Esta crónica hace parte de «A pie por las calles del sismo», una serie de relatos sobre el terremoto que contó con el apoyo de la Fundación Gloria Zea.
El camino que sube a San José del Palmar es una herida sinuosa que supura pantano. En pocos lugares llueve tanto, en el borde de la selva tropical más húmeda del planeta, entre las estribaciones andinas y las costas del océano Pacífico. En la terminal de buses de Cartago, en el norte del Valle del Cauca, me aconsejaron no hacer este viaje. «¿Periodista? Mejor no ir por allá tan lejos», me previno un hombre al que le pregunté si sabía cómo estaba la carretera después del terremoto. «El aliviado no busca la enfermedad», me dijo. A ambos nos miraba una Virgen del Carmen con el niño en brazos, junto a un orinal sin puerta.
El camino es un tajo en la vertiente occidental de la cordillera Occidental, sobre abismos cubiertos de una nubosidad que oculta sus fondos. Apenas mide setenta kilómetros, pero puede tomar hasta cinco horas, y a veces más, cuando las lluvias arrecian y las quebradas se desbordan montaña abajo. En su extremo más distante, el camino se adentra en el Parque Natural Tatamá, un santuario biológico de cincuenta mil hectáreas en los límites de Chocó y Risaralda. La cima del cerro que le da nombre supera los cuatro mil metros de altura y en ella sobrevive uno de los páramos mejor resguardados del país, con sus musgos libres de pisadas humanas.
Esas laderas de suelos saturados de agua retumbaron el 10 de agosto. Fue una grieta en el subsuelo que se abrió a diez mil ochocientos kilómetros por hora, la velocidad de un proyectil balístico. El epicentro, el punto exacto de la superficie sobre el foco del sismo, no explica por sí solo dónde se concentra la destrucción. La energía explota y se propaga en una onda que viaja horizontalmente. Cuando encuentra cuencas sedimentarias blandas, la energía se amplifica, rebota contra las capas geológicas y despliega un efecto de caja de resonancia. Fue lo que ocurrió en Pereira y Cali, donde se concentró el mayor número de edificios desplomados.
Pero en la cordillera Occidental, en las inmediaciones del Tatamá, a doce kilómetros de San José del Palmar, la roca firme soportó el impacto con una menor amplificación. Allí, sobre el suelo del páramo, la montaña resistió el golpe de la fractura de manera distinta a los valles y cuencas sedimentarias donde el movimiento se amplificó. En Risaralda y el Valle del Cauca, en las cuencas de los ríos Otún y Cañaveralejo, las condiciones del terreno multiplicaron la percepción del sismo por más tiempo y con mayor intensidad. Para los habitantes del centro de Pereira y el sur de Cali, las sacudidas duraron una eternidad, aunque las estaciones de monitoreo más cercanas al epicentro registraron entre noventa segundos y dos minutos de duración.
El oso de anteojos y el puma cruzan estos filos de niebla en silencio. También la danta andina, el único de los tapires que vive más allá de las selvas tropicales, un pariente lejano de los caballos. Es un fantasma esquivo de hábitos nocturnos que pasa las horas de sol oculto en la espesura de estos bosques, aunque a veces vaga a plena luz del día. Trepa peñascos, cruza ríos y se sumerge en sus aguas. Pero la reina de estos parajes es diminuta: la bangsia de oro, endémica de las colinas de la cordillera Occidental, entre los mil y los dos mil trescientos metros de altura. Es un ave de un amarillo intenso, ribeteado de negro, y un babero verde turquesa. La desaparición de su canto sería la extinción de estos bosques.
Jaguares, comadrejas, zorros, tigrillos, cusumbos, boas constrictoras, salamandras, tucanetas, búhos, águilas… La soberanía de la fauna del Tatamá contrasta con el dominio de los fusiles en los abismos que circundan San José del Palmar. Es una de las mayores paradojas de este país, el segundo con la mayor biodiversidad del planeta: sus santuarios botánicos y zoológicos se benefician del límite que imponen los ejércitos que los habitan. La mayor preservación de los pastizales y bosques amazónicos, en las cuencas de los ríos Meta, Patía, Guaviare, Caquetá y Putumayo, fue culpa del temor a las antiguas FARC, que impusieron sus escondrijos allá, en el sur.
En esta geografía de lodo y aislamiento, en derredor de San José del Palmar, el control lo imponen el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y el Ejército Gaitanista de Colombia, EGC, la más reciente autodenominación del Clan del Golfo. Ellos se disputan la economía ilegal de los cultivos de la hoja de coca, la minería del oro y el control de los corredores de tránsito bajo la selva, caminos de hormiga que cruzan los bosques de Nóvita y Sipí y desembocan en los rebalses fangosos del San Juan, el río que abre la ruta final hacia las ciénagas y esteros del océano Pacífico, la autopista para la exportación de cocaína hacia México y la Costa Este de Estados Unidos.
San José del Palmar fue fundado en 1938 por colonos oriundos de Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca. Su territorio ocupa mil kilómetros cuadrados y lo habitan unas cinco mil personas. Está a mil doscientos metros sobre el nivel del mar y su vida ocurre alrededor de una pequeña cabecera que se extiende por las laderas de una montaña rodeada de bosques. El municipio tiene varios centros poblados, todos enanos: La Italia, San Pedro de Ingará, Valencia y Corcovado. Antes de la llegada de los primeros colonos, estas tierras estaban habitadas por indígenas emberá chamí y negros de la cuenca del río San Juan.
Bajo toda esa profusión de nubes, riqueza biológica y acechanza armada, los habitantes de San José del Palmar asisten a un sismo cotidiano. El de comienzos de agosto —uno de los más intensos registrados en el país— resultó poca cosa. Dos noches antes, un dron descargó explosivos sobre la estación de Policía, en la cabecera del parque principal, junto al letrero a colores que nombra al caserío. Esa madrugada llovieron ráfagas de fusil sobre los muros del comando y varios disparos fueron a dar dentro del despacho del alcalde y de la personera. La fachada de la iglesia y de un hogar infantil también tienen impactos de fusil de esa noche, y de otras, de meses y años antes.
En noviembre de 2024, un francotirador del ELN hirió a un soldado que vigilaba una de las garitas de la base militar, arriba del camino que serpentea hacia La Italia, el corregimiento más poblado de San José del Palmar. En marzo de 2023 cayó muerto el patrullero Miguel Stiven Vaquiro Rubiano, de 28 años. Veintiún días después, en la vereda El Barro, el asesinado fue el soldado profesional Luis Enrique Cañavera Causil. El recuento de la sangre en estas montañas se remonta décadas. En octubre de 2005, las FARC y las AUC se enfrentaron y dejaron un reguero de, al menos, setenta y cinco muertos. Fue en el Alto de Osos, muy cerca del parque del pueblo. Estos bosques han sido un vertedero de cadáveres.
La población original del municipio sufrió una muda a comienzos de este siglo, cuando llegaron cultivadores de hoja de coca desplazados por las fumigaciones en Putumayo, Caquetá, Cauca y Nariño. Tras ellos llegaron los hombres del narcotráfico del norte del Valle y sus ejércitos paramilitares, buscando controlar el Cañón de Las Garrapatas, una depresión montañosa que comunica el norte del Valle con las selvas del sur del Chocó y cuyos caminos desembocan hacia los ríos Garrapatas y Sipí y, finalmente, el San Juan. La Italia, a una hora de camino de San José del Palmar, es ahora un bastión del ELN. Yo intenté seguir hasta allá, pero me ordenaron detenerme.
Hace veinticuatro años sí pude hacerlo, aunque acompañado, y después de recibir permiso. Viajé tras el rastro de una niña. Se llamaba Natalia García Mora y tenía ocho años cuando una bala le atravesó la espalda mientras jugaba con otras dos niñas en el barrio Blanquizal, en el centro occidente de Medellín, en el corazón de la Comuna Trece, ahora convertida en destino turístico. El proyectil le había perforado un pulmón y un par de vértebras. Después de veinte días de cirugías, los médicos del Hospital San Vicente de Paúl sentenciaron que no volvería a caminar. Entonces aparecieron las madres Escolapias.
En esos días, las religiosas lideraban una campaña para elevar a los altares a Paula Montal, la fundadora de su orden en el siglo XIX. Las superioras de la comunidad habían enviado una carta a sus cofradías en todo el mundo para que buscaran testimonios de un posible milagro atribuible a la intercesión de su precursora. Esa condición era indispensable para que la Iglesia accediera a canonizarla. Un grupo de monjas oyó la historia de Natalia en Blanquizal y decidió ayudarla, entonces le propusieron darle un trabajo a la mamá de la niña e iniciar con ella la novena a Paula Montal, junto con el rezo diario del santo rosario. Así me lo contó la madre de la niña.
Una semana después de iniciar la letanía de los rezos, Natalia comenzó a recuperar la sensibilidad de las piernas y eventualmente se puso de pie y caminó. Las religiosas encontraron lo que buscaban con tantas ansias. Los médicos del Hospital San Vicente de Paúl certificaron el milagro con un cartapacio de documentos que incluía cartulinas de rayos equis y cartas devotas, firmadas con sus datos personales para lo que hiciera falta. No fue necesario. En el Vaticano dieron por cierta y suficiente esa información después de ver a Natalia saltando y corriendo mientras reía. «Más rápido, más alto», me contaría ella después, cuando al fin pude entrevistarla.
La niña resultó ser la prueba viviente de un milagro, gracias al cual el papa Juan Pablo segundo elevó a los altares a Paula Montal, en ceremonia solemne, el 25 de noviembre de 2001. «Su mensaje sigue siendo actual y su carisma educativo es fuente de inspiración en la formación de las generaciones del tercer milenio cristiano», dijo el jerarca en su larga homilía de aquel día en Roma. Yo había viajado hasta La Italia para hablar con Natalia y entender por qué las monjas habían decidido llevarla tan lejos, hasta ese corregimiento perdido en la selva. La niña era ya entonces una adolescente. Caminaba con una leve rigidez en una de las piernas y parecía aburrida de la historia que los adultos habían construido.
Las escolapias la habían sacado de Blanquizal para ponerla a salvo después de constatar el prodigio divino que la había tocado. Les aterraba que aquella niña recuperada por la intercesión de su santa fundadora recibiera otra bala perdida en la barahúnda de los barrios más pobres de Medellín, en plena guerra por el dominio paramilitar. Pero temían algo más: que el santo grial de su devoción quedara embarazada. Así que tres años antes habían acordado con su madre llevarla a estudiar a La Inmaculada, el colegio que ellas regentaban en La Italia bajo el auspicio de sus mecenas. Natalia vivía allí con las monjas, obligada a rezar el rosario y sin permiso de tener novio. «Me quiero ir», me confesó.
Media vida después, me cuentan que las escolapias se marcharon de San José del Palmar. Nadie sabe qué pasó con la adolescente, de la que ni siquiera recuerdan su nombre. «Las monjas se fueron muriendo», me dice una mujer afuera de la iglesia del pueblo, salpicada de agujeros de disparos. Nadie viajó hasta aquí para reemplazarlas y la casa en la que vivían ahora la ocupa una familia que paga arriendo. Los que sí llegaron fueron los guerrilleros, primero de las FARC, después del ELN. Según los policías que custodian el parque principal, los subversivos son legión y merodean los cerros para acosarlos con disparos de fusil y drones cargados con explosivos. Los estallidos son el sismo cotidiano.
Tras el terremoto, San José del Palmar quedó aún más aislado. La carretera, esa herida sinuosa que supura pantano, perdió su trazo bajo el derrumbe de los cerros. Y allí, donde tanto llueve, se quedaron sin servicio de agua, de electricidad, de comunicaciones. En los primeros días, los víveres y los equipos de socorro llegaron en helicóptero. León, el alcalde del pueblo, contó cuatrocientas viviendas afectadas y al menos veinte colapsadas. La gobernadora del Chocó aterrizó en las afueras del pueblo dos días después del sismo. Llegó con periodistas y se marchó con ellos. Dijo que enviaría más ayudas. Hace un mes de esa promesa. El registro final enumera 926 familias damnificadas, unas 2.065 personas.
En el viaje de regreso, al borde de los acantilados, entre la niebla del bosque, cuento cinco banderas del Ejército de Liberación Nacional recién atirantadas. Algunas están a continuación de los avisos que anuncian osos de anteojos y pumas. La lluvia, estrujada por el viento, salpica las bancas del bus escalera, que ruge para salir de las trampas del lodo. El reino del agua huele a pantano y el conductor frena de pronto, baja el volumen de la música y entorna los ojos. Espera que la niebla pase de largo. Duda. El silencio repentino permite oír el trino de los pájaros. Los pasajeros se persignan.

