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Crónica

Cali: la alegría entristecida 

Durante doce días, el sismo dejó al descubierto la manera desigual en que una ciudad enfrenta la desgracia, entre cadáveres, sobrevivientes improbables y tensiones políticas. Segunda entrega de Viaje a pie por las calles de la tragedia.
Por | Ilustración: Leo Parra
Portada Crónica Tereemoto José
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Esta crónica hace parte de A pie por las calles del sismo, una serie de relatos sobre el terremoto que es posible gracias al apoyo de la Fundación Gloria Zea.

Setenta y dos horas después del sismo, el cascarón de los edificios desplomados comenzó a desprender el hedor de los despojos. La muchedumbre de voluntarios apuraba sus esfuerzos, mejor equipados, al fin, con guantes de carnaza y cascos de albañil, amarillos, azules y rojos, los colores de la bandera hecha harapos sobre las pilas de escombros. Los parientes y amigos de las familias sepultadas esperaban noticias detrás de los separadores dispuestos por las autoridades en el sur de la ciudad, donde se concentró buena parte del desplome de edificios: 24 de modo definitivo, 177 de modo parcial, 216 con daños estructurales. 

Uno de tantos fue Torres del Limonar, en el barrio Capri, con veintiséis personas dentro, siete de las cuales fueron rescatadas en las primeras horas tras el sismo. Después los hallazgos fueron de cadáveres, entre ellos de una pareja de esposos y su nieta, de once años. Allí mismo, casi tres días después, rescataron a Antonio, el perro de Luz Adriana Correa y Mélida Betancourt, sepultadas bajo los escombros. La mayoría de quienes buscaban eran jóvenes venidos de las laderas del occidente, lo barrios más pobres de la ciudad: Siloé, Vista Hermosa, Brisas de Mayo, La Sultana, El Cortijo, La Nave, lugares aplastados por la pobreza, entre callejones loma arriba.

Con el tiempo corriendo en contra, haciéndose polvo, el gobierno de México había denunciado la dificultad de una delegación de socorristas de ese país para ingresar a Colombia. El grupo de rescate Sucre MX, con equipos especializados para la detección de sobrevivientes, cámaras, drones, sensores de calor, debió esperar seis horas a que alguien del gobierno autorizara su desplazamiento a alguna de tantas edificaciones desplomadas. Sus integrantes permanecieron en las aceras, frente al café Oasis, en el norte de la ciudad, con los brazos cruzados, hablando entre ellos. Yo estaba allí. Los vi esperar con los equipos preparados mientras las horas pasaban. 

En el Hospital Universitario del Valle, la enfermera jefe Luna Verbel tenía a su cargo treinta y seis recién nacidos. Ella y otras trabajadoras identificaron a los bebés y los trasladaron desde el quinto piso hasta el patio del hospital. Con ellos se llevaron monitores, bombas de infusión, medicamentos y leche para mantenerlos a salvo a la intemperie, como en una salida de campo, el primer viaje de sus vidas. En el hospital había colapsado una torre y cinco personas quedaron sepultadas. Una semana después, los rescatistas recuperaron sus cuerpos, entre ellos el de un niño. En algunos de tantos edificios desmoronados yacían familias enteras.

En Cuarto de Legua, también en el sur, quedaron sepultadas Ana María, Sofía e Isabella Saavedra Caicedo, de 23 años, y sus padres: Jairo Hernán Saavedra y Victoria Caicedo, y un tío de la familia, Diego Efraín Caicedo. Los cuatro pisos del edificio cayeron tras las primeras sacudidas del temblor. El único que pudo correr fue el vigilante de la cuadra, que estaba en el sótano del edificio sacando la basura. Él corrió despavorido. Suerte que no se tropezó. El manotazo de los muros lo rozó por la espalda y el ímpetu de su desplome lo escupió lejos. Su primer pensamiento fueron las trillizas, Ana María, Sofía e Isabella. Ninguna había salido a trabajar, tampoco sus padres.

Ana María quedó atrapada bajo una puerta de madera. Eso la salvó, la escondió de la muerte. Los vecinos la rescataron minutos después porque su cabeza había quedado expuesta y pudo gritar. Sus hermanas Sofía e Isabella, sus padres y el tío murieron allí mismo. ¿Por qué unos, tan cerca de otros, corrieron suertes distintas? La fortuna es milimétrica, lo mismo la desgracia. A Sofía la encontraron horas después del rescate de Ana María, y a Isabella cuatro días después. Las casas y los apartamentos derruidos se reducen a laberintos. Por eso las operaciones de búsqueda deben hacerse de inmediato, en lo posible, y con equipos especializados.

Allí cerca, en Torres del Limonar, fue rescatada Diana Marcela Troncoso, una biomédica de treintaiún años. Los socorristas consiguieron escucharla y trabajaron durante horas para abrir un resquicio entre la montaña de muros. La supervivencia de la mujer fue obra del silencio. En cierto punto, el recurso más preciado de los buscadores de sobrevivientes es la mudez de las máquinas, y de los jadeos y las voces de quienes cavan. Ellos necesitan escuchar para saber dónde insistir, hacia dónde seguir.

Pero la tragedia no golpeó del mismo modo en todos los barrios. Con algunos se ensañó. Una parte de las edificaciones afectadas había sido erigida antes de la entrada en vigor de las normas sismorresistentes de 1997, que reforzó las exigencias de materiales y los modos de construcción. Pero la magnitud del desastre no se explica únicamente por la fuerza del terremoto. Los edificios al sur de Cali fueron construidos sobre antiguos sedimentos del río Cañaveralejo, terrenos firmes hasta que un temblor de gran intensidad los sacude y los convierte en pisos resbaladizos, gelatinosos.

Mientras, en Bogotá, unos y otros discutían quién era culpable por la tardanza en socorrer las víctimas, y el gobierno definía qué equipos de búsqueda y rescate tenían permiso para ingresar al país, las setenta y dos horas de la ventana de sobrevivencia se fueron consumiendo hasta extinguirse. El viernes, al atardecer del quinto día, ciento veinte horas después del sismo, se conoció el arribo de un avión del ejército israelí, cargado con una misión de ayuda y salvamento. La noticia parecía tener la certeza de un anuncio bíblico.

En la aeronave llegaron ochenta y dos especialistas de las Fuerzas de Defensa de Israel: rescatistas, ingenieros y expertos tecnológicos. La misión estaba comandada por el brigadier general de reserva Yossi Pinto, jefe de la Unidad Nacional de Búsqueda y Rescate del Comando del Frente Interno. La delegación comenzó a trabajar el sábado en la mañana en el sur de la ciudad y en el Hospital Universitario del Valle. Su presencia provocó rechazo. 

Cientos de los jóvenes que participaron en las labores de rescate increparon su arribo a los edificios desplomados al sur de Cali y enarbolaron banderas palestinas bajo gritos de ¡Fuera, fuera, genocidas! El Gobierno defendió la cooperación y agradeció su ayuda. La controversia política acompañó desde entonces a la labor de los especialistas israelíes. Su balance ha sido desolador. Después de cuatro días de trabajo, Yossi Pinto informó que en los puntos intervenidos por sus equipos no habían encontrado sobrevivientes. Sus hallazgos fueron personas fallecidas. 

El rostro más visible de la delegación es Roni Kaplan, capitán de las Fuerzas de Defensa de Israel y su portavoz en español. Kaplan nació en Montevideo, Uruguay, y durante los bombardeos sobre Gaza se convirtió en uno de los portavoces del ejército israelí para América Latina. El 29 de mayo de 2026, varias organizaciones sociales presentaron una denuncia penal en su contra por crímenes de guerra y de lesa humanidad ante la fiscalía general de la Nación de Uruguay.

La denuncia contra Kaplan debe leerse en el contexto de la guerra de Gaza. Desde el ataque de Hamás, el 7 de octubre de 2023, y la posterior ofensiva israelí, las autoridades sanitarias han registrado más de 70.000 palestinos muertos y más de 170.000 heridos. Las Naciones Unidas continúan documentando una emergencia humanitaria caracterizada por destrucción de viviendas e infraestructura, desplazamiento de población y graves dificultades para acceder a alimentos, agua y atención médica. 

La controversia alrededor de Kaplan no convierte a los ochenta y dos especialistas enviados a Cali en responsables de las operaciones militares de Israel en Gaza. Tampoco la denuncia uruguaya establece por sí sola responsabilidad penal. Pero sí explica parte del rechazo que produjo la presencia de la delegación en las calles de Cali. Un portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel hablaba de búsqueda y rescate mientras el ejército al que pertenece sigue siendo objeto de denuncias por la devastación de sus bombas sobre las casas de civiles inocentes. 

Hasta la llegada de la misión israelí, los primeros en socorrer a las víctimas fueron los jóvenes de los barrios de Cali. Hombres y mujeres formaron cadenas humanas, retiraron ladrillos y fragmentos de concreto, cargaron baldes de escombros y permanecieron en silencio cuando los rescatistas pedían escuchar una posible señal bajo las ruinas. Bomberos, policías, militares y voluntarios trabajaron juntos. En las esquinas se levantaron centros de acopio para servirles comida, agua y proveer de herramientas a los buscadores de sobrevivientes. La generosidad fue un alud en Cali.

Carlos Alberto Bedoya Piedrahíta era el propietario de la panadería «La Central», en Andalucía, al norte del Valle del Cauca. El terremoto hizo harinas el negocio. Por suerte sus nueve trabajadores alcanzaron a salir cuando la edificación se desplomó. El lunes, el hombre sacó de las estanterías lo que no aplastó el polvo y decidió regalarlo: galletas, panes, pasteles, tortas… Alguien grabó la escena. Iba vestido de camiseta negra, con una bandeja por los aires. El video circuló por las redes y terminó convirtiéndolo en «el señor de las galletas».

Carlos tiene una hija de diez años y tres hijastros adultos. «Lo material se recupera, la vida no», dijo mientras regalaba lo que quedaba de su panadería. Después, cuando le contaron que se había vuelto viral y que su rostro aparecía en todas partes, le restó importancia a esa fama automática, comparable a la efusión pasajera de las claras de los huevos  cuando se baten. Él dijo que no creía en esa notoriedad, que era un hombre del campo y que lo único que necesitaba era ayuda para reconstruir su negocio..

Dos decisiones tomadas por el nuevo Gobierno añadieron otra capa de reciedumbre a aquellos días. El 10 de agosto, el mismo día del terremoto, Colombia anunció el reconocimiento de la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, una meseta estratégica que pertenecía a Siria y que Israel ocupó durante la guerra de 1967. Israel extendió unilateralmente su jurisdicción al territorio en 1981. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas declaró entonces esa decisión «nula y sin efecto jurídico internacional», mediante la resolución 497. La ONU continúa considerando el Golán territorio sirio ocupado. 

El reconocimiento colombiano no modificó por sí mismo el estatus jurídico internacional de esa ocupación —que Naciones Unidas sigue considerando territorio sirio—, pero sí modificó la posición diplomática del país. Hasta entonces, la única nación que había reconocido expresamente la soberanía israelí sobre el Golán era Estados Unidos, que lo hizo durante la presidencia de Donald Trump, en 2019. La Cancillería colombiana justificó su decisión por la importancia estratégica del territorio para la seguridad de Israel y por el contexto de inestabilidad de Oriente Medio. El anuncio coincidió con los primeros días del nuevo Gobierno y precedió por pocos días la llegada a Cali de los especialistas israelíes. 

En Cali, mientras tanto, la vida continuaba suspendida entre las ruinas. Los vecinos seguían llevando agua y comida, los familiares esperaban noticias y los rescatistas levantaban piedras que horas antes habían sido habitaciones, cocinas, cuartos de hospital. La llegada de los equipos internacionales añadió tecnología y capacidad especializada a una operación que ya llevaba días en manos de bomberos, militares, médicos, voluntarios y ciudadanos vestidos con su ropa de todos los días. 

La Unidad Administrativa de Protección Animal de Cali reportó, en el balance de los primeros días de la emergencia, 164 animales ingresados con vida al Centro de Bienestar Animal, 34 encontrados muertos y 380 reportados como perdidos. Entre los sobrevivientes estuvo Meli, una perrita que permaneció cuatro días bajo una estructura colapsada y fue rescatada con vida el 14 de agosto.

En el oeste, en la cuenca del río Cali, el famoso zoológico de la ciudad alberga más de dos mil quinientos animales, entre tigres, leones, jaguares, pumas, perros africanos, osos de anteojos, dantas, nutrias, cebras, chigüiros, cocodrilos, anacondas, tortugas y un dragón de Komodo. Salvo el alarido de los pájaros más ruidosos, ninguno sufrió heridas por caída de objetos en sus hábitats de encierro. La noticia allí fue que el zoológico también funcionó como centro de acopio para donaciones y ayudas.

El repositorio oficial de información de la Alcaldía de Cali registra 153 fallecidos, 88 personas rescatadas, 40 desaparecidos y 1.657 lesionados. En la ciudad de la alegría, la vida sigue entristecida.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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