Traducción de Felipe Botero Quintana
La publicación de «La droga» (1961), el cuento del escritor de ciencia ficción estadounidense C.C. MacApp, es la primera entrega de «Babilonia se desvanece», una columna mensual en la que el traductor y editor bogotano Felipe Botero Quintana traducirá y analizará cuentos, artículos y ensayos publicados originalmente en otros idiomas.
Amos Parry, gerente regional de la Whelan Inc (Químicos y Alimentos para Fincas & Ranchos), había llegado unos minutos antes y esperaba a Frank Barnes en el laboratorio. Cuando este, el jefe del departamento químico, llegó, vio que estaba aún más nervioso de lo usual, así que se tomó un tiempo para tranquilizarlo antes de decirle:
—Frank, Ventas está empezando a presionar para que saquemos esa nueva hormona.
De inmediato Barnes se agitó.
—Sí, Bill Detrick me llamó ayer al respecto, señor Parry. Perdón si fui un poco cortante con él.
Amos sonrió y dijo:
—Si lo fuiste no ha tenido oportunidad de mencionármelo todavía. Pero creo que tenemos que meterle la ficha antes de que la oficina de Buffalo nos ponga a mil a nosotros. ¿Cuántos hombres tienes trabajando en eso?
—Dos haciendo operaciones de rutina, pero la verdad es que soy yo quien está haciendo la mayoría del trabajo solo, en las noches y durante los fines de semana. No quería que nadie supiera mucho al respecto, señor Parry, porque estoy un poco preocupado.
—¿Preocupado? ¿En qué sentido?
—Ya verá. Déjeme mostrarle la camada en la que estamos trabajando.
Los cerdos estaban en unos corrales afuera del laboratorio. Amos había estado pendiente del incremento de peso y de los indicadores de salud (ese era el campo en el que el avance parecía más prometedor), pero no había visto a los animales en dos semanas.
Le lanzó una ojeada al primer grupo y preguntó:
—¿Cuánto tiene ese cerdo de ahí?
—No más de cuatro meses.
Amos no era ningún experto, pero había pasado varias horas en las granjas de sus clientes y pensó que el animal se veía más grande que eso. Lo mismo se podía decir de las crías en su mismo corral, y esas se veían aún más gordas. Sin embargo, todo el grupo tenía una apariencia extraña, ciertamente atípica en la raza Yorkshire a esa edad. Pensó que parecían casi que jabalíes.
—¿Esto es solo por cuenta de los indicadores de salud? —preguntó.
—No creo, señor Parry. Acuérdese lo que le dije de que esto en realidad no es una hormona.
—Ya sé. Me dijiste que le íbamos a decir así para mantenerlo en secreto.
—Así es, señor, pero no le dije lo que de verdad era. Señor Parry, ¿está usted familiarizado con los hipnóticos? ¿En particular con la mescalina?
—No, no lo estoy Frank.
—Pues es una droga que produce alucinaciones fuertes. Lo que les estamos dando es un derivado químico de eso.
Amos sonrió de nuevo y musitó:
—¿Psicodélicos para cerdos?
Dejó de sonreír tan pronto lo dijo, al pensar en las implicaciones que eso tendría. Después de todo el dinero que habían gastado y los rumores que se habían filtrado, si las cosas no funcionaban tendría que lidiar con duras preguntas de la oficina de Buffalo. Y si sí funcionaba y comenzaban a venderlo…
—¿Qué le haría a un ser humano? —preguntó Amos.
Barnes desvió la mirada y contestó:
—Esa es una de las cosas que me preocupa. Venga, déjeme mostrarle otro cerdo.
Este estaba aislado en un corral y se veía aún más raro que el resto de su camada. Para empezar, su vello era más espeso y más negro, además de que había algo extraño en su forma y cierta sinuosidad rara en la manera en que se movía que le puso la carne de gallina a Amos.
—¿Qué tiene? —preguntó.
—Está perfecto de salud. Es algo acerca de la forma en que actúa, el aspecto que tiene…
—¿Es de la misma camada? ¿Le estás dando la misma dosis?
—Sí, señor. A todos les di una sola dosis. Y pareciera que los efectos son permanentes.
Se habían estado inclinando sobre la cerca y el animal levantaba la cabeza, como si les devolviera la mirada. Había algo extraño en sus ojos: no exactamente un indicio de inteligencia, pero algo insólitamente familiar, algo como «no porcino», por así decirlo. De repente se paró sobre sus patas traseras, apoyando sus patas delanteras en la cerca y levantando la cabeza aún más hacia ellos. Chilló, como si quisiera llamar su atención. Amos sabía que los cerdos podían ser mascotas afectuosas y, sintiéndose tan atraído a él como repelido, se agachó y le acarició la cabeza, con lo que el cerdo dejó de chillar. Se veía demasiado cómodo en esa posición y de pronto Amos entendió qué era lo que le parecía familiar de él.
Alejó la mano rápidamente, sintiendo un intenso deseo de lavarse las manos con jabón.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Ha cambiado rápido a lo largo de la última semana.
Amos miró hacia la puerta que llevaba al laboratorio y vio que había un enorme gato negro que los observaba desde el umbral.
—¿Es normal que ese gato salga a estar acá con ellos?
Los ojos de Barnes se dirigieron hacia el gato, se sobresaltaron y volvieron al cerdo. Se veía tan incómodo como Amos se sentía en ese momento.
***
Cuando Amos llegó a su oficina, el representante de Ventas ya estaba allí esperándolo. Con la mente bastante distraída, Amos paseó una mirada por su maletín cerrado y la sonrisa excesivamente amplia con la que respondió a las cordialidades usuales que intercambiaron en automático.
—¿Acabas de volver? —preguntó.
—Sí, tomé el tren de la mañana. Los malditos aviones están dañados otra vez.
Detrick se veía lleno de energía, aunque sin duda había corrido para ir a su casa, se había afeitado, bañado y cambiado para luego volver a la oficina sin tomarse un descanso. Se sentó, sacó unos documentos del maletín y le dirigió una mirada sonriente, declarando:
—Ya cuadré lo de la Asociación de Durazneros.
«Me va a dar las buenas noticias primero», pensó Amos.
—Muy bien, muy bien —le contestó—. ¿Para todo el año?
—Sip. Y también recibí un cheque de los cultivadores de almendras. Ya me pagaron todo.
—Excelente —dijo Amos, esperando a lo que seguía.
Finalmente llegó:
—Oye, estuve hablando con Frank Barnes acerca de la nueva hormona que está probando y me pareció que sonaba un poco negativo al respecto. ¿Cuándo crees que va a estar lista?
Era tentador responder con un optimismo falso y esquivar el asunto durante un tiempo, pero Amos dijo:
—Lo más lento del proceso serán las pruebas y los registros a nivel estatal y luego a nivel federal. Diría que no antes de un año.
Detrick asintió y repuso:
—La competencia está vendiendo cada vez más cosas sin registrarlas.
—Sí, cosas sacadas del sombrero y siempre terminan por agarrarlos.
Detrick sonrió y dijo:
—Cada vez se quedan con más porciones del negocio en ese sombrero.
Amos se forzó a sonreír, aunque esa discusión le parecía vieja y cansina.
—Si quieres lo podemos hablar con la oficina en Buffalo, Bill, pero sabes que no puedo aprobarlo yo solo.
Detrick no insistió, pues no era el tipo de hombre que se diera de cabeza contra una pared si sabía que no había forma de evitarla, y durante la hora siguiente Amos tuvo que escuchar su retahíla de problemas: la competencia había bajado los precios en tal cosa, había quitado ingredientes en tal otra, había logrado poner tal producto nuevo en el mercado (la fábrica y los depósitos de Whelan ya estaban llenos a reventar de la agobiante variedad de productos que ofrecían, pero Ventas no consideraba que eso fuera su problema) y además había que revisar la política de créditos. Pero lo peor de todo era una demanda de quince mil dólares por daños a unos árboles de pera que supuestamente habían sido causados por un lote defectuoso de insecticidas de arsénico de Whelan.
Amos se deshizo de Detrick cediendo en algunos pocos puntos, mostrándose abierto a discutir otros y zanjando la discusión en otros más. Luego se aseguró de que nadie más lo estuviera esperando afuera y le dijo a su secretaria que no deseaba ser molestado antes del almuerzo.
Tenía una cita para almorzar con un cliente y ya de por sí se sentía reacio a ir, porque sabía que iba a tener que tomar tres o cuatro tragos, iba a tener que comer demasiado y después tendría que lidiar con su malestar estomacal. Pero antes tenía unos cuantos minutos para intentar aclarar su mente. Se tomó una manotada de pastillas que se suponía que debía tomarse en ese momento. «Parte de los beneficios de ser ejecutivo en esta empresa», pensó: «fármacos y exámenes médicos». Le pareció imposible concebir que en algún pasado remoto su cuerpo hubiera sido capaz de comer papas fritas y luego de ir a jugar fútbol.
Mecánicamente, con su mente todavía en los cerdos del laboratorio, sacó una pequeña bolsa de granos de un cajón de su escritorio. Esperaba que nadie (excepto su secretaria, claro está) supiera que él malgastaba su tiempo dándole de comer a unas palomas, pero eso le ayudaba a tranquilizarse y sentía que él tenía todo el derecho a tener una excentricidad o dos.
Ellas ya estaban allí esperándolo. Algunas incluso lo reconocieron y no se alejaron despavoridas cuando él abrió su ventana y regó los granos en el alféizar afuera. Unas pocas comieron directamente de su mano.
Era un día seco, pero el sol que entraba de manera oblicua por su ventana se sentía cálido. Se quedó asomado afuera, observando las aves —había más que se acercaban, sobrevolando en círculos— y le lanzó una mirada a la zona industrial de la ciudad. La forma áspera de los edificios se veía suavizada por el aire y la distancia y no había nada ruidoso en la vecindad. Hasta podía imaginarse que se encontraba en un paisaje rural.
Lanzó una ojeada a su reloj, suspiró, metió la cabeza adentro de la oficina y cerró la ventana, notando cómo el murmullo del aire acondicionado reemplazaba los sonidos de afuera. Ni siquiera la imaginación podía mantener a la ciudad lejos por mucho tiempo.
***
Al pasar por la parte de afuera de su oficina vio que Alice Grant, su secretaria, ya tenía el almuerzo listo en su escritorio. Era una joven de treinta años, no muy alta y algo rolliza. Llevaba el pelo rubio en un moño apretado en la parte de atrás de la cabeza, pero eso no lograba darle un aspecto severo, y sus rasgos eran regulares y bonitos, aunque no fueran nada del otro mundo. Amos notó que tenía un moretón en una de las mejillas y se preguntó cuánto tiempo más aguantaría con ese patán de esposo que tenía. No había niños para retenerla en ese matrimonio.
—Probablemente me demore en el almuerzo —dijo—. ¿Tengo algo esta tarde?
—Solo a Jim a las dos y media y al agente del sindicato a las tres.
El almuerzo no estuvo tan pesado como lo imaginaba, solo un tanto «lubricado», como le gustaba a ese cliente. Amos apenas se sentía un poco mareado al volver a la oficina. Sin embargo, una reunión tormentosa con el superintendente de la fábrica lo devolvió a su estado habitual de inquietud. Jim Glover estaba furioso por la demanda de quince mil dólares, aunque claramente había sido un error de producción. También se dio la pela para evitar darle un estimado de cuánto costaría terminar la nueva droga, antes de aterrizar en una cifra de cincuenta mil dólares. Por último se quejó de que Frank Barnes no le estaba dando suficiente información.
Amos seguía sacudido por ese encuentro cuando llegó el agente sindical. Comenzaba a sentir los excesos del almuerzo y no se mostró muy ágil en la discusión con él. No es que hubiera hecho mucha diferencia: el sindicato exigía un aumento de salario o ya verían lo que pasaría. Para cuando logró escabullirse de esa reunión, luego de dictarle unas cuantas cartas a su secretaria, ya era hora de ir a casa.
Esperaba que su esposa estuviera fuera para poder tomar más de sus medicamentos y relajarse, pero ella lo estaba esperando en la puerta con una diatriba lista en la boca: su hijo, que apenas si seguía viviendo con ellos en la casa, había recibido una multa por manejar embriagado con sus amigos de la universidad, y Amos tendría que encargarse de eso; los Templetons iban a estar con ellos ese fin de semana; por último, el hijo de su hermano estaba por graduarse y su hermano pensaba que quizás podría conseguirle un puesto en la empresa.
Después de soltar su perorata, ella se detuvo y le lanzó una mirada de arriba abajo.
—Espero que esta no sea una de tus noches de mal humor. Los Ashtons vienen a jugar bridge.
Le dio rienda suelta a su exasperación al escuchar eso y se expresó agriamente acerca de lo que sentía al tener una noche de bridge un miércoles cuando el martes habían salido a una fiesta en un bar y el lunes había habido una reunión social insulsa en la casa de alguien que él ni siquiera sabía quién era.
Ella le devolvió una mirada sin compasión o comprensión y dijo:
—Pues todo esto es con tus compañeros de trabajo. Me pregunto qué harías si no estuvieras con una mujer dispuesta a recibir gente en su casa.
Últimamente le estaba lanzando bastante indirectas al respecto; ella estaba exprimiendo su rol de «esposa de ejecutivo» hasta la última gota. Bueno, ya que no podría relajarse y lidiar con su indigestión, no le quedaba más que una salida: se dirigió al bar.
—¡No te vayas a emborrachar antes de la cena! —le lanzó ella a sus espaldas.
Logró sobrevivir a la noche con ayuda de unos cuantos martinis y al acostarse pensó que la velada no había sido peor que la mayoría.
***
A las nueve de la mañana siguiente llegó la llamada que había estado esperando de Buffalo.
—Hola, Stu —le dijo al presidente de la compañía.
—Hola, Amos. ¿Todavía es de mañana allá, eh? ¿Cómo va la familia? Ah, muy bien. Oye, Amos, un par de cosas. Esa demanda a la fábrica tiene a los de producción ladrando de la rabia.
—No hay duda de que el lote era defectuoso, Stu.
—Bueno, pues nada que hacer entonces. La pregunta es, ¿cómo pudo suceder algo así?
—Jim Glover dice que necesita otro químico como controlador.
—Espero que no estén ahorrando con cosas importantes allá.
—Queríamos contratar a alguien más, Stu, pero la oficina de Buffalo no lo permitió.
—Debiste hablarlo directamente conmigo si era así de importante. Esto le va a restar una enorme suma a las ganancias de este año en tu departamento. ¿Han podido subir algo los márgenes?
Amos se sentía indispuesto a señalar que, como Ventas quería bajar los precios y el sindicato quería aumentar los salarios, los márgenes solo podrían empeorar. Aludió a unos cuantos ahorros menores que había logrado hacer y mencionó el contrato con la Asociación de Durazneros.
—Sí, ya había escuchado algo acerca de eso —dijo el presidente de la compañía—. Ese es un buen negocio. A propósito, ¿cómo va el tema de la hormona animal?
Ese era su principal motivo para llamar, por supuesto. Sin duda Detrick había llamado a la oficina y había dado a entender que Amos estaba arrastrando los pies, retardando una potencial bonanza.
—Te iba a llamar para hablar de eso, Stu. Escucha, nos demoraremos más de un año probando y registrando y-
—Amos, espero que no te estés poniendo muy conservador con nosotros…
Su mensaje era claro, pero Amos contestó automáticamente:
—Sabes que no es eso, Stu, pero me preocupa el Departamento Legal. Si nos ponen trabas, puede que necesitemos que tú interfieras en el proceso.
—Tú sabes que yo siempre estaré detrás tuyo, Amos.
Al menos eso era verdad, pensó Amos al colgar. Respirándome en la nuca. El mejor lugar para interferir, claro está.
Sabía exactamente lo que iba a pasar: si trataba de tomar atajos, el Departamento Legal pondría un grito en el cielo alegando la necesidad de pruebas rigurosas para completar el registro, y Producción diría que él estaba presionando más de la cuenta a Jim Glover, y todos acabarían por afincarse en sus posiciones de superioridad moral, mirando desde arriba mientras él terminaba en un callejón sin salida. El resultado no sería otro que toneladas de papeleo distribuidas en la oficina de Buffalo, acumuladas y estancadas de manera experta en los escritorios de los burócratas.
Sin mencionar que lo que tenían entre manos no era un producto normal, después de todo. Pensó por primera vez que a lo mejor el gobierno no los dejaría producirlo, mucho menos venderlo, ni siquiera como un residuo minúsculo en la comida. Si era un narcótico, no había modo de que no pudiera ser utilizado de manera errónea…
***
Sonó el intercomunicador y se sobresaltó al escuchar a la señora Grant anunciando a Frank Barnes. No era normal que Frank apareciera sin haber pedido una cita antes.
Una mirada le bastó a Amos para saber lo que estaba por suceder. Escuchó a Frank decirle que renunciaba con la cabeza en otra parte, sopesando la manera extraña y deliberada en que todo parecía estar encajando.
Cuando Barnes terminó, Amos respondió en un tono un tanto mecánico:
—Has sido parte de este equipo por un largo tiempo, Frank. Es particularmente duro perderte en este momento. —Sabía que estaba usando lugares comunes, pero no importaba, pues era consciente de que no iba a lograr hacerle cambiar de opinión. Lo miró de cerca y observó que su timidez habitual lo había abandonado. También había dejado de lado sus anteojos. De repente un pensamiento perturbador se apoderó de él—: Tomaste una dosis de esa droga.
Barnes sonrió y deslizó una ampolla llena de polvo en el escritorio, junto a una carpeta de documentos.
—Ayer en la noche —dijo—. Entre la presión del trabajo y la curiosidad, cedí a la tentación.
Amos tomó la ampolla y la carpeta.
—¿Y estos qué son?
—Para que lo destruya si así desea. Arreglé todos los registros en el laboratorio para que todo parezca como una falsa pista. En sus manos está todo lo que queda de este proyecto.
Amos lo miró intentando detectar alguna señal de locura en su rostro, pero no encontró nada.
—¿Te sientes bien?
—Mejor de lo que se imagina, señor Parry. Pero déjeme mostrarle aquello a lo que se enfrenta. Es lo menos que puedo hacer por usted.
—Gracias. ¿No crees que ya deberías llamarme Amos?
—Claro, Amos. Para empezar, tenía usted razón en su intuición de que ese cerdo estaba tratando de imitar al gato. No podía llegar muy lejos porque sólo tenía un cerebro de cerdo para empezar, pero… —Se detuvo y sonrió al ver la expresión en el rostro de Amos—. Trataré de explicarlo mejor. ¿Qué es un animal? Digo, en términos físicos.
Amos negó con la cabeza y replicó:
—Dímelo tú.
—Pues bien, un animal no es más que una colonia de células. Distintos tipos de células forman órganos que hacen cosas para la colonia, pero cada célula tiene una vida propia. Cuando muere, otra célula del mismo tipo continúa con su trabajo. Pero, ¿quién regula la colonia?, ¿quién mantiene todo el patrón?
Amos esperó a que continuara.
—Parte de lo que sucede es un reemplazo automático, célula por célula. Pero más allá de eso hay algo que controla todo: el inconsciente. —Paró de nuevo para examinar el rostro de Amos—. Usted cree que estoy teorizando, pero no es cierto. La droga me permitió traspasar ciertas barreras y veo todo tan claro como usted siente sus dedos al moverlos.
Amos recordó que el otro había dicho algo acerca de alucinaciones, pero Barnes sonrió de nuevo y dijo:
—Digamos que la consciencia es solo un uno por ciento de la mente, separada del resto. ¿Qué pasaría si algo tumbara la barrera entre lo consciente y lo inconsciente y le diera a uno control sobre el otro noventa y nueve por ciento?
Al recordar al cerdo, Amos fue incapaz de no sentir un frío asomo de credulidad en ese momento. Temía lo que estaba por pasar, que sin duda sería una demostración.
Barnes extendió el brazo, con la palma de la mano hacia arriba. En pocos segundos apareció allí una mancha rosada que luego se tornó roja, empezó a supurar y luego apareció un pequeño charco de sangre. Barnes lo dejó ahí por un momento y luego se limpió con un pañuelo. Al quitar el pañuelo no había rastro de sangre en ninguna parte.
—Esto es lo que pude hacer en pocos segundos —dijo—: abrí los poros, dirigí sangre hacia ellos y luego los volví a cerrar. Amos, ¿cree usted en los hombres lobo?
Amos quiso levantarse de un salto y gritar «¡No! ¡Estás loco!», pero se quedó sentado ahí, mirándolo.
—Podría mover mi pulgar al otro lado de la mano —dijo lenta y pensativamente—. Sigo explorando qué sucedería, pero creo que no le tomaría mucho a mi hueso acomodarse. Habrá notado también que ya no necesito gafas.
Sonó el intercomunicador. Amos saltó y por puro hábito pulsó el botón para hablar:
—Bill Detrick y el cliente de ayer están acá para verlo, señor Parry —resonó la voz de Alice Grant.
—Pí-pídales que esperen —fue lo único que atinó a decir.
Su mente estaba empantanada. Necesitaba más tiempo.
—Frank… tú…. ¿te vas a quedar unos cuantos días?
—Claro. Ya no tengo ningún apuro. Pero mientras sigue pensando, déjeme sugerirle unas cuantas cosas: no más gente incapacitada, no más enfermedades. No más gente fea, a menos de que quiera serlo. Y no más leyes.
—¿No más leyes?
—¿Cómo podría existir la policía en un mundo así, en el que un hombre podría cambiar los rasgos de su rostro o sus huellas dactilares a voluntad? Hasta sus dientes. Es posible que pueda hacer cosas que yo todavía no me puedo imaginar.
Sonó el intercomunicador de nuevo, la señora Grant insistiendo sutilmente. Amos la ignoró, pero aun así casi ni se dio cuenta de que Frank había abandonado la habitación.
Se percató de que el químico le había hecho un favor. Lo más egoísta hubiera sido quedarse con el secreto y los beneficios para él, pero en vez le había dado a Amos una opción. Pero, ¿cuál era esa opción? Suprimir la droga le costaría su trabajo, no había duda al respecto.
Estaba parado de espaldas a la puerta cuando escuchó que se abría. Se volteó y vio a Detrick con el ceño fruncido.
—Amos, no podemos tener a ese hombre esperando así. Es-
Toda la frustración de Amos y de su nueva responsabilidad se transmutaron en rabia. Corrió hacia Detrick gritando:
—¡Estafador, cara de simio! —vociferó—. ¡Sal de acá! ¡Sal de acá! ¡Yo te diré cuándo puedes entrar a mi oficina!
Apenas si logró frenar su puño en el aire. Detrick se quedó petrificado, el rostro congelado en una expresión ridícula. De repente volvió a cobrar vida y se escabulló de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Amos no esperó más. Si iba a tomar una decisión, tenía que tener la experiencia de primera mano. Abrió la carpeta que le dejó Barnes y miró los documentos en busca de una indicación respecto a la dosis. Al parecer no importaba mucho, así que echó un poco del polvo en un vaso, lo llenó de agua y se lo bebió. Detectó un ligero sabor a alcalina, que logró pasar con más agua. Luego se sentó a esperar.
***
Una voz monótona parecía estar enunciando información casi más rápido de lo que él podía captarla, aunque esa voz estaba en su cabeza, no en sus oídos: «Verde de París/calcio acetoarsenito/invasión escarabajo algodón de Texas/pigmento de pintura/obsoleto/debe eliminarse/demanda de compensación/hombre fingiendo probablemente infección/Detrick le gustaría porque seríamos el único oferente/ganas de golpearlo cuando discutimos/correspondencia de Buffalo el año pasado/ellos dicen mantener/mirar cómo usar el veneno/maldita esposa…».
Ese último pensamiento hizo saltar sus alarmas, obligándolo a despertar.
—¡Ey! —reclamó el Intelecto—. ¿Qué está pasando acá?
—Ah, ya estás acá —dijo el Inconsciente—. Eso fue bastante rápido. Han pasado quince minutos y veintitrés segundos desde que tomaste la droga. Probabilidad de error en un milisegundo. Yo apenas me acabo de despertar hace unos minutos. Minuto/sesenta por hora/veinticuatro horas al día/días se hacen cada vez más cortos/septiembre/abrigo está en el carro/esposa quiere un carro nuevo/el abrigo es impermeable/apesta/Hyatt usa alcanfor…
—¡Espera un segundo! —gritó el Intelecto.
—¿Quieres que deje de escanear?
—¿Eso es lo que estás haciendo? ¿Qué estás escaneando?
—Los depósitos de la memoria, claro está. ¿No recuerdas el libro que leímos hace tres años? «Se estima que el cerebro humano…». ¡Ah, está bien, iré más lento! Pero me podrías seguir más la pista si me dejaras establecer unas conexiones directas.
—¿Soy yo quien te está frenando?
—Pues no tú exactamente. Ven, déjame mostrarte.
El Inconsciente empezó a dirigir el crecimiento de unos tendones nerviosos en el cerebro. Amos apenas si lograba seguir lo que estaba haciendo.
—¡Miedo! —exclamó una voz ahogada—. ¡Para!
—¿Qué fue eso? —preguntó el Intelecto, sorprendido.
—Eso fue el Ello. Él siempre está resistiéndose a las mejoras y yo no puedo pasar por encima de él.
—¿Yo sí podría?
—Por supuesto. Para eso estás tú más que todo. Espera que termine de hacer todas las conexiones y verás cómo queda todo.
—¡MIEDO! —chilló el Ello—. ¡PARA! ¡NO MÁS CAMBIOS!
—¡CÁLLATE! —gritó el Intelecto.
Era extraño sentirse «integrado»: Amos sentía que era consciente en dos niveles en simultáneo. Mientras seguía respondiendo de manera normal a su entorno externo, una visión interna relampagueante le permitía ver todo en mucho mayor detalle. Parpadear, por ejemplo, era toda una acción impresionante. Incluso antes de que las órdenes hubieran salido de un área y los músculos comenzaran a responder, corrientes adicionales de sangre corrían a esa área para nutrir las partes que se iban a poner en funcionamiento. Había reportes de inmediato, como mensajeros de batallas: estos tres músculos estaban operando a tiempo, había uno retardado, otro estaba jalando demasiado duro. Un asomo infinitesimal de dolor revelaba un pequeño accidente y las correcciones iniciaban de inmediato. Había un censor vigilando toda la operación y marcando cada reporte que llegaba como «trivial, no registrar» «trivial, no registrar», «mantener en observación, registrar en la memoria temporal», «trivial, no registrar», etc…
Empezaba a imaginarse a sí mismo en perfecta salud para siempre y hasta ahora no se sentía perdiendo su sentido de identidad o volviéndose un monstruo moral (aunque ciertas pulsiones previamente enterradas —hacia Alice Grant, por ejemplo— quedaban al descubierto, haciéndolo sentir vergüenza). A diferencia de Frank Barnes, no se sentía inclinado a hacerle el quite a la situación de inmediato. Todavía sentía la responsabilidad de tomar una decisión.
Se llevó la ampolla con el polvo y la carpeta de documentos a casa con él, haciendo caso omiso del parloteo de su esposa (que ya no le molestaba en absoluto) y escondiéndolas allí. Luego salió alegremente con ella para ir a visitar a una gente que no le agradaba y logró pasarla bien en lugar de sentirse irritado. En general, estaba de muy buen ánimo y se quedaron hasta tarde.
***
Cuando finalmente llegaron a la casa había un mensaje urgente esperándolo en el contestador automático que lo hizo ponerse de pie de un brinco y agarrar el sombrero y el abrigo que acababa de dejar de lado.
—¿Qué pasó? —preguntó su esposa.
—Tengo que ir a la fábrica —dudó; era difícil decir palabras que estaban tan cargadas de significado para él—. El portero encontró a Frank Barnes muerto en el laboratorio.
—¿A quién?
—¡A Frank Barnes! ¡El jefe del departamento químico!
—Ah —le lanzó una mirada que obviamente inquiría cómo eso podía tener relación con ella, si acaso en absoluto—. ¿Por qué tienes que meterte en eso?
—¡Yo soy el jefe, por todos los diablos! —La dejó ahí parada y fue corriendo al garaje.
La policía ya estaba en la fábrica cuando llegó. El cadáver de Frank estaba en el piso de su oficina, en una esquina detrás de unos archivadores, boca arriba.
—¿De qué murió? —le preguntó Amos al funcionario de la morgue, anticipando ya la respuesta que le iban a dar. Pero la respuesta no era lo que él temía.
—Un ataque al corazón.
Amos se preguntó si habrían cometido un error. Lanzó una mirada en derredor. No había indicio de que hubiera habido ningún tipo de perturbación en la oficina; parecía como si Frank simplemente se hubiera acostado en el piso y se hubiera muerto.
—¿Cuándo lo encontraste? —le preguntó al portero.
—Un poco después de la una. La puerta estaba cerrada y las luces estaban apagadas, pero oí un gato maullando por acá, así que entré para dejarlo salir y ahí fue cuando vi el cuerpo.
—¿Tiene familia? —preguntó otro de los funcionarios.
—No —repuso Amos lentamente—. Vivía solo. Supongo que tendrán que llevárselo… a la morgue. ¿Cuándo puedo llamar para saber los resultados de la autopsia?
—Intente mañana después del almuerzo.
Amos vio cómo se llevaban a Frank. Luego apagó las luces y cerró el laboratorio. Le dijo al guardia que se iba a quedar un rato y fue a su oficina a reflexionar.
De lo que sabía, Frank había tomado la droga menos de veinticuatro horas antes que él. Se había muerto tarde en la noche, lo que significaba que Frank había estado trabajando horas extras. ¿Por qué? ¿Y por qué no había logrado salvarse a sí mismo?
—No es lógico —su Inconsciente declaró con firmeza—. Debió anticipar que eso iba a suceder y debió hacer ajustes.
—Todo esto parece un delirio —dijo Amos de manera queda, en voz alta.
—No, no lo es —dijo una peculiar voz a sus espaldas.
Se giró y vio al gato negro sonriéndole. Ahogó un grito, preguntándose si ya se había vuelto completamente loco, pero de repente, como un rayo, comprendió todo:
—¡Frank!
—No parezca tan sorprendido. Me doy cuenta de que usted también tomó un poco.
—Sí, pero ¿cómo-
—Pensé que sería una vida más fácil así y quería quedarme y ver cómo salían las cosas, al menos por un rato. Seguro será divertido.
—Pero, ¿cómo?
—Anestesié al gato y construí un puente a su mente. Me tomó alrededor de cinco horas transferir toda mi personalidad a su cuerpo. Es extraño, pero se acomodó perfectamente a la suya.
—Pero, ¡puedes hablar!
—He hecho unos cuantos cambios. Ahora soy omnívoro, no solo carnívoro… o al menos lo seré en un par de horas. Puedo ir a las colinas y vivir de hierba o volver a mi forma de hombre, o lo que quiera.
—Claro —dijo su Inconsciente—. Si estás dispuesto a botar todo el exceso de basura…
Lo pensó por un momento y luego le dijo al gato (es decir, a Frank):
—Así que te vas a quedar a ver cómo salen las cosas. Es una buena idea. Mi familia quedará bien dispuesta y no habrá nadie que me extrañe…
—Excepto Alice Grant —repuso Frank con su voz malévola de gato—. He visto la forma en que la miras. Al menos mi parte felina lo notó, quiero decir. Ella también te mira, cuando no te das cuenta.
—Bueno —dijo Amos—. A lo mejor pueda hacer algo al respecto…
***
Su propia metamorfosis le tomó más de cinco horas, pues lo que se había propuesto requería de muchos más ajustes. Pasaron casi dos meses antes de que volviera a la fábrica.
Al pasar por ahí se asomó a la ventana de Detrick, que había heredado la vieja oficina de Amos. Ahí estaba Detrick, regañando a un vendedor. Amos sabía bien lo que iba a ocurrir: la expansión ambiciosa e insensata que había llevado a cabo Detrick había creado un caos en su viejo departamento. De hecho, con su nueva vista aguzada, Amos pudo leer parte de una carta proveniente de la oficina de Buffalo que yacía en el escritorio, en la que criticaban bastante los márgenes de ganancia de Detrick…
El vendedor que Detrick tenía en la silla de acusados era un buen hombre y Amos se preguntó si acaso él de verdad tendría la culpa por lo que sea que estuviera pasando. A lo mejor Detrick simplemente se estaba preparando para lanzarlo a la fosa de leones. Un hombre como él podría resistir durante un largo tiempo así, dirigiendo la culpa a sus subordinados.
Finalmente Detrick dejó ir al vendedor y se quedó sentado solo, con toda su frustración egoísta y sus tramas manipuladoras dibujadas en el rostro. No, pensó Amos, no voy a soltarle esta droga al mundo, al menos no por un tiempo. No mientras siga habiendo gente como Detrick por ahí.
No había más palomas en el alféizar de la ventana excepto él y Alice. El resto había dejado de ir cuando Amos desapareció y dejó de alimentarlas. Por esa razón tendían a evitarlo a él y a Alice, posiblemente también por su tamaño anormal, en especial su cabeza, y sus otras diferencias.
Notó que Alice estaba volviendo a cambiar el color de sus patas otra vez. Típico de una mujer, pensó cariñosamente.
—Vamos, palomita —dijo—. Vamos a otra parte. Ese amarrado de Detrick no va a darnos nada de comer.

Escogí «La droga» para la primera entrega de ciencia ficción de «Babilonia se desvanece» no porque sea un cuento extraordinario (visto desde una perspectiva de género es bastante abominable) o por la calidad de su escritura, sino por lo relevante que parece en la coyuntura que vivimos, marcada por el ascenso imparable de la inteligencia artificial.
Se pueden establecer múltiples paralelos entre nuestro mundo actual y el mundo imaginado por C.C. MacApp (como dicen los angloparlantes, no pun intended): aquí como allá hay una competencia económica feroz que está empujando a las empresas a desarrollar productos a gran velocidad sin adecuada consideración de sus consecuencias a mediano y largo plazo; allá como aquí ese impulso da con un producto (la droga en el cuento, la inteligencia artificial en nuestro mundo) que parece revolucionario y promete ser casi que omnipotente, pero a la vez parece imposible no imaginar que ese potencial será instrumentalizado de manera insensata para la continua opresión de una mayoría por parte de una minoría en su sed insaciable de poder y de lucro.
Ursula K. Le Guin, quizá la mejor escritora de ciencia ficción de la historia (y para mí de las/los mejores escritores de todos los tiempos), dijo en su prefacio a La mano izquierda de la oscuridad que «el propósito de un experimento mental, tal como Schödinger y otros físicos utilizan ese término, no es predecir el futuro […] sino describir la realidad, el mundo presente». Por ello, «la ciencia ficción no es predictiva, es descriptiva».
Usualmente, recordarle al lector que la ciencia ficción no debe ser tomada de manera literal, como indicador exacto de lo que será el futuro, sirve para tranquilizarlo, pues son más las ocasiones (al menos en nuestros tiempos) en que el arte nos invita a incursionar en distopías en lugar de utopías, como si quisiera «despertarnos» y advertirnos las posibles consecuencias negativas que podrían tener las tecnologías que estamos creando y usando, como sucede, por ejemplo, con la mayoría de capítulos de esa serie fantástica que era Black Mirror. Sin embargo, en este caso, creo que este recordatorio debe servir para un propósito inverso: la «droga» de nuestro mundo ya ha sido soltada al público, está ya en manos de los «Detricks» de este planeta y es poco probable que su uso quede confinado a algo tan encantador y hermoso como volverse un gato o una paloma.