En estos días de desventura política, me sostuvo, en las noches, frente al fuego, la lectura de un pequeño y hermoso libro escrito por mi amigo Juan Alejando Chindoy, a quien quiero y admiro. Él decidió darle a su libro el nombre de Pensar desde tierras indígenas, aunque también lo hubiera podido llamar Sentir desde tierras indígenas, porque en él, en mi amigo, a pesar de ser un brillante filósofo y académico, el pensamiento no ha dejado de ser una forma de sentir, y la expresión del pensamiento por medio de las palabras no se ha convertido en una forma de olvidar el sentimiento. «Ustedes hablan para no sentir», le oí una vez decir a un paisano. Gracias Juan por recordarme que también hablar y escribir pueden ser caminos para conectar con el sentimiento vivo.
El libro está compuesto por tres ensayos breves, que intentan, cada uno a su manera, pensar una noción amplia de «territorio», en parte para rescatar este término del uso repetitivo que lo ha ido vaciando de sentido.
En estas páginas hablan las voces que Chindoy ha recogido en sus conversaciones con amigos, parientes, mayores, abuelas vivas, imaginadas unas y otras que ya no están en este mundo. Todas esas voces tienen la cualidad de resonar en su cabeza y de ponerse a conversar con él. Al escribir, Chindoy tiene la humildad de disolver su voz en las voces que ha encontrado en su camino, la humildad para reconocer que su voz viene en últimas de esas voces, humanas y no humanas, que él ha sabido escuchar. Es en esas conversaciones que se manifiesta el pensamiento, frente a un fuego físico o al calor del fuego del espíritu.
Recibo este libro como un recordatorio de las cosas más importantes. De las cosas que conviene sentir y cuidar para existir, es decir, no solo para estar aquí, como puede estar un mueble o un balde vacío, sino para que la vida reverbere en nosotros, se exprese y se comunique, y para que esa reverberación sea lo suficientemente intensa para llegar a sonar como una especie de música, para que podamos alegrar y acompañar a otros seres vivos, igual que el agua o los animales nos alegran y nos acompañan con su sonido; y para que al final, cuando nos disolvamos en el gran tejido de lo existente, no nos duela haber perdido la vida.
El amor es la primera de esas cosas importantes. El amor no como una ilusión o un drama, como una relación de necesaria correspondencia, de posesión, desdicha, gozo y dominio, sino como una luz real que viene a darnos aliento y a darle sentido a nuestros días, como algo «bueno y bello en sí mismo», un espacio abierto donde lo importante no somos nosotros como individuos, en donde no buscamos alimentar nuestra seguridad y nuestro orgullo y más bien nos damos por completo, sin esperar más retribución que la del amor mismo.
El cuidado de la tierra se parece a esa relación amorosa, sugiere Chindoy. «El amor es sagrado y es un don, lo mismo que nuestras tierras. Es nuestro deber cuidarlas, pero no debemos esperar que sea para nosotros de forma exclusiva y cuidarlas solo por ello».
Ni el amor ni el cuidado de la tierra pasan por la posesión. Le doy la razón en esto, tomo su palabra y su consejo porque lo he vivido, no para repetirlo como un deber ser o una cantaleta aprendida. Una tierra no es nuestra porque pagamos por ella, o porque nos la cede el gobierno de turno. Solo se pueden comprar y ceder las cosas inertes, muertas y vacías. La relación verdadera con una tierra que está viva es la misma que con una persona o con un ser vivo: no es de posesión, solo el sentimiento nos enlaza a ella, a sus plantas, a sus sonidos, a sus animales y a sus espíritus. Es en nuestros oídos y en nuestro corazón donde recibimos el permiso para estar ahí, si es que lo recibimos.
El mundo indígena ha vivido esta relación con sus tierras. Y en muchos lugares, esa relación sigue viva a pesar de que ese modo de existencia se ha instrumentalizado en algunos ámbitos hasta volverse una retahíla.
La palabra, como el amor, como el cuidado de la tierra en la que vivimos, es otra de las cosas importantes que nos recuerda este libro y que la vida como humanos nos confía. «Las palabras, como las plantas medicinales, se marchitan cuando no se las cuida». Cuando hablamos con desprecio o con descuido, cuando las repetimos tanto y hacemos que pierdan su sentido, las palabras se vuelven inocuas o dañinas, se vuelven veneno, puro ruido, y pierden su medicina. Lo que intenta hacer Chindoy, a mi parecer, es recuperar el poder medicinal de la palabra, y lo logra, porque la suya, su palabra, en este caso escrita, alcanza a aliviar la ansiedad, la impotencia y la soledad que podemos sentir por estos días.
No quisiera apuntar aquí todas las cosas que me alumbraron por su belleza al leer este libro. Algunas son tan bonitas que me las guardo, y más bien dejo que, al leer, ustedes mismos las descubran.
Lo que siento es que escuchar estas voces de tierras indígenas puede ayudarnos a que nuestra existencia siga siendo luminosa a pesar de la oscuridad que está por venírsenos encima. Dejaría que este libro nos recuerde que podemos y debemos hacer ofrendas a lo que seguiremos perdiendo y a lo que ya hemos perdido, porque somos pasajeros, Bëng achënunguanëng monbëm, como se dice en kamëntša, la lengua de mi amigo; que en tiempos difíciles se hace más urgente la búsqueda de la sabiduría; que «aunque el dolor sea fuerte, extraño, inaguantable, también será pasajero»; y que también tendrá que crecer nuestro sentido del humor y nuestra capacidad de amar y de reírnos.