*En memoria de los fallecidos en el terremoto en Colombia del 10 de agosto de 2026.
I
Cali siempre vibra. Los pies caleños crecen cultivando la habilidad de moverse sin parar, dejando el suelo en un estado que no llamaríamos ni fijo, ni estático. Pues allá se dan pequeños brincos —saltos repentinos— acompasados con el sonar de las congas, los timbales y el raspar del güiro. «La vamo’ a tumbá’», se grita. «Tiemblas, cada vez que me ves», se canta con el corazón enamorado. «No hay Richter que mida esta vibración» corean metafóricos. «Tiembla el firmamento cuando tú caminas» dice el gran Gran Combo. Cali también ha hecho temblar con la fuerza de su resistencia y solidaridad. La reverberación de la deuda social en Cali estalló hace años, dando paso a su declaración como capital de la resistencia con un monumento de puño en lo alto. Pero, esta vez, el suelo de Cali trepidó más allá de la relación que allí hay entre las manos, los zapatos y lo que ellos están pisando.
Cali tembló. Y hay temblores que más que temblores son terremotos. Un terremoto ocurre por la liberación repentina de energía que ha estado acumulada en las entrañas de la tierra. La causa más común es el roce de las placas tectónicas, esas baldosas gigantes que se mueven al ritmo geológico de su existencia —uno que nos desborda por su temporalidad eterna—. La tensión de tal roce se acumula hasta que cede, a menudo de golpe y a lo largo de una falla. Soy de Cali, pero la vida me ha llevado lejos de ahí. El domingo 9 de agosto de 2026 pisé de nuevo suelo caleño con el propósito de una visita corta. Había pasado unos días en Lima en una reunión de la Asociación Latinoamericana de Filosofía Analítica y aproveché la oportunidad para darle una vuelta a mi ciudad. El duelo migratorio pide a veces un respiro, volver a sentir que se es propio en algún lugar. El suelo caleño se encuentra sobre un entramado tectónico complejo e integra el así llamado Cinturón de Fuego del Pacífico: una zona con forma de herradura que rodea ese mismo océano y concentra la mayor actividad sísmica en todo el planeta.
Había pasado una mala noche, quizás fue una premonición. Mi hospedaje, un apartamento en un octavo piso al sur de la ciudad, prestado por mi querido amigo Jose, sería el lugar en el que recibiría la onda expansiva. 7.34 a.m., liberación de energía. Cali tiembla. El suelo ruge. Nada será igual. Un movimiento inicial que confundí con otra expresión de mi malestar fue subiendo a un ritmo lento pero sostenido. ¿Será el efecto de los camiones que pasan abajo por las vías? Me pregunté, mientras el mismo movimiento —que se convertía en sacudida— me respondía. Las paredes perdieron su verticalidad rígida e iniciaron movimientos pendulares. Se escuchaban las cosas caer, los vidrios romperse, los vecinos gritar, las señoras rezar. Alaridos lejanos daban paso al crujir de los muros. «Estoy en un octavo piso», recordaba mientras la escena pasaba de ser surreal a un teatro de terror. Lo que inició como un vaivén ahora era una violenta sacudida oscilatoria de izquierda a derecha, que no cejaba, sino que aumentaba su potencia. Silencio. Me han preguntado cómo se sintió, y yo afirmo haber experimentado por más de cuatro minutos un mareo que fue como una danza mortuoria.
Esta no fue la experiencia de mi amigo Rodolfo. En el apartamento que comparte con su novia, Valentina, las cosas no salieron bien. El tanque del agua rompió el techo. Ahí estaban los dos, agazapados bajo la mesa, viendo las paredes agrietarse, cuartearse y romperse. No pronunciaron palabra, se miraron fijamente a los ojos, el uno al otro, en una comunicación íntima y silenciosa. El agua inundó el espacio. Las cosas regadas. Las paredes destruidas. La angustia por la búsqueda de una vía de escape. Así tampoco fue la experiencia de mi amigo Mauricio, quien vivió por años en Cali, pero que le tocó vivir el terremoto en Pereira y a quien le tocó en suerte que entre todos los apartamentos de su edificio, el suyo fuera el más afectado. En ambos casos, las viviendas fueron decretadas como inhabitables.
Me puse algo de ropa y los zapatos, agarré el celular y comencé mi salida del octavo piso. Abrí la puerta. Había un silencio pesado que se rompía por un llanto o un grito desesperado. Bajé dos pisos por las escaleras. Alguien abrió de repente su portón, era una mujer en estado de shock, me miraba fijo sin poder musitar palabra, abrió la boca pero no salió nada de ella, su tórax se estremecía y entre sobresaltos e hipos comenzó a llorar. Yo solo la miraba a los ojos, tratando de tener un gesto amable que encontrara como un oasis en medio de su angustia. Atrás pude ver a un hombre, quizás su esposo, que abrazaba a un niño tembloroso Le hablaba al oído, tal vez calmándolo. «Voy para abajo, vecinos», dije en voz baja, «en caso de que quieran salir conmigo». Estaban quietos, estáticos. No quería inmiscuirme más, así que continué.
El miedo es la emoción adecuada frente al peligro. Los mayores riesgos son aquellos que pueden llevar a la muerte, la propia o la de los seres queridos. Al miedo, sabemos que se responde de distintas maneras: se lucha, se huye, se encuentra la parálisis o se adula al agresor. Todas esas respuestas tienen su raíz evolutiva y presentan maneras de evitar aquello que puede matar. Lo que desde nuestra perspectiva son reacciones, a menudo involuntarias, son en realidad el despliegue de programas antiquísimos de supervivencia que heredamos de nuestros ancestros. La muerte acecha en el mundo silvestre, pero también en el mundo que hemos construido para nosotros: ese que nos aleja de los ritmos de la tierra y la naturaleza. La vida terrestre es peligrosa porque podemos caer, y si el suelo cae, nosotros también.
II
«Estuve paralizada». Así describió mi amiga Diana su experiencia. Mientras atendía una reunión de trabajo en Vancouver, comenzó a recibir mensajes de texto. Primero uno de su hermana: «Estoy bien, tembló muy feo, pero todo está bien». Inmediatamente, en un chat grupal con un par de amigas, una de ellas le pedía a otra, que sí estaba en Cali, que pasara por la casa de sus papás, pues le dijeron que el edificio se había caído. Resultó ser el de al lado, pero ellos estaban afectados y no aparecían por ningún lado. Duraron perdidos una hora. Diana había recibido una imagen de un edificio caído, ahí donde siempre había visto uno erguido. Según su cuenta, estuvo cerca de cuatro horas paralizada. Ya sabía que su familia estaba viva y bien, pero estuvo quieta, «contemplando el infinito», según sus palabras. «Quería trabajar, pero no servía para ni mierda.», me dijo. Su parálisis tenía una utilidad que ella misma no lograba comprender: promover una espera necesaria —un marco temporal— para tomar la siguiente decisión más adecuada a la situación.
La parálisis es lo que salva la vida de muchos animales en el mundo silvestre, pues a menudo los depredadores detectan a sus presas al ritmo de su movimiento. La zarigüeya que logra hacerse la muerta —un truco conocido como tanatosis—, es un buen ejemplo. La quietud frente al peligro permite ganar tiempo para evaluar si lanzarse a la lucha o a la huída. Paralizada también se sintió mi amiga Alejandra, que mientras sentía su casa moverse solo pudo ir de un lado a otro, buscando a sus tres gatos, para terminar quieta, mirando por la ventana, observando el ir y venir de las construcciones ajenas.
III
La quietud, sin embargo, no era una opción para mi amigo Oscar en Cali. Estaba en un quinto piso con su hijo Juanse, que había cumplido ocho años el día anterior, y por esa razón su mañana había sido lenta. Al sentir el sacudón, lo agarró como pudo, y «quién sabe cómo pude», pues más que bajar, saltó por las escaleras, cinco pisos que recorrió en segundos. Cuando menos pensaron ya estaban abajo, justo a tiempo para recibir a su esposa María Alejandra que había conducido en medio del movimiento sísmico pensando en llegar a tiempo a auxiliar a su esposo e hijo.
Estar quieto tampoco fue una alternativa para mi amigo Manuel, que se encontraba solo en casa con sus tres hijos y una sobrina que estaba de visita. Salió corriendo llamando a los niños, que estaban dormidos, pues por las vacaciones se habían acostado tarde. Al llegar a la puerta, el conteo no daba, faltaba la niña más pequeña. Entró de nuevo corriendo, golpeándose contra las paredes del pasillo, mientras dejaba atrás al resto. No podía dejarla adentro. Los terremotos, lo sabemos, no respetan la edad de sus víctimas, y no son pocos los menores que nos han dejado atrás bajo los escombros.
El camino que me llevó del octavo piso a la salida del edificio fue un recorrido por todas las facetas del miedo. Escuchaba gritos de socorro, familias enteras rezando padrenuestros ensordecedores. Mientras más cerca de la planta baja estaba, más veía puertas abiertas, hogares abandonados por quienes salieron huyendo. Abajo no había señal de telefonía, ni radio, ni datos, ni internet. Pasó un buen tiempo antes de saber qué estaba pasando. «¿Será el volcán Puracé?», me dijo Mateo, un colega y vecino de José que me encontré en pijama afuera del edificio. «Creo que pasó en Chocó», dijo otro vecino que alguna comunicación lograba tener. Luego sabríamos que esta era la versión correcta: el epicentro fue San José del Palmar, la magnitud, 7,4. La tierra se había estremecido a lo largo del territorio nacional, también había golpeado con tamaña fuerza al Norte del Valle, Pereira, Quibdó y Armenia. En Manizales, incluso, se quebró una de las torres de la catedral. Caminé hasta una tienda en donde pude comprar una botella de agua, vi que tenían energía, «¿me puede prestar datos?». Pude pedir un taxi, tenía un desayuno programado con mi amigo Oscar. «Voy a demorarme un poco por esto del temblor», le escribí aún sin conocer la magnitud de lo sucedido. Él, mientras tanto, ya estaba organizando a sus empleados para recoger escombros en Tasty, su panadería y restaurante, pues el techo de su negocio se había desplomado. «El techo se cayó aplastando esa mesa», me dijo más tarde, «menos mal fue un par de minutos después de que se fueran unos clientes que estaban ahí sentados». Las pérdidas, por fortuna, fueron menores.
El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez no corrió con la misma suerte. Es el encuentro más importante alrededor de la gastronomía, la música, la danza y las tradiciones del Pacífico colombiano. No es gratuito que se celebre en Cali, nuestra ciudad es la segunda de Latinoamérica con mayor población negra después de Salvador de Bahía en Brasil. El Petronio iba a tener lugar dos días después de ocurrido el sismo, pero por razones comprensibles fue suspendido. Mi amiga Brenda y su familia se habían preparado desde enero para el festival. Su padre, Don Leonel, envía el viche desde San Bernardo, un corregimiento de Timbiquí en el litoral pacífico caucano. En Cali, su madre, Doña Luz Erenia, prepara las bebidas y se encarga de la producción, así como de organizar su participación en la convocatoria del festival, en la que este año recibieron una valoración alta, garantizando una presencia satisfactoria. La familia de Brenda había hecho una inversión importante para ofrecer a los visitantes la bebida alcohólica del Pacífico que ahora es tendencia nacional. Es cierto que la ciudad no está para celebraciones, pero tampoco la economía está para dejar en suspenso cuantiosas inversiones.
IV
«Lo que se ve no pinta bien», me dijo el taxista tras recogerme. Ese recorrido fue liviano en comparación con la caminata que haría más tarde para recorrer algunos de los puntos más afectados. Fachadas caídas, edificios rotos, paredes inexistentes que dejaban entrever espacios que antes eran íntimos: habitaciones desordenadas, closets con ropa interior, baños y duchas. La zona de los hospitales había resultado particularmente afectada. Vi estacionamientos llenos de personas que, al acercarme, entendí que se habían transformado en espacios para acomodar enfermos en camillas, evacuados de los recintos hospitalarios. Una situación penosa, pero por lo menos estaban en la sombra. Más adelante encontré calles que las autoridades habían cerrado para acomodar, bajo el sol picante del mediodía caleño, a pacientes desalojados de otro lugar. En ese recorrido temprano no observé presencia estatal, exceptuando una pequeña célula militar, muy fuertemente armada, que patrullaba atenta a posibles robos y saqueos.
Pasé un rato largo frente al llamado «edificio de los colores» sobre la Carrera 39 con Calle 5D. Los locales comerciales tenían sus fachadas de vidrio rotas. Los vigilantes se notaban exaltados y en alerta, pues en ellos recaía la responsabilidad de la mercancía que allí estaba desprotegida. Al frente había otro edificio totalmente derruido. Una montaña de escombros en medio del paisaje urbano. Un cerro de vigas caídas, de baldosas enormes, de pedazos de concreto que permitía que algunos estuvieran arriba. Pude observar la organización honesta pero incipiente, más desde el deseo que desde la sabiduría, con algo de torpeza, pero con mucho de corazón. Mientras unos pedían silencio para escuchar supervivientes, otros rasgaban ruidosos la tierra, moviendo trozos y piedras. Una cadena humana se formó de manera orgánica. Había que retirar mucho detrito y eso solo se logra juntando manos y voluntades. Las expresiones populares de voluntarios socorristas han sido inspiración para muchos.
Frente al miedo también se pelea, pues escapar no es una opción si hay algo que defender: sea la vida, la dignidad o la persona que se era hasta la mañana de ese lunes. Y el pueblo caleño sí que sabe de luchas. Hemos visto a quienes se organizan para mover escombros, para hurgar en las ruinas en busca de vivientes. Hemos visto a una ciudadanía digna, una red de apoyo local que ha estado en la primera línea en defensa de la vida. No todos han removido escombros. También hay quienes han hecho brigadas de alimentación, cocinado, recaudado dinero. Como mi amiga Nataly, que desde Nueva York se organizó con su madre: ella le envía dinero para que compre insumos y cocine, mientras otro amigo suyo transporta las comidas hacia los puntos de entrega.
Cada quien ha peleado desde su trinchera. Hugo, mi amigo músico, filósofo y podcaster, ha hecho parte de la brigada de sonidistas. El grupo se fue conformando de manera orgánica, sin mucho pensar, se organizaron a partir de una convocatoria en grupos de WhatsApp. La tarea: llegar a los sitios donde se necesita una orientación. ¿Hacia dónde buscar si hay destrucción en toda dirección? La herramienta principal son los micrófonos unidireccionales que captan el sonido que llega principalmente de una dirección específica. Esto permite aislar sonidos débiles en entornos ruidosos, por ejemplo el de una persona que esté atrapada y solo pueda golpear una tubería o arañar el concreto. El objetivo es localizar la fuente del sonido para brindar seguridad acerca de hacia dónde vale la pena explorar. La instrucción de los equipos de rescate, como la brigada sonidista, ha sido la misma: un puño levantado. La señal local de la resistencia tras el desastre es también la señal de solicitud de silencio para detectar la vida, la resistencia de los vivos que plantan cara a la muerte. Hugo se había preparado simbólicamente para esa pelea: desde muy joven había decorado su habitación con unas fotografías originales, tomadas por un familiar, en donde se retrataban sobrevivientes del terremoto de Armenia acaecido el 25 de enero de 1999. Incluso si ya las había retirado de su habitación, el peso de su representación aún estaba en su memoria.
Pelea también mi amiga Laura, una psicóloga que desde el día de la emergencia le asignaron un nuevo punto de trabajo: el edificio de Torres de Limonar en Capri. Ella, allí, se ha encargado de brindar auxilios psicológicos a familias y cercanos de las víctimas del desastre. Su papel ha sido fundamental, dar seguimiento a protocolos para la entrega de cuerpos. Adecuaron una unidad móvil con una carpa anexa, un par de mesas y sillas para acomodar a quien necesite contención. Sucede a veces que hay rumores en los alrededores. De repente, dicen que han encontrado a alguien, pero no es cierto. Es un golpe duro en medio de la esperanza.
Tres entidades corroboran la identidad de cada cuerpo encontrado bajo los escombros en Capri: el DAGMA, encargado de supervisar los riesgos ambientales; la SIJIN, que dirige la investigación criminal por parte de la Policía Nacional, y el CTI, adscrita a la Fiscalía General de la Nación. Los días han pasado y el calor ha hecho efecto. La brisa caleña ahora no solo arrastra viento. La maquinaria pesada ha llegado a levantar vigas o grandes lozas que liberan el olor de la descomposición. Se ha pedido que quienes se acerquen ahora lleven máscaras. Se han entregado cuerpos en tal estado, que ya no se pide a los familiares que los identifiquen directamente, sino a partir de marcas o características específicas. Una familia pidió que les dejaran al menos acercarse a la bolsa para hacer una oración, y se les permitió. Se hizo cerca, en el lote vecino al edificio en ruinas que ahora se ha adecuado como una morgue transitoria. El duelo llega después del miedo, el peligro pasó y los deudos se encuentran solos. La tarea ahora es integrar la pérdida, hacer los ajustes para adaptarse a una nueva vida: una en la que la identidad personal se ha transformado, pues esos que nos dejaron también son parte de los que seguimos.
V
En el mundo de los animales sociales hay una respuesta adicional frente al miedo: la adulación. En grupos con jerarquías sociales marcadas, como la de los primates, sean humanos o no humanos, existe esa respuesta común. Frente a la agresividad de la situación, el peligro de recibir un castigo por quienes son más fuertes o están en una posición más alta en la jerarquía produce actos de sumisión. Así como el lobo se echa con la panza descubierta mientras baja las orejas de cara al macho alfa, para desactivar amenazas con señales de apaciguamiento, en primates hay el acicalamiento y muestras de subordinación que cumplen la misma función: reducir la tensión, asegurar que no se verá expulsado del grupo.
Frente a amenazas intensas, la mente humana busca congraciarse. Eso lo han sabido líderes políticos y manipuladores sociales. Se habla de la estrategia de choque, cuando a una población se le somete a las peores circunstancias para luego aprovecharse del espíritu reducido, de la necesidad de encontrar certezas en la incertidumbre. Hemos visto políticos en los lugares de los acontecimientos, con megáfonos, vídeos, piezas de redes sociales. Hemos visto a miembros de ejércitos extranjeros en quienes recaen acusaciones de genocidio. Hemos visto sus fotografías oficiales con las caras difuminadas, sin que tengamos claridad respecto a los motivos reales de su visita. Los testimonios en redes hablan de verles llegar, grabar y marcharse sin ensuciarse en cómodas camionetas oficiales. Saben que el pueblo también está debilitado, que este es el momento para ciertas movidas. Quienes han organizado esto se han aprovechado de la natural tendencia a adular a quienes representan peligro en momentos de carencia y necesidad.
Lo que sabemos sobre el miedo indica algo crucial acerca de las expresiones ante el desastre natural: ninguna respuesta es, en abstracto, mejor que otra. No hay por qué sentirse bien o mal, orgulloso o apesadumbrado. La muerte en la vecindad genera respuestas que no corresponde calcular. Ahora bien, hay un acervo de conocimiento que hará falta explorar, en cuanto a respuesta a la crisis y la formulación de futuras rutas de acción.
VI
Me han preguntado si lamenté ir a Cali justamente la semana del terremoto. He respondido que no. Es una experiencia común entre quienes están lejos de su país, lamentar no haber estado ahí en momentos de necesidad. Hay una cierta culpa entre quienes desde lejos solo observan. La vida me dio la oportunidad de estar en mi ciudad, vivir la catástrofe sin que nadie me la contara. Al contrario, puedo ahora relatarla. Dejarla viva en la presencia memoriosa del recuerdo.
Miro a mi alrededor y el mundo aún existe. Esa es la señal inequívoca de que Cali está de pie. Pues, lo dijo Andrés Caicedo —nuestro joven sabio—: de acabarse Cali habrá acabado el mundo. Volé de regreso a Ciudad de México, tras hacer poco o nada. Escribir es el refugio del inútil. Mientras algunos construyen las balsas para escapar del naufragio, alguien tiene la ingrata tarea de redactar las notas que se pondrán en las botellas que se lanzarán al mar: relatar lo sucedido. Aún así, muchos de los nuestros no podrán contar la historia. Muchos encontraron en el terremoto el final de su vida, y sin importar la edad, pues toda muerte por catástrofe es prematura.
La ciudad tardará años en ser reparada, el impacto moral quizás nunca termine de sanar. Frente al misterio de la finitud, de la vulnerabilidad y de la fragilidad de la vida solo queda buscar certezas: elaborar el duelo, llevarlos con nosotros, hacer de esas vidas interrumpidas motivos propios, para la preparación, la prevención y los aprendizajes hacia el futuro. Las pérdidas que hemos sufrido se dignifican también con acción, aun si en ocasiones solo será posible honrarlas con el silencio, como el que se impondrá tras el siguiente punto final, tras tantos párrafos donde hizo gala la insuficiencia de las palabras.
Gracias especiales a Alejandra Arias, Jose Tovar, Oscar Henao, Omar Díaz, Rodolfo López, Laura Bendek, Luz Dary García y quienes compartieron conmigo algo de su tiempo en la primera semana de esta tempestad. A Manuel Arango, María Alejandra Rengifo, Mauricio Camacho, Laura Díaz, Nataly Rangel, Brenda Montaño, Diana Gasca, Valentina Velásquez y Hugo Correal que me ofrecieron su testimonio. A Omar Díaz que me motivó a escribir este texto para luego leerlo con juicio y a Mónica López Echeverry que también leyó una versión previa.