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Perfil
El dedo acusador de Iván Cepeda
¿Quiénes eran los padres de Iván Cepeda? ¿Quién fue el tío-abuelo de Paloma Valencia que le inoculó el comunismo a Manuel Cepeda Vargas? ¿Cómo era ese hogar en el que se coleccionaban piedras y libros? ¿Cuál fue el motivo que lo distanció políticamente de su padre? ¿Por qué un hombre que estudió en el exilio teología no cree «en la idea de un Dios omnipotente y omnipresente»? ¿Cuál fue el hecho puntual que convirtió a Álvaro Uribe en su némesis? ¿De qué lo acusan sus enemigos? ¿Según su propia vida, es un comunista radical o un progresista moderno?
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Perfil Iván Cepeda
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El crimen I

La niña se pegó el tiro en la cara. Aquel fatídico accidente fue la pista para dar con uno de los asesinos de Manuel Cepeda Vargas, padre del hoy candidato presidencial Iván Cepeda Castro. Se llamaba Yelitza y tenía cuatro años cuando encontró el arma de su padre, el sargento Justo Gil Zuñiga Labrador —a quien le gustaba más que lo llamaran Justo que Gil— y comenzó a jugar con ella como si fuera un juguete inofensivo hasta que, sin querer,  accionó el gatillo y se arrancó medio rostro. 

Al ser una muerte violenta, el caso llegó a las manos de un fiscal, quien, así como abrió el expediente, lo cerró. En ese punto no había nada qué investigar. Pero con lo que no contaban los asesinos intelectuales y materiales de Manuel Cepeda Vargas, era que el papá de la niña se iba a ir de boca en una cantina de Neiva. Seguramente borracho de dolor y de culpa, el sargento confesó a voz en cuello que él había sido uno de los sicarios que acribillaron a balazos al último senador de la Unión Patriótica. 

Un hilo se ató con el otro. Era 1996 y los investigadores del caso mandaron a cotejar las balas que se incrustaron en la cabeza del senador el martes 9 de agosto de 1994 con el arma usada por la niña. No hubo duda: era la misma pistola Walther PKK. Pero la madeja aún debía estirarse más, porque el sargento Zuñiga, en aquella borrachera confesional, también mencionó la identidad del hombre que le había dado la orden de matar a Cepeda, se trataba del coronel Rodolfo Herrera Luna, quien a su vez —según las investigaciones posteriores del propio hijo del inmolado— había recibido la orden de paramilitares, políticos y enemigos acérrimos de cualquier hombre que pronunciara ideas comunistas.

Un tío de Paloma

En Popayán dicen que quien volvió comunista a Manuel Cepeda Vargas fue Álvaro Pío Valencia, el tío abuelo de Paloma Valencia, la candidata que hoy se disputa la presidencia con el hijo del exsenador. 

Manuel Cepeda Vargas nació en Armenia, pero sus padres —su papá comerciante y su mamá fotógrafa— se trasladaron a vivir a la «Ciudad Blanca» en los años cuarenta del siglo pasado, allí terminó el bachillerato y se graduó como abogado en la Universidad del Cauca. Por esos días, muchos de los estudiantes del Claustro de Santo Domingo eran fieles seguidores de Álvaro Pío, quien después de leer El Capital se convirtió al comunismo y nutrió las mentes de quienes pensaban que ese era el modelo político y social más justo para todos. Entre sus discípulos estaba Manuel, quien iba a escuchar sus monólogos sobre Lenin y la revolución Bolchevique en el Café Alcázar, un lugar que estaba justo en medio de las seis cuadras que separaban la casa de los Cepeda y los Valencia. Aquella conversión produjo en Álvaro Pío la fama de ser la «oveja negra» —o roja— de aquella familia de rancia estirpe conservadora, aunque quienes lo conocieron dicen que Pío era más un cordero manso que una oveja arisca.  

La camaradería entre Pío y Manuel, comenzó a debilitarse por la distancia física, en diciembre de 1958 este último fue elegido como miembro del Comité Central del Partido Comunista Colombiano, de manera que su traslado hacia Bogotá fue inminente tras el encargo de fortalecer la Juventud Comunista Colombiana (JUCO). A pesar de lo millonarios que eran los Valencia, el hombre que inoculó el comunismo en Popayán murió en una pobreza material inusitada, arrumado en un cuarto de lo que hoy es una casa sin visitantes, el Museo Valencia. No obstante, su única dote (que pudo ser su conocimiento) aún sigue vigente, medio siglo después, en la herencia ideológica del hijo de Manuel, el hoy candidato más fuerte a ocupar el solio de Bolívar. 

Una madre 

Manuel Cepeda y Yira Castro, una estudiante de bachillerato, se conocieron al final de un día de febrero de 1959, cuando ella entró revolucionada a la sede de la JUCO, buscando a más camaradas que se sumaran esa noche a una manifestación en contra del alza del transporte. Ella tenía 17, él 29. Fue un amor rebelde. Lo primero que a Manuel lo embelesó eran esos ojos levantinos, aunque ella hubiese nacido en Sincelejo en el seno de una familia revolucionaria. En efecto, Yira es un nombre de origen arabe que significa «pequeña mariposa» y Chadid —su otro apellido— significa «poderosa». Lo siguiente y definitivo que conquistó su corazón fue la beligerancia y la fuerza de esa mujer, ese segundo apellido tan bien llevado. 

Los padres de Iván eran considerados unos apóstatas. Para los jerarcas de la Iglesia católica fue un insulto que a mediados de 1960, cuando Yira cumplió la mayoría de edad, decidieran casarse sin la bendición de sotanas, mitras y báculos. Tanto fue el agravio que los curas empezaron a ser los soplones de la Policía Secreta, informando sobre todos los pasos que daba la nueva pareja. Los Cepeda Castro lo confirmaron un par de días después de su casamiento, cuando Yira fue detenida y llevada a los calabozos del DAS. Antes de irse, el jefe de esa dependencia, en un acto de burla y provocación, los felicitó por el matrimonio. Entonces Manuel, entre sorprendido y furioso, le preguntó que «cómo lo sabía» si la unión se hizo en la mayor intimidad posible. 

—Porque soy católico. Voy a misa todos los domingos y allí supe que los excomulgaron—, respondió el perseguidor. 

Iván Cepeda Castro nació amenazado. Estaba aún en el vientre de su madre cuando su padre fue detenido por hacer parte de la planta de periodistas del periódico Voz de la Democracia que había sido declarado ilegal por Guillermo León Valencia en 1963.

Luego creció acosado. No había cumplido ni un año cuando al apartamento en el que vivían en el barrio San Antonio, en pleno centro de Bogotá, comenzaron a llegar en las madrugadas, militares y agentes policiales vestidos de civil a allanar el lugar, sin orden alguna, solo con la sospecha de que esos dos jóvenes y ese bebé guardaban armas y explosivos. Mientras los perseguidores lanzaban hijueputazos al aire, culatazos contra los armarios y escupitajos a la cuna, el bebé no lloraba. Según las memorias de su papá, Iván los miraba con un mutismo pasmoso, como lo haría muchos años después en mítines y arengas durante la campaña para ser presidente de Colombia. 

Al pequeño Iván los allanamientos le espantaban el sueño, pero no la tranquilidad. En 1964, durante la Operación Soberanía, el abuelo de la candidata Paloma Valencia ordenó el ataque a la «República de Marquetalia». El ejército empleó bombardeos aéreos y tropas terrestres para eliminar enclaves campesinos autónomos. Pese a la ofensiva, los sobrevivientes, liderados por Manuel Marulanda, escaparon y fundaron poco después las Farc. Manuel Cepeda cubrió ese hecho como periodista y escribió para Voz de la Democracia un reportaje que lo llevó de nuevo a la cárcel. Otra vez en la madrugada, los putazos, culatazos y escupitajos despertaron al niño, que apenas si gateaba y, a pesar de estar en en la edad del chupo, vio cómo se llevaron a su papá y cómo tuvieron qué esperar a que una tía lo recogiera porque su madre también fue detenida. 

Fue el propio presidente Valencia, iracundo por lo escrito, quien dio el visto bueno del arresto y también emitió la orden de suspender la licencia de funcionamiento de ese periódico, que más tarde pasaría a llamarse Voz Proletaria. Mientras a Manuel lo recluyeron en la cárcel La Modelo, a Yira la enviaron al Buen Pastor, pero la dejaron en libertad a los pocos días, ya que estaba por dar a luz a María, su segunda hija. Entonces —por primera vez— Iván, de dos años, también conoció la cárcel. Yira lo llevaba en brazos a ver a su papá quien estuvo preso durante seis meses y dieciocho días, sin ninguna otra sindicación que la de ser periodista. 

Iván ha vivido bajo persecución toda su vida. En 1967, a sus cinco años, supo de su primer destierro ante el mandato perentorio por parte de miembros del Estado de asesinar a Manuel Cepeda. El Partido Comunista le aconsejó a la pareja buscar refugio primero en Cuba, donde permanecieron hasta finales de ese año, y después en la República Socialista de Checoslovaquia, país que hacía parte del bloque soviético, durante la época de la «Cortina de Hierro». 

En Praga vivieron cerca de tres años. Hay varias fotos que dan cuenta de aquella correría obligada. En una de ellas se ve a Yira en medio de Iván y de María, rodeados de nieve. Los tres sonríen, son una familia que intenta sostenerse. En otra aparecen los cuatro, pero esa imagen trae consigo algo curioso: físicamente ese Manuel de ayer es idéntico al Iván de hoy.

A su regreso en 1970, luego de que el partido les pidió estar en Colombia, no hubo lugar en el que vivieran donde su casa no fuera levantada con furia por los militares en inspecciones ilegales. Y es que Yira también comenzó a ser perseguida por su afilada pluma, sus crónicas en terreno, sus ensayos sobre el marxismo-leninismo y sus sesudos trabajos en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociales y en las escuelas de los cuadros del Partido Comunista. En una madrugada del 19 de mayo, el general Jorge Ordóñez, jefe del DAS, ordenó el arresto y la reclusión de Yira en la Cárcel Distrital, lugar en el que permaneció detenida durante varias semanas y de donde regresó presa de mucha más rebeldía.

El crimen II

Meses antes de que lo mataran, Manuel Cepeda Vargas denunció sin tapujos a sus verdugos. Aunque le faltaron nombres. Lo hizo en octubre de 1993 en un debate parlamentario en el que se escucharon más sustantivos que adjetivos. Por esos días era Representante a la Cámara y, sin asomo de miedo, citó a los altos mandos de las Fuerzas Militares, para que escucharan de su propia voz, las pruebas que tenía sobre sus planes para exterminar a los miembros de la Unión Patriótica. 

Su intervención fue un rosario de verdades. Manuel demostró que en 1988, en la Escuela Militar de Cadetes, instruían a los estudiantes con un manual de muerte que tenía por título «Conozcamos nuestro Enemigo». El documento afirmaba que toda organización de izquierda debía considerarse subversiva y que, por lo tanto, debía ser perseguida y eliminada. El entonces representante a la Cámara también enumeró uno a uno los planes de exterminio ejecutados a escondidas por los militares: la operación Cóndor, en el 85; el Baile Rojo, en el 86; el plan Esmeralda, en el 88; y el plan Retorno en el 92.

Tras un silencio, Manuel se acomodó la corbata y lanzó la verdad que cavó su propia tumba. A voz en cuello advirtió que los generales Rodolfo Herrera Luna, Ramón Emilio Gil Bermúdez y Harold Bedoya Pizarro estaban detrás del diseño del plan Golpe de gracia, una operación de exterminio en la que Manuel Cepeda Vargas, había sido señalado como objetivo militar. Cuenta Aída Avella que fue tanta la rabia del general Bedoya que los ojos no se le pusieron rojos de la ira, sino mucho más azules, y que fue tal su encabronamiento que ese día toda Colombia descubrió el color de sus iris. 

Un estudiante

Iván creció escuchando La Internacional. Esas estrofas eran la banda sonora de su casa y de los mítines políticos a los que lo llevaban sus papás. El himno incluye una consigna que se repite hoy como un mantra en las concentraciones de su campaña: «¡Presente! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!». 

Mientras en su casa escuchó razonar sobre la Teoría de la Liberación, en los colegios públicos por los que pasó en Bogotá las cosas eran distintas. Los rectores de las instituciones priorizaban la enseñanza de materias como religión frente a las de humanidades. Y aunque Iván Cepeda no lo reconoce expresamente, la lucha entre esas dos visiones de mundo más tarde harían mella en sus propias convicciones. 

Sus recuerdos también quedaron marcados por los castigos que los profesores le aplicaban a los alumnos con regla y Biblia en mano. La respuesta de Iván fue contumaz, a pesar de las credenciales académicas de sus padres. No era el mejor de la clase, pero obtenía buenas notas en las materias que le gustaban. Le iba regular en las ciencias exactas —sobre todo en física, química y matemáticas— y sobresalía en historia, sociales y castellano. 

Un mes antes de cumplir once años, ocurrió un hecho determinante que marcó su senda política. En la tercera semana de septiembre de 1973 el mundo supo que militares de la dictadura chilena habían torturado y asesinado con alevosía —44 balazos le pegaron— a Victor Jara. Las canciones de este cantautor chileno también hacían parte de su banda sonora, pero, más que eso, lo quepersistió en sus recuerdos fue la postura militante y socialista de Jara, de la que tanto hablaban sus padres. Aquel parteaguas lo ha advertido Iván en varias entrevistas. 

Su conciencia política despertó precozmente en ese momento. A partir de allí, dedicó sus años de rebeldía a realizar una suerte de trabajo de base en los colegios y en los movimientos juveniles que nacían a mediados de los setenta en Kennedy, localidad a la que llegó a vivir, específicamente en el barrio Banderas, Bloque E2, apartamento 301. 

Tenía catorce años cuando cayó preso por primera vez. Sucedió a las afueras de un colegio mientras repartía los ejemplares gratuitos de Voz Proletaria. Al contrario de lo que pasó con el resto de amigos detenidos a su lado quienes fueron reprendidos por sus padres tras la «vergüenza», su padre lo abrazó y felicitó al verlo salir de la mazmorra.  Debía irse acostumbrando porque podría ser el primero de muchos «canazos», si quería seguir repartiendo dignidad, le dijo.

ivan Vepeda Manuel Cepeda Yira Castro
Iván Cepeda, Manuel Cepeda, Yira Castro – 1962

Un duelo

Los Cepeda Castro coleccionaban piedras. No es una metáfora: lo hacían con fervor. De todos los lugares que visitaban se llevaban una para la casa. Las tenían por todas partes, como si cada una guardara una historia distinta: revolución, lucha, pueblo, justicia, resistencia, dignidad. Iván hoy sigue cargando algunas de esas piedras  en sus trasteos. En una de las tantas redadas los agentes del DAS, en lugar de encontrar pistolas y metralletas, hallaron aquella colección sideral. Un policía primíparo vestido de civil se dispuso a echarlas en una caja para incautarlas, pero de pronto recibió el grito encolerizado de su jefe:

—¡Pa’ dónde lleva esas putas piedras, güevón, deje esa mierda allí!

Uno crece con lo que ve en la casa. Y también con lo que lee. Además de las piedras, lo otro que jamás dejaban sus padres en aquellos trasteos forzados eran sus libros y sus propios escritos. Esa fue su fortuna y esa sería la herencia para Iván. En los textos que dejaron Manuel y Yira se pueden ver citados los libros que alimentaban su ideología: El Capital, de Karl Marx; ¿Qué hacer?, de Vladímir Lenin; Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon; El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse; La sociedad del espectáculo, de Guy Debord; Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y Vigilar y castigar, de Michel Foucault, entre otros.

La entrada de uno de los ensayos de Yira da cuenta de su credo: «El marxismo-leninismo es la ciencia que muestra el verdadero camino que conduce a la liberación femenina y a la conquista de la plena igualdad de derechos». Era 1978 y Yira tenía 36 años. Un año después se dio a la tarea de hacer campaña al Concejo de Bogotá. Lo hizo yendo a los barrios de invasión, llenándose las botas de barro. Pocos creían que iba a lograr un escaño, pero les calló la boca tras lograrlo. La vida parecía ir bien hasta que llegaron los insoportables dolores de cabeza. A Yira le encontraron un tumor cerebral que primero la sometió a una silla de ruedas, después a agobiantes exámenes en un par de clínicas de Bogotá y luego a viajes forzados a La Habana, de donde la remitieron a Moscú. Los médicos poco pudieron hacer. 

A mediados de 1981, Manuel Cepeda viajó de urgencia a Rusia porque su esposa se estaba muriendo. «¡Llévame a ver a mis niños!», le suplicó. Todo indica que Yira exprimió hasta la última gota de su fuerza y de su valentía para despedirse de Iván y de María. Los besó apenas los tuvo cerca y les dijo que no se preocuparan porque ella había sido feliz. Murió al día siguiente de su llegada, el 9 de julio de 1981. Tenía 39 años. 

Las fotos de su funeral parecen la despedida de una mártir. Más de diez mil personas siguieron la carroza fúnebre por las calles de Bogotá cantando canciones de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, además varios artistas adornaron algunas zonas de la ciudad con murales de su rostro. Iván nunca lo ha dicho, pero es probable que, en el pleno despertar de su juventud, leyera las 19 notas de prensa que firmaron sobre su mamá periodistas como María Teresa Herrán y Daniel Samper Pizano, y las decenas de obituarios que diferentes partidos comunistas publicaron por todo el planeta. 

El crimen III

Dijo el escritor Guillermo Cabrera Infante que si el hombre es solo ser y circunstancia, la única manera de salvarse al ser amenazado es cambiar las circunstancias. Manuel Cepeda Vargas no alcanzó a hacerlo porque la orden ya había sido dada. Quince años después del asesinato, las investigaciones establecieron que el plan «Golpe de gracia» resultó de una actuación coordinada entre militares y paramilitares. El coronel Rodolfo Herrera Luna, uno de los generales a los que Manuel denunció en el Congreso, fue señalado como determinador del magnicidio, según los testimonios de miembros de la Novena Brigada. Por su parte, Carlos Castaño Gil confesó públicamente haber ordenado el asesinato. De acuerdo con la CIDH, ambos —Herrera Luna y Castaño Gil— articularon el operativo para asegurar el éxito del crimen.

La inteligencia militar del Estado fue la encargada de realizar los seguimientos previos. Lo hicieron entregando información sobre dónde vivía el recién posesionado senador. Registraron sus desplazamientos diarios, sus horarios y la estructura de su escueto esquema de seguridad. Del otro lado, Carlos Castaño Gil le entregó siete millones de pesos a su lugarteniente Víctor Alcides Giraldo, alias Tocayo, con el objeto de coordinar en Medellín el robo del Renault 9 Brio, color blanco, en el que se movilizarían los matones a sueldo. En esa ciudad también le encargó contratar a los sicarios profesionales Edison Jiménez, alias El Ñato y a Fabio Usme, alias Candelillo, para llevarlos hasta Bogotá.  

En el libro Mi confesión, Castaño Gil relata, que él mismo se trasladó a la capital y que estuvo a pocos metros del lugar en el que los asesinos ejecutaron el plan. Ese martes 9 de agosto de 1994, el sargento del ejército Hernando Medina Camacho y el exagente de la Policía Nacional, Pionono Franco Bedoya, hicieron el primer seguimiento en una motocicleta. Mientras tanto, a la altura de barrio Mandalay —en la localidad de Kennedy—  los sicarios Edison Jiménez y Fabio Usme, junto al sargento Justo Gil Zúñiga Labrador, esperaron en el Renault blanco a que pasara el viejo Mitsubishi en el que se movilizaba el senador de la Unión Patriótica. Todo indica que en otro vehículo un par de hombres al mando de Víctor Alcides Giraldo —y quizá junto a Carlos Castaño— estaban listos a reaccionar por si se necesitaba apoyo para llevar a cabo el macabro plan. 

Un exilio

Iván Cepeda se formó en el exilio. Un par de meses después de la muerte de su madre debió salir huyendo porque era mejor la seguridad que la confianza. Las amenazas habían regresado en forma de piedras envueltas en papel intimidante y en coronas mortuorias que no eran precisamente de condolencia por el deceso de Yira Castro. Obligado llegó a Bulgaria y la elección formativa que tomó fue una suerte de contradicción de su propia crianza. Sus padres habían evitado la Iglesia como se evita un veneno, pero él supo que necesitaba entender el enigma de las religiones así que decidió inscribirse en la carrera que estudian la mayoría de curas y monjas, filosofía y teología. En sus perfiles públicos hay algo que llama la atención, ninguno menciona esa segunda vertiente, aunque en la hoja de vida que reposa en Función Pública sí aparece. 

En algunos escenarios ha dicho que no cree «en la idea de un Dios omnipotente y omnipresente», pero que la filosofía —y tal vez la teología— apareció en su formación como paradigma para resolver sus inquietudes fundamentales sobre la vida. Hoy sabe que esa posición en un país tan católico y cristiano como Colombia, en lugar de dar votos los quita. Es probable que debido a ello sus disertaciones ahora tengan matices. Por ejemplo, en el discurso que dio el 3 de marzo de 2026 durante el Encuentro de espiritualidades en el Colegio Americano, sin mencionar explícitamente su idea de Dios, reconoció el papel de las comunidades de fe en la defensa de la vida, rindió homenaje a religiosos y religiosas que ofrendaron su vida por la paz, propuso un diálogo ecuménico entre creyentes y no creyentes y celebró la libertad de cultos consignados en la Constitución de 1991. 

El clima político por el que transitaba Bulgaria también lo puso a prueba. El bloque soviético se hacía moronas como el pan viejo y en Sofía lo vivió de frente al estar en medio de las marchas y discusiones universitarias en las que se criticaba la imposición del régimen de Todor Zhivkov, líder del Partido Comunista. Iván fue consciente del debilitamiento y agotamiento de aquel proyecto anacrónico, así que su ideal dejó atrás al socialismo —y mucho más lejos al comunismo— para pasar a una idea de progresismo democrático en el que, verbi gracia, lo público debía conversar con lo privado. En la intimidad de su familia aquel cambio de arquetipo fue como revelarse ante el padre, como ir en contravía de los preceptos que rigieron la vida de su progenitor. 

Manuel era tan comunista que él mismo recordaría cómo Yira a veces lo regañaba por no ceder ante su ortodoxia ideológica. Sus rivales lo han querido graduar de miembro civil de la guerrilla de las Farc, pero lo cierto es que no existe investigación judicial alguna que haya demostrado un delito asociado con rebelión o derivado de este y ningún juez de la república lo condenó por hechos similares a la sedición, aún así adversarios como el expresidente Álvaro Uribe Vélez insisten en clavarle el Inri de guerrillero. Lo hizo hace pocos días en su cuenta de X, donde aseguró sin miramientos que: «Manuel Cepeda promovió la lucha armada de frente. (…) Manuel Cepeda -un violento frentero-, “fue un «alto jerarca» que sacrificó la democracia interna y la movilización civil en favor de un militarismo radical en las FARC”. Ver libros de antiguos camaradas» [sic].

Un exterminio

Iván regresó con más bríos en 1987. Dos años antes, tras un acuerdo entre la guerrilla de las Farc y el gobierno de Belisario Betancourt, había nacido un nuevo partido político, la Unión Patriótica. Por esos días Manuel Cepeda decidió dejar las toldas del Partido Comunista para unirse a la UP. A pesar de ello, a su regreso, Iván en un acto de insurrección se dejó seducir más por los novedosos planteamientos de jóvenes políticos como Jaime Pardo Leal, José Antequera y Bernardo Jaramillo Ossa, que por los de su propio padre. Quienes lo conocen de cerca, aseguran que fue con Jaramillo Ossa con quien Iván tuvo más afinidad a saber de que el manizalita había tomado distancia del socialismo de la cortina de hierro y de las prácticas subversivas —entre ellas el secuestro— ejercidas por la guerrilla.

Pero llegaría el aniquilamiento. En un contubernio entre militares, narcotraficantes, paramilitares y miembros del poder económico del país, se produjo lo que la Comisión de la Verdad ha llamado el exterminio de la Unión Patriótica. Pardo Leal tenía 46 años cuando lo mataron, Antequera 34, la misma edad de Jaramillo Ossa el día en que un adolescente le descargó una rafaga de ametralladora. Los informes oficiales son de espanto. La Justicia Especial para la Paz ha determinado que 5.195 miembros de la UP fueron asesinados. 

Iván aún recuerda a su padre escribiendo. Denunciando el exterminio. Hay una escena vívida: Iván llega de dictar clase. Es tarde. Antes de abrir la puerta escucha los gritos de auxilio de las teclas. Al sentirlo a sus espaldas, Manuel se da vuelta y le cuenta la historia que está narrando. Dos sicarios interceptan a una concejal de la Unión Patriótica. La empujan hacia el monte. La escupen. La humillan. La golpean. La tiran al piso. Uno de los matones prepara su arma. De pronto una víbora justiciera se abalanza sobre el verdugo, lo muerde, le inyecta su veneno. La mujer tiene suerte y logra escapar. Conmovido, Manuel lee en voz alta el título de la crónica: «No todas las culebras están contra la Unión Patriótica».

Iván admiraba a su padre, pero sus propias convicciones empezaron a separarlos ideológicamente. Amigos de la familia recuerdan que esa distancia se volvió un tanto evidente a partir de 1990, cuando irrumpió en la escena política la Alianza Democrática M-19, nacida tras el acuerdo de paz entre esa guerrilla y el gobierno de Virgilio Barco. Iván encontró afinidad con ese proyecto, al que veía más abierto a la participación democrática y a las nuevas formas del progresismo, de modo que sin vacilación alguna se acercó a aquellas toldas en un gesto que marcó un quiebre silencioso con la tradición política de su casa.

Aquellos días parecían tener un nuevo aire, pero el tufo de la muerte cubrió de nuevo al país. Los mismos verdugos que aniquilaban a balazos a los miembros de la UP se atrevieron a más y en un plan kamikaze mataron en pleno vuelo a Carlos Pizarro, el líder máximo del M-19, un hombre carismático que el joven Cepeda veía como símbolo de esperanza. Fue evidente que tras la matanza de la gente que apenas empezaba a seguir y ante el inminente genocidio de toda persona que tuviera ideas de izquierda, Iván de manera inconsciente —y en un lapsus de defensa propia— dejó de lado cualquier activismo político y se refugió en la academia. Lo hizo como profesor de filosofía en la Universidad INCCA y en la Universidad Javeriana hasta el día en que un nutrido grupo de sicarios mataron a su padre. 

ivan cepeda Manuel Cepeda

El crimen IV

Aún vivían juntos el día en que lo mataron. Mientras recuerda lo que sucedió aquella mañana del 9 de agosto del 94, Iván muestra una colección de 48 vetustos relojes que coleccionaba su padre. Sin embargo, lo que de verdad alerta es que por esos días, los dos, tenían la plena seguridad de que el tiempo se iba a detener para Manuel porque era inminente que lo mataran. Además de la pasión por los cronógrafos, Manuel era un virtuoso de la pintura y la cerámica. A Iván se le escapan las palabras al mostrar uno de los cuadros de su papá, la imagen muestra a unos hombres hacinados en una celda, son trazos un tanto cercanos al estilo del Guernica de Picasso. Por todos lados también están las cerámicas que esculpió Manuel: caballos, máscaras, torsos, barcos, pájaros. 

Estaban tan seguros del asesinato que Iván tomó una decisión: por cada ocasión en la que debieran despedirse para ir a algún sitio le iba a dar a su padre un abrazo largo, como un abrazo de ciegos, porque podría suceder que ese fuera el último instante en que se vieran con los ojos vivos. Iván hace una pausa para señalar una escultura que hicieron juntos, se trata de la cabeza de un animal por la que media docena de personas trepan, es un caballo de Troya. Su papá también tenía un gusto por los búhos. El hijo lo supo por su padre, los búhos pueden cazar en absoluto silencio. Tiempo después le pintaría uno y el día en que Manuel se lo entregó le dijo: «ten para que siempre recuerdes que hay que ser sabios».

Manuel en lugar de cambiar las circunstancias las aceptó. Meses antes viajó a Europa a conocer a su nieta y a despedirse de su hija María, porque tenía la plena conciencia de que lo iban a matar. Padre e hijo todos los días salían juntos. Se había convertido en tradición que antes de arribar a las instalaciones del Congreso, Manuel le diera a su hijo un ride —como dicen los gringos— y lo dejara cerca de la Universidad Javeriana, donde el joven era profesor. El azar o el destino aquel día estaban de parte del hijo y no del padre. Iván confundido por su agenda le dijo a Manuel que esa mañana la tenía libre, así que no saldría con él. Entonces se miraron, sonrieron, y se dieron el último abrazo.

Un investigador

El crimen hizo que Iván Cepeda Castro retomara la política como una vocación y, tal vez, como el único camino que podría llevarlo hasta los verdugos. Una semana después de aquel hecho, Iván creó la Fundación Manuel Cepeda Vargas para velar por los derechos humanos en Colombia. Sin embargo, antes de entrar de lleno, se convirtió en un investigador. Entre 1994 y 2009, dato a dato, Iván fue recopilando pruebas, identificando testigos, cruzando testimonios y radicando denuncias para no dejar extraviar el expediente. Ante la lentitud de la justicia colombiana, Iván llevó el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el 5 de agosto de 1995 se presentó como testigo en una audiencia pública. Un año después, el 5 julio de 1996, logró obtener el informe de inteligencia sobre la pistola personal del sargento Zúñiga Labrador y se encontró con el horror: en efecto era una de las armas utilizadas en el magnicidio de su padre y en la muerte accidental de la hija del militar.

En 1997 logró obtener el informe de la Procuraduría sobre la responsabilidad de agentes estatales e interceptaciones telefónicas ilegales, también la inspección judicial al archivo de sanidad del Ejército para verificar falsificaciones documentales y la declaración de Lilia Amorocho sobre las irregularidades cometidas por los acusados. Entre enero y diciembre de 1999, se llevó a cabo: la declaración de Elcías Muñoz Vargas, testigo clave de la Novena Brigada; el fallo de primera instancia disciplinaria contra los militares implicados; y la sentencia condenatoria contra Hernando Medina Camacho y Justo Gil Zúñiga Labrador. Más tarde se daría la sentencia de casación en la Corte Suprema que dejó en firme la condena contra los militares, pero así mismo ocurrió el absurdo: a pesar de que Carlos Castaño aseguró que había sido uno de los autores intelectuales del crimen en un libro —y en una entrevista en vivo en Caracol Radio—, ese tribunal mantuvo la absolución del confeso paramilitar.

De momento, Iván Cepeda había logrado la cárcel para dos de los autores materiales, pero faltaban los autores intelectuales, los que habían dado la orden. Para vivir seguía dictando clases en universidades, además de liderar proyectos sobre la protección de víctimas y personas desprotegidas por el Estado, apoyado por los recursos de organizaciones internacionales. Pero en el 2000 los asesinos sintieron la gallardía de Iván, así que activaron de nuevo su maquinaria de muerte y amenazas, obligándolo a salir del país para exiliarse en Francia. Desde allí siguió indagando todo cuanto tuviera qué ver con el crimen de Manuel, además logró obtener el título en la maestría de Derechos Humanos de la Universidad de Lyon. 

Una némesis 

Álvaro Uribe Vélez es la némesis de Iván Cepeda Castro, así lo han sostenido sus seguidores y opositores. Muy pocos lo saben pero el gesto fáctico que desencadenó la rivalidad sucedió el 30 de septiembre de 2002. Uribe recién elegido presidente de Colombia, tomó la decisión de retirarle la personería jurídica a la Unión Patriótica, resolución apoyada por el Consejo Nacional Electoral. Aquella fue una afrenta contra la memoria de Manuel Cepeda Vargas, entendiendo que había sido el último senador de ese partido, movimiento que sus seguidores habían tratado de mantener a flote con uñas y dientes, y si no habían logrado los votos necesarios para mantenerse en pie, era porque les habían aniquilado a sus principales figuras políticas. 

Si Álvaro Uribe perseguía a todo lo que oliera a guerrilla, Iván Cepeda lo haría con todo lo que tuviera qué ver con paramilitarismo. En 2004, los principales líderes de los grupos paramilitares de Colombia fueron invitados por la comisión de paz al Congreso de la República; allí, vestidos de civil, Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Ramón Isaza dieron sendos discursos defendiendo su causa armada. Aquel día Cepeda —de nuevo radicado en el país— hizo presencia desde las tribunas del capitolio como símbolo de rechazo e indignación, para él no existía duda de que esos tres hombres además de representar un ejército de muerte, habían sido parte del grupo criminal que ordenó el asesinato de su padre y de cinco mil miembros más de la UP. Ese fue el primer paso de su entrada directa a la escena política.   

En abril de 2006 otro hecho se presentaría como afrenta al nombre de su padre y de los inmolados miembros de la UP. Por esos días Uribe se encontraba en plena campaña de reelección y su equipo publicitario utilizó, como pieza proselitista, un audio de un supuesto militante converso de la Unión Patriótica en el que afirmaba que ese movimiento se fue «torciendo» al punto de «matar por matar» entonces ahora él apoyaba y felicitaba al candidato de la derecha por combatirlos. Cepeda y familiares de las víctimas le exigieron al gerente de esa campaña que retirara de inmediato aquel infundio, pero este se negó echando mano del derecho a la libertad de expresión. Sin embargo, la Corte Constitucional le dio la razón en calidad de víctima a Iván Cepeda y los conminó a rectificar y a presentar excusas. Esa fue la primera derrota jurídica de Uribe frente a Cepeda. 

La discordia se trasladó a la escena pública. En calidad de presidente reelegido y en sus populares consejos comunitarios, Uribe se fue lanza en ristre contra los miembros —muertos y vivos— de la UP. En una ocasión, con un tono de voz cercano a la rabia aseguró que no era posible combinar la política con las armas; en otra dijo que los integrantes de ese partido habían estado en el congreso al tiempo que en la guerrilla; y en mayo de 2008 apuntó de frente a la figura de Iván Cepeda, llamándolo un farsante de los derechos humanos. Esta última descarga fue la respuesta del mandatario al «Homenaje a las víctimas del paramilitarismo, la parapolítica y los crímenes de Estado», marcha multitudinaria liderada por Cepeda el 6 de marzo de ese año. 

Los gestos de aversión siguieron apareciendo. El 10 de diciembre de 2008 el Consejo de Estado ordenó a la Nación a indemnizar a los familiares de Manuel Cepeda Vargas, el monto exigido fue por más de 1500 millones de pesos de la época, pero Iván Cepeda renunció a dicha remuneración. Él lo que deseaban, así lo dijo, era que se llevara a cabo la segunda decisión de ese alto tribunal, que el Estado ofreciera excusas públicas en el parlamento, aceptando que además de su negligencia, miembros de las Fuerzas Militares habían participado en el magnicidio. Cuando se emitió la sentencia, faltaban 20 meses para que finalizara el periodo presidencial de Álvaro Uribe; no obstante, el mandatario nunca se permitió cumplir lo proferido por los jueces. Contrario a ello, Juan Manuel Santos lo hizo el 11 de agosto de 2011 por medio de Germán Vargas Lleras, su ministro del Interior. La escena fue repetida en noticieros de todo el mundo. En ella se ve a Vargas Lleras —con su voz recia y el volumen alto que lo caracterizaba— admitiendo la infamia y ofreciendo el perdón.

ivan cepeda alvaro uribe funerales
Izquierda funeral padre de Álvaro Uribe (1983) | Derecha funeral del padre de Iván Cepeda (1994)

Un dedo acusador

El dedo índice de la mano izquierda de Iván Cepeda siempre apunta hacia al frente, como acusando. No lo puede doblar. Tampoco es una metáfora. Un accidente en su mano le atrofió los tendones flexores que le daban movimiento a las falanges del índice izquierdo. Cuando esa lesión ocurre suelen pasar dos cosas, la primera es que el dedo puede quedar en posición de gatillo, como disparando un arma, o en posición acusatoria, como le quedó al candidato. Mientras lee su discurso en Medellín, la postura rígida de ese dedo le imprime mayor simbolismo a lo que está diciendo. Es el 28 de marzo de 2026 y el candidato ha regresado al parque San Antonio, a ofrecer una especie de aclaración; días antes cientos de antioqueños se declararon ofendidos porque en un mitin el senador aseguró que «Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado».

Tras la aclaración de lo que piensa de los antioqueños, su dedo acusador apunta de nuevo hacia Álvaro Uribe Vélez. Cepeda afirma que la carrera política del expresidente en Antioquia se hizo de la mano de los clanes familiares del cartel de Medellín. Mientras el resto de su mano izquierda sostiene el discurso, su dedo sigue el ritmo del ímpetu con el que habla. Dice que Uribe y su hermano Santiago fueron amigos, socios comerciales y colaboradores de clanes como los Ochoa, los Gallon Henao, los Villegas Uribe y los Cifuentes Villa, quienes hicieron parte de «la entraña» de las estructuras del narcotráfico de Pablo Escobar y, también, de los grupos paramilitares.

Cepeda descansa en el aplauso del público y su índice vuelve a ser protagonista cuando señala que los narcos anteriormente mencionados junto a políticos —tácitamente refiriéndose a los Uribe Vélez—,  eran los propietarios de las grandes haciendas que sirvieron como centros de entrenamiento paramilitar. Cepeda levanta mucho más su dedo, entonces repite que durante la época en que Álvaro Uribe fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, ese departamento se convirtió en la cuna de la parapolítica, del narcotráfico y del terrorismo de Estado y que «esa no es otra cosa que hacer la constatación de una realidad». Además que si se debe señalar a una persona non grata en Antioquia, esa lista debería empezar por «el caudillo de la extrema derecha Álvaro Uribe y su hermano Santiago, jefe de ‘Los 12 apóstoles’».

***

Pero aquel dedo acusador lo empezó a levantar mucho antes. En 2010 logró un escaño en la Cámara de Representantes con el Polo Democrático Alternativo, y aunque era su primera vez midiéndose en las urnas, sacó más de 35.000 votos. Cepeda se debe a las víctimas, estas han sido las fuentes de sus denuncias. Lo buscan y le confían lo que saben. Ven en él una voz que puede incidir. Y así ocurrió. Su primera intervención en el Congreso fue para denunciar la existencia de lo que denominó «El cementerio del Plan Colombia», varias fosas comunes en la que estaba seguro —por los datos recolectados — de que allí podrían encontrar los cuerpos de civiles asesinados y presentados como guerrilleros. En otras palabras, falsos positivos cometidos durante los gobiernos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Tras su insistencia, en los cementerios de La Macarena, Vista Hermosa, Villavicencio y Granada (Meta) fueron hallados los restos de cientos de desaparecidos. Solo en Granada, la Fiscalía encontró una fosa común con 66 cuerpos de personas no identificadas (NN), 25 de ellos de eran niños y niñas. 

Aquella llegada a la política definió hasta su forma de vestir. Hace 16 años al finalizar una plenaria, un congresista conservador que presidía la Cámara lo amenazó con no permitirle su ingreso al recinto si no usaba corbata. Cepeda, contracorriente, desde aquel día decidió que jamás se volvería a poner una porque su manera de llevar la ropa no definía quién era. Ahora lleva camisas de cuello cerrado, sin solapas, a este diseño en el mundo de la moda se le conoce como estética Mao, prendas vinculadas al contexto revolucionario del siglo XX y popularizadas por el hombre que llevó el comunismo al poder estatal de China. Sin embargo, sus camisas no son compradas en ese país, Cepeda se encarga de adquirir las telas y mandarlas a coser en una sastrería de la calle 19 con carrera cuarta en el centro de Bogotá. 

Con ese nuevo atuendo tuvo que enfrentar a un viejo enemigo de corbatas anchas. Finalizando el 2010, José Obdulio Gaviria, asesor principal de Álvaro Uribe durante sus dos mandatos, publicó una columna de opinión en el periódico El Tiempo en la que aseguró que Manuel Cepeda Vargas había sido el fundador y director del colectivo de las Farc, que defendió la combinación de todas las formas de lucha, que era el mejor aliado de Jacobo Arenas, que había sido el encargado de interceptar las cartas de los disidentes de la UP —quienes terminaban amenazados de muerte por las Farc— y que el Secretariado utilizó a la UP como semillero de guerrilleros. La columna fue retirada del periódico pero en el aire quedaron dichas acusaciones. 

El crimen V

Después del abrazo con su hijo Iván, Manuel se dirigió al carro que le había asignado el Congreso. Allí lo esperaba el conductor Eduardo Fierro y el guardaespaldas Alfonso Morales, quien no era un agente del Estado, sino un militante de la UP, que tenía un curso de escolta. El vehículo en el que se movilizaban era un Montero (Mitsubishi) modelo 89, sin blindaje. Cepeda Vargas no tenía más protección a pesar de que —en esa época— era el congresista más amenazado del país. De hecho, la Unión Patriótica como partido compró una camioneta blindada que le fue asignada a Aida Avella, quien semanas atrás y ante el ruido del posible asesinato, busco a Manuel para proponerle cambiar de carros. El senador no aceptó, le dijo que no se perdonaría si algo le pasaba a ella. No se equivocaba, dos años después, aquel blindaje salvaría a la concejal de la muerte en un atentado contra ella realizado con una bazuca. 

Manuel tomó el asiento del copiloto, cerró la puerta y abrió el periódico El Tiempo. Allí se registraba la visita de Fidel Castro, quien fue invitado el 7 de agosto a la posesión del presidente Ernesto Samper, pero además, también había asistido a una recepción privada en la mañana del 8 —en el Salón Rojo del Hotel Tequendama— organizada por el embajador de Cuba, el poeta José Luis Díaz Granados, el escritor Arturo Alape y el propio Manuel Cepeda Vargas. El dictador llevaba casi 50 años sin regresar a Colombia, de modo que la reunión se extendió debido a su locuacidad y por los recuerdos que Cepeda Vargas tenía cuando vivió exiliado en ese país. 

A la altura de la avenida Las Américas con carrera 74, de manera calculada el conductor de un Renault blanco colocó el auto justo al lado de la puerta en la que iba el senador. Del otro costado se puso la moto. Era una emboscada previamente ensayada. El primero en disparar a quemarropa desde el carro blanco fue Zúñiga Labrador, quien accionó siete veces su arma. Lo mismo hizo desde la moto el sargento Medina Camacho. El escolta Alfonso Morales reaccionó con su revólver 38 corto, descargando las seis balas de su tambor hacia el vehículo de los sicarios.

Manuel Cepeda Vargas cayó fulminado hacia el lado del conductor. Lo mataron en el acto pensando que hacían patria. De la lluvia de plomo solo un proyectil de 9 milímetros penetró la región occipital derecha del senador, atravesó la masa encefálica en una trayectoria que afloró en un orificio de salida de un centímetro. La muerte instantánea fue provocada por una laceración cerebral. Los criminales creyeron cumplir sin errores el cometido de estallarle hasta las ideas al senador. Pero uno de los victimarios fue impactado —al parecer quien conducía— lo que los obligó a dejar el auto abandonado a un kilómetro de distancia, cargado de pruebas. Entre ellas una pistola Walther P-38, de uso privativo del Ejército Nacional. Después se supo que los militares tenían una coartada para no ser descubiertos, sus firmas aparecían refrendadas a esa misma hora como asistentes a un curso de inteligencia en la Escuela de Artillería. 

Una mirada

Regularmente Iván Cepeda Castro mira por encima de sus gafas. «Su mirada es maquiavélica», escribió un seguidor —u opositor— durante un evento de campaña emitido por streaming.  Tal vez quien veía y opinaba en aquel en vivo no sabía que el candidato tiene en el centro de su biblioteca un busto de Nicolás de Maquiavelo, a quien ha leído y estudiado a profundidad. Ese gesto, el de inclinar la cabeza hacia abajo y, desde ahí, aguzar los ojos por encima del marco, lo hace ver más protervo que empático. A veces parece que le estorbaran los vidrios de sus lentes. Pero si alguien se ocupa de detallarlo, podrá advertir que hace parte de su performance político. En todas sus presentaciones en público, justo cuando va a denunciar algo o cuando va emitir un juicio, Cepeda no levanta la voz, levanta la mirada. La interrumpe, la eleva dejando abajo los espejuelos mientras las pupilas de sus ojos se activan como el percutor de un arma. 

Así lo hizo el día en que se partió en dos cualquier puente de entendimiento entre él y Álvaro Uribe Vélez. Ocurrió el miércoles 6 de abril de 2012 en el Salón Elíptico de la Cámara de Representantes. Cepeda convocó a un «Debate de control político sobre el paramilitarismo en Antioquia», en donde el centro de sus denuncias recayeron en el nombre del expresidente y su familia. Cada vez que se preparaba para lanzar un facto, su mirada se alzaba más arriba de los lentes y entonces disparaba la delación. Fue una andanada sin precedentes en contra de un exmandatario a quien se le acusaba en público, por primera vez, de tener vínculos directos con asesinos y asesinatos. La escena también fue como un déjà vu del debate que su padre, Manuel Cepeda Vargas, dio en contra de los altos mandos de las Fuerzas Militares, denunciando que lo iban a matar.

Cepeda fundamentó su acusación basado en los testimonios de los paramilitares Pablo Hernán Sierra, del Bloque Cacique Pipintá; y Juan Monsalve, del Bloque Metro, dos pistoleros de vieja data que se encontraban en prisión. Lo primero que denunció es que en el municipio de San Roque y zonas aledañas en el nordeste antioqueño, ocurrieron crímenes de lesa humanidad perpetrados por grupos de autodefensa en contubernio con ganaderos y políticos de ese departamento. A continuación advirtió que la estructura criminal estaba integrada por los hermanos Juan Guillermo y Luis Alberto Villegas Uribe, y los hermanos Santiago y Pedro Gallón Henao. Entonces hizo una pausa, alzó su mirada por encima de sus gafas, y aseguró que de aquella banda también hacían parte los hermanos Álvaro y Santiago Uribe Vélez. Enseguida comenzó a proyectar fotos. En una de ellas aparecía la hacienda Guacharacas, que fue propiedad del exmandatario, en donde dijo —con voz calma pero con ojos insondables—, que en ese lugar había nacido el Bloque Metro de las autodefensas. También mostró un mapa, allí aparecía otra hacienda, La Carolina, lugar en el que se llevó a cabo, dijo, el entrenamiento militar del grupo «Los doce apóstoles», comandado por Santiago Uribe, a quien se le acusaba de ordenar el asesinato del minero Darío Granda en diciembre de 2002. 

Lo que siguió fue una ráfaga de citas basadas en testimonios de víctimas y paramilitares: que Álvaro Uribe como gobernador envió una volqueta pública a San José del Nus para que las autodefensas recogieran y transportaran cadáveres; que durante esa Gobernación se pagó una recompensa por la baja del guerrillero «Juan Pablo», quien realmente fue entregado vivo al ejército para ser ejecutado; que estaban probados los vínculos comerciales entre los Uribe Vélez y Luis Alberto Villegas, alias «Tubo», un reconocido jefe paramilitar; también la venta de una parte de la hacienda Guacharacas a Santiago Gallón, condenado por paramilitarismo y beneficiario de subsidios estatales de Agro Ingreso Seguro; y que el propio Juan Monsalve había hecho parte de la seguridad armada y el transporte brindado por el Bloque Metro al entonces candidato presidencial Álvaro Uribe tras un fallo en su helicóptero. Días después de este debate, el expresidente Uribe radicó una denuncia penal ante la Fiscalía General de la Nación y una queja disciplinaria ante la Procuraduría. El argumento central en ese momento era que Cepeda estaba creando un «cartel de testigos» tras sus visitas a cárceles para ofrecer beneficios a delincuentes a cambio de que testificaran en su contra.

Dos años más tarde, la mirada de Cepeda fue más inquisidora. La escena sucedió el 17 de septiembre de 2014 en el Congreso, en un debate de control político al que tituló: «Álvaro Uribe, narcotráfico y paramilitarismo en Colombia». Lo que lo hizo más interesante —candente si se quiere— es que el propio Uribe estaba presente en el recinto por su investidura de senador. De entrada Cepeda proyectó un video con el testimonio de un paramilitar que decía haber presenciado un encuentro de Carlos Castaño con Álvaro Uribe. El silencio en la plenaria fue aturdidor. Pero en ese instante el expresidente Uribe salió del lugar argumentando que se dirigía de manera inmediata a la Corte Suprema para denunciar a Iván Cepeda. El senador del Polo Democrático, ni se inmutó y siguió con la enumeración de acusaciones: denunció que entre 1980 y 1982, como director de la Aeronáutica Civil, Uribe otorgó licencias a personas vinculadas al Clan Cifuentes Villa, narcotráficantes ligados al Cartel de Sinaloa; que el ministro Rodrigo Lara Bonilla había afirmado antes de morir que el helicóptero incautado en Tranquilandia pertenecía al padre de Uribe; que en 1983 Uribe compartió junta directiva en Comfirmesa con Luis Carlos Molina, banquero de Pablo Escobar condenado por el asesinato de Guillermo Cano.

Cepeda se detuvo, volvió a otear por encima de sus gafas y a continuación proyectó documentos desclasificados del FBI, los cuales citó textualmente para afirmar que las campañas de Uribe en Antioquia recibieron asistencia financiera de Escobar. Después mostró un mapa de Córdoba y un testimonio de Salvatore Mancuso en el que aseguró haber estado reunido con Uribe cuando era gobernador, para ser su aliado en seguridad. Cepeda tomó un respiro como de amortajado, y enseguida dijo que el presidente Belisario Betancur ordenó la salida de Uribe de la Alcaldía de Medellín en 1982 por nexos con narcos; recordó que como senador, Uribe propuso «soluciones imaginativas» para evitar que se hundiera un referendo que buscaba abolir la extradición, beneficiando los intereses del Cártel de Medellín; también que testimonios de paramilitares señalaron que Pedro Juan Moreno, secretario de Uribe, pidió a Carlos Castaño asesinar al defensor de derechos humanos Jesús María Valle; que Uribe y su padre participaron en corridas de toros benéficas para «Medellín sin tugurios», una fundación de Pablo Escobar; Y, como estocada final citó un cable filtrado por WikiLeaks en el que se revelaba que Uribe insistió ante el gobierno central en dotar a las cooperativas Convivir con armas de largo alcance. 

Cepeda entonces debió enfrentarse a una nueva denuncia. Pero esta vez —por su fuero de senador— Uribe debió radicarla en la Corte Suprema de Justicia, donde dijo haber llevado nuevos elementos que probaban que lo de Cepeda era el resultado de la entrega de sobornos a delincuentes presos que deseaban recibir beneficios. Cuatro años duró la Corte investigando a Cepeda, pero en febrero de 2018, el caso tomó un giro de caballo desbocado: la Corte decidió archivar la causa judicial, y al contrario, alertó que quien habría intentado manipular testigos era el propio Álvaro Uribe, con el objeto de callar a exparamilitares. 

El juicio podría haber sido una serie de televisión. Cepeda asistió a todas y cada una de las audiencias. Allí se le veía sereno, mientras que a Uribe, varias veces se le vio con la paciencia salida de los estribos, pero esa puesta en escena le hizo acrecentar la pasión de sus seguidores. Mucho más el día en que fue detenido y —por primera vez en la figura de un expresidente de Colombia— reseñado y puesto preso en su casa de Rionegro. La causa continuó: Álvaro Uribe fue declarado culpable en primera instancia por el Juzgado 44 Penal del Circuito de Bogotá, que lo condenó por fraude procesal y soborno en actuación penal. Su defensa apeló, y el Tribunal Superior de Bogotá, en segunda instancia, revocó esa decisión y lo absolvió. Después, las víctimas, entre ellas Cepeda, y la Fiscalía interpusieron un recurso de casación ante la Corte Suprema, de modo que el proceso aún sigue vivo. Cepeda y Uribe se desprecian. No lo han dicho públicamente pero sus acciones cargan con el peso de los huérfanos, de aquellos hijos a los que les han asesinado a sus papás.

El crimen VI

El teléfono fijo sonó. Iván contestó y alguien al otro lado de la línea le recordó que esa mañana tenía una cita. Así que afanado de puntualidad salió a uno de los paraderos de Banderas y tomó un bus rumbo a la Universidad Javeriana. No habían avanzado mucho y un trancón detuvo la marcha del automotor. De pronto notó que los pasajeros empezaron a arrimarse a las ventanas con curiosidad. Los presentimientos son magnéticos, Iván vio el Mitsubishi y supo que a su papá lo acababan de matar, aunque la esperanza le dijera que se trataba de un accidente. No corrió. No gritó. No se abalanzó sobre la turba que rodeaba el carro, mantuvo una tranquilidad supina, como de anacoreta. El chofer y el guardaespaldas, perseguidos de espanto, le abrieron paso para que pudiera abrazar a su padre. El cuerpo aún tenía la temperatura de los vivos. Entonces con la ternura de quien ama, se le acercó y tal vez en ese momento recordó una de las frases de la escritora Catherine Porter que más le gustaban a Manuel: «No temas, no es nada, apenas la eternidad».

En el bolsillo del costado izquierdo, Manuel llevaba una columna que publicaría en el periódico Voz. El texto estaba dedicado a un director de teatro exiliado en el Ecuador, quien días antes había sido asesinado. En el pliego, redactado en máquina de escribir, se podía leer: «Leo, risa leonina, que bajo tierra parece decirnos: no dejen compañeros de alistar un acto de teatro, una canción, una pintura, que digan que Colombia sueña». Lo que siguió quedó en la memoria fílmica y fratricida de Colombia: al lugar llegaron reporteros y camarógrafos, entonces Iván intuyó que no debía dejar pasar la oportunidad de denunciar lo que acababa de ocurrir, así que no dudó en conceder la entrevista en la que el país pudo dimensionar, a través de la televisión, el carácter calmo de Iván Cepeda Castro. 

Con aplomo y el aspecto imberbe de su juventud, le dijo al periodista: «Acabo de ver esta cosa tan terrible. Así que yo le pido al país, le pido al presidente Samper, a quienes tienen que ver con la justicia en Colombia, que hagan algo en contra de esta ofensiva contra los dirigentes de izquierda y que este crimen no quede impune como el de tantos hombres justos y valientes que han peleado en este país». Hay otra grabación del Noticiero Nacional en la que sin asomo de temor, Iván vuelve a repetir palabra por palabra la denuncia de su papá: que se trataba del plan «Golpe de gracia» diseñado por la cúpula militar, que lo sabía el fiscal general, el ministro de Defensa y el presidente de la república. Atrás aparecía el carro baleado y en el aire las voces de decenas de militantes de la UP coreando ¡«Gaviria es el culpable!». 

El día del sepelio de Manuel, miles de simpatizantes del Partido Comunista lo acompañaron en una plegaria atea. La Plaza de Bolívar se llenó por completo. Hay una escena en la que se ve a Iván encabezando el grupo que baja el féretro por las escalinatas del Congreso para llevarlo al cementerio. La bandera roja con los símbolos del martillo y la hoz, cubren el ataúd. Con el frenesí de los discípulos, simpatizantes de la Unión Patriótica detienen el cortejo para despedir a Manuel con arengas, y es justo en ese momento que, por primera vez, se le ve a Iván compungido, con el corazón tumefacto y con los ojos enlagunados de dolor. Desde aquel momento, él mismo lo ha dicho, se le convirtió en una obsesión el llevar a la cárcel a todo el aparato criminal que estuvo detrás del magnicidio, así esta misión se le haya convertido en una eterna agonía. 

Un candidato

El atril blanco en el que está parado Cepeda está adornado por mariposas amarillas de Funza, hechas en papel crepe. El contraste de aquella escena está dado por los tres escudos portátiles antibalas y por los ocho escoltas en tarima que tratan de protegerlo de cualquier atentado criminal. El título de su discurso no es casual, «19 de abril». De hecho, el candidato inicia recordando que en esta fecha se conmemoran dos aniversarios: el nacimiento del movimiento M-19 y el nacimiento de «nuestro compañero presidente Gustavo Petro Urrego». Tras escuchar los apelativos «M-19» y «Petro» un clamor en la plaza central de Funza, interrumpe a Cepeda: «¡Sí se puede! ¡Sí se puede!», gritan los asistentes. Y es que tal vez tres circunstancias encumbraron su nombre como el candidato de la izquierda con mayores posibilidades para llegar a la presidencia el próximo 7 de agosto. 

La primera la recuerda el propio Cepeda, al traer a colación el surgimiento del M-19 en 1970, tras el robo de las elecciones al general Rojas Pinilla y que dieron como ganador a Misael Pastrana Borrero. Aquel movimiento, dice Cepeda, nació como insurgencia, pero también como un cuestionamiento profundo al sentido de la democracia en Colombia. Sin embargo, aclara que la mejor decisión de ese grupo fue abandonar las armas y dar ese «salto al vacío», liderado por Carlos Pizarro, para apostar por el diálogo. Y es allí donde aparece la segunda circunstancia: aquella entrada a la política civil logró pavimentar el camino para que una figura como Gustavo Petro —quien hoy apoya de frente la candidatura del propio Cepeda— llegara al poder y que por fin la izquierda pudiera ser gobierno. Y la tercera circunstancia fue palmaria: los más de seis años del juicio contra Álvaro Uribe pusieron la figura de Iván Cepeda Castro como la némesis del líder absoluto de la derecha. 

El discurso de Cepeda prosigue destacando los logros gubernamentales recientes: el aumento del salario mínimo, la entrega de tierras al campesinado y la reducción de la pobreza. Si se debieran resumir sus propuestas a partir de sus últimos discursos, el resultado sería el siguiente: realizar una rebelión ciudadana para tipificar la corrupción como delito gravísimo; reducir los salarios de los altos funcionarios para financiar un Salario Vital de más de 2 millones de pesos; atacar las raíces de la violencia, la pobreza y la exclusión, mediante un diálogo inédito entre civiles y fuerza pública; prohibir el fracking y el glifosato, impulsando una transición hacia energías limpias; y posicionar a las víctimas en el centro de la acción del Estado. 

Esta última propuesta ha sido la bandera de su oficio durante los últimos treinta años. Cepeda ha asegurado que es, ante todo, un defensor de los derechos humanos. Algunas etapas de esa defensa han sido su talón de Aquiles. Sus opositores lo presentan como un político cuya figura se entrelaza con viejos fantasmas de la guerra: critican su acompañamiento a Jesús Santrich en los procesos por narcotráfico; utilizan las fotos en las que aparece junto a Iván Márquez —durante el proceso de paz— para proclamarlas como símbolo de cercanía con los exjefes de las Farc; publican la supuesta mención de su nombre en el computador de Raúl Reyes para insinuar una relación más estrecha con esa estructura armada; y aseguran que su discurso sobre las víctimas y la justicia se aplica de forma selectiva, exigiendo cuentas solo a la derecha y al uribismo, pero relativizando la responsabilidad de los exguerrilleros. 

Una de las cosas que sí se puede comprobar es que de las últimas 36 intervenciones en plazas públicas, en 23 de ellas Cepeda se ha referido directamente a la figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez y en las otras 13 de manera colateral. Ese ha sido uno de los estandartes de su campaña y ese discurso ha calado en los seguidores de la izquierda en Colombia como lo demuestran los resultados de las más recientes encuestas que lo colocan como el candidato seguro en la segunda vuelta de las elecciones. Funza no es la excepción. Cepeda en medio de su discurso menciona las palabras «parapolítica» y «extrema derecha». Cuando lo hace, atisba por encima de sus gafas y aquella mirada suya, tan representativa, se sincroniza de manera inconsciente con el dedo índice de su mano izquierda, con el dedo acusador. 

Al terminar su discurso, el equipo de guardaespaldas corre a protegerlo. Enfilan los escudos antibalas creando una pared infranqueable para cualquier asesino. El candidato se incomoda un poco, no se le ve tranquilo con aquel cerco blindado, pero ahora es quizá la persona más amenazada en el país. Así lo hizo saber el propio Gustavo Petro, quien dijo haber recibido la información por parte del FBI de un plan criminal para matar al candidato del Pacto Histórico. Iván Cepeda ha vivido con la muerte siguiéndole los pasos, es probable que si no hubiesen asesinado a su padre hoy estaría en otro escenario, dictando clases de filosofía o escribiendo ensayos sobre «la banalidad del mal», pero su destino tomó un giró inevitable el 9 de agosto de 1994 y cómo un mandato divino —o profano— ha dedicado su vida a seguir la lucha de Manuel Cepeda Vargas para salvarlo del olvido.

Foto de Pacho Escobar

Pacho Escobar

Periodista. Comunicador social de la Universidad del Cauca. Realizó un posgrado en Periodismo en la Universidad de los Andes. Estuvo en los primeros dos años de la revista digital Kien&Ke. En enero de 2013 inició, junto a María Elvira Bonilla y León Valencia, la puesta en marcha del medio digital Las2Orillas. En 2016 estuvo con Pirry en RCN. En 2017 pasó a ser el editor digital de W Radio. Al lado de Juan Pablo Barrientos, en enero de 2020, participó en la creación del portal Vorágine. Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Cofundador de CasaMacondo. E-mail: pacho.escobar@casamacondo.co
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