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Opinión

J.D. Vance, la IA y el fin de los tiempos

¿Puede el sistema capitalista sobrevivir en un mundo donde la inteligencia artificial ha hecho redundante buena parte del trabajo humano?
Por | Ilustración: Carolina Upegui
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En estos días tremendos, disparatados, maniáticos, de tripas torcidas, llenos de titulares que parecen sacados de la historia del villano menos original jamás escrito en la tierra; en estos días en los que todo lo que se decide o se dice en el contexto político parece alertarnos, pero ya nada, en el fondo, parece sorprendernos, di con una frase paradójica y absurda del vicepresidente de Estados Unidos que sobresalió del ruido que diariamente consumimos y que me hizo pensar si podía o no interpretarse desde una hermenéutica de la sospecha y, más precisamente, desde el marxismo.

La frase es la siguiente:

«[…] si bien no me sorprendería que estuviéramos viviendo el final de los tiempos, trato de concentrarme ahora mismo en hacer la mayor cantidad de obras de Dios posible. Y si eso nos lleva al final de los tiempos, está bien».

J.D. Vance la dijo en medio de una entrevista con un influencer religioso, en el momento en que la conversación giraba en torno a la inteligencia artificial. Estaban sentados en una sala cualquiera, en la que casi todo era blanco o beige: del lado del vicepresidente reposaba un nuevo libro que está promocionando, Communion (Comunión), y del lado del influencer, una bebida energética llamada Praise Energy and Hydration (algo así como «Alabanza, energía e hidratación»): siempre el capitalismo, incluso en los momentos de un supuesto diálogo espiritual. Pero volvamos al punto.

Sobre la inteligencia artificial, el vicepresidente confesó que le parecía raro, e incluso «satánico», que los seres humanos tuvieran interacciones de tipo relacional con una máquina. Para él, esto genera un cortocircuito en la manera en que las personas responden a las necesidades o deseos de otros. También dijo que le parecía inquietante que existieran ritos fúnebres en las compañías de Silicon Valley, en los que los empleados se reúnen para hacerle duelo colectivo a cada modelo de IA que «muere». 

Es en este escenario, afligido por la pérdida de los vínculos humanos, donde Vance lanza la frase antes citada. Lo hace sin detenerse en la responsabilidad que tiene el gobierno que representa al permitir que crezca sin regulaciones este tipo de inteligencia, que ahora dicen podría atentar contra la humanidad antes de 2030. Más allá de esta conjetura apocalíptica, lo que me interesa es el vínculo que Vance deja de trazar entre la IA, la supresión de la corporalidad humana y el final de los tiempos. Creo que es allí desde donde se alza una sospecha que podemos trabajar desde la crítica marxista, al hacer una pequeña inversión: sustituir la premisa de que el vicepresidente está hablando de la obra de Dios por la premisa de que está hablando del final del capitalismo como lo conocemos.

Esta libertad me la tomo porque hablar de inteligencia artificial mientras se habla del final de los tiempos es entrar necesariamente en el territorio de un modo de producción que ha llegado a un momento de tecnificación sin precedentes en la historia de la humanidad y que, mientras se adentra en un territorio desconocido, se acerca también a una especie de clímax y de cierre.

No debe sorprendernos que Marx haya identificado la tecnificación cada vez más sofisticada del sistema capitalista como parte de su expansión, crecimiento y posterior colapso. En los Grundrisse —manuscritos y borradores que escribió entre 1857 y 1858—, por ejemplo, explica cómo el capitalismo busca acortar de manera constante el tiempo de trabajo necesario para producir un bien y, con ello, aumentar la productividad y generar más plusvalor —que es el valor que el trabajador produce por encima de lo que recibe como salario— mediante el perfeccionamiento y la creación de máquinas.

Sin embargo, hay una contradicción en este crecimiento, conectada precisamente con la nostalgia y ansiedad que el vicepresidente expresa con respecto a la fractura que se erige entre la IA y lo humano. Según Marx, por más que el capitalismo desee reducir sus procesos de producción y sus costos por medio de la máquina, la capacidad de crear nuevo valor no está en el capital muerto, sino precisamente en el capital vivo: es decir, en el trabajador. Esto, porque es de la fuerza de trabajo humana de donde el capitalismo puede extraer más valor del que invierte: el trabajador produce, durante una parte de su jornada, el valor que recibe como salario y, durante el resto de la jornada, produce un valor del que se apropia el capital. Pero hay algo más. 

Para que esta fuerza de trabajo exista y se renueve, necesita de un conjunto de prácticas humanas, que no necesariamente están cubiertas por la relación salarial: descansar, asearse, comer, amar, reproducirse, ir al parque, estar con la familia y amigos, incluso ir a la iglesia a aliviar las cargas del espíritu. Actividades que hacen parte de la llamada vida privada y que mantiene vivo el espíritu del trabajador, que luego el capital succiona. 

Por esta cualidad del sistema de succionar cada gota que puede de la vida del trabajador, Marx comparó el capital con la figura del vampiro. «El capital —dice— es trabajo muerto que solo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa».

Por supuesto, para mí, que me especializo en literatura y no en economía política, es imposible descifrar cómo hará un modo de producción que depende, a diferentes escalas, física y cognitivamente, de la fuerza de trabajo humana para seguir creciendo mientras reduce cada vez más la necesidad de ella. Pero sí alcanzo a entender, detrás de la frase del vicepresidente, que lo que está sobre la mesa no es tanto un final de los tiempos en términos mesiánicos sino, más bien, un cambio drástico en la forma en que hasta ahora nos hemos organizado socialmente, que trae consigo un pacto, dentro de la vida, cada vez más estrecho con la muerte: tanto para quienes están del lado del poder —y por eso la nostalgia por el cuerpo vivo que el capital deja de apropiar— como para quienes no están en el poder.

Para quien está en la contracara, este pacto se siente en la voracidad con la que se destruyen ecosistemas naturales para la construcción y el funcionamiento de data centers, que acrecientan, al mismo tiempo, la crisis climática. En las imágenes y frases estériles que produce la inteligencia artificial y que, al consumirlas y reproducirlas, socavan la creatividad y la capacidad intelectual humanas. En la posición del trabajador, que, pese a conservar su capacidad de trabajo empieza a resultar redundante —de repente, su sangre ha dejado de lucir— para un modo de producción que ha alcanzado su punto más sofisticado y más burdo. 

Y, finalmente, se siente en la manera en que el discurso religioso ha sido instrumentalizado para acaparar la conversación pública, desviándola hacia fantasías sobre el fin de los tiempos e impidiendo que el debate sobre la inteligencia artificial se dé en los términos económicos y políticos que le corresponden: es decir, desde las condiciones materiales que la han producido.

¿Qué pulso vital podremos extraer los vivos de allí?

Está por verse.

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