Los peores sismos sepultan, pero además descubren. El pasado 10 de agosto, bajo la multitud de edificios derribados, los cientos de casas desmoronadas, emergió un país que ya estaba roto. Esa misma mañana, en CasaMacondo, decidimos ir a los lugares de la tragedia, caminar sus calles, privilegiar nuestra propia mirada y ofrecer un conjunto de relatos sobre Pereira, Cali, Quibdó y San José del Palmar, el epicentro del terremoto, en el límite de la selva más lluviosa del planeta, entre las estribaciones de la cordillera occidental y la costa Pacífica.
Llegar hasta allí nos supuso apartarnos del vértigo con que un desastre se convierte en noticia. Queríamos saber qué había pasado cuando el estruendo terminó, qué quedaba en las calles, qué decían quienes seguían allí, qué revelaban las ruinas más allá del horror. En Pereira estuvimos en las montañas de escombros junto a los que buscaban horrorizados. En Cali acompañamos la larga espera de los sobrevivientes, escuchando sus silencios. En Quibdó caminamos las calles rebosadas de estiércol y de la miseria que el sismo no provocó. En San José del Palmar fuimos hasta las coordenadas del epicentro y tocamos las huellas de la violencia en las fachadas de las casas, la iglesia, la alcaldía, su sismo más habitual.
En CasaMacondo intentamos ir lo más lejos y situarnos lo más cerca. Las fotografías de este especial son resultado de esa proximidad y de ese énfasis. No hay cadáveres en ellas. Sí están las víctimas y la dimensión de la tragedia. Pero decidimos detenernos más allá, en las márgenes de lo acontecido, en pequeñas escenas que podrían parecer adyacentes, laterales, incluso distantes. Es el territorio que preferimos: la margen como centro.
Estas fotografías son parte de la extensa reportería que sustenta las cuatro crónicas del especial «A pie por las calles del sismo».
