, bronca, alegría, llantos. Todo junto es una tormenta de cosas». Durante su estancia en México surgió la idea del desentierro de la biblioteca con antropólogos forenses.

Uno de los libros de la biblioteca. Foto de Rodrigo Ferro en el libro La biblioteca roja.
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Dardo y Lilina eran ambos ávidos lectores. Dardo era profesor universitario y un gran orador, un ágrafo genuino: amante de la historia oral, era un narrador que mantenía viva la memoria a través de la conversación. Liliana se desarrolló en ciencias de la educación como profesora y autora. Es una mujer que prefiere no conversar sobre el tema de la biblioteca, pues abordarlo le causa sufrimiento.
Se conocieron como estudiantes en la Universidad Nacional de Córdoba y se jugaron la vida uno por el otro más de una vez, de acuerdo con su hijo. «En eso estaba basada su relación de confianza, literalmente salvarse la vida en una manifestación, en un colectivo más grande, en el mismo México», dice Tomás.
Formaron parte de la Línea de Acción Popular (LAP), una agrupación de izquierda de la corriente crítica que no se caracterizaba por la lucha armada, sino por las estrategias en espacios urbanos marginales con trabajo de base con trabajadores, profesionales y estudiantes. Creían en la idea de construir algo que enlazaba las distintas partes de la sociedad.
Tanto Liliana como Dardo estaban decididos a combatir el capitalismo, formando parte de un colectivo más grande en un país que era uno de los mayores productores de libros del mundo. Pero la Dictadura destruyó el aparato cultural y político para mermar la capacidad de acción de las personas que pensaban, estudiaban y se suscribían a una idea enfocada en el colectivo, no en el individuo. Ambos soñaban con cambiar el mundo y en los libros encontraban las ideas para la proeza.
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En 2014, Tomás regresó a Argentina con el propósito de desenterrar la biblioteca de sus padres y llevar a cabo un proyecto artístico. Se alió con la documentalista cordobesa Gabriela Halac para entrevistar a sus padres y publicar un libro y un documental sobre el proceso de recuperación de la memoria literaria.
Antes de las entrevistas, cuando llegó con la idea de desenterrar los libros, sus padres le permitieron remover el jardín para buscarlos. Aunque su mamá comprendía el propósito y aunque no quiso estar presente durante la remoción de la tierra, accedió a dar su testimonio a Halac.
Para el proceso de excavación, Tomás, Gabriela y Agustín Berti recurrieron a antropólogos forenses de la Universidad Nacional de Córdoba, la única con la cátedra en esa especialidad. Anahí Ginarte, Yamila de la Aranda, Flavia Moreyra, Pedro Muller y Ana Sánchez, estudiantes de la universidad, conformaron el equipo encargado de desenterrar la biblioteca de Dardo y Liliana.
«Wow, enterraron los libros, ¿cómo estarán», fue lo primero que pensó Ana Sánchez, la antropóloga forense que aceptó el llamado de un maestro de la facultad para el proyecto en el patio de la familia Alzogaray Vanella. «No esperábamos encontrar lo que encontramos: esa evidencia del ocultamiento de los libros».
Los antropólogos forenses eran conscientes de que no se trataba de una fosa común con personas desaparecidas por la dictadura. «Sabíamos muy bien que no era lo mismo, que sí era un hallazgo de hasta dónde llega la violencia explícita y simbólica, en los libros, y que son una parte de la identidad».
Pero la excavación fue abordada con la misma cautela y precaución que cuando se trata de huesos. Utilizaron las técnicas de la arqueología forense: utilizaron las mismas herramientas para las excavaciones, documentaron cada hallazgo en fichas donde anotaban las características del elemento como su estado de conservación, su tamaño y las observaciones.

Foto de Rodrigo Ferro, publicada en el libro La biblioteca roja.
En La biblioteca enterrada, Ana Sánchez escribió: «Excavar la biblioteca significó, desde un primer momento, el encuentro con una experiencia nueva, impensada. En el plano metodológico, solamente la exhumación de la biblioteca significó tratar esos libros como cuerpos. Exhumar la biblioteca de una persona es, en última instancia y en algún sentido, similar a desenterrar los restos de alguien que eventualmente desapareció. Tanto los huesos como los libros nos hablan de alguien de una identidad compleja, emocional, política y social […]. En otro nivel, la restitución de restos humanos y la restitución de un libro se asemejan. Es el descubrimiento per se, el que tiene un valor político y social que excede cualquier significado que pudieran otorgarle sus parientes o sus dueños. En cuanto a estos libros, constituían una evidencia de la acción política y sabemos muy bien que político podía significar durante la dictadura pura y simplemente que se pensaba. Una novela o un libro de poemas que pusiera de alguna manera en duda o cuestionara las convenciones y el orden establecido, podía ser juzgado como peligroso y subversivo por los censores. Una y otra vez en la historia las bibliotecas representaron un obstáculo que incomodó a los regímenes autoritarios. Los que entonces se comprometieron en volverlas inaccesibles, destruirlas y arruinarlas».
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La casa Alzogaray Vanella se ubica en la zona norte de Córdoba, donde comienzan los cerros. Los equipos de antropólogos forenses y el documentalista recorrieron el jardín en busca de la biblioteca enterrada. Removieron la tierra en un espacio, pero no estaban. Repitieron el proceso en otro espacio, pero tampoco los hallaron. Tomás cree que en total removieron casi dos toneladas de tierra. Ana Sánchez recuerda que tenía un pasto muy hermoso y dos pinos.
Durante dos días de lluvia, revisaron las entrevistas a Dardo y Liliana y descubrieron que el único lugar donde no habían excavado era el espacio junto a los pinos plantados por el abuelo de Tomás, el punto donde se levantaba un fuerte nogal.
Ana Sánchez explica que bajaron el terreno de manera prolija, destruyendo los alrededores. «Destruir preservando, aunque eso parezca contradictorio», dijo. Lo primero que encontraron durante la excavación fue una línea blanca de cal, un cuadrado en el suelo. Aquel día, volvieron a tapar el descubrimiento con tierra, para continuar al día siguiente con un proceso más lento en el que se usan pinceles y pequeñas espátulas.
Tomás se sentía en Indiana Jones en busca del arca perdida. «Cuando abren el arca, salen una cantidad de fantasmas y monstruos», dijo bromeando. Su padre Dardo había fallecido meses antes, el 29 de septiembre de 2015.

El equipo de antropólogos forenses desentierra la biblioteca. Foto de Rodrigo Ferro en La biblioteca roja.
Para Ana Sánchez, lo que encontraron era distinto a lo que esperaban. Probablemente durante la primera excavación dañaron las bolsas y encontraron un pedazo de libro. «Cuando ellos nos cuentan que ya habían intentando cerrar el pozo y que habían encontrado lomos de libros rotos, nosotros dijimos que probablemente lo encontraríamos más ordenado».
«Hay muchas historias de bibliotecas quemadas, escondidas, guardadas —dice Tomás—. Hay algo que siempre me gustó de este caso y es que ellos enterraron la biblioteca con el gesto de desenterrarla. Ocultarla por un tiempo, pero no desaparecerla. El gesto fue de recuperar, de preservar en la tierra».
Tras desenterrar los libros, captaron una imagen cenital del material recuperado. Posterior a la intervención del equipo forense, quedaba la duda sobre qué ocurriría con los libros. Fueron utilizados para la filmación del documental, para una exposición y, una vez que cumplieron con su cometido artístico, Tomás los colocó en cajas —junto con el revólver picado por el óxido—, que guardó en su estudio en Córdoba. Para celebrar sus 50 años, viajó a México.
La muerte de Dardo Alzogaray, en los meses previos a desenterrar los libros, fue algo muy fuerte, que movilizó energías muy profundas, me dijo Dardo. «Había un movimiento de tierra, la voz de los fantasmas estaba muy presente», añadió. Pero en esa misma época, continuó Tomás, nació su hija, Bruna, lo que lo llevó a enfrentar las contradicciones que sus padres vivieron: enterrar la identidad, la del padre, dos veces bajo tierra —una en 1976, con sus libros, y otra en 2015, con su muerte— y al mismo tiempo rescatar la vida y nacer.
