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Perfil
El dedo acusador de Iván Cepeda
Durante meses consultamos a una docena de fuentes; diseccionamos cuatro libros, analizamos cientos de folios de expedientes judiciales y le seguimos la pista, a través de 36 de sus mítines políticos, al candidato que lidera las encuestas a la presidencia de Colombia. ¿Es Iván Cepeda un comunista radical o un progresista moderno?
Por | Ilustración: Leo Parra

Portada Perfil Iván Cepeda
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El crimen | I

La niña se pegó el tiro en la cara. Aquel fatídico accidente fue la pista para dar con uno de los asesinos de Manuel Cepeda Vargas, padre del hoy candidato presidencial Iván Cepeda Castro. Se llamaba Yelitza y tenía cuatro años cuando encontró el arma de su padre, el sargento Justo Gil Zuñiga Labrador —a quien le gustaba más que lo llamaran Justo que Gil—, y comenzó a manipularla como si fuera un juguete inofensivo hasta que, sin querer,  accionó el gatillo y se arrancó medio rostro. 

Al ser una muerte violenta, el caso llegó a las manos de un fiscal quien, así como abrió el expediente, lo cerró. En ese punto no había nada qué investigar. Pero con lo que no contaban los asesinos intelectuales y materiales de Manuel Cepeda Vargas, era que el papá de la niña se iba a ir de boca en una cantina de Neiva. Seguramente borracho de dolor y de culpa, el sargento confesó a voz en cuello que él había sido uno de los sicarios que acribillaron a balazos al último senador de la Unión Patriótica. 

Un hilo se ató con el otro. Era 1996 y los investigadores del caso mandaron a cotejar las balas que se incrustaron en la cabeza del senador el martes 9 de agosto de 1994 con el arma usada por la niña. No hubo duda: era la misma pistola Walther PKK. Pero la madeja aún debía estirarse más, porque el sargento Zuñiga, en aquella borrachera confesional, también mencionó la identidad de uno de los hombres que habían dado la orden de matar a Cepeda, se trataba del coronel Rodolfo Herrera Luna, quien a su vez —según las investigaciones posteriores del propio hijo del inmolado— había recibido la orden de paramilitares, políticos y enemigos acérrimos de cualquier hombre que pronunciara ideas comunistas.

Un tío de Paloma

En Popayán dicen que quien volvió comunista a Manuel Cepeda Vargas fue Álvaro Pío Valencia, el tío abuelo de Paloma Valencia, la candidata que hoy se disputa la presidencia con el hijo del exsenador. 

Manuel Cepeda Vargas nació en Armenia, pero sus padres —su papá comerciante y su mamá fotógrafa— se instalaron en la «Ciudad Blanca» en los años cuarenta del siglo pasado, allí terminó el bachillerato y se graduó como abogado en la Universidad del Cauca. Por esos días, muchos de los estudiantes del Claustro de Santo Domingo eran fieles seguidores de Álvaro Pío, quien después de leer El Capital se convirtió al comunismo y nutrió las mentes de quienes pensaban que ese era el modelo político y social más justo para todos. Entre sus discípulos estaba Manuel, quien iba a escuchar sus monólogos sobre Lenin y la revolución Bolchevique en el Café Alcázar, un lugar que estaba justo en medio de las seis cuadras que separaban la casa de los Cepeda y los Valencia. Aquella conversión produjo en Álvaro Pío la fama de ser la «oveja negra» —o roja— de aquella familia de rancia estirpe conservadora, aunque quienes lo conocieron dicen que Pío era más un cordero manso que una oveja arisca.  

La camaradería entre Pío y Manuel comenzó a mermarse por la distancia física, en diciembre de 1958 este último fue elegido miembro del Comité Central del Partido Comunista Colombiano, de manera que su traslado hacia Bogotá fue inminente tras el encargo de fortalecer la Juventud Comunista Colombiana (JUCO). A pesar de lo millonarios que eran los Valencia, el hombre que inoculó el comunismo en Popayán murió en una pobreza material inusitada, arrumado en un cuarto de lo que hoy es una casa sin visitantes, el Museo Valencia. No obstante, su única dote (que pudo ser su conocimiento) aún sigue vigente, medio siglo después, en la herencia ideológica del hijo de Manuel, el hoy candidato más fuerte a ocupar el solio de Bolívar. 

Una madre 

Manuel Cepeda y Yira Castro —una estudiante de bachillerato— se conocieron al final de un día de febrero de 1959, cuando ella entró revolucionada a la sede de la JUCO, buscando a más camaradas que se sumaran esa noche a una manifestación en contra del alza del transporte. Ella tenía 17, él 29. Fue un amor rebelde. Lo primero que a Manuel lo embelesó fueron esos ojos levantinos, aunque ella hubiese nacido en Sincelejo en el seno de una familia revolucionaria. En efecto, Yira es un nombre de origen arabe que significa «pequeña mariposa» y Chadid —su otro apellido— significa «poderosa». Lo siguiente y definitivo que conquistó su corazón fue la beligerancia y la fuerza de esa mujer, además de ese segundo apellido tan bien llevado. 

Los padres de Iván eran considerados unos apóstatas. Para los jerarcas de la Iglesia católica fue un insulto que, a mediados de 1960, cuando Yira cumplió la mayoría de edad, decidieran casarse sin la bendición de sotanas, mitras y báculos. Tanto fue el agravio que los curas empezaron a ser los soplones de la Policía Secreta, informando sobre todos los pasos que daba la nueva pareja. Los Cepeda Castro lo confirmaron un par de días después de su casamiento, cuando Yira fue detenida y llevada a los calabozos del DAS. Antes de irse, el jefe de esa dependencia, en un acto de burla y provocación, los felicitó por el matrimonio. Entonces Manuel, entre sorprendido y furioso, le preguntó que «cómo lo sabía» si la unión se hizo en la mayor intimidad posible. 

—Porque soy católico. Voy a misa todos los domingos y allí supe que los excomulgaron—, respondió el perseguidor. 

Iván Cepeda Castro nació amenazado. Estaba aún en el vientre de su madre cuando su padre fue detenido por hacer parte de la planta de periodistas del diario Voz de la Democracia que había sido declarado ilegal por Guillermo León Valencia en 1963.

Luego creció acosado. No había cumplido ni un año cuando al apartamento en el que vivían en el barrio San Antonio, en pleno centro de Bogotá, comenzaron a llegar en las madrugadas, militares y agentes policiales vestidos de civil a allanar el lugar, sin orden alguna, solo con la sospecha de que esos dos jóvenes y ese bebé guardaban armas y explosivos. Mientras los perseguidores lanzaban hijueputazos al aire, culatazos contra los armarios y escupitajos a la cuna, el bebé no lloraba. Según las memorias de su papá, Iván los miraba con un mutismo pasmoso, como lo haría muchos años después en mítines y arengas durante la campaña para ser presidente de Colombia. 

Al pequeño Iván los allanamientos le espantaban el sueño, pero no la tranquilidad. En 1964, durante la Operación Soberanía, el abuelo de la candidata Paloma Valencia ordenó el ataque a la «República de Marquetalia». El ejército empleó bombardeos aéreos y tropas terrestres para eliminar enclaves campesinos autónomos. Pese a la ofensiva, los sobrevivientes, liderados por Manuel Marulanda, escaparon y fundaron poco después las Farc. Manuel Cepeda cubrió ese hecho como periodista y escribió para Voz de la Democracia un reportaje que lo llevó de nuevo a la cárcel. Otra vez en la madrugada, los putazos, culatazos y escupitajos despertaron al niño, que apenas gateaba y, a pesar de estar en en la edad del chupo, vio cómo se llevaron a su papá y cómo tuvieron que esperar a que una tía lo recogiera porque su madre también fue detenida. 

Fue el propio presidente Valencia, iracundo por lo escrito, quien dio el visto bueno del arresto y también emitió la orden de suspender la licencia de funcionamiento de ese periódico, que más tarde pasaría a llamarse Voz Proletaria. Mientras a Manuel lo recluyeron en la cárcel La Modelo, a Yira la enviaron al Buen Pastor, pero la dejaron en libertad a los pocos días, ya que estaba por dar a luz a María, su segunda hija. Entonces —por primera vez— Iván, de dos años, también conoció la cárcel. Yira lo llevaba en brazos a ver a su papá quien estuvo preso durante seis meses y dieciocho días, sin ninguna otra sindicación que la de ser periodista. 

Iván ha vivido bajo persecución toda su vida. En 1967, a sus cinco años, supo de su primer destierro ante el mandato perentorio por parte de miembros del Estado de asesinar a Manuel Cepeda. El Partido Comunista le aconsejó a la pareja buscar refugio primero en Cuba, donde permanecieron hasta finales de ese año, y después en la República Socialista de Checoslovaquia, país que hacía parte del bloque soviético, durante la época de la «Cortina de Hierro». 

En Praga vivieron cerca de tres años. Hay varias fotos que dan cuenta de aquella correría obligada. En una de ellas se ve a Yira en medio de Iván y de María, rodeados de nieve. Los tres sonríen, son una familia que intenta sostenerse. En otra aparecen los cuatro, pero esa imagen trae consigo algo curioso: físicamente ese Manuel de ayer es idéntico al Iván de hoy.

A su regreso en 1970, luego de que el partido les pidió estar en Colombia, no hubo lugar en el que vivieran donde su casa no fuera levantada con furia por los militares en inspecciones ilegales. Y es que Yira también comenzó a ser perseguida por su afilada pluma, sus crónicas en terreno, sus ensayos sobre el marxismo-leninismo y sus sesudos trabajos en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociales y en las escuelas de los cuadros del Partido Comunista. En una madrugada del 19 de mayo, el general Jorge Ordóñez, jefe del DAS, ordenó el arresto y la reclusión de Yira en la Cárcel Distrital, lugar en el que permaneció detenida durante varias semanas y de donde regresó contagiada de mucha más rebeldía.

El crimen | II

Meses antes de que lo mataran, Manuel Cepeda Vargas denunció sin tapujos a sus verdugos. Aunque le faltaron nombres. Lo hizo en octubre de 1993 en un debate parlamentario en el que se escucharon más sustantivos que adjetivos. Por esos días era Representante a la Cámara y, sin asomo de miedo, citó a los altos mandos de las Fuerzas Militares, para que escucharan de su propia voz las pruebas que tenía sobre sus planes para exterminar a los miembros de la Unión Patriótica. 

Su intervención fue un rosario de verdades. Manuel demostró que en 1988, en la Escuela Militar de Cadetes, instruían a los estudiantes con un manual de muerte que tenía por título Conozcamos nuestro Enemigo. El documento afirmaba que toda organización de izquierda debía considerarse subversiva y que, por lo tanto, debía ser perseguida y eliminada. El entonces representante a la Cámara también enumeró uno a uno los planes de exterminio ejecutados a escondidas por los militares: la operación Cóndor, en el 85; el Baile Rojo, en el 86; el plan Esmeralda, en el 88; y el plan Retorno en el 92.

Tras un silencio, Manuel se acomodó la corbata y lanzó la verdad que cavó su propia tumba. A voz en cuello advirtió que los generales Rodolfo Herrera Luna, Ramón Emilio Gil Bermúdez y Harold Bedoya Pizarro estaban detrás del diseño del plan Golpe de gracia, una operación de exterminio en la que Manuel Cepeda Vargas, había sido señalado como objetivo militar. Cuenta Aída Avella que fue tanta la rabia del general Bedoya que los ojos no se le pusieron rojos de la ira, sino mucho más azules, y que fue tal su encabronamiento que ese día toda Colombia descubrió el color de sus iris. 

Un estudiante

Iván creció escuchando La Internacional. Esas estrofas eran la banda sonora de su casa y de los mítines políticos a los que lo llevaban sus papás. El himno incluye una consigna que se repite hoy como un mantra en las concentraciones de su campaña: «¡Presente! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!». 

Mientras en su casa escuchó razonar sobre la Teoría de la Liberación, en los colegios públicos por los que pasó en Bogotá las cosas fueron distintas. Los rectores de las instituciones priorizaban la enseñanza de materias como religión frente a las de humanidades. Y aunque Iván Cepeda no lo reconoce expresamente, la lucha entre esas dos visiones de mundo más tarde harían mella en sus propias convicciones. 

Sus recuerdos también quedaron marcados por los castigos que los profesores le aplicaban a los alumnos con regla y Biblia en mano. La respuesta de Iván fue contumaz, no era el mejor de la clase, pero obtenía buenas notas en las materias que le gustaban. Le iba regular en las ciencias exactas —sobre todo en Física, Química y Matemáticas— y sobresalía en Historia, Sociales y Castellano. 

Un mes antes de cumplir once años, ocurrió un hecho determinante que marcó su senda política. En la tercera semana de septiembre de 1973 el mundo supo que militares de la dictadura chilena habían torturado y asesinado con alevosía —44 balazos le pegaron— a Victor Jara. Las canciones de este cantautor chileno también hacían parte de su banda sonora, pero, más que eso, lo que persistió en sus recuerdos fue la postura militante y socialista de Jara, de la que tanto hablaban sus padres. Aquel parteaguas lo ha advertido Iván en varias entrevistas. 

Su conciencia política despertó precozmente en ese momento. A partir de allí, dedicó sus años de rebeldía a realizar una suerte de trabajo de base en los colegios y en los movimientos juveniles que nacían a mediados de los setenta en Kennedy, localidad a la que llegó a vivir, específicamente en el barrio Banderas, Bloque E2, apartamento 301. 

Tenía catorce años cuando cayó preso por primera vez. Sucedió a las afueras de un colegio mientras repartía los ejemplares gratuitos de Voz Proletaria. Al contrario de lo que pasó con el resto de amigos detenidos a su lado quienes fueron reprendidos por sus padres tras la «vergüenza», su papá lo abrazó y felicitó al verlo salir de la mazmorra.  Debía irse acostumbrando porque podría ser el primero de muchos «canazos», si quería seguir repartiendo dignidad, le dijo.

ivan Vepeda Manuel Cepeda Yira Castro
Iván Cepeda, Manuel Cepeda, Yira Castro – 1962

Un duelo

Los Cepeda Castro coleccionaban piedras. No es una metáfora: lo hacían con fervor. De todos los lugares que visitaban se llevaban una para la casa. Las tenían por todas partes, como si cada una guardara una historia distinta: revolución, lucha, pueblo, justicia, resistencia, dignidad. Iván hoy sigue cargando algunas de esas piedras en sus trasteos. En una de las tantas redadas, los agentes del DAS, en lugar de encontrar pistolas y metralletas, hallaron aquella colección sideral. Un policía primíparo vestido de civil se dispuso a echarlas en una caja para incautarlas, pero de pronto recibió el grito encolerizado de su jefe:

—¡Pa’ dónde lleva esas putas piedras, güevón, deje esa mierda allí!

Uno crece con lo que ve en la casa. Y también con lo que lee. Además de las piedras, lo otro que jamás dejaban sus padres en aquellos trasteos forzados eran sus libros y sus propios escritos. Esa fue su fortuna y esa sería la herencia para Iván. En los textos que dejaron Manuel y Yira se pueden ver citados los libros que alimentaban su ideología: El Capital, de Karl Marx; ¿Qué hacer?, de Vladímir Lenin; Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon; El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse; La sociedad del espectáculo, de Guy Debord; Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y Vigilar y castigar, de Michel Foucault, entre otros.

La entrada de uno de los ensayos de Yira da cuenta de su credo: «El marxismo-leninismo es la ciencia que muestra el verdadero camino que conduce a la liberación femenina y a la conquista de la plena igualdad de derechos». Era 1978 y Yira tenía 36 años. En 1979 se dio a la tarea de hacer campaña por el Concejo de Bogotá. Lo hizo yendo a los barrios de invasión, llenándose las botas de barro. Pocos creían que iba a lograr un escaño, pero les calló la boca tras lograrlo. La vida parecía ir bien hasta que llegaron los insoportables dolores de cabeza. A Yira le encontraron un tumor cerebral que primero la sometió a una silla de ruedas, después a agobiantes exámenes en un par de clínicas de Bogotá y luego a viajes forzados a La Habana, de donde la remitieron a Moscú. Los médicos poco pudieron hacer. 

A mediados de 1981, Manuel Cepeda viajó de urgencia a Rusia porque su esposa se estaba muriendo. «¡Llévame a ver a mis niños!», le suplicó. Todo indica que Yira exprimió hasta la última gota de su fuerza y de su valentía para despedirse de Iván y de María. Los besó apenas los tuvo cerca y les dijo que no se preocuparan porque ella había sido feliz. Murió al día siguiente de su llegada, el 9 de julio de 1981. Tenía 39 años. 

Las fotos de su funeral parecen la despedida de una mártir. Más de diez mil personas siguieron la carroza fúnebre por las calles de Bogotá cantando canciones de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, además varios artistas adornaron algunas zonas de la ciudad pintando murales con su rostro. Iván nunca lo ha dicho, pero es probable que, en el pleno despertar de su juventud, leyera las 19 notas de prensa que firmaron sobre su mamá periodistas como María Teresa Herrán y Daniel Samper Pizano, y las decenas de obituarios que diferentes partidos comunistas publicaron por todo el planeta. 

El crimen | III

Dijo el escritor Guillermo Cabrera Infante que si el hombre es solo ser y circunstancia, la única manera de salvarse al ser amenazado es cambiar las circunstancias. Manuel Cepeda Vargas no alcanzó a hacerlo porque la orden ya había sido dada. 

Quince años después del asesinato, las investigaciones establecieron que el plan Golpe de gracia resultó de una actuación coordinada entre militares y paramilitares. El coronel Rodolfo Herrera Luna, uno de los generales a los que Manuel denunció en el Congreso, fue señalado como determinador del magnicidio, según los testimonios de miembros de la Novena Brigada. Por su parte, Carlos Castaño Gil confesó públicamente haber ordenado el asesinato. De acuerdo con un documento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), ambos —Herrera Luna y Castaño Gil— articularon el operativo para asegurar el éxito del crimen.

La inteligencia militar del Estado fue la encargada de realizar los seguimientos previos. Lo hicieron entregando información sobre dónde vivía el recién posesionado senador. Registraron sus desplazamientos diarios, sus horarios y la estructura de su escueto esquema de seguridad. Del otro lado, Carlos Castaño Gil le entregó siete millones de pesos a su lugarteniente Víctor Alcides Giraldo, alias Tocayo, con el objeto de coordinar en Medellín el robo del Renault 9 Brio, color blanco, en el que se movilizarían los matones a sueldo. En esa ciudad también le encargó contratar a los sicarios profesionales Edison Jiménez, alias El Ñato y a Fabio Usme, alias Candelillo, para llevarlos hasta Bogotá.  

En el libro Mi confesión, Castaño Gil relató que él mismo se trasladó a la capital y que estuvo a pocos metros del lugar en el que los asesinos ejecutaron el plan. Ese martes 9 de agosto de 1994, el sargento del ejército Hernando Medina Camacho y el exagente de la Policía Nacional, Pionono Franco Bedoya, hicieron el primer seguimiento en una motocicleta. Mientras tanto, a la altura del barrio Mandalay, en la localidad de Kennedy, los sicarios Edison Jiménez y Fabio Usme, junto al sargento Justo Gil Zúñiga Labrador, esperaron en el Renault blanco a que pasara el viejo Mitsubishi en el que se movilizaba el senador de la Unión Patriótica. En otro vehículo, un par de hombres al mando de Víctor Alcides Giraldo —quizás junto a Carlos Castaño— estaban listos para reaccionar por si se necesitaba apoyo. 

Un exilio

Iván Cepeda se formó en el exilio. Un par de meses después de la muerte de su madre, en 1981, salió huyendo. Era mejor la seguridad que la confianza. Las amenazas habían regresado en forma de piedras envueltas en papel con textos intimidantes y en coronas mortuorias que no eran precisamente de condolencia por el deceso de Yira Castro. 

Obligado, llegó a Bulgaria y la elección formativa que tomó fue una suerte de contradicción de su propia crianza. Sus padres habían evitado la Iglesia como se evita el veneno. Iván, en cambio, tal vez movido por la necesidad de entender el enigma de las religiones, se inscribió en Filosofía y Teología, la carrera que estudian la mayoría de curas y monjas. Ninguno de sus perfiles públicos menciona esa segunda vertiente, pero su hoja de vida en Función Pública la incluye. 

En algunos escenarios, Iván Cepeda ha dicho que no cree «en la idea de un Dios omnipotente y omnipresente», pero que la filosofía —y tal vez la teología— apareció en su formación como un paradigma para resolver sus inquietudes fundamentales sobre la vida. Hoy sabe que esa posición en un país tan católico y cristiano como Colombia, en lugar de dar votos, los quita. Es probable que, debido a ello, sus disertaciones ahora tengan matices. Por ejemplo, en un discurso que dio el 3 de marzo de 2026 en el Colegio Americano, en Bogotá, reconoció el papel de las comunidades de fe en la defensa de la vida, rindió homenaje a religiosos y religiosas que ofrendaron su vida por la paz, propuso un diálogo ecuménico entre creyentes y no creyentes, y celebró la libertad de cultos consignados en la Constitución de 1991, todo sin mencionar explícitamente su idea de Dios. Pero ese pensamiento no es de ahora, fue la base de la formación que inició en Praga.

Y es que el clima político por el que transitaba Bulgaria también lo puso a prueba. El bloque soviético se hacía moronas como el pan viejo y en Sofía, Iván participó en las marchas y discusiones universitarias en las que se criticaba la imposición del régimen de Todor Zhivkov, líder del Partido Comunista. Iván fue consciente del debilitamiento y agotamiento de aquel proyecto anacrónico. Según lo ha relatado en varias entrevistas, dejó atrás el socialismo —y mucho más lejos al comunismo— para pasar a una idea de progresismo democrático en el que lo público debía conversar con lo privado. En la intimidad de su familia, aquel cambio de arquetipo fue una rebelión frente al padre, una época de separación silenciosa en el plano de las ideas, pero que jamás derivó en un distanciamiento físico. 

Manuel era tan comunista que él mismo recordaría cómo Yira a veces lo regañaba por no ceder ante su ortodoxia ideológica. Sus rivales lo han querido graduar de miembro civil de la guerrilla de las Farc, pero lo cierto es que no existe ninguna investigación judicial que haya demostrado un delito asociado con rebelión o derivado de este, y ningún juez de la república lo condenó por hechos similares a la sedición. A pesar de esto, adversarios como el expresidente Álvaro Uribe Vélez insisten en clavarle el inri de guerrillero. Lo hizo hace pocos días en su cuenta de X, en la que aseguró lo siguiente: «Manuel Cepeda promovió la lucha armada de frente. […] Manuel Cepeda —un violento frentero—, “fue un «alto jerarca» que sacrificó la democracia interna y la movilización civil en favor de un militarismo radical en las FARC”. Ver libros de antiguos camaradas» [sic]. Uribe tal vez se refiere a los libros Todo tiempo pasado fue peor, de Álvaro Delgado y Armas y urnas, de Steven Dudley, donde se habla de Manuel Cepeda.

Un exterminio

En 1987, a sus 25 años, Iván regresó a Colombia. Dos años antes, tras un acuerdo entre la guerrilla de las Farc y el gobierno de Belisario Betancourt, había nacido un nuevo partido político, la Unión Patriótica (UP). Por esa misma época, Manuel Cepeda dejó las toldas del Partido Comunista para unirse a la UP. A pesar de ello, Iván, en otro acto de insurrección, se dejó seducir más por los novedosos planteamientos de jóvenes políticos como Jaime Pardo Leal, José Antequera y Bernardo Jaramillo Ossa, que por los de su propio padre —hay que recordar que la UP tenía dos vertientes: una anclada al comunismo radical, en la que Manuel caminaba; y otra mucho más fresca que profesaba un socialismo progresista, la orilla de los más jóvenes —. Quienes lo conocen de cerca, aseguran que fue con Jaramillo Ossa con quien Iván tuvo más afinidad, ya que el manizalita había tomado distancia del comunismo de la cortina de hierro y de las prácticas subversivas ejercidas por la guerrilla.

Los tiempos de incidencia zurda duraron poco. En 1988 el aniquilamiento se intensificó en contra de la izquierda. En un contubernio entre militares, narcotraficantes, paramilitares y miembros del poder económico del país, se produjo lo que la Comisión de la Verdad ha llamado «el exterminio de la Unión Patriótica». Pardo Leal acababa de cumplir 46 años cuando lo mataron. Antequera, 34. Jaramillo Ossa tenía esa misma edad cuando un adolescente le descargó una rafaga de ametralladora el 22 de marzo de 1990. La Justicia Especial para la Paz determinó que al menos 5.195 miembros de la UP fueron asesinados. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) condenó al Estado por el crimen, al que llamó un «genocidio político».

Iván aún recuerda a su padre escribiendo. Denunciando el exterminio. Hay una escena vívida: Iván llega de dictar clase. Es tarde. Antes de abrir la puerta escucha las teclas. Al sentirlo a sus espaldas, Manuel se da vuelta y le cuenta la historia que está narrando. Dos sicarios interceptan a una concejal de la Unión Patriótica y la empujan hacia el monte. La escupen. La humillan. La golpean. La tiran al piso. Uno de los matones prepara su arma. De pronto una víbora justiciera se abalanza sobre el verdugo, lo muerde, le inyecta su veneno. La mujer tiene suerte y logra escapar. Conmovido, Manuel lee en voz alta el título de la crónica: «No todas las culebras están contra la Unión Patriótica».

Iván admiraba a su padre, pero sus propias convicciones empezaron a separarlos aún más en materia ideológica. Amigos de la familia recuerdan que esa distancia se volvió un tanto evidente a partir de 1990, cuando irrumpió en la escena política la Alianza Democrática M-19, nacida tras el acuerdo de paz entre esa guerrilla y el gobierno de Virgilio Barco. Iván conectó con ese proyecto, al que veía más abierto a la participación democrática y a las nuevas formas del progresismo, de modo que sin vacilación alguna se acercó a aquellas toldas en un gesto que marcó otro quiebre silencioso con la tradición política de su casa.

Aquellos días parecían tener un nuevo aire, pero el tufo de la muerte no tardó en cubrir de nuevo al país. Los mismos verdugos que aniquilaban a balazos a los miembros de la UP se atrevieron a más y en un plan kamikaze mataron en pleno vuelo a Carlos Pizarro, el líder máximo del M-19, un hombre carismático a quien el joven Cepeda veía como símbolo de esperanza. Fue evidente que tras la matanza de la gente que apenas empezaba a seguir y ante el inminente genocidio de toda persona que tuviera ideas de izquierda, Iván dejó de lado cualquier activismo político y se refugió en la academia. Dedicó sus esfuerzos a dictar clases de filosofía en la Universidad INCCA y en la Universidad Javeriana, hasta el día en que un nutrido grupo de sicarios asesinó a su padre.

ivan cepeda Manuel Cepeda

El crimen | IV

Aún vivían juntos el día en que lo mataron. Mientras recuerda lo que sucedió aquella mañana del 9 de agosto del 94, Iván muestra una colección de 48 vetustos relojes que coleccionaba su padre. Por esos días, los dos tenían la plena seguridad de que el asesinato de Manuel era inminente. Además de la pasión por los relojes, Manuel era un virtuoso de la pintura y la cerámica. A Iván se le escapan las palabras de la emoción al mostrar uno de los cuadros de su papá: la pintura en óleo muestra a unos hombres hacinados en una celda. Los trazos recuerdan el estilo del Guernica de Picasso. Por todos lados también están las cerámicas que esculpió Manuel: caballos, máscaras, torsos, barcos, pájaros. 

Estaban tan seguros del asesinato que Iván tomó una decisión: en cada despedida, le iba a dar a su padre un abrazo largo, como un abrazo de ciegos, porque bien podía ser el último. Iván hace una pausa para señalar una escultura que hicieron juntos. Se trata de la cabeza de un animal por la que media docena de personas trepan: un caballo de Troya. A su papá también le gustaban los búhos. Los búhos pueden cazar en absoluto silencio, le enseñó alguna vez. Tiempo después le pintaría uno y el día en que Manuel se lo entregó le dijo: «Ten para que siempre recuerdes que hay que ser sabios».

Manuel, en lugar de cambiar sus circunstancias, las aceptó. Meses antes viajó a Europa a conocer a su nieta y a despedirse de su hija María. Padre e hijo salían juntos todos los días. Se había convertido en tradición que antes de llegar a las instalaciones del Congreso, Manuel dejara a su hijo cerca de la Universidad Javeriana. El azar o el destino aquel día estaban de parte del hijo y no del padre. Iván, confundido por su agenda, le dijo a Manuel que esa mañana la tenía libre, así que no saldría con él. Entonces se miraron, sonrieron y se dieron el último abrazo.

Un investigador

El crimen hizo que Iván Cepeda Castro retomara la política como vocación y, tal vez, como el único camino que podría llevarlo hasta los verdugos. Una semana después del asesinato, Iván creó la Fundación Manuel Cepeda Vargas con el propósito de defender los derechos humanos en Colombia. Antes de dedicarse por completo a la fundación, Iván se convirtió en un investigador. Entre 1994 y 2009, dato a dato, fue recopilando pruebas, identificando testigos, cruzando testimonios y radicando denuncias para no dejar extraviar el expediente. Ante la lentitud de la justicia colombiana, Iván llevó el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el 5 de agosto de 1995 se presentó como testigo en una audiencia pública. Un año después, el 5 julio de 1996, logró obtener el informe de inteligencia sobre la pistola personal del sargento Zúñiga Labrador y descubrió que, en efecto, el arma usada en el magnicidio de su padre era la misma que había causado la muerte accidental de la hija del militar.

En 1999, gracias a su tesón, el Juzgado Tercero Penal del Circuito Especializado de Bogotá emitió una sentencia condenatoria contra Hernando Medina Camacho y Justo Gil Zúñiga Labrador. Seis años después, la Corte Suprema dejó en firme la condena contra los militares. En esa misma sentencia, sin embargo, ocurrió un absurdo: a pesar de que Carlos Castaño aseguró que había sido uno de los autores intelectuales del crimen en un libro —y en una entrevista en vivo en Caracol Radio—, el tribunal mantuvo la absolución del confeso paramilitar.

De momento, Iván Cepeda había logrado la cárcel para dos de los autores materiales, pero faltaban los autores intelectuales, los que habían dado la orden. Para vivir, seguía dictando clases en universidades. También lideraba proyectos sobre la protección de víctimas y personas desprotegidas por el Estado, apoyado por los recursos de organizaciones internacionales. Pero en el 2000, volvió a recibir amenazas creíbles, que lo obligaron a exiliarse en Francia. Desde allí, mientras terminaba una maestría en Derechos Humanos de la Universidad de Lyon, siguió escarbando todo lo que pudo para dar con los verdaderos responsables del crimen de su padre.

Una némesis 

Pocos lo saben pero el gesto que desencadenó la rivalidad entre Iván Cepeda y Álvaro Uribe Vélez sucedió el 30 de septiembre de 2002. Uribe, recién elegido presidente de Colombia, le retiró la personería jurídica a la Unión Patriótica, una resolución apoyada por el Consejo Nacional Electoral. Para Iván, aquella fue una afrenta contra la memoria de Manuel Cepeda Vargas, quien había sido el último senador de ese partido. 

Si Álvaro Uribe perseguía todo lo que oliera a guerrilla, Iván Cepeda lo haría con todo lo que tuviera que ver con paramilitarismo. En 2004, los principales líderes de las autodefensas fueron invitados por la comisión de paz al Congreso de la República. Allí, vestidos de civil, Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Ramón Isaza dieron sendos discursos defendiendo su causa armada. Aquel día Iván —quien había regresado al país en 2003— asistió a las tribunas del capitolio como símbolo de rechazo e indignación. Para él no existía duda de que esos tres hombres, además de representar un ejército de muerte, habían sido parte del grupo criminal que ordenó el asesinato de su padre y de cinco mil miembros más de la UP. Ese fue el primer paso de su entrada directa a la escena política.   

En abril de 2006 hubo otra afrenta al nombre de su padre y de los inmolados miembros de la UP. Uribe se encontraba en plena campaña de reelección y su equipo publicitario utilizó, como pieza proselitista, un audio de un supuesto militante converso de la Unión Patriótica que afirmaba que ese movimiento se fue «torciendo», al punto de «matar por matar». Por eso, ahora este militante apoyaba y felicitaba al candidato de la derecha. Cepeda y familiares de las víctimas le exigieron a Fabio Echeverri Correa, gerente de esa campaña, que retirara de inmediato aquel infundio, pero este se negó, alegando el derecho a la libertad de expresión. La Corte Constitucional le dio la razón en calidad de víctima a Iván Cepeda y conminó a Uribe a rectificar y a presentar excusas. Esa fue la primera derrota jurídica del hoy expresidente ante Cepeda. 

La discordia se trasladó a la escena pública. En sus populares consejos comunitarios, Uribe se fue lanza en ristre contra los miembros —muertos y vivos— de la UP. En una ocasión, con un tono de voz cercano a la rabia, aseguró que no era posible combinar la política con las armas; en otra, dijo que los integrantes de ese partido habían estado en el congreso al tiempo que en la guerrilla; y, en mayo de 2008, apuntó de frente a la figura de Iván Cepeda, llamándolo un «farsante de los derechos humanos». Esta última descarga fue la respuesta del mandatario al «Homenaje a las víctimas del paramilitarismo, la parapolítica y los crímenes de Estado», una marcha multitudinaria liderada por Cepeda el 6 de marzo de ese año. 

Los gestos de aversión siguieron apareciendo. El 10 de diciembre de 2008 el Consejo de Estado ordenó indemnizar a los familiares de Manuel Cepeda Vargas. El monto exigido era superior a los 1500 millones de pesos, pero Iván Cepeda renunció a la remuneración. Lo que deseaba, dijo, era que se llevara a cabo la segunda decisión de ese alto tribunal: que el Estado ofreciera excusas públicas en el Congreso y aceptara que, además de su negligencia, permitió que miembros de las Fuerzas Militares participaran en el magnicidio. Cuando se emitió la sentencia, faltaban 20 meses para que finalizara el segundo periodo presidencial de Álvaro Uribe. No obstante, el mandatario nunca cumplió lo ordenado por los jueces. En cambio, Juan Manuel Santos sí lo hizo el 11 de agosto de 2011 por medio de Germán Vargas Lleras, su ministro del Interior. La escena se repitió en noticieros de todo el mundo. En ella se ve a Vargas Lleras —con su voz recia y el volumen alto que lo caracterizaba— admitiendo la infamia y pidiendo el perdón.

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Izquierda funeral padre de Álvaro Uribe (1983) | Derecha funeral del padre de Iván Cepeda (1994)

Un dedo acusador

El dedo índice de la mano izquierda de Iván Cepeda siempre apunta al frente, como acusando. No lo puede mantener doblado. Tampoco es una metáfora. Un accidente en su mano le atrofió los tendones flexores que le daban movimiento a las falanges del índice izquierdo. Cuando esa lesión ocurre suelen pasar dos cosas, la primera es que el dedo puede quedar para siempre en posición de gatillo, como disparando un arma, o en posición acusatoria, como le quedó al candidato.

El 28 de marzo de 2026, Iván Cepeda regresó al parque San Antonio, en Medellín, a ofrecer una especie de aclaración. Días antes cientos de antioqueños se declararon ofendidos porque en un mitin el senador aseguró que «Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado». Mientras lee su discurso, la postura rígida del dedo izquierdo le imprime mayor simbolismo.

Tras la aclaración, Cepeda apunta de nuevo hacia Álvaro Uribe Vélez. La carrera política del expresidente en Antioquia se hizo de la mano de los clanes familiares del cartel de Medellín, dice marcando el ritmo de su ímpetu con aquel dedo. Uribe y su hermano Santiago fueron amigos, socios comerciales y colaboradores de clanes como los Ochoa, los Gallón Henao, los Villegas Uribe y los Cifuentes Villa, quienes hicieron parte de «la entraña» de las estructuras del narcotráfico de Pablo Escobar y los grupos paramilitares, afirma el senador y sus seguidores chocan las manos en una algarabía estruendosa.

Iván Cepeda descansa en el aplauso del público. Su índice vuelve a ser protagonista cuando señala que los narcos anteriormente mencionados, junto a políticos, fueron los propietarios de las grandes haciendas que sirvieron como centros de entrenamiento paramilitar. Levanta mucho más su dedo —que al tiempo funciona como pinza para sujetar el discurso— y repite que durante la época en que Álvaro Uribe fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, ese departamento se convirtió en la cuna de la parapolítica, del narcotráfico y del terrorismo de Estado y que «esa no es otra cosa que hacer la constatación de una realidad». Además que, si se debe señalar a una persona non grata en Antioquia, esa lista debería empezar por «el caudillo de la extrema derecha, Álvaro Uribe, y su hermano Santiago, jefe de Los 12 apóstoles».

Pero Iván Cepeda empezó a levantar su dedo acusador mucho antes. En 2010 logró un escaño en la Cámara de Representantes con el Polo Democrático Alternativo. Aunque era su primera vez midiéndose en las urnas, sacó más de 35.000 votos. Y es que el hoy candidato presidencial se debe a las víctimas, quienes han sido sus votantes, pero además son las fuentes de sus denuncias. Ellas lo buscan y le confían lo que saben porque tal vez ven en él una voz que puede incidir. 

Tienen buenas razones para hacerlo. La primera intervención de Iván Cepeda en el Congreso fue para denunciar la existencia de lo que denominó «El cementerio del Plan Colombia», varias fosas comunes en las que, aseguró, se encontrarían los cuerpos de civiles asesinados y presentados como guerrilleros —aquella información le había llegado de las manos de las propias víctimas—. En otras palabras, se trataba de falsos positivos cometidos durante los gobiernos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Tras su insistencia, en los cementerios de La Macarena, Vista Hermosa, Villavicencio y Granada (Meta) fueron hallados los restos de cientos de desaparecidos. Solo en Granada, la Fiscalía encontró una fosa común con 66 cuerpos de personas no identificadas (NN), 25 de ellos eran niños y niñas. 

Su llegada a la política definió hasta su forma de vestir. Hace 16 años, al finalizar una plenaria, un congresista conservador que presidía la Cámara lo amenazó con no permitirle su ingreso al recinto si no usaba corbata. Desde ese día, Iván Cepeda jamás se volvió a poner una. Ahora lleva camisas de cuello cerrado, sin solapas, un diseño conocido en el mundo de la moda como estilo Mao o Nehru. Estas camisas estuvieron vinculadas con el contexto revolucionario del siglo XX y fueron popularizadas por el hombre que llevó el comunismo al poder estatal de China y por el primer ministro de India, Jawaharlal Nehru. Cepeda encarga las telas y las manda a coser en una sastrería de la calle 19 con carrera cuarta en el centro de Bogotá. 

Con ese nuevo atuendo, se enfrentó a un nuevo enemigo de corbatas anchas. A finales de 2010, José Obdulio Gaviria, el asesor principal de Álvaro Uribe durante sus dos mandatos, publicó una columna de opinión en El Tiempo en la que aseguró que Manuel Cepeda Vargas había sido el fundador y director de un colectivo de las Farc. Gaviria afirmó que el padre de Iván defendió la combinación de todas las formas de lucha, que fue el mejor aliado de Jacobo Arenas —ideólogo político de ese grupo guerrillero— y el encargado de interceptar las cartas de los disidentes de la UP —quienes terminaban amenazados de muerte—. La columna luego fue retirada del periódico, pero las acusaciones quedaron en el aire. 

El crimen | V

Después del abrazo con su hijo, Manuel Cepeda Vargas se dirigió al carro que le había asignado el Congreso. Allí lo esperaba el conductor Eduardo Fierro y el guardaespaldas Alfonso Morales, quien no era un agente del Estado, sino un militante de la UP. El vehículo en el que se movilizaban era un Mitsubishi Montero, color verde, modelo 89, sin blindaje. Cepeda Vargas no tenía más protección, a pesar de que era el congresista más amenazado del país. De hecho, la Unión Patriótica compró y asignó una camioneta blindada a Aída Avella, quien semanas atrás y ante el ruido del posible asesinato, buscó a Manuel para proponerle cambiar de carros. El senador no aceptó; le dijo que no se perdonaría si algo le pasaba a ella. No se equivocaba: dos años después, aquel blindaje salvaría a la concejal de la muerte en un atentado con una bazuca. 

Manuel se sentó en el puesto del copiloto, cerró la puerta y abrió el periódico El Tiempo. Allí se registraba la visita de Fidel Castro, invitado el 7 de agosto a la posesión del presidente Ernesto Samper. Castro también había asistido a una recepción privada en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, organizada por el embajador de Cuba, el poeta José Luis Díaz Granados, el escritor Arturo Alape y el propio Manuel Cepeda Vargas. A la altura de la avenida Las Américas con carrera 74, el conductor de un Renault blanco ubicó el auto justo al lado de la puerta en la que iba el senador. Al otro costado, se detuvo la moto. Los conductores habían ensayado la maniobra decenas de veces.

El primero en disparar a quemarropa desde el carro blanco fue el sargento Zúñiga Labrador, quien accionó siete veces su arma. Lo mismo hizo desde la moto el sargento Medina Camacho. El escolta Alfonso Morales reaccionó con su revólver 38 corto y descargó las seis balas de su tambor contra el vehículo de los sicarios.

Manuel Cepeda Vargas cayó muerto hacia el lado del conductor. Lo mataron en el acto pensando que hacían patria. De la lluvia de plomo solo un proyectil de 9 milímetros penetró la región occipital derecha del senador y atravesó la masa encefálica. El orificio de salida midió un centímetro. La muerte instantánea fue provocada por una laceración cerebral. Los criminales creyeron cumplir sin errores el cometido de estallarle hasta las ideas al senador. Pero uno de los victimarios fue impactado —al parecer quien conducía—. La herida los obligó a dejar el auto abandonado a un kilómetro de distancia, lleno de pruebas. Entre ellas, había una pistola Walther P-38, de uso privativo del Ejército Nacional. Después se supo que los militares tenían una coartada para no ser descubiertos: sus firmas aparecían refrendadas a esa misma hora como asistentes a un curso de inteligencia en la Escuela de Artillería. 

Una mirada

Iván Cepeda suele agachar la cabeza y mirar por encima de sus gafas. «Su mirada es maquiavélica», escribió un internauta durante un evento de campaña emitido por streaming. El asistente del en vivo seguramente no lo sabía, pero el candidato tiene en el centro de su biblioteca un busto de Nicolás de Maquiavelo, a quien ha leído y estudiado a profundidad. Ese gesto, el de inclinar la cabeza hacia abajo y, desde ahí, aguzar los ojos por encima del marco, lo hace ver más protervo que empático. A pesar de ello, no deja de hacerlo. A veces parece que le estorbaran los vidrios de sus lentes. Pero en realidad todo indica que es parte de su performance político. En todas sus presentaciones en público, justo cuando va a denunciar algo o cuando va emitir un juicio, Cepeda no levanta la voz, levanta la mirada. La eleva sobre los espejuelos mientras las pupilas de sus ojos se activan como el percutor de un arma. 

Así lo hizo el día en que definitivamente se partió en dos cualquier puente de entendimiento entre él y Álvaro Uribe Vélez. Ocurrió el miércoles 6 de abril de 2012 en el Salón Elíptico de la Cámara de Representantes. Cepeda convocó a un «Debate de control político sobre el paramilitarismo en Antioquia». El centro de sus denuncias recayó en el nombre del expresidente y su familia. 

Cada vez que se preparaba para hacer una acusación, Cepeda alzaba su mirada por arriba de los lentes. Fue una andanada sin precedentes en contra de un exmandatario a quien se acusaba por primera vez en público de tener vínculos directos con asesinos y asesinatos. La escena también fue una suerte de déjà vu del debate que su padre dio en contra de los altos mandos de las Fuerzas Militares, denunciando que lo iban a matar.

Cepeda fundamentó su acusación en los testimonios de los paramilitares Pablo Hernán Sierra, del Bloque Cacique Pipintá, y Juan Monsalve, del Bloque Metro, dos pistoleros de vieja data que se encontraban en prisión. Lo primero que denunció es que en el municipio de San Roque y zonas aledañas del nordeste antioqueño ocurrieron crímenes de lesa humanidad perpetrados por grupos de autodefensa en contubernio con ganaderos y políticos de ese departamento. Luego advirtió que la estructura criminal estaba integrada por los hermanos Juan Guillermo y Luis Alberto Villegas Uribe, y los hermanos Santiago y Pedro Gallón Henao. Entonces hizo una pausa, alzó su mirada por encima de sus gafas, y aseguró que Álvaro y Santiago Uribe Vélez también eran parte de esa banda. Proyectó una foto de la hacienda Guacharacas, antigua propiedad del exmandatario, y dijo —con voz calma pero con ojos insondables—, que en ese lugar había nacido el Bloque Metro de las autodefensas. También mostró un mapa con la hacienda La Carolina, el lugar donde se llevó a cabo el entrenamiento militar del grupo Los doce apóstoles, comandado —dijo— por Santiago Uribe, a quien se señalaba de ser el autor intelectual del asesinato del minero Darío Granda en diciembre de 2002. 

Lo que siguió fue una ráfaga de citas basadas en testimonios de víctimas y paramilitares: que Álvaro Uribe como gobernador envió una volqueta pública a San José del Nus para que las autodefensas recogieran y transportaran cadáveres; que durante esa gobernación se pagó una recompensa por la baja del guerrillero «Juan Pablo», quien realmente fue entregado vivo al ejército para ser ejecutado; que estaban probados los vínculos comerciales entre los Uribe Vélez y Luis Alberto Villegas, alias Tubo, un reconocido jefe paramilitar; también la venta de una parte de la hacienda Guacharacas a Santiago Gallón, condenado por paramilitarismo y beneficiario de subsidios estatales de Agro Ingreso Seguro; y que el propio Juan Monsalve había hecho parte de la seguridad armada y el transporte brindado por el Bloque Metro al entonces candidato presidencial Álvaro Uribe tras un fallo en su helicóptero. Días después de ese debate, el expresidente Uribe radicó una denuncia penal ante la Fiscalía General de la Nación y una queja disciplinaria ante la Procuraduría. El argumento central era que Cepeda estaba creando un «cartel de testigos» tras sus visitas a cárceles para ofrecer beneficios a delincuentes a cambio de que testificaran en su contra.

Dos años más tarde, la mirada de Cepeda fue más inquisidora. La escena sucedió el 17 de septiembre de 2014 en el Congreso, en un debate de control político llamado «Álvaro Uribe, narcotráfico y paramilitarismo en Colombia». Lo que lo hizo más interesante —candente si se quiere— es que el propio Uribe estaba presente en el recinto por su investidura de senador. De entrada Cepeda proyectó un video con el testimonio de un paramilitar que decía haber presenciado un encuentro entre el expresidente y Carlos Castaño. 

Hubo un silencio que Uribe aprovechó para salir del recinto y dirigirse a la Corte Suprema donde denunció a Iván Cepeda. El entonces senador del Polo Democrático continuó con las acusaciones: aseguró que, entre 1980 y 1982, como director de la Aeronáutica Civil, Uribe otorgó licencias a personas vinculadas con el Clan Cifuentes Villa, narcotráficantes ligados al Cartel de Sinaloa; que el ministro Rodrigo Lara Bonilla había afirmado antes de morir que el helicóptero incautado en Tranquilandia pertenecía al padre de Uribe; y que, en 1983, Uribe compartió junta directiva en Comfirmesa con Luis Carlos Molina, el banquero de Pablo Escobar condenado por el asesinato de Guillermo Cano.

Cepeda se detuvo, volvió a otear por encima de sus gafas y enseñó documentos desclasificados del FBI, compartió un testimonio de Mancuso y recordó la trayectoria de Uribe, a quien el presidente Belisario Betancur, dijo, sacó de la Alcaldía de Medellín en 1982 por nexos con narcos; recordó que —como senador— Uribe propuso «soluciones imaginativas» para evitar que se hundiera un referendo que buscaba abolir la extradición, beneficiando los intereses del Cártel de Medellín; también que paramilitares señalaron cómo Pedro Juan Moreno, secretario de Uribe, le pidió a Carlos Castaño asesinar al defensor de derechos humanos Jesús María Valle; además, que Uribe y su padre participaron en corridas de toros benéficas para «Medellín sin tugurios», una fundación de Pablo Escobar. Y, como estocada final, citó un cable filtrado por WikiLeaks en el que se revelaba que Uribe insistió ante el gobierno central para dotar a las cooperativas Convivir con armas de largo alcance. 

Cepeda entonces debió enfrentarse a una nueva denuncia. Aunque esta vez —por su fuero— Uribe la radicó en la Corte Suprema de Justicia. Cuatro años duró la Corte investigando a Cepeda, pero en febrero de 2018, el caso tomó un giro: la Corte archivó la causa judicial y alertó que quien en realidad había intentado manipular testigos era Álvaro Uribe. El juicio podría haber sido una serie de televisión. Cepeda asistió a todas y cada una de las audiencias. Allí se le veía sereno, mientras que Uribe varias veces se salió de los estribos. 

El 28 de julio de 2025,  Uribe fue declarado culpable en primera instancia por el Juzgado 44 Penal del Circuito de Bogotá, que lo condenó por fraude procesal y soborno en actuación penal. Su defensa apeló y el Tribunal Superior de Bogotá, en segunda instancia, revocó la decisión y lo absolvió. 

Las víctimas, entre ellas Cepeda, y la Fiscalía interpusieron un recurso de casación ante la Corte Suprema, de modo que el proceso aún sigue vivo. Cepeda y Uribe se desprecian. No lo han dicho públicamente pero sus acciones cargan con el peso de los huérfanos, de aquellos hijos a los que les han asesinado a sus papás.

El crimen | VI

El teléfono fijo sonó. Iván contestó y alguien al otro lado de la línea le recordó que esa mañana tenía una cita. Así que afanado de puntualidad salió a uno de los paraderos de Banderas y tomó un bus rumbo a la Universidad Javeriana. No habían avanzado mucho cuando se toparon con un trancón. Iván notó que los pasajeros empezaron a arrimarse a las ventanas con curiosidad. Los presentimientos son magnéticos, Iván vio el Mitsubishi verde y supo que a su papá lo acababan de matar, aunque la esperanza le dijera que se trataba de un accidente. 

No corrió. No gritó. No se abalanzó sobre la turba que rodeaba el carro. De acuerdo con los testigos, mantuvo una tranquilidad supina, como de anacoreta. El chofer y el guardaespaldas, perseguidos de espanto, le abrieron paso para que pudiera abrazar a su padre. El cuerpo aún tenía la temperatura de los vivos. Entonces con la ternura de quien ama, se le acercó y tal vez recordó una de las frases de la escritora Catherine Porter que más le gustaban a Manuel: «No temas, no es nada, apenas la eternidad».

En el bolsillo del costado izquierdo, Manuel llevaba una columna que iba a publicar en el periódico Voz. El texto estaba dedicado a un director de teatro exiliado en Ecuador, quien días antes había sido asesinado. En el pliego, redactado en máquina de escribir, decía: «Leo, risa leonina, que bajo tierra parece decirnos: no dejen compañeros de alistar un acto de teatro, una canción, una pintura, que diga que Colombia sueña». Lo que siguió quedó en la memoria fílmica y fratricida de Colombia. Reporteros y camarógrafos llegaron al lugar e Iván intuyó que no debía dejar pasar la oportunidad de denunciar lo que acababa de ocurrir. 

Con aplomo y el aspecto imberbe de su juventud, Iván le dijo lo siguiente a un periodista: «Acabo de ver esta cosa tan terrible. Así que yo le pido al país, le pido al presidente Samper, a quienes tienen que ver con la justicia en Colombia, que hagan algo en contra de esta ofensiva contra los dirigentes de izquierda y que este crimen no quede impune como el de tantos hombres justos y valientes que han peleado en este país». Hay otra grabación del Noticiero Nacional en la que vuelve a repetir palabra por palabra la denuncia de su papá: que se trataba del plan Golpe de gracia, diseñado por la cúpula militar, que lo sabía el fiscal general, el ministro de Defensa y el presidente de la república. Atrás aparecía el carro baleado y en el aire las voces de decenas de militantes de la UP coreando «¡Gaviria es el culpable!». 

El día del sepelio de Manuel, miles de simpatizantes del Partido Comunista lo acompañaron en una plegaria atea. La Plaza de Bolívar se llenó. Iván encabezó el grupo que bajó el féretro por las escalinatas del Congreso para llevarlo al cementerio. La bandera roja con los símbolos del martillo y la hoz cubría el ataúd. Con el frenesí de los discípulos, simpatizantes de la Unión Patriótica detuvieron el cortejo para despedir a Manuel con arengas. En ese momento por primera vez se ve a Iván compungido, con el corazón tumefacto y con los ojos enlagunados de dolor. Desde aquel momento —él mismo lo ha dicho—, llevar a la cárcel a todo el aparato criminal que estuvo detrás del magnicidio se le volvió una obsesión, así su propio mandamiento se le haya convertido en una eterna agonía.

Un candidato

El atril blanco en el que está parado Cepeda está adornado por mariposas amarillas hechas en papel crepe. Tres escudos portátiles antibalas y ocho escoltas en tarima tratan de protegerlo de cualquier atentado criminal. El título de su discurso no es casual: «19 de abril». De hecho, el candidato inicia recordando que en esta fecha se conmemoran dos aniversarios: el nacimiento del movimiento M-19 y el nacimiento de «nuestro compañero presidente Gustavo Petro Urrego». Tras escuchar los apelativos «M-19» y «Petro» un clamor en la plaza central de Funza, Cundinamarca, interrumpe a Cepeda: «¡Sí se puede! ¡Sí se puede!», gritan los asistentes. 

Al menos tres circunstancias encumbraron su nombre como el candidato de la izquierda con mayores posibilidades para llegar a la presidencia el próximo 7 de agosto. La primera la recuerda el propio Cepeda, al traer a colación el surgimiento del M-19 en 1970, tras el robo de las elecciones al general Rojas Pinilla. Aquel movimiento, dice Cepeda, nació como insurgencia, pero también como un cuestionamiento profundo al sentido de la democracia en Colombia. Sin embargo, aclara, la mejor decisión de ese grupo fue abandonar las armas y dar ese «salto al vacío», liderado por Carlos Pizarro, para apostar por el diálogo. Allí aparece la segunda circunstancia: aquella entrada a la política civil logró pavimentar el camino para que una figura como Gustavo Petro, quien hoy apoya de frente la candidatura del propio Cepeda, llegara al poder y que por fin la izquierda pudiera ser gobierno. La tercera circunstancia fue palmaria: los más de seis años del juicio contra Álvaro Uribe convirtieron a Iván Cepeda en la némesis del líder absoluto de la derecha. 

En Funza, el discurso de Cepeda destaca los logros gubernamentales recientes: el aumento del salario mínimo, la entrega de tierras al campesinado y la reducción de la pobreza.  Sus propuestas en los últimos discursos se pueden resumir de la siguiente manera: impulsar una rebelión ciudadana para tipificar la corrupción como delito gravísimo; reducir los salarios de los altos funcionarios para financiar un Salario Vital de más de 2 millones de pesos; atacar las raíces de la violencia, la pobreza y la exclusión, mediante un diálogo inédito entre civiles y fuerza pública; prohibir el fracking y el glifosato, impulsando una transición hacia energías limpias; y posicionar a las víctimas en el centro de la acción del Estado. 

Esta última propuesta ha sido la bandera de su oficio durante los últimos treinta años. Cepeda ha asegurado que es, ante todo, un defensor de los derechos humanos. Algunas etapas de esa defensa han sido su talón de Aquiles. Sus opositores lo presentan como un político cuya figura se entrelaza con viejos fantasmas de la guerra: critican su acompañamiento a Jesús Santrich en los procesos por narcotráfico; utilizan las fotos en las que aparece junto a Iván Márquez —durante el proceso de paz— para proclamarlas como símbolo de cercanía con los exjefes de las Farc; publican la supuesta mención de su nombre en el computador de Raúl Reyes para insinuar una relación más estrecha con esa estructura armada; y aseguran que su discurso sobre las víctimas y la justicia se aplica de forma selectiva, exigiendo cuentas solo a la derecha y al uribismo, pero relativizando la responsabilidad de los exguerrilleros. 

En 23 de las últimas 36 intervenciones en plazas públicas, Cepeda se ha referido directamente a la figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez. En las otras lo ha hecho de manera indirecta. Ese ha sido uno de los estandartes de su campaña y el discurso ha calado en los seguidores de la izquierda en Colombia, como lo demuestran los resultados de las más recientes encuestas que lo colocan como el candidato seguro en la segunda vuelta de las elecciones. 

En la plaza de Funza, Cepeda menciona las palabras «parapolítica» y «extrema derecha». Cuando lo hace, atisba por encima de sus gafas y aquella mirada suya, tan representativa, se sincroniza de manera inconsciente con el dedo índice de su mano izquierda, con su dedo acusador. 

Al terminar, el equipo de guardaespaldas corre a protegerlo. Enfilan los escudos antibalas y crean una pared infranqueable. El candidato se incomoda: no se le ve tranquilo con aquel cerco blindado, pero ahora es quizá la persona más amenazada en el país. Al menos eso dice Gustavo Petro, quien aseguró haber recibido información del FBI sobre un plan criminal para matar al candidato del Pacto Histórico. 

Iván Cepeda ha vivido con la muerte siguiéndole los pasos. Es muy probable que si no hubiesen asesinado a su padre, hoy estuviera dedicado a dictar clases de filosofía o escribir ensayos sobre «la banalidad del mal». Pero su destino tomó un giró inevitable el 9 de agosto de 1994 porque, como un mandato divino —o profano—, ha dedicado su vida a seguir la lucha de Manuel Cepeda Vargas para salvarlo del olvido.

Foto de Pacho Escobar

Pacho Escobar

Periodista. Comunicador social de la Universidad del Cauca. Realizó un posgrado en Periodismo en la Universidad de los Andes. Estuvo en los primeros dos años de la revista digital Kien&Ke. En enero de 2013 inició, junto a María Elvira Bonilla y León Valencia, la puesta en marcha del medio digital Las2Orillas. En 2016 estuvo con Pirry en RCN. En 2017 pasó a ser el editor digital de W Radio. Al lado de Juan Pablo Barrientos, en enero de 2020, participó en la creación del portal Vorágine. Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Cofundador de CasaMacondo. E-mail: pacho.escobar@casamacondo.co
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