Es un objeto de melancolía, para quienes se acercan a los puestos de votación, observar el tarjetón electoral en la mayoría de democracias. Invariablemente, está ocupado por filipichines, candidatos con ínfulas de dictadores, bandidos, corruptos profesionales y una sarta de embusteros que cubre todo el espectro político. Hay excepciones, por supuesto (no pienso gastar el espacio inagotable de esta columna argumentando la que debería ser una obviedad ética), pero todo apunta a que el problema solo empeorará con la llegada de la inteligencia artificial y la facilidad para producir contenido e inyectarlo en burbujas de información cada vez más aisladas e impenetrables.
La fragilidad reciente de la democracia parece inobjetable. Se suele buscar consuelo en la idea del péndulo, pero es probable que el camino hacia estados cada vez más autoritarios continúe a paso de perezoso a menos que haya cambios profundos en el funcionamiento democrático.
Esa transformación se necesita hace tiempo, pero hoy sin duda hay mayor urgencia: no importa cuánto intenten camuflarla con eufemismos (fracking sostenible, transición gradual, variabilidad del clima) o distracciones: la crisis climática sigue trastornando ecosistemas y causando la muerte de millones y millones de seres, humanos incluidos.
La proposición, justamente, busca incluir a todos aquellos otros seres que hacen parte involuntaria de esa crisis. Como señaló una campaña en redes sociales de la oenegé Amazon Conservation Team hace un par de semanas, los animales no pueden votar, pero las decisiones de cada elección tienen repercusiones que a menudo afectan sus vidas, incluso más que las de los ciudadanos del país votante (lo mismo aplica para las plantas y los hongos, así el resto de este texto no los mencione).
Este es el esbozo de la idea: en cada elección presidencial, al menos un diez o quince por ciento del electorado debe pertenecer a esos otros seres.
Nadie espera ver una fila eterna de jaguares, serpientes y aves caminando, reptando o volando hasta las urnas para elegir a uno u otro candidato, como el pulpo Paul en el Mundial de Sudáfrica 2010. Tampoco creo que sería una buena idea designar a unas pocas personas para que los representen y voten en su lugar (en teoría, en parte esto es lo que hacemos en cada elección y, como decía más arriba, el futuro es todo menos esperanzador), a pesar de que ciertamente hay muchas que harían un buen trabajo.
Más bien, los candidatos deben incluir un programa con propuestas detalladas que de una u otra manera también beneficien a los animales. Estas propuestas serían evaluadas de alguna manera justa (un comité de expertos, incluidos científicos internacionales de renombre, sabios de pueblos indígenas, etc.; representantes de la sociedad civil previamente elegidos años antes de la elección gracias a su trayectoria ambiental; en fin, esta es una debilidad de la propuesta que ojalá pueda remediarse), y los votos se sumarían al final del conteo.
Parte de la idea es que esto empujaría a todos los candidatos a tomarse en serio la crisis climática y la conservación. En el mediano y largo plazo, esto, a su vez, debería contribuir al bienestar de toda la ciudadanía. Y si nos tomamos en serio los avances de las últimas décadas en temas de derechos de los animales, no es más que una consecuencia natural, por más disparatado que suene en este momento.
Ahora bien, el mayor obstáculo es evidente: ¿qué evita que un candidato incluya una detallada propuesta ambiental que nunca cumpla luego de ganar? Esta es la segunda parte de la proposición y es una condición necesaria para que la primera funcione: los candidatos deben cumplir lo que prometen durante la campaña.
En la mayoría de las democracias el único mecanismo para sancionar el incumplimiento de las promesas de campaña de un candidato es el voto de castigo. En pocas palabras, si un presidente incumple lo que promete, el electorado lo castigará en la siguiente elección no votando por él o no votando por su partido, en países en los que no hay reelección presidencial.
Debido a las redes sociales, las burbujas de información, las cámaras de resonancia, etc., esto es cada vez menos probable. Si toda la información que recibes te dice que la toma del Capitolio en Estados Unidos fue una protesta pacífica; si todos los creadores de contenido que sigues insisten que la crisis climática no es más que un cambio gradual del clima sin relación con la actividad humana; si absolutamente todas tus redes te muestran que el presidente por quien votaste en realidad no tuvo la culpa e incumplió sus promesas por las sucias tretas de la oposición, ¿por qué habrías de castigarlo o a su partido en las siguientes elecciones? Y si los candidatos no enfrentan sanciones de ningún tipo por incumplir sus promesas, ¿qué les impide mentir y engañar al electorado? (La postura ética personal, cuando existe, rara vez ha sido un impedimento suficiente en posiciones de poder).
La democracia necesita sanciones para esta clase de incumplimientos. Quizá deben ser de tipo político o de tipo financiero (he aquí otra de las debilidades de las proposiciones), y deben incluir provisiones para cuando hay eventos como la pandemia o el Súper Niño, el fenómeno climático que seguramente absorberá gran parte de las finanzas y el capital político, durante el primer año de mandato, de quien sea que gane. Como sea, deberían obligar a los candidatos no solo a hacer propuestas más realistas, sino también a negociar con otros bandos, dado que la aprobación del plan de gobierno, las reformas y demás depende, al menos en Colombia, del Congreso de la República.
Un mecanismo para impulsar ese cumplimiento ayudaría a que ese voto, ya no tan simbólico de los animales y demás seres, tuviese sentido. En principio, cualquier candidatura necesitaría ganar ese porcentaje del electorado —o se esforzaría en hacerlo—, por lo que buscaría diseñar planes factibles para proteger a ese sector de la naturaleza aparentemente sin voz (esa expresión siempre me lleva a Arundhati Roy: «En realidad no existe algo así como los seres sin voz. Están los deliberadamente silenciados o los preferiblemente no escuchados»).
Las posibilidades de que una proposición como la anterior se cristalice en nuestro país son mínimas. Cada día que pasa soy más pesimista frente al futuro del mundo y, sobre todo, el de esos otros seres. Quizá por eso intento escapar, con algo parecido al frenesí, a ver todo aquello que imagino pronto se perderá. Entre tanto, votaré por promesas frágiles que ojalá nos regalen algo más de tiempo.
