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Crónica
La herencia de la maldita bestia
Esta crónica relata la fuga de los primeros paquidermos de la hacienda Nápoles, hace veinte años, cuando todavía no eran un problema desbordado. En esos días, dos animales recorrieron más de doscientos kilómetros por el río Magdalena, al parecer buscando hembras para aparearse.
Por | Ilustración: Carolina Upegui

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Evaristo Candelejo creyó ver un toro muerto y dejó que la corriente a favor lo arrimara para curiosear el cadáver. Casi era mediodía y la faena de pesca había sido escasa por culpa de las lluvias, que esa semana habían engordado el río y lo hacían correr apurado, saltando piedras y recodos. A diez metros de distancia el pescador ya no estuvo seguro de que fuera un toro. Pensó que era un árbol a la deriva, entonces aguzó la mirada para evitar que la canoa chocara contra alguna rama oculta bajo el agua. En treinta años de navegar el río Magdalena nunca sintió tanto miedo, ni siquiera la vez que una ráfaga de tiros disparada desde una orilla perforó la madera de su barca y fulminó dos cerdos que no eran suyos: «¡Y zas!», le contó después a su mujer y a sus vecinos de Puerto Olaya, un pueblo de pescadores en Cimitarra, Santander: «¡El tronco bramó y abrió una boca gigante!»

Arturo Castiblanco, el inspector de policía del lugar, recordaba que una semana después, otro pescador contó una historia similar, luego fueron dos pescadores más, y también un grupo de señoras que lavaban ropa en una orilla. Cada quien había creído ver algo distinto, pero coincidían en una descripción absurda: cabeza muy grande, hocico aplastado con orificios que resoplaban, boca gigante, colmillos redondos, orejas pequeñitas. En Puerto Olaya ya parecían acostumbrados al espectáculo de lo atroz. Llevaban años viendo pasar los cadáveres de gente asesinada quién sabe dónde, sus cuerpos rígidos, a veces boca arriba, con los brazos levantados, como si saludaran a la gente en las orillas mientras los gallinazos les picoteaban las entrañas. 

Evaristo Candelejo intentó un dibujo de la bestia en una hoja de cuaderno. Un nieto le ayudó. En esos días ya corría el rumor de que eran dos los cabezas grandes. El pescador y sus vecinos le llevaron ese retrato hablado a Arturo Castiblanco. «¡Hipopótamos!», sentenció el funcionario con los ojos desorbitados. Eso fue el 17 de enero de 2006, hace veinte años. ¿Cómo habían llegado hasta ese caserío del Magdalena Medio? Las únicas noticias de hipopótamos provenían de Puerto Triunfo, a doscientos kilómetros río arriba, de la hacienda Nápoles. Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso del mundo, había ordenado crear una versión del Edén con cada animal que deseó. Una muchedumbre de mil hombres construyó allí una geografía de colinas, valles y lagos, como si fuera un inmenso campo de golf para bestias salvajes.

El fundador del Cartel de Medellín también mandó construir una plaza de toros y un aeropuerto. Poco después, en aviones que aterrizaban una y otra vez, fueron llegando avestruces, búfalos, cebras, ciervos, flamencos, dantas, elefantes, cacatúas, osos hormigueros, guacamayas, antílopes, hipopótamos y jirafas. Las únicas que no le apetecían al capo eran las aves rapaces, tampoco las fieras y los felinos. Las consideraba bestias peligrosas, justo él, lobo feroz, hiena insaciable. Nada de eso queda ahora. Tras su asesinato, el 2 de diciembre de 1993, las bestias comenzaron a morir de hambre porque ya no hubo quien se gastara una fortuna alimentándolas. Los animales que sobrevivieron fueron enviados a los zoológicos de Pereira, Cali y Medellín. Otros fueron robados con todo lo demás de la hacienda: los carros, los muebles, los postes de luz, las paredes, los techos, las jaulas, las cercas, las baldosas de las piscinas.

En una época hubo quienes entraron a Nápoles a llevarse árboles y palmeras para ofrecerlas como recuerdos en viveros de Medellín y Bogotá. Los únicos que se salvaron del acoso de los saqueadores fueron una familia de dinosaurios en hormigón y nueve hipopótamos rosados, pero solo porque nadie supo cómo llevárselos. F., un antiguo trabajador de Pablo Escobar, recordaba que para mantener el color rojizo de los flamencos traían toneladas de langostinos del mar Caribe. Eran días agitados. Los pilotos del Cártel de Medellín que despegaban de la pista de Nápoles debían cumplir una doble misión: entregar cargamentos de cocaína en el norte y, de regreso, recoger el alimento para las aves preferidas del sumo dueño de todo. 

Según F., los animales gozaban de un cuidado esmerado, excepto los caimanes, la mayoría de los cuales terminaron por escapar de los estanques de la hacienda y colonizaron quebradas y humedales de la zona. El trabajador dijo que Escobar y sus hombres, también su primogénito adolescente, salían a cazarlos y que apostaban fortunas a ver quién lograba matarlos de un tiro en mitad de los ojos. 

El antiguo peón aún vivía en Puerto Triunfo y trabajaba para uno de los enemigos declarados del fundador del Cartel de Medellín, otro narcotraficante célebre: Ramón Isaza, que al final, en la repartición de la fortuna del jefe del Cártel de Medellín, reclamó como suyos a Puerto Triunfo y los municipios ribereños del Magdalena Medio. Cuando hablé con él, F. tenía cincuenta años y un ojo de vidrio por culpa de una esquirla de granada. La pista del viejo aeropuerto de la hacienda era una cicatriz cubierta por un pastizal de yerba seca. En una época aterrizaban doce vuelos diarios. Llegaban reinas de belleza, presentadoras de televisión, políticos, periodistas, jugadores de fútbol, cantantes, obispos, todos sonrientes. Nápoles era rica en fauna diversa. 

F. fue testigo del vuelo más recordado de todos, la vez que llegaron los primeros animales a la hacienda. Ocurrió un jueves de 1985. Tres días antes, Pablo Escobar ordenó construir una pared de arena al final de la pista. Tenía siete metros de ancho y casi dos de alto. Era un seguro contra accidentes, dijo el capo. Ese jueves, F. y otros cincuenta hombres fueron citados al lugar, cada uno con un lazo de amarrar vacas. A las diez de la mañana oyeron un avión, después lograron avistarlo. Tenía dos hélices y era el aparato más grande que habían visto. Escobar llevaba gafas de sol y sonreía. Antes de aterrizar, el piloto sobrevoló la pista tres veces. Era un Antonov, una ballena de latas rojas y blancas que nadie creyó que pudiera frenar en esa calle construida para aviones de un solo motor. En efecto, tal como calculó el patrón, el aparato siguió de largo hasta el final de la avenida y una nube de arena al fin lo detuvo. Poco después las hélices se apagaron y una puerta se abrió en el extremo del aparato. Escobar les ordenó a sus hombres subir en grupos de a cuatro.

Eran campesinos habituados a sembrar maíz y arroz, a recoger huevos, ordeñar vacas, herrar caballos, castrar cerdos. Nada sabían de elefantes, avestruces, rinocerontes y cebras. En ese vuelo llegaron los primeros hipopótamos. «Nos dimos la bendición y nos fuimos metiendo», me dijo F. mientras movía el ojo de vidrio, como si los recuerdos le avivaran esa inútil porción de sí mismo. Dentro del avión olía a mierda. Él iba entrando cuando uno de los compañeros gritó asustado. Un cuello salía por fuera de una caja de madera. Debió ser un viaje doloroso. Le había amarrado la cabeza al piso del fuselaje con cuerdas y cadenas. Cuando al fin lograron sacarlo, el animal se enderezó aliviado. Era una jirafa. Ninguno había visto una en persona. Ellos aplaudieron, Pablo Escobar también.

Veintiún años después, a comienzos de 2006, los únicos animales que aún sobrevivían del antiguo zoológico de la hacienda Nápoles eran dieciocho hipopótamos. El capo solo trajo un tercio de ellos. Los demás fueron naciendo de su versión del Edén.

2

Después de contemplar el dibujo, Arturo Castiblanco llamó a la Gobernación de Santander para que le dijeran qué hacer. Allá le advirtieron que tuviera cuidado, que alertara a los pescadores, a las señoras que lavaban ropa en el río, a los niños que se bañaban en las orillas: los hipopótamos eran más peligrosos que los caimanes y mataban a más gente en África que cualquier otro animal salvaje. César Valencia, coordinador de control y vigilancia de la Corporación Autónoma de Santander, una fundación que preserva la fauna y la flora en peligro de extinción, lo llamó después. Estaba desconcertado. Un hipopótamo deambulando libre por el río Magdalena solo podía venir del antiguo zoológico de Escobar. El siguiente en enterarse fue Francisco Sánchez, director de la Unidad de Gestión Ambiental de Puerto Triunfo. Le ordenaron ir a la hacienda y contar los hipopótamos.

Al llegar a la hacienda, los campesinos le contaron que dos machos jóvenes se habían fugado. Se lo dijeron así, sin que nadie les preguntara. Ellos, que se enfrentaban a diario a la urgencia de saber dónde deambulaban los animales para evitarlos, habían desarrollado un agudo sentido de observación y ahora estaban seguros de que faltaban dos machos en los lagos. Francisco Sánchez oyó de alguien que los había visto cruzar las alambradas del lado norte de la hacienda como si nada. Cuatro toneladas, lo mismo que un vehículo anfibio. Mauricio Orozco, coordinador de Fauna de la Corporación Autónoma Regional Rionegro, otra entidad protectora de animales salvajes, trazó un mapa de la ruta seguida por los dos hipopótamos. Primero fueron en dirección de Puerto Boyacá, de ahí siguieron hasta Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y, finalmente, Puerto Berrío, desde donde cruzaron al otro lado del Magdalena, a Puerto Olaya, en Santander. Un recorrido de más de doscientos kilómetros. Había que recuperarlos y evitar que atacaran a un pescador.

Casi setenta días después de que Evaristo Candelejo diera la noticia, los expertos creían que, fatigados por el sol y las altas temperaturas, los dos hermanos caminaban en las noches y que en el día permanecían sumergidos. A ese paso, podían llegar hasta Barrancabermeja, cien kilómetros río abajo y, en cuestión de semanas, seguir al norte, incluso hasta la desembocadura del río en Barranquilla. El gobierno decidió enviar dos emisarios a Puerto Triunfo para que diseñaran un Bloque de Búsqueda, el mismo nombre con el que bautizaron al grupo élite de la policía que le dio caza al fundador del Cartel de Medellín, el dos de diciembre de 1993.

Los emisarios descubrieron que no era la primera vez que los animales lograban burlar las cercas de Nápoles, aunque nunca habían ido tan lejos. En Puerto Triunfo escucharon la historia de un hipopótamo acribillado a tiros de fusil por un ganadero que lo sentenció a muerte después de que el animal se metió a su finca y atacó dos novillos. En esa zona del Magdalena Medio dominada por los hombres de Pablo Escobar primero y de Ramón Isaza después, los agravios siempre se cobraron con plomo, sin importar que el culpable fuera hombre, mujer o hipopótamo.

A los emisarios les dijeron que el ganadero ordenó tasajear una parte del animal para que algunos de sus trabajadores hicieran un sancocho. Al resto del enorme cuerpo le rociaron gasolina y le prendieron fuego. Francisco Sánchez, el director de la Unidad de Gestión Ambiental de Puerto Triunfo, también admitió haber oído la historia de ese fusilamiento. ¿Por qué esa vez se habían fugado dos machos jóvenes? De todas las teorías que intentaron explicar el éxodo de los hermanos, la que parece más probable involucra a Pablito, el hipopótamo alfa de la hacienda, un viejo cacique de casi cinco toneladas de peso. Los campesinos lo bautizaron con el diminutivo de su antiguo dueño porque decían que era violento e impredecible. A veces mataba a las crías recién nacidas con un mazazo de la cabeza. Otras veces, en cambio, las dejaba pastar a su lado y las correteaba juguetón.

Pablito era el único que podía aparearse con las hembras y permanecer a su lado. El resto de machos nadaban aislados. Todo sugería que los hipopótamos fugados se marcharon cansados de que Pablito no compartiera su harén. Se trataba de una sentencia fatal: habían huido río abajo en busca de lo que jamás encontrarían, hembras para aparearse. Los emisarios del gobierno creían que los dos hermanos al fin se habían detenido en un estanque de aguas represadas en algún punto entre Barrancabermeja y el sur del departamento de Bolívar. El gobierno de esos días anunció que estaba consultando fundaciones en Estados Unidos y África para saber qué hacer después de encontrarlos: si sedarlos y luego engancharlos a un helicóptero militar o espantarlos con bombas de ruido hasta llevarlos a un sitio abierto. 

Finalmente, las autoridades conformaron un Bloque de Búsqueda para cazarlos, el mismo nombre del grupo de policías que, con el apoyo logístico y económico de los carteles de la droga, persiguió a Pablo Escobar hasta matarlo. Los hechos posteriores fueron aún más sorprendentes. Los animales fugados resultaron ser un macho y una hembra embarazada. Habían huido para formar una familia, pero fueron alcanzados un par de meses después por el Bloque de Búsqueda. El macho resultó acribillado con ráfagas de fusil y los soldados que lo fusilaron posaron a su alrededor triunfantes, del mismo modo que lo hicieron los verdugos del dueño todopoderoso que los liberó en su hacienda y desató la peste que aún lleva su maldito nombre.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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