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Crónica

Pereira, esperar hasta morir

En la capital de Risaralda, las primeras setenta y dos horas tras el sismo se consumieron entre las pilas de escombros y el letargo del Gobierno. Este es el primer capítulo de un recorrido a pie por las ruinas de una tragedia que la gente enfrentó casi sola, sin recursos.
Por | Ilustración: Leo Parra
Portada Crónica Tereemoto José
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En la pared sigue colgada la fotografía de una mujer y un niño. Sonríen. Llevan gorros de fiesta. Alguien los llama por su nombre desde la calle. «¡Nancy! ¡Sebastián!». Es un hombre. Ya estuvo aquí arriba, me dicen. «¡Nancy! ¡Sebastián!». Han pasado once horas desde que la construcción se derrumbó, un edificio de cuatro pisos. «¡Nancy! ¡Sebastián!». Él es conductor de un camión de mudanzas y estaba de viaje. «¡Nancy! ¡Sebastián!». Aún no oscurece, pero es de noche desde esta mañana. El sol se alarga entre las paredes resquebrajadas y extiende sombras como dedos sobre la pila de escombros.

Cuesta detener los ojos, los pies quieren ir a todas partes. Las pilas de edificios destruidos se repiten a lo largo de las calles. Son decenas en Pereira. Las partículas de polvo pueden verse a contraluz, lloviendo sobre las cabezas de quienes buscan sobrevivientes. ¿Cuántas personas había adentro? Un hombre se encoge de hombros. Oyó decir que seis. Los que buscan son rescatistas improvisados. Van calzados con zapatos de calle, algunos usan guantes de cocina y jirones de su ropa para cubrirse la nariz. Al rumor del llanto se suma el de los rezos. Las primeras cifras hablan de decenas de fallecidos. Unas horas después serán cientos. Acaban de sacar a un hombre y a su esposa de las ruinas de la casa en que vivían. Ambos están muertos.

Frente al centro comercial El Progreso, sobre la avenida Simón Bolívar, en Dosquebradas, un jefe de bomberos le advierte a un grupo de voluntarios que el edificio en el que buscan sobrevivientes está a punto de colapsar. Es un edificio de seis pisos, aunque solo se pueden contar cinco. El primero está triturado contra el suelo. Allí también hay voluntarios de la Defensa Civil con radios de comunicación a los que les han quitado el volumen para escuchar el crujido de las paredes. Hace un rato oyeron un llamado de auxilio, un repiquetear de dedos. La mudez es un mandato incluso para quienes observan la escena al otro lado de la calle. Los que lloran deben hacerlo en silencio.

Para entonces, el balance nacional era de 265 muertos, 3.494 heridos y 496 desaparecidos. En las calles, los números tienen nombres. Paula, José Darío, Gabriel Jesús, María Lucía, Alicia, Mauricio, Gustavo, Claudia, Fermín… «¿Lo han visto?», «¿lo sacaron?», «¿usted habló con él?». Bajo cada derrumbe yace una familia. En las montañas de cascajo, los voluntarios buscan personas de las que apenas conocen su nombre, o ni siquiera eso. Detrás del edificio de la Alcaldía, una madre vela el cadáver de su hija, aprisionado en una acera bajo la saliente de un techo caído. Llora, grita que le ayuden. Lleva muchas horas allí, dice. El llanto ahoga su súplica.

En el centro, alrededor de la Plaza de Bolívar, el ronroneo de las plantas eléctricas se extiende por las calles a oscuras. Las pisadas crujen sobre el casquete de los muros, los techos, el cristal de las ventanas. El destello de las linternas descubre automóviles aplastados: un par de furgones, una camioneta, un taxi con las llaves aún puestas en la ranura del encendido. No hay nadie adentro, o quizá sí, pero el estropicio es definitivo. Los maniquíes de un almacén de ropa están por fuera del vitral que los contenía. Están a medio vestir. El centro de esta ciudad fue erigido a mediados del siglo XIX sobre un cruce de caminos apisonado a la fuerza por el paso frecuente de comerciantes y ejércitos a caballo.

Pereira está a 1.411 metros sobre el nivel del mar y ocupa un pequeño valle en un estribo de la cordillera Central. El Otún la atraviesa de oriente a occidente y alimenta su acueducto. Es un río enano, de menos de ochenta kilómetros. Nace en el caño Alsacia, que desemboca en la Laguna del Otún, donde rezuma el deshielo del nevado de Santa Isabel, a ochenta kilómetros de distancia y a casi cinco mil metros de altura. En la ciudad viven casi medio millón de personas, cerca de la mitad de la población de Risaralda. Su centro se levanta sobre suelos de origen volcánico, cimentados sobre capas de ceniza que amplían las sacudidas de los temblores.

El 25 de enero de 1999, un terremoto dejó 1.185 muertos, 8.536 heridos y 35.972 viviendas destruidas o inhabitables. Veintisiete años después, aquella catástrofe sigue apareciendo en las conversaciones, en las grietas reparadas, en el temor que reaparece cada vez que la tierra se mueve. Todos lo han oído alguna vez en la escuela, en las lecciones de geografía: los suelos volcánicos amplifican las sacudidas. Ni Dios puede asegurar la integridad de sus templos. La catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, en la plaza mayor, sufrió rajaduras que obligaron a acordonarla, también la iglesia de la Valvanera y la de San José.

Pasada la medianoche del lunes, diecisiete horas después del sismo, solo el Bolívar Desnudo mantenía intacta su altanería, a lomo de un caballo desbocado, sosteniendo contra el cielo a oscuras una antorcha encendida, resoluto, bravucón, endemoniado. La obra de Rodrigo Arenas Betancourt fue inaugurada en 1963, con motivo del centenario de la ciudad. El escultor concibió al Libertador como un Prometeo: desnudo, sin espada ni medallas, a caballo, con una antorcha en alto. Y pese al ímpetu de su gesto, las palomas del parque permanecían acurrucadas en sus pliegues de bronce, sordas al retumbar de los taladros, el siseo de las sirenas y el murmullo de los rescatistas, la mayoría sin formación ni experiencia, sin cascos ni guantes, como un ejército de menesterosos.

La oscuridad obliga a escuchar. En el cielo no hay luna ni estrellas, solo un fondo negro contra el que apenas se distinguen las siluetas de los edificios. Las plantas eléctricas, los reflectores y las linternas abren claros sobre las montañas de escombros, pero más allá de esos círculos de luz no hay nada. Los rescatistas levantan los brazos con los puños cerrados y la multitud calla. Los hombres quedan inmóviles, algunos con las manos todavía levantadas, esperando. Por unos segundos, parece que la ciudad entera contiene la respiración y el silencio deja de ser mudez. Se oye.

La misión era hallar sobrevivientes bajo los escombros antes de que se agotaran las primeras setenta y dos horas, la ventana crítica para encontrar personas con vida, según los expertos. En Bogotá, entre tanto, se discutía qué equipos de socorristas extranjeros podían ingresar al país. Las horas se consumían una tras otra. Sobre las vigas fracturadas, entre los hierros despuntados como tendones de cuerpos, cientos de jóvenes venidos de los barrios más pobres de la ciudad se sumaban a los grupos de socorro de la Defensa Civil, la Cruz Roja y el Cuerpo de Bomberos de Pereira, insuficientes ante la dimensión de la tragedia.

La mayoría de los voluntarios tiene la cabeza descubierta o lleva gorras. Gritan, manotean, avanzan como pueden, a veces justo en dirección contraria a las indicaciones que intentan darles los socorristas más avezados y los ingenieros estructurales que fueron llegando de a poco para sumar su visión experta, igual que cirujanos frente a placas de rayos X. «¡Allá, allá! ¡Caven allá! ¡Aquí no, aquí no!», vocifera uno a los pies del edificio Alberto VO5, a un costado de la sede de la Alcaldía. Todo el esfuerzo se reduce a la cantidad de escombros que quepa en un balde, unos veinte kilos en promedio, casi nada. Es un esfuerzo de hormigas que entraña un peligro inminente.

Yo estoy entre ellos. Un hombre me increpa. Me dice que no estorbe, que ayude. Es lo que estoy haciendo, le digo. Soy periodista. Acabo de subirme a la montaña de escombros y ya estoy cubierto de polvo. Me abro espacio entre la muchedumbre, sobre el esqueleto de hierros y adobes triturados. Grabo, tomo nota, memorizo lo que veo y lo que siento. También me expongo como todos a que un muro me aplaste. Veo los baldes pasar por encima de las cabezas, y a los hombres ir y venir. No sé todavía qué voy a contar de todo esto. Afirmo mis pies, no dejo de mirar.

Los voluntarios aprisionan las estructuras bajo las que buscan y amenazan la estabilidad de los muros que aún no terminan de caer. Pero ninguna autoridad se atreve a detenerlos. Ellos son todo lo que hay, o casi. En algún momento la agitación se detiene tras gritos de silencio. Entonces la multitud suelta los baldes. Es un gesto de quietud tan resoluto que uno, parado allí, en la cima de los montículos, puede oír los jadeos del esfuerzo. Algunos esconden el rostro bajo las ropas empapadas de sudor. Los socorristas necesitan esa tregua para aguzar el oído.

Buscan el golpeteo de unos nudillos, la raspadura de unas uñas, quizá un gemido, rara vez un grito. Hace falta un sonar o un perro adiestrado para oír más allá, en lo profundo. Pero aquí, al lado de la sede de Gobierno, donde se concentran los mayores recursos ahora mismo, no hay nada de eso, y el trabajo se reanuda a los gritos, entre trompicones y una polvareda que no deja de caer. Así encontraron a Daniela Largo, sepultada bajo las ruinas de una pensión del centro. Fue a las 8:27 p. m., la noche del segundo día, treinta y seis horas después de quedar atrapada en unas escaleras, intentando huir. Todos aplaudimos conmovidos.

Pero el tiempo transcurrido hasta su rescate resultó fatal. En la ambulancia en que se la llevaron sufrió un paro cardiorrespiratorio y tuvieron que reanimarla durante cerca de veinte minutos. Tenía treinta y dos años y el lunes tenía previsto ir a la casa de su madre para celebrar los doce años de su hijo. Durante los días que permaneció hospitalizada los médicos tuvieron que amputarle el brazo derecho debido a la gangrena y a las complicaciones vasculares provocadas por el síndrome de aplastamiento prolongado. Fueron demasiadas horas esperando ayuda. Ayer murió. Su entierro será mañana, me dice una voz al otro lado del teléfono y cuelga.

La discusión sobre la ayuda extranjera terminó convertida en otra escena de la tragedia. México, Brasil, Chile y China ofrecieron equipos y recursos, pero el gobierno se demoró en responderles y decidió condicionar su ingreso al país. Cuando finalmente autorizó el arribo de brigadas de búsqueda y rescate, lo hizo solo para Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador. El presidente negó que su criterio de rechazo fuera ideológico y se escudó en las primeras decisiones de un funcionario nombrado por el presidente saliente, con quien se negó a cumplir tareas de empalme. Entretanto, los voluntarios siguieron en todas partes, yendo y viniendo, con baldes por los aires, a la desesperada.

Cinco días después del sismo, el balance nacional es de 294 muertos, 3.935 heridos y 320 desaparecidos. La muerte no equivoca sus sumas: lo hace restando. Un abuelo contempla el cielo de una carpa recién extendida en un albergue. Suda. Me pide agua. No recuerda su nombre, no sabe qué ha pasado. Sonríe, después llora.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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