Nuestro país atraviesa una efervescencia de emociones encontradas, sentimientos desbordados, impulsos viscerales y arengas que dejan poco espacio para la reflexión. En este escenario en el que alternan la euforia y la desesperanza, quisiera proponer una mirada distinta, una que exige revisar lo fundamental: el argumento como único recurso.
Durante meses, los seguidores de Abelardo de la Espriella hicieron señalamientos por nuestra labor periodística en CasaMacondo —se nos ha tildado de guerrilleros, cómplices de masacres y violadores—. Sumado a esto, la semana pasada muchos de los que nos defendían comenzaron a atacarnos por confrontar también al poder de turno: el de Gustavo Petro. Entre ellos, simpatizantes, amigos, familiares o simples desconocidos enardecidos, dispararon insultos disfrazados de comentarios políticos procurando supuestamente un país mejor. Personas que entendieron que la afinidad política hacia un candidato es un argumento válido para maltratar o insultar a cualquiera que no esté de acuerdo.
No es la cifra de agravios lo que me preocupa. Eso es lo de menos. Más allá del análisis cualitativo o cuantitativo de las reacciones, lo que me desconcierta es lo que esta hostilidad evidencia: una crisis de pensamiento que debilita nuestro tejido social en tiempos en los que este escasea.
No es algo nuevo. En 1898, cuando Émile Zola publicó su J’accuse con el que defendió a Alfred Dreyfus, buena parte de la izquierda y la derecha francesas coincidieron en una sola cosa: odiarlo. No fue por estar equivocado, sino por romper el consenso cómodo de cada bando.
La historia nos muestra un patrón que se repite: quien confronta a su propia tribu paga más caro que quien confronta al enemigo declarado. A Sócrates no lo condenó un tirano extranjero, lo condenó la asamblea de su propia ciudad por incomodarla con preguntas.
Existe una creencia —tristemente fomentada por los medios de comunicación estatales y privados— según la cual el periodismo independiente debe revelar lo que el medio tradicional omite, pero tomando partido. Es imposible concebir un medio que no tome partido. El militante ama al medio estatal cuando le sirve de fortín político, y odia al privado que defiende los intereses de quienes lo financian. Ninguno de los dos bandos es transparente, ambos están al servicio de un interés, no de la verdad.
En un país que consume la información como entretenimiento, pareciera que los medios deben garantizar odio, rechazo e indignación —eso vende, y vender es más fácil que incomodar con preguntas que empujen hacia una sociedad más justa—. El biólogo chileno Humberto Maturana lo explicaba así: el lenguaje no describe una sola realidad, sino que nos pone de acuerdo con quienes ya piensan como nosotros.
Cuando el medio fabrica indignación, no informa, construye pertenencia y un enojo compartido que reemplaza al pensamiento. Por eso es más fácil repetir la etiqueta ajena que aceptar que el otro también habita una realidad legítima —eso que la tribu indignada rara vez tolera—. La labor del periodismo independiente es la opuesta. No pule un espejo para devolver una imagen complaciente, ni ofrece un lente que fragmenta la realidad para hacerla más digerible. Cree en la incomodidad como caldo de cultivo del criterio ciudadano, en una sociedad que cada vez desprecia más la lectura y la argumentación, y que confunde comodidad con verdad.
En CasaMacondo ejercemos un periodismo de confrontación que rompe burbujas informativas. Estoy —estamos— convencidos de que una masa crítica se construye con debates rigurosos, con cifras, investigaciones y trabajo de campo, no con ataques sistemáticos.
El insulto simplista, el etiquetado visceral y el juicio sumario son los recursos de quienes evitan el análisis profundo. La ligereza gana terreno y, con frecuencia, se prefiere el refugio de la ideología blindada antes que el ejercicio de pensar por cuenta propia y confrontar las creencias de nuestras tribus.
Y aquí conviene mirar fuera del periodismo: el mal no es de este oficio ni de esta época; es más viejo y, por momentos, más obtuso. Históricamente, el ser humano ha rechazado a quien promueve el pensamiento crítico y renuncia a la idolatría caudillista. Al que se atreve a confrontar lo sagrado se le etiqueta como traidor. Para un medio como el nuestro, que investiga sin amiguismos, el rasero es doble: somos «los mejores» cuando cuestionamos a quien disgusta a la audiencia, pero nos llaman «vendidos», «fachos» o «comunistas» si el cuestionado es su favorito. Existe una peligrosa confusión entre lealtad y militancia ciega. Se ha instalado la creencia de que respaldar a un gobernante requiere de una adulación constante, olvidando que la verdadera responsabilidad ciudadana exige fiscalización. Bajo esta lógica, la política se reduce a un enfrentamiento entre ganadores y perdedores, donde el periodismo es degradado a una mera barra de hinchas; una consecuencia directa de la narrativa dictada por los medios que orbitan alrededor del poder. La democracia corre la misma suerte: es sagrada si favorece mis intereses, pero se convierte en atropello o tiranía si los contraría.
La literatura nos ofrece espejos de esta realidad. Eliseo Alberto, en su obra Informe contra mí mismo, transformó en confesión el dolor de su ruptura con el régimen en Cuba. En sus páginas narra el asedio estatal contra su propio linaje y la posterior búsqueda de un sosiego que trascendiera la amargura militante. Una senda similar transitó Guillermo Cabrera Infante, quien desde el exilio publicó Mea Cuba para desmantelar la lógica del totalitarismo. La esencia de ambos relatos reside en que su mirada no se dirigió al adversario ajeno, sino a las entrañas de su propio hogar ideológico. Ese atrevimiento se saldó con el destierro, pues el poder teme, más que a cualquier otra amenaza, a la voz que habiendo sido parte del coro, se desprende para enunciar verdades incómodas. Esa misma lógica, aunque sin el destierro físico, se siente hoy en nuestro entorno: en Colombia, ser crítico es señalado casi de inmediato como tibieza o, en el peor de los casos, como militancia en el bando contrario.
Lo vemos hasta en lo más tribal de todo: el fútbol. La hinchada perdona la derrota, pero el hincha radical rara vez acepta la crítica al club idolatrado. Un gesto de molestia o inconformidad se lee como alta traición: el amor y la lealtad se vuelven mandato de tragar entero, no de confrontar. Y la religión conoce el mecanismo desde la antigüedad: casi todos los profetas fueron apedreados primero por su propio pueblo, no por los extranjeros. La herejía, etimológicamente, no es más que elegir —tener un pensamiento propio dentro de la propia casa—. Por eso siempre se castigó más que la enemistad abierta.
Esto que vivimos no es una anomalía colombiana ni un accidente de estos días. Es la forma contemporánea de una constante humana: la tentación de delegar el pensamiento en la tribu, en el caudillo, en el algoritmo que nos reafirma. Seguimos al que piensa como nosotros porque es cómodo, jamás a quien piensa distinto, porque nos cuesta el lugar incómodo de argumentar y entender al otro. Las redes solo industrializaron lo que ya existía, la recompensa inmediata de la indignación compartida frente al costo lento de la duda propia. Llámese estupidez humana o crisis de nuestro tiempo, el síntoma es el mismo: pensar con la tribu se confunde con pensar.
Sigo cuidando esta Casa y abrazando la ira de nuestra audiencia con argumentos válidos y cifras para reflexionar. Porque no buscamos la aprobación de quienes idolatran a caudillos o mártires. Cada investigación es una oportunidad para desmarcarnos de la militancia ciega y construir una ciudadanía crítica. El periodismo no está para darnos la razón, sino para interpelarnos. Es precisamente en esa incomodidad donde surge el verdadero pensamiento crítico.
Esa es la esencia que hemos buscado y la que defenderemos siempre como nuestra mayor bandera: la independencia.
