Mi papá me había ido a buscar al trabajo. Nos tomamos una cerveza en un bar en la esquina de San Martín y Lavalle, en el microcentro porteño, en la misma cuadra donde quedaba la redacción en la que trabajo. Celebramos juntos porque yo había podido arreglar con mi jefe un aumento del veinte por ciento de mi salario, más allá del ajuste por la inflación.
Eran las seis de la tarde, pero en verano el sol se esconde tarde, así que quedaban tres horas más del día. Nos tomamos dos litros de Stella Artois entre. Hablamos de mi trabajo, de mis planes, de la familia. Somos buenos conversadores con mi papá. Tenemos charlas largas por teléfono, a veces son monólogos políticos que le escucho atenta. A veces son consejos que le pido con respecto al trabajo. También hablamos de salsa y de cómo vemos la vida. Él estaba de visita en la ciudad y podíamos hablar de todo y vernos las caras, los gestos. Hace 13 años me mudé de Bogotá a Buenos Aires, hace 13 años que estoy dividida: dos ciudades, dos barrios, muchas calles. La gente de allá y la de acá.
Eso fue justo en diciembre de 2023. Javier Mieli llevaba pocos días en el poder. Luego de las cervezas, agarramos con mi papá un taxi para atravesar la ciudad hasta mi monoambiente en Belgrano R. Un barrio de clase acomodada que celebró el triunfo de Milei. El día que ganó yo estaba con Anita, mi amiga de la salsa, con la que también nos juntábamos a ver algunos programas de análisis político, otros de humor político y los debates de los candidatos presidenciales: Javier Milei, Sergio Massa, Patricia Bullrich, Juan Schiaretti y Myriam Bregman en la primera vuelta. Massa y Milei en la segunda.
Vimos en vivo el surgimiento de memes: el de “Por sí o por no” y la “filosofía muy interesante” de Bullrich, el de “Gatito mimoso” de Bregman. Lo atroz de las propuestas de Milei, a quien no creíamos capaz de ganar. No creíamos que el pueblo argentino que nos enseñó a marchar para defender los derechos humanos iba a votarlo.
Y el cara a cara entre Mieli y Massa también lo vimos ahí, en el sofá que dividía los 38 metros cuadrados del monoambiente. No sé cómo hice para encontrarle lugar a todos los espacios: la cama doble, el sofá de dos cuerpos, el comedorcito, el escritorio y los libros. Cada dos pasos estaba en un lugar: habitación-sala-comedor-estudio. Con Anita, mirábamos los números moverse, nos pudo el miedo, nos pudo el llanto. Mieli ganó y ese barrio de clase alta celebró. «Fuera Cristina», se escuchaba. Anita ya lo había decidido «si gana, me voy». En efecto se fue, ella y muchos otros. La familia armada, la de los amigos en migración, se ha ido desintegrando. Pero estoy acostumbrada, hace parte del movimiento. Todo el tiempo hay que rearmarlo todo. Mi jefe me llamó «tenés que estar acá con nosotros, es un día para estar juntos». Quería estar con Anita, y también quería ir a la redacción a ver qué cobertura iban a hacer de la derrota del peronismo.
Tomé un Uber. Saliendo del edificio se escuchaba algunos gritos. Saludé al conductor y desde ese momento se me activó algo de lo colombiano que creía había dejado atrás: no hablar con otros, no opinar, porque uno no sabe ante quien está. En el camino, algunos autos hacían sonar la bocina, de algunas ventanas salían banderas. Cuando tomamos la 9 de Julio empecé a llorar, con prudencia, para que el conductor no lo notara. Algunas personas estaban llegando al Obelisco, ese punto central donde la gente va a expurgar la pena, a gritar la dicha. Ahí había ido el día que murió el Diego a ver cómo los maradonianos despedían a D1OS. Ahí tan solo un año antes estábamos con la misma bandera festejando la tercera, cinco millones de personas cantando la canción que quedó incrustada en la cabeza y en el pecho:
«En Argentina nací
Tierra de Diego y Lionel
De los pibes de Malvinas que jamás olvidaré».
De ese cantito ahora tengo más presente el «No te lo puedo explicar, Porque no vas a entender». El pueblo de Eva y Perón, de Diego, de Charly, de Fito, del Indio Solari, de Mercedes Sosa. El pueblo que convida con un mate, el que te convida un pucho; el de las galletas de paquete grande para compartir, el de lo colectivo, en mayoría, había elegido a Milei.
Dos semanas después yo haría ese mismo recorrido a la inversa con mi papá. Del microcentro a Belgrano R, luego de nuestra charla y dos cervezas. Dentro del Uber el celular vibró, había llegado un mail de OMINT, mi obra social, mi prepaga, en la que decía que mi cuota iba a aumentar un treinta por ciento debido al Decreto Nacional de Urgencia que Milei había firmado diez días después de asumir como presidente. Fue el megadecreto con el que mi vida, la vida de otros migrantes como yo y de todos los argentinos empezaría a cambiar.
Mientras iba leyendo la noticia, mi cara se iba transformando. Me llevé la mano a la boca.
—Hijita, ¿qué pasó?, me preguntó mi papá.
—Me aumentó la obra social un treinta por ciento.
—¿Qué es eso?
—La EPS.
—Jueputa, y en el trabajo te subieron el veinte por ciento.
En menos de dos horas había ganado y había perdido. Llegamos al monoambiente. Dejé la mochila en la silla del escritorio, me tiré en el sofá y empecé a llorar.
—Hijita, no seas bobita, yo te la pago.
Sé que mi papá me va a ayudar siempre que lo necesite. Sé que mi papá no va a estar siempre. Lloraba como una niña. No he podido dar la vuelta de la vida que se supone una, graduada, maestranda y con empleo fijo, debe dar a los treinta y pico. No podía invitar a mi papá a unas cervezas, a una comida. Mi papá me consolaba por mi economía y, en vez de darme un helado para acallar el llanto, me proponía hacerse cargo de mis responsabilidades. También me proponía volver.
Sigo acá. Acá está mi vida, acá empecé la adultez que se me escurre cada mes. Recuerdo que ahí le pagaba a OMINT treinta mil pesos argentinos por mes*. Hoy, dos años y medio después de que asumiera Milei, estoy pagando más de 200 mil pesos argentinos.
La obra social, es decir, la EPS aumentó quinientos sesenta y siete por ciento. Todo aumentó así, y tanta es la bruma de las cifras que casi se olvidan. Hoy pago 6,67 veces más que antes por mi salud. Milei dice orgulloso que ha bajado la inflación, en mi vida, en la de muchos, eso no se nota. No sé porque yo no siento en mi mes a mes esa inflación que Milei dice haber bajado.
Los correos que tengo de OMINT son de tres tipos, llegan periódicamente. Uno dice «información sobre tu cuota médica», ese es el que informa que van a subir, tiene una periodicidad de tres meses o, a veces, menos. Otro llega mes a mes, es el que dice «OMINT te acerca tu factura», ahí constato los aumentos. Y el último, uno que me empezó a llegar con frecuencia desde hace un año, dice: «Tenés un saldo pendiente».
Debo elegir qué pago. Soy morosa con lo que menos da vergüenza. Lo de OMINT queda entre mi mail y yo. El alquiler, la luz y las expensas, lo que sería la administración del edificio en el que vivo, lo pago cumplido, porque a eso tiene acceso la dueña del departamento, y no quiero quedarle mal. De eso depende que me renueve el contrato el año que viene.
Con el alquiler gané y perdí. Y dejé a un lado la vergüenza también. A mí me quedaba un año de alquiler del monoambiente en el que vivía cuando ganó Milei. Y ahí ese mismo decreto 70/2023 modificó la ley de alquileres. Pasó de contratos por tres años y aumentos anuales estipulados con un porcentaje inentendible —pero que era justo para arrendador y arrendatario—, a contratos por dos años con el precio modificado cada tres meses según el IPC. El salario no sube igual. Periódicamente una no sabe si el sueldo le va a alcanzar.
Yo había firmado contrato con la Ley vieja. Después de ese decreto, los aumentos de un momento a otro fueron del trescientos por ciento. El departamento por el que pagaba 70 mil pesos argentinos en ese mes del 2023, había pasado a tener un precio real de trescientos mil. Me amparaba el contrato. Para poder conservarlo, aumenté lo poco que podía: ciento veinte mil pesos. No fui capaz de más. La dueña se quería matar, y a mí con ella.
Solté la vergüenza colombiana y pasé a decir, son las lógicas argentinas, a veces se gana, a veces se pierde. Ese fue el único momento en el que sentí ganar. Al año me mudé y ahora mi alquiler aumenta cada tres meses. En marzo de 2025 inicié pagando cuatrocientos mil pesos, hoy pago casi seiscientos mil. Un cincuenta por ciento más en un año y medio. No sé cómo funcionan los números de Mieli, yo vivo la inflación, la siento. Me atraviesa el cuerpo.
Miro con detenimiento los precios del supermercado. Una no sabe si lo que está pagando es caro o barato por la bruma de medidas que se aplican. El viernes pasado mi almuerzo fue poco. Voy martes y viernes al trabajo de manera presencial. Debo llevar almuerzo, no me puedo dar el lujo de comer por fuera. Una milanesa con papas está alrededor de trece mil pesos. No los puedo pagar. Serían veintiséis mil semanales para solo dos comidas. Con eso hago una compra que me permite cocinar y comer dos semanas, sin carne, obvio.
Así que llevo siempre el almuerzo al trabajo. Ese viernes la porción que había empacado era poca, porque me serví con el hambre de la noche, después de comer, así que calculé mal. La jornada iba a ser larga y antes de ir a una reunión con periodistas que era a las seis de la tarde, pasé a comprar en el supermercado un yogur con cereal para que no me agarrara el hambre durante la charla. Entré a un Chino, así le dicen acá a los supermercados de los asiáticos. Agarré un yogur de la heladera y un paquete de bizcochitos salados para compartir en la reunión con las colegas. Las 6 de la tarde es la hora de la merienda aquí, del mate. Las galletitas estaban a mil quinientos pesos, el total con el yogur, eran siete mil quinientos. Era mucho. La mitad de lo que me hubiera salido un almuerzo.
Solo llevé los bizcochitos salados. Caminé dos calles más hasta un Día, un supermercado low cost, como el D1. El mismo yogur estaba a 2.750. Lo agarré, ya en la caja me cobraron 3.900. Le dije a la chica que el precio estaba mal, pero que “todo bien”. Es normal que acá pase eso, es normal el lío de precios.
Revisó, me dio la razón, me hizo firmar un papel y me devolvió los mil y pico que había pagado de más. Ya no me da vergüenza reclamar por dinero. Eso es algo de allá. De Colombia. Allá es de mal gusto contar las monedas, es de pobre. Y allá ser pobre está mal.
Luego de la reunión, agarré el subte a casa. Esta semana volvió a aumentar. Hace 3 años pagaba ochenta pesos, hoy pago mil quinientos. Un mil setecientos setenta y cinco por ciento más. Lo debo escribir letra a letra para no pasarlo de largo. Para que todos los varios aumentos no me abrumen, para poder decir en letra grande: NO SÉ DE QUÉ INFLACIÓN CONTROLADA HABLA MILEI.
Yo no me di cuenta cuándo empecé a pagar la compra del mes, es decir, el mercado, con tarjeta de crédito. No me di cuenta de los intereses, porque eso yo no lo veo, no estaba acostumbrada. Repelo los números. La deuda creció y me explotó en la cara. Eso desde inicio de año. Recién estoy por terminarla de pagar. No puedo escribir la cifra, no me atrevo. Hay momentos en los que evito caer en la realidad para que no me lleve el espanto.
En este invierno caminando la calle una se dice bajito, «no estoy tan grave. Hay gente durmiendo en la calle». Debajo del techito que se hace en las esquinas, las que llaman ochavas, ahí tiran sus colchones y se tapan con cobijas o abrigos que vecinos se encargan de juntar. Y comen en las ollas populares que vecinos y vecinas se encargan de organizar. Porque sí, hubo una parte de los argentinos que votó con odio, pero hay otra, esa gente que no olvida lo colectivo.
En este mundial elijo la canción del pasado, algunas veces tarareo:
«Muchachos
Ahora nos volvimos a ilusionar».
Pero lo que más queda es la negación:
«No te lo puedo explicar
Porque no vas a entender»
Ni yo lo entiendo. Ni yo que estoy acá, atravesada por esta economía cada día, cada hora, cada minuto, lo entiendo.
En la pandemia leí Estrella madre de Guiseppe Caputo. Siempre que voy a Colombia, me traigo un libro de allá, para sentirme algo cerca. Cuando lo leí no sabía si me había gustado o no, hasta que la idea fue decantando. Se fue sentando en mí un malestar. Hoy revuelvo ese malestar. La sensación de sentirme cuidando las moneditas que tengo en una cajita de metal, como el personaje del libro. Ese sonidito metálico que está ahí junto con el tic tac tic tac del tiempo. Podría decir que hay consuelo, que están los amigos y la salsa y el baile para acompañar el momento. Para sentirme en casa. Pero para los amigos se necesita tiempo, y los varios trabajos se lo roban. Para la salsa se necesita energía y no hay. Para la noche y el baile se necesita palta y hoy, se dice acá, con ese humor argentino, que el fin de mes es el 15.
Queda una esperanza: y es que, tal vez, cuando se nos han llevado todo, aún exista un poco de dignidad y el pueblo argentino, el de siempre, vote el año que viene para salir de lo atroz. Aunque no sepamos cuánto tiempo va a costar salir de esta.
