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Crónica

Quibdó: el día en que el tiempo se detuvo

Como miles de chocoanos, el periodista Francisco Palacios se preparaba para un día ordinario cuando el terremoto de 7.4 grados en la escala de Richter golpeó el país. En esta crónica, cuenta lo que se vivió ese día en la capital del Chocó.
Por | Ilustración: Carolina Upegui
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Sobre las 6 de la mañana del lunes 10 de agosto, Luis Esteban Santos Mosquera, un padre de dos hijos dedicado al «rapimotaje», como se les conoce a los mototaxistas en el Chocó, salió sin desayunar de su casa en el barrio el Obrero sector la Paz de Quibdó.

Una densa neblina cubría buena parte de la capital chocoana cuando empezó a recorrer las calles en busca de pasajeros. Consiguió su primer cliente luego de dar vueltas durante unos diez minutos: una mujer de unos 50 años que iba hasta el barrio Niño Jesús, a unos seis kilómetros de distancia. Luis Esteban la llevó sin mayores percances. La carrera tardó unos quince minutos y recibió 6.000 pesos por el servicio. Con ese dinero, se dirigió hasta la estación de servicio en la carrera Séptima con calle 30 y continuó buscando parrilleros.

A las 7:34 a.m., Luis Esteban dejó a un pasajero cerca de la ciudadela universitaria, en el centro de la ciudad. Fue justo en ese momento, cuando entró en pánico. El piso comenzó a vibrar. Los edificios y los postes de luz se mecían como cuando se agitan los suvenires que simulan una ciudad de nieve, pero esta vez, en lugar de los copos, lo que caía era polvo y escombros. A su alrededor, las personas gritaban, pues nada parecía tener sentido y lo único posible y lógico era el pánico y los ruegos de auxilio.

Luis Esteban tardó un par de segundos en reaccionar. Luego, condujo a toda velocidad su moto de 100 cc. Recorrió en poco menos de 15 minutos una distancia que habitualmente le tomaba cerca de media hora. Parqueó frente a la escuela del barrio Obrero, una sede de la Institución Educativa Pedro Grau y Arola, y empezó a gritar llamando a sus hijos. Ese día, unos 220 de sus 235 estudiantes tenían agendada una conmemoración de la batalla de Boyacá en el patio de recreo, una planicie de unos 25 metros de fondo por 20 de ancho. Por esa actividad, cerca del 90% del personal se hallaba en la primera planta cuando ocurrió el terremoto. Cualquier otro día, hubieran estado en los pisos 2 y 3, cuyas paredes se desmoronaron con los primeros remezones.

En la escuela, Luis Esteban encontró a su pareja aferrada a sus hijos. Estaban llorando fundidos en un abrazo. Se acercó corriendo y se unió a ellos. Algo más calmados, salieron juntos rumbo a casa. Al llegar, descubrieron que la vivienda de dos plantas en la que Luis Esteban y sus tres hermanos fueron criados por sus padres y que ahora servía de hogar a su joven familia, había sucumbido ante la fuerza de las ondas sísmicas que azotaron la ciudad.

***

Marisol Córdoba Palacios, una ama de casa de 28 años de Futuro 1, un barrio de 3.000 habitantes y construcciones irregulares de la zona norte de Quibdó, recuerda que el terremoto fue eterno. Duró poco menos de tres minutos, según los reportes oficiales, pero el tiempo, como el suelo, se transformó, cambió su forma. Marisol vivía con su esposo y sus dos hijos. La casa contigua pertenecía a unos vecinos y la siguiente era la de su padre, quien cuidaba a la hermana de Marisol, una mujer con habilidades diferenciales. Mientras que la tierra se abría bajo sus pies y el tiempo se rehusaba a avanzar, Marisol corrió a intentar auxiliarlos. A medio camino, todo se levantó, dice. No se le ocurrió otra opción que pedir clemencia al cielo y seguir.

No había nadie fuera de la casa. Su padre y su hermana seguían dentro, así que Marisol abrió la puerta desde afuera. Adentro, vio a su padre intentando sacar a su hermana de una habitación en la que se había refugiado luego de entrar en pánico. Los ayudó a salir como pudo mientras la tierra continuaba moviéndose.

En la calle, Marisol y su familia observaron cómo sus viviendas colapsaban. Luego, a menos de treinta metros, la edificación de concreto donde funcionaba la tienda de víveres de Jhonny Alzate, ‘el paisa’, pareció cobrar vida y se abalanzó hacia su posición. No saben por qué, pero ninguno reaccionó. Se quedaron quietos y rezaron mientras la construcción avanzaba para aplastarlos.

La tienda, o lo que quedaba de ella, se detuvo a pocos metros de sus pies. Allí mismo, Marisol se hincó en la tierra y agradeció al cielo.

***

Cerca de las 7:30 de la mañana del 10 de agosto, bajé al parqueadero del edificio de tres plantas y un sótano donde vivían nueve niños, diez adultos y un adulto mayor, de cinco familias. Mientras Nathan, mi hijo de 6 años, se despedía de su madre, encendí la motocicleta para calentar el motor antes de salir a dejarlo en la escuela.

A las 7:34 de la mañana, Nathan subió a la moto como mi parrillero. Levantó su mano y alzó su voz para despedirse de su mamá, quien lo observaba apostada en el balcón del apartamento, cuando alguien dio el aviso: «¡Está temblando!, ¡está temblando!».

Los minutos siguientes parecieron eternos. Aferré a Nathan en medio de la calle, que parecía una enorme gelatina. Los edificios se sacudían, escupiendo escombros, y mis vecinos corrían despavoridos. Los vehículos en la vía parecían juguetes meciéndose en las manos de un niño. Cables de acometida eléctrica domiciliaria se desprendían de los postes de energía en todas direcciones. Decenas de motociclistas trataban de esquivar los escombros y los transeúntes que gritaban y pedían auxilio y huían de la tierra en la que estaban parados.

Traté de calmar a mi familia con palabras y gestos inútiles. Todos lloraban. Nadie sabía muy bien qué hacer. Pensé entonces en todos los demás: ¿cómo estarían mi madre, mis hermanos, la familia de mi esposa, mis compañeros de trabajo, mis amigos, mis conocidos, los colegios, los hospitales, los centros de salud, los posibles refugios, la casa de mis padres, la casa de mis hermanos, la casa de mis amigos, todas las casas, los supermercados, las farmacias, las instalaciones del estudio de radio donde trabajo?

Me despedí de mi familia y partí en la moto hacia el centro de la ciudad en una ruta que me permitiera corroborar el estado de mi mamá. Bajé por las calles de una Quibdó desenfrenada: centenares de motocicletas recorrían sin orden las calles en medio del descontrol por la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol y las demás hormonas que nos inundaban. En la calle 30 con carrera 7.ª, dos hombres en motocicletas colisionaron con fuerza. Uno de ellos requirió traslado asistencial y el otro, como pudo, siguió su camino.

Como yo, cientos de quibdoseños y quibdoseñas avanzábamos sin reparo para encontrar a nuestros seres queridos. Sentía una mezcla de desespero y consternación. A lado y lado, veía fachadas caídas con nubes de polvo como trasfondo y personas tratando de salir de casas maltrechas. En medio de las calles, la gente señalaba las edificaciones visiblemente afectadas.

En menos de 2 horas, logré constatar que mi familia y la de mi esposa estaban bien. Empecé entonces a verificar la situación de la ciudad. En la subida del barrio Medrano, a más o menos un kilómetro de la sede principal de la universidad Tecnológica del Chocó, un edificio del hoy concejal de Quibdó, Luis Félix Valencia, ‘Priscilianito’, había cedido. Vecinos y extraños al sector intentaban rescatar con vida a las personas que allí residían a mano, pico, pala y costales.

La construcción tenía un sótano y cuatro plantas superiores, divididas en varios apartamentos. Se calcula que servía de vivienda a unas cuarenta personas. Entre ellas, se hallaba Jaison Mateo Valencia, el hijo de ocho años del actual alcalde del municipio de Bahía Solano, Leonel Valencia. Según los testigos, Jaison Mateo, quien iba a cumplir años el 13 de agosto, alcanzó a pedir ayuda antes de su deceso. Otras tres personas, incluida una mujer en estado de gestación, murieron en el edificio, el lugar donde durante dos días, vecinos, voluntarios y luego organismos de socorro centraron su atención.

A menos de 500 metros del edificio de Priscilianito, en la misma ruta que conduce a la universidad, otra edificación de cuatro plantas también se desplomó. Estaba ubicada en la esquina frente a la sede «la Industrial», del colegio Carrasquilla, una de las instituciones educativas con mayor número de estudiantes de la ciudad.  

Sobre los escombros del edificio, cientos de estudiantes y padres de familia corrían despavoridos buscando un refugio. Algunas paredes de la sede educativa se habían desmoronado y muchos de los estudiantes, en su mayoría menores de 15 años, estaban en shock, corriendo sin dirección ni control.

Frente a la sede, en la planta baja de la edificación caída, una tienda de víveres servía como depósito para la venta de pipetas de gas. Los transeúntes y las autoridades que llegaban tenían miedo de una posible explosión por fuga de gas propano, así que no muchos se acercaban. En las plantas altas, de acuerdo con testigos, Luis Alberto Rivas, ‘Lucho’, un joven de 32 años dedicado a la venta de comidas rápidas en el Barrio Roma, intentaba ayudar a otros a salir de la edificación cuando colapsó. Falleció bajo los escombros.

***

Desde el 10 de agosto, buena parte de los habitantes de Quibdó han dormido en carpas fuera de sus viviendas, en los andenes de vecinos o en casas de familiares y amigos. La gente teme dormir en sus casas por las múltiples réplicas y las grietas que ahora marcan sus paredes.

Uno de los sectores más golpeados fue el barrio Jardín, sector las Dalias, en el oriente de la ciudad. Fabio Ledesma, presidente de la Junta de Acción Comunal, calcula que han evacuado al menos a cuarenta familias. Una de las casas colapsó con cuatro personas adentro. Tres perdieron la vida.

Según las autoridades de gestión de riesgo municipal, hasta el momento, nueve personas han muerto en Quibdó. Otras 65 ingresaron al hospital San Francisco de Asís para atención médica: 12 requirieron quirófano y otras 18 personas fueron trasladadas hacia ciudades como Medellín y Bogotá por la Fuerza Aérea Colombiana.

En medio de todo lo que afronta el Chocó, hay dos temas en apariencia colaterales que el terremoto ha subrayado. Por un lado, está el suministro energético. Aunque es cierto que en este tipo de situaciones suele ser fluctuante, su ausencia y poca fiabilidad desnudan la frágil red de distribución de la empresa Distribuidora de Energía del Pacífico – DISPAC. Entre el 20 de julio y el 1 de agosto, hubo protestas, cierres de vías y una asonada contra las instalaciones de DISPAC.

Por otro lado, está el tema educativo. Quibdó cuenta con una sola universidad pública con modalidad de educación en presencialidad, la universidad Tecnológica del Chocó, cuya sede principal marca los límites entre los barrios El Jardín y Medrano. En esa esquina, unos 14 mil estudiantes reciben clases en tres jornadas. Estos estudiantes estaban a apenas dos semanas de culminar el periodo académico 2025-2 —sí, el segundo periodo del año lectivo 2025—, retrasado por protestas en el claustro educativo. Debido a los destrozos en la infraestructura, el periodo nuevamente se ha suspendido, otro truco del manejo del tiempo causado por el terremoto.

***

A unos 40 kilómetros de Quibdó, en el municipio de Unión Panamericana, las autoridades reportaron el fallecimiento de al menos tres personas. Hasta el momento se han contabilizado trece en todo el departamento, según la gobernación regional, por lo menos 182 personas heridas, pero es probable que la cifra ascienda.

Desde el epicentro de la calamidad hasta ahora comienzan a llegar reportes. Muy al sur, en límites entre el Chocó, Risaralda y el Valle del Cauca, se encuentra el municipio de San José del Palmar, el epicentro del terremoto. El municipio está incomunicado por vía terrestre debido a por lo menos 18 derrumbes en la única vía que lo une al país con Cartago, Valle del Cauca. Además, sus servicios de telecomunicaciones se encuentran intermitentes por falta de energía eléctrica.

Según la personera municipal, Helen Cuero, la infraestructura habitacional del municipio se ha visto gravemente comprometida. No hay maquinaría para destrabar las vías ni personal para atender a las familias damnificadas, dice.

Luego del sismo, el presidente de la república Abelardo de la Espriella visitó Quibdó y se comprometió con «la ayuda necesaria para afrontar la crisis». Hasta el momento, esa ayuda ha sido la llegada de personal de rescate por parte del ejército y kits de alimentos, que incluyen arroces, lentejas, frijoles, aceite, sal, leche en polvo, pastas, proteínas enlatadas, sal, entre otros.

Las autoridades departamentales y municipales han declarado calamidad pública para orientar recursos económicos a la atención de las familias damnificadas. También abrieron un albergue en el coliseo de boxeo de Quibdó.

Luis Esteban, Marisol y las demás personas con las que he hablado dicen que la ayuda y la atención no han llegado con la celeridad que amerita una catástrofe de estas magnitudes.

El tiempo, de nuevo, parece alargarse.

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