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Opinión

Ignorantes y desvergonzados

La orfandad crítica de una sociedad puede medirse por la distancia entre la complejidad de su territorio y la indigencia intelectual de sus líderes. El ascenso de Abelardo de La Espriella —dogmático y enfurecido— puede leerse como una renuncia civilizatoria.
Por | Ilustración: Carolina Upegui
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Colombia es uno de los pocos lugares del planeta en el que los científicos todavía salen al campo con la posibilidad razonable de encontrar una especie de flora o fauna desconocida. En este lugar, minúsculo e inmenso, de poco más de un millón de kilómetros cuadrados, el listado de la vida es un inventario incompleto. No llegamos a comprenderlo, y es apoteósico: menos del uno por ciento de la superficie terrestre concentra cerca del diez por ciento de todas las especies de plantas y animales conocidos.

Los oídos lo ignoran: una de cada cinco aves del mundo puede escucharse aquí, en nuestros bosques, selvas, parques, avenidas, afuera de la ventana de nuestras casas. El más reciente conteo cifra la avifauna nacional en 1.966 especies, ochenta y cuatro de ellas endémicas, es decir, inexistentes en cualquier otro lugar. El número de especies excepcionales en suelo colombiano suma unas 8.800, entre plantas, aves, anfibios, reptiles e insectos. Los científicos tienen una categoría para lugares así: los llaman Arcas de Noé y ante la posibilidad de un cataclismo global, su conservación es perentoria.

Nuestro mapa hídrico está formado por una red de 1.600 ríos principales. En casi ningún otro lugar hay tanta agua dulce. Las imágenes satelitales de Colombia parecen radiografías de los pulmones humanos, surcados por conductos de todos los grosores y extensiones, unos al norte, en dirección del mar Caribe, otros al oeste, en dirección del océano Pacífico, otros al sur, en dirección del gigante Amazonas. Esos cauces albergan 1.720 especies de peces, la segunda más diversa del mundo. La naturaleza concentró en este territorio una desmesura de la que no somos conscientes.

A la par de esa abundancia corre el inventario de la desigualdad: el diez por ciento de la población retiene casi el ochenta y tres por ciento del suelo nacional, una asimetría que condena a la mayoría de los campesinos a sobrevivir en predios mínimos que no suman ni el cuatro por ciento del área total. En esa geografía rota, donde el conflicto armado ha dejado más de 9,6 millones de víctimas inscritas en el registro oficial, las cuencas y valles más productivos han operado también como frentes de vertimiento de los cuerpos de la violencia partidista y contrainsurgente, un abuso material que cuenta sus hectáreas despojadas por miles.

Un país así exige geógrafos, biólogos, naturalistas, historiadores, antropólogos, botánicos, zoólogos, escritores y músicos capaces de traducir la complejidad en conocimiento. Exige, además, ciudadanos acostumbrados a convivir con explicaciones largas, con respuestas provisionales, rara vez categóricas o excluyentes. La profusión nutre la incertidumbre, no la certeza. Pero hemos elegido otro reparto de lo urgente y de lo que nos parece prestigioso. El conocimiento perdió importancia y la celebridad ocupó su lugar. El atajo adquirió entre nosotros el prestigio del talento. 

Toda sociedad fabrica un modelo humano. El nuestro lleva décadas perfeccionándose. Es, en su lado más ampuloso, un iracundo. Habla con autoridad sobre cualquier asunto, desconfía de los expertos, considera la duda una debilidad y la certeza un principio; confunde fama con excelencia, riqueza con mérito, astucia con inteligencia. Ahora ese personaje nos gobernará. Vulgar, violento, mentiroso, manipulador, hostigador de periodistas, confeso maltratador de gatos. Sería inocuo si los niños no terminaran pareciéndose a quienes los adultos deciden admirar. Millones lo admiran. Lo creen ingente, él tan parvo. Los gigantes de nuestra historia reciente son otros.

Gabriel García Márquez universalizó el trauma y el mito de Colombia con una hondura estilística inalcanzada. La pianista Teresita Gómez transmutó un origen de segregación y servidumbre en una de las herencias musicales más inspiradoras de América Latina. Orlando Fals Borda fundó la sociología moderna para auscultar las realidades campesinas. Julio Carrizosa Umaña demostró que el pensamiento ambiental ofrecía una cartografía confiable para descifrar el territorio. Pese a la lucidez de sus legados, esos nombres rara vez ocupan el centro de la conversación pública. Nada sabemos del legado de Nina S. de Friedemann, Ángela Restrepo Moreno, Feliza Bursztyn, Clemencia Echeverri…

Esa ignorancia está vinculada con aquella votación ciudadana que eligió a Álvaro Uribe Vélez como «El Gran Colombiano», por encima del prestigio de científicos, artistas y pensadores. El tiempo, fiscal implacable en la revisión de los mitos, trizó su pedestal. Poco más de una década después, el legado del sátrapa cohabita con la condena de su hermano, Santiago Uribe Vélez, por liderar un grupo paramilitar responsable de más de 530 asesinatos. El encumbrado a la perecedera condición de «eterno» por quienes prefieren la tierra arrasada y la demolición de quienes piensan distinto, ahora debe asistir a indagatorias por las masacres de «La Granja» y «El Aro», y el magnicidio del defensor de derechos humanos Jesús María Valle.

La degradación de ese relato —que elige la amnesia y eleva el síntoma a la categoría de arquetipo— halla continuidad en las designaciones del recién electo presidente. Como ministra de Cultura acaba de anunciar a la exsenadora Paola Holguín, especialista en seguridad, antiterrorismo y contrainsurgencia. Su arribo al ejercicio de gobierno se justifica bajo la premisa de librar una «batalla cultural oficial». El plan es que los oficios de la creación artística se conviertan en apéndices funcionales de la seguridad democrática, la política de Estado responsable del asesinato de miles de inocentes, 7.837 según el más reciente censo, detallado caso por caso.

La anunciada ministra de Cultura es hija de Frank Holguín Ortiz, testaferro de Pablo Escobar a quien el Estado le arrebató bienes de origen criminal. Paola Holguín y sus hermanos —en voz del abogado que los representó— intentaron justificar la tenencia de esas propiedades con el argumento inaudito de que el fundador del Cartel de Medellín jamás fue sentenciado por delitos de narcotráfico y que, en consecuencia, podían conservar la herencia de su padre: un apartamento, un depósito y un parqueadero. Esa vecindad de las élites políticas con las élites criminales es la que eligieron casi trece millones de colombianos el pasado 21 de junio, día del solsticio de invierno en el hemisferio sur.

El abatimiento de la razón se confirma con el anuncio de Viviane Morales como ministra de Educación, una negacionista de derechos civiles. La designación de la exfiscal y exsenadora fractura el principio del Estado laico y subordina el rigor de la ciencia y del pensamiento crítico a los dogmas de su fe particular. La institución diseñada para ampliar la mirada del mundo y enriquecer el conocimiento como experiencia amenaza con reducirse a un conciliábulo ideológico; un aquelarre de dogmáticos, es decir, de asustados, ignorantes y sectarios.

El nuevo gobierno dice sostenerse en la certeza de Dios y en la fuerza como único argumento pacificador. Bajo esa lógica, el castigo, cuanto más severo, resulta más ejemplarizante. Reemplazar el método por el dogma no es un giro ideológico: es la renuncia a la comprensión del vasto territorio en el que somos y estamos. El silencio ante esta indigencia discursiva convalida un mando analfabeto y nos condena a la parálisis frente a nuestra propia degradación.

Colombia posee una riqueza biológica que habita el milagro. Negarle una ambición intelectual equivalente y reducir el estándar crítico a la altura de sus gobernantes no es un error de cálculo. Es una ofensa intolerable ante la tierra que nos sostiene, esa misma que en el silencio de los laboratorios acaba de registrar la Pristimantis chocoensis, una rana de lluvia camuflada en el Pacífico; el Astroblepus vanceae, un pez cavernícola de las corrientes andinas, y la Passiflora mutisii, la enredadera de los bosques de niebla que permaneció oculta desde la Expedición Botánica hasta su redescubrimiento reciente en las cumbres de Boyacá. 

A los pies de esa geografía vastísima y multitudinaria, Abelardo de la Espriella resulta minúsculo. El territorio que habitamos —y que nos habita— está por encima de su ignorancia y de sus dogmas.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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