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Opinión
Hipopótamos de novelas 
La literatura ya había advertido que introducir lo ajeno en un ecosistema es invocar el desastre. Este relato rastrea cómo el hipopótamo pasó de ser un capricho de zoológico a una metáfora de la excentricidad y el desequilibrio en las letras latinoamericanas.
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Hipopótamos de novelas (1)
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En Imposible equilibrio, su novela de 1995, Mempo Giardinelli imagina la importación de cuatro hipopótamos a la región del Chaco, en el norte de Argentina, como solución para la proliferación de carrizales y camalotes que asfixian los ríos y dificultan la navegación. La idea, atribuida en el libro al Negro Flores, puede parecer hipotéticamente buena a sus personajes, dado el proverbial apetito de esos enormes herbívoros, excepto que fuera del ámbito especulativo de la ficción conocemos muy bien los riesgos de introducir especies no nativas en cualquier ecosistema: es un peligro que en últimas puede conducir al colapso. 

En Colombia no es una mera hipótesis o divagación literaria: en la región del Magdalena Medio, ubicada a unos diez mil kilómetros de las costas africanas más cercanas, se encuentran los únicos hipopótamos en el mundo que, sin ser nativos, viven en estado salvaje. Sus historias se han contado en reportajes, artículos, documentales y películas donde les dan la palabra para que ellos mismos narren, con humor o dolor, el sinsentido de su destierro, provocado en este caso no por un impulso ecológico —por llamar de alguna manera al que inspira al personaje de Giardinelli—, sino por los caprichos de un capo de la mafia cuyo legado sigue causando estragos en el país al que le declaró la guerra a finales del siglo pasado. 

Sobre ese legado, complicado y del que también se ha escrito en abundancia, dice el expresidente César Gaviria en un documental para la BBC: «Al final, del imperio de Escobar lo único que queda, en realidad, lo único que queda son los hipopótamos salvajes. No queda nada más». La Hacienda Nápoles, la extensa finca que los recibió en su nuevo país, se vino abajo tras la caída del capo y durante años fue presa de un abandono semejante al de los paisajes por los que pasan, uno tras otro, los fugitivos de la novela de Giardinelli: pueblos de nombres también reminiscentes de Europa como Puerto Tirol o lugares con denominaciones abiertamente ridículas —lo reconocen los personajes— como Pueblo Soberanía Nacional, o incluso caseríos bautizados para resaltar alguna antigua característica, como Cote Lai, que en el idioma local significa “donde abundan las palometas”, un sinsentido ahora que, como los demás sitios en la novela, sus bosques han sido arrasados para la extracción del tanino y donde alguna vez hubo abundancia no queda más que miseria.

Pero me estoy adelantando. «A lo largo de todo ese año —escribe Giardinelli al principio de la novela, cuando los chaqueños ya han acogido la idea de la importación—, lenta pero consistentemente, los hipopótamos pasaron a formar parte de nuestras vidas. La excitación de la gente creció como en los tiempos de las grandes catástrofes naturales, cuando la solidaridad colectiva es un imperativo de supervivencia. Y Frank Woodyard tuvo razón en que la aceptación general había sido producto de la ignorancia».

Tres personajes se oponen a la idea original del Negro Flores de utilizar a los hipopótamos. Para sabotear los planes gubernamentales, recurren entonces a una serie de bombas que detonan el día mismo de la llegada de los animales a Puerto Barranqueras para robarlos en medio del caos y liberarlos en diferentes puntos de la enorme selva chaqueña, donde tienen la seguridad de que resultará imposible encontrarlos. Empieza entonces una persecución al mejor estilo de Giardinelli, con todo y carros que explotan, y aunque los elementos de la novela no tienen nada que ver con los de la vida real, no dejan de asemejarse y encontrarse de forma recurrente: ahí están las bombas, la persecución, la militancia en las guerrillas, el calor sofocante, los hipopótamos mismos y su potencial daño ecológico que una y otra vez obligan al reconocimiento. Las noticias, en la novela, llegan incluso a asegurar que uno de los secuestradores de los hipopótamos tiene lazos con el cartel de Medellín. 

Es verdad, puede que uno esté acostumbrado a establecer relaciones entre las cosas donde no las hay, donde no impera más que la gratuidad o el más simple de los azares, pero se encuentran aquí demasiados elementos en común como para la indiferencia. Y es que los hipopótamos, de por sí, invitan a este tipo de elucubraciones, como suele suceder en general con los animales, tan frecuentemente utilizados para establecer comparaciones. El periodista Daniel Coronell, por ejemplo, refiriéndose a las cintas telefónicas en las que se basó para su podcast «Pablo Escobar: Escape de La Catedral», dice que le permitían «escuchar al verdadero Pablo Escobar, ese bicho que parecía emanado de algún manual de zoología fantástica: tenía un olfato de sabueso, una astucia de zorro, la maldad de una hiena y la letalidad de una cobra». 

¿Dónde quedan los hipopótamos? Ellos tal vez no solo se prestan a comparaciones, sino que parecen casi metafóricos, con su apariencia inofensiva, su proverbial letalidad y esa terca capacidad de enfrentarse casi a cualquier otro animal con el que se crucen en los dos mundos en los que se mueven a sus anchas, el acuático y el terrestre, donde solo les hace falta abrir la boca para demostrar de qué son capaces. Su mera presencia puede causar un desequilibrio de consecuencias imprevisibles. Están dispuestos a defender a muerte su territorio. Y la velocidad de su reproducción supera las capacidades de contención de las autoridades, que desconocen el número exacto de especímenes en la zona o los lugares donde habitan, tranquilos, a sus anchas, sin necesidad de esconderse, paseando incluso entre las personas que los contemplan con miedo o reverencia. 

¿Cómo no relacionar entonces a los hipopótamos de Escobar con los hipopótamos enanos de Liberia que ansía el hijo de otro capo de las drogas, el narrador de Fiesta en la madriguera, el debut novelístico del mexicano Juan Pablo Villalobos? Me resulta fácil simpatizar con las motivaciones detrás de esa novela, surgida durante la inminente paternidad del autor, quien ha dicho que su intención era escribir una obra de iniciación acerca de un niño que desea un animal imposible y acerca del desarrollo de esa imposibilidad, el choque del sueño contra la realidad. Cuando Villalobos se planteó la idea de que el niño obtuviera su animal, y había definido ya que ese animal fuera un hipopótamo, tuvo que preguntarse entonces por la identidad del papá: ¿quién estaría en capacidad de ofrecerle semejante mascota? 

Si excéntrico es el adjetivo que utilizamos para los caprichos de los obscenamente ricos, la excentricidad de poseer animales exóticos, está claro, es posible únicamente en casos extraordinarios, como el de William Randolph Hearst en su castillo de California o el de Pablo Escobar en su casa de recreo en Antioquia. Para el caso de un niño mexicano, el papá capaz de darle un animal de esa magnitud a su hijo se presentó de forma clara a Villalobos: lo del hipopótamo y el capo de las drogas es una coincidencia que resalta la coherencia entre la vida real y la literatura. “The world is one and only”, sentencia el gringo que participa en el robo de los hipopótamos en Imposible equilibrio. 

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Otros gringos y otros hipopótamos aparecen en El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, y en esa novela del autor colombiano los pesados animales no son ya una coincidencia sino una figura esencial del legado de Pablo Escobar que se abre paso en la literatura. «El primero de los hipopótamos —comienza el libro—, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera. Los franco radores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón —con balas de calibre .375, pues la piel de un hipopótamo es gruesa—  posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que el peso del animal no iba a permi rles transportarlo entero, y de inmediato comenzaron a descuartizarlo».

Yo recuerdo el revuelo que causó la muerte de Pepe, como bautizaron a aquel hipopótamo. El rechazo a aquella foto y a los soldados que posaron satisfechos alrededor del animal muerto. El inicio de las discusiones acerca de lo que se debe hacer con los otros hipopótamos y la confrontación con el hecho de que, como especies invasoras, deben ser eliminadas del ecosistema que por otro de los muchos crímenes de un hombre sin escrúpulos los acoge como su hogar. La certeza inamovible de su inocencia. Los recuerdo también sumergidos en el agua del lago que habitan desconocedores de su origen, donde los visité un día casi cuarenta años después de que los fueran a ver, de niños, los personajes de Vásquez, y más de veinticinco años después de que esos mismos personajes de la novela regresaran a una decadente Hacienda Nápoles que con su avioneta Piper todavía encaramada sobre el portón de entrada sirve como punto de referencia para una historia que entreteje la aviación con el narcotráfico y sobre todo explora la forma en que esas dos cosas repercutieron sobre una familia —la aviación— y sobre todas las familias —el narcotráfico— en Colombia: una novela, usando las palabras del propio narrador, acerca de «la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias». 

Los hipopótamos están ahí como víctimas y supervivientes y símbolo, como una demostración de imprevisibilidad. Al igual que con los que desea el niño de Villalobos, ayudan a contar otra historia y no solo la que se percibe en la superficie, como si sólo viéramos sus orejas levantadas, sus ojos alerta, la nariz asomada como la punta de un iceberg impredecible y violento. Los hipopótamos pueden causar un daño ecológico enorme, pero el que atestiguamos en la novela de Giardinelli a través de una sucesión de pueblos abandonados o derruidos es el daño provocado por la compañía La Forestal y su depredación de la selva para el comercio del tanino. También son capaces, los hipopótamos, de demostrar una furia salvaje, pero lo que vemos en la novela de Vásquez es la depredación del narcotráfico sobre toda una sociedad, incapaz de sustraerse de sus ondas expansivas. En fin: los hipopótamos son herbívoros altamente agresivos, pero estas historias donde desempeñan un papel esencial cuentan la depredación y la violencia del hombre. 

Ese día en que fui a conocer a los hipopótamos de la Hacienda Nápoles los encontré sumergidos cerca de la orilla del otro lado del lago, una manada compacta y tranquila. No éramos multitud los que íbamos a verlos. En el parque, sin embargo, había mucha gente, principalmente en las atracciones de agua, y tanto allí como en el pueblo cercano los hipopótamos se multiplicaban en dibujos y letreros que celebraban a los más famosos residentes de la zona. Ya en la tarde, antes de salir de la hacienda, volvimos a pasar por el lago de los hipopótamos a petición de mi hijo y esta vez los encontramos a la orilla del agua, rosados desde lejos, rotundos. Nos sentimos afortunados ante esta última visión, ante el regalo de su presencia. Y los dejamos en la placidez de sus movimientos mínimos, incapaces de anticipar la sorpresa que nos darán luego.

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