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Crónica

Las sombras de Roa Bastos

El escritor Juan Pablo Parra pasó varios días en Asunción tras la pista del gran novelista paraguayo, autor de Yo el supremo. Entre museos polvorientos, ataúdes de dictadores y calles encharcadas, esto fue lo que descubrió.
Por | Ilustración: Leo Parra
La sombras de Roa Bastos
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Día 1

Mientras camino por Asunción, comienzo a sospechar que he muerto en el avión. Las calles están desiertas, sin transeúntes ni carros, solo hay banderas mojadas colgadas de los balcones y botellas de vino tiradas en las esquinas. Lo único que parece vivo son las siluetas de las gigantescas flotas de transporte público que atraviesan las avenidas a toda velocidad. En cada cuadra me encuentro con viejas casas republicanas, de uno o dos pisos, con las ventanas y las puertas tapiadas. Es el primer martes de julio y el centro de la ciudad parece haberse exiliado en otro país.

Reviso el celular y giro rodeando una catedral naranja, de estilo corintio, empotrada en una colina: la Iglesia de la Encarnación. Luego sigo el muro de ladrillo y llego a una calle empinada. A mitad de cuadra está el Espacio Cultural Roa Bastos. Una vieja casa de dos pisos, reluciente, blanca y vino tinto, con puertas de madera. Como todo, el comercio de la ciudad está cerrado. La noche anterior, mientras volaba sobre los Andes, la selección paraguaya de fútbol eliminó a Alemania del mundial. El presidente, Santiago Peña, miembro del partido Colorado, declaró el día cívico y clausuró la ciudad. Así que, aterrizo en un país con resaca, aferrado al empeño torpe de encontrar lo que quedaba de Augusto Roa Bastos, el autor de Yo el Supremo

Como es ya costumbre cada que un viaje se aparece en mi correo, lo primero que hago es buscar sobre los autores y libros que definen el lugar al que visito. Con Paraguay fue particularmente fácil, Roa Bastos es el único referente literario del país, tanto por la importancia de su obra (ampliamente premiada y referenciada), como por lo desconocido de la literatura paraguaya. Por la ausencia de sus escritores en las mesas de novedades y en las ferias del libro. 

Consulto mi mapa, aún sin rendirme ante el día cívico, y me encamino al Museo Nacional de las Memorias: Dictadura y Derechos Humanos. Según internet está abierto, pero mientras zigzagueo entre calles, parqueaderos desiertos, árboles frondosos, y salto sobre los riachuelos que se forman junto a las aceras, comienzo a entender que no será así. Al llegar a la esquina, me encuentro con una puerta abierta y una luz encendida, me acerco y veo que es una estación de policía. Más allá hay una segunda comisaría, es la Dirección de policía de Asunción, y justo enfrente me encuentro con las puertas del museo cerradas y aseguradas con un candado. 

Doy media vuelta y me encamino hacia el río Paraguay. Luego de cruzar un par de calles y un parque medio abandonado, me encuentro con el Palacio López, sede del gobierno local, y con el congreso nacional, ambos protegidos por un tanque. Sigo derecho hasta la Costanera, el camino peatonal junto al río, el límite natural de la ciudad. Camino hasta llegar a una playa de tierra naranja. Del otro lado, más allá de los árboles, está Argentina. Dos hombres, los únicos hombres vivos del Paraguay, pescan en silencio. 

Deambulo un rato buscando algo para comer y huyendo del frío. Me encuentro entonces con un edificio alto y blanco, bajo una cúpula. En la entrada hay dos soldados jóvenes de gala y con fusiles. Me quito la gorra y entro. Al fondo hay un altar dorado. Del lado derecho, en un pequeño cuarto, hay una pared llena de placas conmemorativas, enviadas por los ejércitos de toda la región. Y justo en el centro hay una cripta. Me acerco y observo un ataúd, del tamaño de un estuche de violín y cubierto por una bandera. Allí descansa, leo bajo una estatua negra, José Gaspar Rodríguez de Francia, protagonista de Yo el Supremo y dictador perpetuo de Paraguay.

Yo el Supremo fue publicado en 1974 en Buenos Aires, donde Roa Bastos vivía en el exilio. El libro es uno de los pilares de la novela de dictadores latinoamericana y comparte con sus hermanas la obsesión por retratar tiranos en su ocaso, haciendo uso de complejos juegos narrativos. La trama inicia con una proclama falsa que aparece en la puerta de la catedral de Asunción. El pasquín anuncia la muerte del tirano, autoriza su decapitación y el ajusticiamiento a sus esbirros. El Supremo, molesto, comienza una investigación para encontrar a los responsables. Sin embargo, la novela pronto olvida las pesquisas y se pierde en un compilado de textos sobre el dictador. 

En sus más de seiscientas páginas, el libro presenta una antología de documentos reales, apócrifos o históricos que cuentan el ascenso y la caída del Supremo. Hay apartes largos de la Circular Perpetua, con la que el tirano imparte órdenes a los militares y gobierna el país; le siguen páginas de su diario, transcripciones de las audiencias en su oficina, ficciones escritas por él, largas disertaciones innominadas sobre astrología, religión, anatomía, historia de Paraguay y Latinoamérica, sobre la familia, la dualidad del universo, pero sobre todo acerca de la muerte. Por momentos, el libro se sale de control y leemos los diálogos del dictador con un perro, con un fantasma o sus opiniones sobre los demonios de tres cabezas y sin sexo que se apoderan del país. Todo unido tenuemente por las notas al pie de página del compilador, probablemente Roa Bastos, el narrador, con quien el Supremo tiene discusiones que rompen la cuarta pared, el tiempo y la narrativa. 

El libro también retrata, a través del protagonista, cómo se creó Paraguay y cómo, poco a poco, el país se quedó solo, cómo se enemistó con Bolívar, con los ingleses y los franceses, con el Imperio del Portugal (Brasil) y con las Provincias del Río de la Plata. Cómo fagocitó a sus próceres y a los sirvientes de la dictadura perpetua. Cómo se cimentó esa «isla rodeada de tierra» de la que alguna vez habló Roa Bastos. 

Pero sobre todo, Yo el Supremo construye a retazos el perfil de un hombre poderoso y cruel que afirma no tener familia, pero que tiene cientos de herederos; que no cree en Dios, pero se considera el cimiento de la iglesia; que no amó a ninguna mujer, pero siente una admiración compulsiva por la que alguna vez pudo ser su suegra; un hombre que se cree la mayor autoridad en arte, política, historia e idiomas, para quien todo lo que no sea de su obra, y lo que es también, es un pasquín difamatorio. Un viejo que quiso ser artista, pero que está obsesionado con negar su mortalidad. Un dictador perpetuo que lo controla todo. 

Lo increíble de Yo el Supremo, pienso esa noche en la cama de mi hotel, con el libro entre las manos, mientras cae sobre Asunción una tormenta monumental con truenos y rayos, es que la novela genera la sensación de que nunca va a terminar, como las dictaduras, que se sabe cuándo empiezan, pero no cuántos muertos nos van a costar ni cómo ni cuándo será su fin. También que su protagonista, el dictador, se mete en todo, gobierna todo, discute todo, reniega todo, se apodera de todo, es un todo, perpetuo y definitivo capaz de rebatir al compilador, a los personajes y al autor. El libro es el reflejo de una sociedad sin división de poderes, sin debido proceso, sin libertades. Yo el Supremo es como una larga pesadilla. Dejo el libro sobre la mesa de noche e intento dormir. 

Día 2

Paso toda la jornada en un taller sobre militarización en América Latina. Escucho relatos en castellano, portugués y guaraní creyendo entenderlo todo. Una y otra vez se repiten algunas frases y expresiones: la inutilidad de la ley, el recuerdo del penetrante olor a gasolina de los tanques, la presencia de cámaras ocultas entre los árboles, la necesidad de inversión en defensa, la presencia hombres armados, los recuerdos de compañeros muertos. Pero también relatos alucinados sobre Cuba, armas sónicas y terremotos provocados. 

En algunos de los asistentes más viejos resuena los años de la dictadura de Alfredo Stroessner. El militar de origen alemán que tomó por la fuerza Paraguay en 1954 y la dejó por la misma vía el 89, para luego huir al Brasil y morir en 2006 sin haber pagado un solo día de cárcel. El tirano obsesivo que dejó como oscuro legado al Paraguay veinte mil exiliados y otras veinte mil personas más torturadas, ejecutadas o desaparecidas.

Al final de la tarde, regreso al hotel cansado. Dejo las cosas en el cuarto y camino a la Plaza Paraguay, el parque de las librerías de Asunción. Al llegar me encuentro con una reja cerrada por obras. En el centro del parque hay una estatua de Roa Bastos, medio ladeada. Ingreso entonces a la biblioteca pública junto a la plaza que lleva el nombre del escritor y donde se albergan algunos manuscritos y su máquina de escribir. Entró y pregunto por la exposición. El librero me escucha y responde despacio que hubo una exhibición hace mucho, pero que los herederos se la llevaron y que no sabe a dónde. Le doy las gracias y me voy. Regreso esquivando charcos al hotel y me encierro a leer. Toda la ciudad huele a mojado.   

Día 3

Tras la cancelación de uno de los eventos tengo un par de horas libres en la mañana. Salgo temprano del hotel y me encuentro con el cielo negro que poco a poco llega a su gris habitual. Me gustaría saber por dónde sale el sol en Asunción, si es que alguna vez sale. Repito el camino hasta el Espacio Cultural Roa Bastos, esta vez con las calles atestadas de carros y escuchando el cantar de pájaros invisibles. Me detengo a veces y le tomo fotos a los árboles que parecen crecer dentro de las casas y salirse por los techos. Al llegar, encuentro la puerta de madera abierta. Detrás hay unas escaleras que llevan a una segunda puerta de cristal, a través de la cual se ve un solar antiguo y fotos de Roa Bastos impresas en las paredes. Espero la hora de apertura y media hora más. Luego golpeo y toco el timbre, un citófono. Al hacerlo una grabación se reproduce: primero suenan casi dos minutos de un pitido monótono, luego una voz: «Lo sentimos, el suscriptor que llama no está disponible en este momento». Y cuelga. Intento de nuevo, pero no hay respuesta. 

Reviso el reloj. Zigzagueo de nuevo hasta el Museo de las Memorias. Caminando, casi nadando a brazadas a través del aire húmedo de la mañana. Al llegar a la cuadra, me encuentro con patrullas de policía estacionadas de esquina a esquina, incluso frente a la puerta de entrada de la casa museo. Paso la reja y camino junto a una camioneta vieja y naranja, como la tierra del río Paraguay. Es la «Caperucita Roja», el auto con el que las fuerzas de Stroessner recogían y desaparecían personas durante la última dictadura. Al fondo hay una puerta, entro y me encuentro a dos mujeres. Hay también muchos rostros conocidos. Son los hombres de una de las comunidades indígenas del norte del país que participan en el mismo taller que yo. Todos me miran. 

Me acerco al mostrador y pregunto por el museo. La mujer le pasa a uno de los hombres una copia de lo que parece un documento de identidad y este la firma. Luego me señala la puerta al fondo del cuarto. Prenda las luces, me dice.

Atravieso la puerta y doy al patio interior. Al costado derecho hay un par de oficinas administrativas y al frente están otros de los asistentes del taller sentados, matando el tiempo.  Entró por una puerta a la izquierda a la exposición. Todas las luces están apagadas y junto a la entrada hay un baño sin puerta, con un cartel escrito a mano de fuera de servicio. Enciendo la luz y me encuentro con paredes llenas de fotocopias laminadas y fotos antiguas, descoloridas y arrugadas por la humedad. Doy una vuelta despacio, revisando los carteles de información. Aprendo sobre Stroessner y sobre la dictadura más larga del siglo pasado en América Latina, 35 años. Leo sobre los veinte mil exiliados, sobre las casas abandonadas, tomadas por el ejército y la policía, sobre la Escuela de las Américas, que llenó el continente de militares y desaparecidos, y sobre los nazis que se escondieron del mundo detrás de las dictaduras. Cuando termino, abro la puerta de la siguiente sala y enciendo la luz. 

Camino a la ventana y la abro. Del otro lado me mira un niño con una maleta a sus pies. La sala está dedicada al Archivo del Terror. Miles de documentos y registros sobre desapariciones, detallados métodos de tortura, sobornos, coimas, expropiación y persecución desmedida que convirtieron a Paraguay en uno de los paises más desiguales y con más concentración en la propiedad de la tierra en el planeta. Reviso un par de relatos sobre tinas para electrocutar y desaparecidos y luego veo el atado de maletas y zapatos en el centro del cuarto. 

Paso a la penúltima habitación y repito el ritual: enciendo la luz y despierto el polvo. Encuentro una imprenta antigua en el centro, las paredes llenas de portadas y, puestas sobre mesas, máquinas de escribir abandonadas y cubiertas con forros de plástico. La sala de la censura y del olvido. La exposición termina con un Homenaje a las víctimas. Enciendo la luz y encuentro paredes llenas de nombres. Los leo por un rato sin saber por qué y luego regreso al patio.  

Al fondo, veo dos celdas bajo una escalera que da a un largo balcón. Me acerco y me encuentro dos grutas oscuras con tinas al fondo, una radio, sillas y bultos de sábanas y ropa tiradas en el piso, encadenadas, acomodadas para representar las siluetas de seres humanos acurrucados. Esos somos en la dictadura, pienso, trastos viejos en el piso, bultos de basura. Me quedo mirando un rato, esperando. Luego me voy.

De regreso al hotel, donde tomaré el transporte para ir al taller, paso frente al Espacio Cultural Roa Bastos. Sigue cerrado. 

Día 4

Asisto al taller y durante la hora de almuerzo me escapo. La noche anterior, envié un correo al museo de Roa Batos y acordé una visita. Tomo un carro que me deja frente a la fachada. De la casa de enfrente, sede de la Organización de Estados Iberoamericanos, sale un joven de pantalón y saco, muy bien peinado. Me saluda, sube las escaleras y abre la puerta. 

La entrada da un pasillo que resume la vida de Roa Bastos: nació y murió en Asunción (1917-2005). Participó siendo un adolescente en la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, pero por su corta edad no combatió, sino que sirvió «barriendo y levantando camillas». Luego, en 1947, salió al exilio a Buenos Aires debido a las críticas que hacía en El País al Partido Colorado, la fuerza política que gobierna Paraguay hasta hoy y que sería unos años después uno de los tres pilares de la dictadura de Stroessner (los otros dos fueron la corrupción como única forma de la política y los militares). En el 59 publicó Hijo del hombre, una novela aclamada por la crítica y el inicio de su trilogía sobre la historia del Paraguay. En 1974 publicó en Argentina Yo el Supremo, segunda parte de la trilogía. Dos años más tarde, en virtud de la Operación Cóndor que articuló a las dictaduras en Latinoamérica, se exilió en  Francia y España. En el 86, regresó al Paraguay, pero fue violentamente detenido, le retiraron el pasaporte y fue expatriado. Quedó para el recuerdo la más hermosa de sus fotos: aparece con las maletas en las manos, de espaldas, a punto de cruzar una calle. En el 89 ganó el Premio Cervantes, el más importante de la literatura en español. En la década del noventa, tras la caída de Stroessner, regresó a su país, donde murió en 2005. 

El asistente me sigue de cerca. Le pregunto cada cuánto abren y me dice que siempre hay que agendar una cita. Sonrío. Pasamos a la sala principal: un único cuarto bien iluminado, seco y tibio. Allí descansa uno de los trajes del escritor y sus gorras. Está su máquina de escribir, que sus hijos trajeron de la biblioteca que se encuentra junto a la Plaza Uruguay, y fotos con García Márquez y Neruda. En las paredes se encuentra parte de la biblioteca de Roa Bastos, además hay pinturas y retratos del autor. En el centro están sus documentos de identidad de Argentina, España y Paraguay, también se expone el cuadro del Premio Cervantes, sus diarios con anotaciones hechas con una letra estilizada y limpia (al parecer la misma que escribió el pasquín que da inicio al Yo el Supremo), y las lacónicas cartas que intercambiaba con Juan Rulfo. Al fondo, tras una vitrina hay varias ediciones de sus libros y un pequeño escritorio con su computador Mac y un libro sobre la vida y viajes de Cristóbal Colón. 

Reviso todo despacio. Al finalizar, apenas unos veinte minutos después, nos despedimos en la puerta de madera y el encargado cruza la calle a su oficina. Yo me quedo en la acera, sentado en los escalones de la entrada. Saco el libro, lo reviso, y salto páginas hasta llegar al final: descubro que el Supremo muere tras un accidente y que sus restos son profanados, perdidos, encontrados, olvidados, reencontrados, examinados, descartados, confundidos con la calaca de un perro y una niña, exiliados a Argentina, repatriados y luego depositados en un cofre del tamaño del estuche de un violín y envueltos en una bandera roja y blanca. Cierro el libro y pido un carro. El asfalto gris es apenas más oscuro que el cielo. Entonces me doy cuenta de que hace cuatros días no veo mi sombra. 

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